Lo que Hebreos 3–4 nos enseña sobre una fe que persevera
Miguel Núñez • 22 septiembre, 2026
La gran pregunta que todos debemos hacernos en nuestro caminar cristiano no es simplemente si creemos, sino si nuestra fe se traduce en un estilo de vida. Existe un principio pedagógico universal que nos recuerda que la repetición es la clave del aprendizaje. Por esta razón, la Escritura repite con frecuencia y de maneras distintas las verdades que el corazón humano tiende a olvidar.
En los capítulos 3 y 4 de la epístola a los Hebreos, el autor utiliza la experiencia histórica del pueblo de Dios en el desierto, bajo el liderazgo de Moisés, como un espejo para nuestra propia realidad. Han pasado miles de años, pero el eco de esa advertencia sigue vigente: la Palabra que ellos oyeron, de una u otra manera, es la misma que nosotros escuchamos hoy de parte de Dios.
La historia de Israel en el desierto se registra para recordarnos que es posible estar cerca de la promesa y nunca llegar a recibirla debido a la incredulidad. La realidad es que sus tropiezos representan una advertencia directa para nuestro tiempo: lo que ellos hicieron en su desobediencia es precisamente lo que tú y yo debemos evitar.
A partir de la caída de Adán y Eva, la humanidad perdió el reposo pleno que esta primera pareja disfrutó en el jardón, en medio de la presencia de su Creador. La relación con Dios no fue diseñada en un principio para tener esta lucha constante con el pecado remanente que mora todavía en nosotros. En el jardín del Edén, Adán y Eva desobedecieron la voz de Dios, y desde ese momento nadie ha podido descansar.
Esa verdad es crucial para entender por qué el autor de Hebreos, en el texto del 3:1 a 4:11, nos recuerda que Dios sigue invitándonos a entrar en Su reposo. ¿Cuál reposo? El reposo de Dios que caracterizó la creación inicialmente, el que Israel anticipaba al entrar en Canaán y que solo encuentra su cumplimiento en la persona de Jesús (Hebreos 4:3). La generación de Noé escuchó la voz de Dios y no obedeció hasta el día en que se cerró la puerta del arca. La generación del desierto también la escuchó y no obedeció, y por tanto no entró en Su reposo. La generación del resto del Antiguo Testamento escuchó la voz de Dios a través de los profetas y tampoco obedeció. Y nosotros, de este lado de la cruz, la hemos escuchado a través de la Palabra y del Espíritu Santo enviado para convencernos de pecado, de justicia y de juicio y lamentablemente muchos son los que nos solo la desobedecen, sino que la ignoran.
Cristo mismo estaba consciente de esta falta de descanso. Por eso dijo: «Vengan a mí todos los que están cansados y cargados, y yo los haré descansar» (Mt 11:28). ¿Quiénes son esos? Toda la raza humana, que vive cansada y cargada. La oferta de entrar en Su reposo continúa hoy, pero todavía estamos en una lucha intensa en tres frentes: nuestra propia naturaleza pecaminosa, las corrientes del mundo y Satanás mismo. Martín Lutero escribió elocuentemente acerca de estos tres frentes de batalla del cristiano.
A partir de la caída, la humanidad perdió el reposo pleno para el que Dios la había creado.
Aquí conviene desglosar las implicaciones del título palabra por palabra. La primera realidad es Su voz: Dios ha hablado hace mucho tiempo, en muchas ocasiones y de muchas maneras, y sigue hablando hoy por medio de la Palabra escrita y del Espíritu Santo (Heb 1:1-2). La segunda realidad es mi fe: una vez que oigo Su voz, necesito hacer más que escuchar, porque escuchar sin creer no trae salvación al hombre, no me aprovecha. Lo importante no es lo que oigo, sino lo que creo y luego lo que vivo después de haber creído.
La tercera realidad es mi obediencia. Si oigo Su voz y la creo, entonces mi obligación es obedecerla. Decir que creo la Biblia y no vivir la Biblia es autoengañarme, como Santiago declara en su epístola: «Sean hacedores de la palabra y no solamente oidores que se engañan a sí mismos» (Stg 1:22). El bienaventurado no es el que oye la palabra, ni siquiera el que oye un sermón todos los días, sino el que lleva la palabra a la práctica.
El texto de Hebreos revela por qué la generación del desierto no entró: «la palabra que ellos oyeron no les aprovechó, por no ir acompañada por la fe en los que la oyeron» (Heb 4:2). La incredulidad bíblica no es simplemente no tener información; es rechazar en la vida aquello que Dios ha dicho. En Hebreos, incredulidad y desobediencia aparecen estrechamente vinculadas. Por eso Cristo preguntó: «¿Por qué ustedes me llaman "Señor, Señor" y no hacen lo que yo digo?» (Lc 6:46). La vida que viven contradecía lo que decían creer.
El mejor entendimiento de lo que implica creer lo tenemos en las palabras de Jesús: «El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que no obedece al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él» (Jn 3:36). El que alcanza la vida eterna es el que cree; el que no logra alcanzarla es aquel que desobedece al Hijo. Creer, entonces, es obedecer. Por eso Cristo dijo que por sus frutos los conoceríamos, no por sus confesiones de fe.
Creer sin obedecer es lo que caracteriza a los demonios. Santiago lo afirma: «Tú crees que Dios es uno; haces bien; también los demonios creen y tiemblan» (Stg 2:19). Ellos creen y entienden, y por eso tiemblan, pero no obedecen. La fe sin obras es estéril. La evidencia de una fe verdadera no es una obediencia perfecta, sino una vida marcada por una obediencia creciente y un arrepentimiento perseverante. La pregunta es: cuando tu vida es examinada a nivel de los frutos, ¿qué es lo que la caracteriza?
La evidencia de una fe verdadera no es una obediencia perfecta, sino una vida marcada por una obediencia creciente y un arrepentimiento perseverante.
El versículo 6 confirma lo que he venido subrayando: aquellos a quienes se les anunciaron las buenas nuevas «no entraron por causa de su desobediencia» (Heb 4:6). No por falta de creencia, sino por desobediencia a lo que dijeron creer. Cuando la nueva naturaleza nace, comienza a dar frutos que no se parecen a los de la vieja naturaleza. Pablo enumera las obras de la carne (Gálatas 5:19-21) y advierte que quienes las practican no heredarán el reino de Dios; luego contrasta con el fruto del Espíritu: amor, gozo, paz, paciencia, bondad, benignidad, fidelidad, mansedumbre y dominio propio (Gál 5:22-23).
La misma advertencia ha resonado a lo largo de la historia. Dios habló en el desierto: «Si ustedes oyen hoy su voz, no endurezcan sus corazones». Quinientos años después, David repitió lo mismo en el Salmo 95. Mil años más tarde, el autor de Hebreos lo recordó de nuevo. Y dos mil años después, seguimos diciendo la misma frase. La palabra que se predicó ayer se predica hoy, y el mismo corazón que escuchó y desobedeció es el corazón que hoy puede hacer exactamente lo mismo. Sin embargo, la invitación al reposo sigue abierta, y la advertencia sigue siendo la misma: no endurezcamos nuestros corazones ante la voz de Dios.
De la misma manera que Dios descansó al final de la creación, aquellos que estamos siendo redimidos disfrutaremos del descanso al final de la redención. En el proceso presente seguimos luchando, pero llegará el momento en que esa lucha cese, cuando entremos en la presencia de Dios, donde no habrá más llanto, ni dolor, ni pérdida. Por eso el autor concluye: «Esforcémonos por entrar en ese reposo, no sea que alguien caiga siguiendo el mismo ejemplo de desobediencia» (Heb 4:11).
Ese esfuerzo no significa ganarme la salvación. La salvación es por gracia, por medio de la fe, y jamás podríamos ganarla. Pero requiere esfuerzo para batallar continuamente contra los deseos de la carne, la seducción del mundo y la batalla espiritual. La tentación no me dejará ver que algo me alejará de Dios, más bien me hará creer que no tiene nada de malo, que puedo entretenerme sin descuidar mi relación con Él. Y así comienza tu alejamiento: primero en tu mente y luego en tu vida hasta que adormece tu conciencia. Por eso debemos correr esta carrera con los ojos puestos en Jesús, despojándonos no solo de todo pecado, sino de todo peso, de todo aquello que disminuya nuestra pasión por las cosas de Dios (Heb 12:1-2).
Me sorprende una y otra vez que la preocupación del autor de Hebreos, inspirado por el Espíritu, sea mucho mayor que la nuestra en cuanto a cómo honro mi salvación, si la tengo y cómo la evidencio. Sus advertencias son severas porque Dios es recto y justo. Y sin embargo, a pesar de todo, la Palabra nos recuerda que al final del camino todavía sigue siendo por gracia, a través de la fe.
Aquellos que verdaderamente han creído honran Su nombre, ponen su esperanza en Dios y cantan Sus alabanzas insistiendo: «Tú eres fiel». Yo he sido infiel, pero Él es fiel. Cuando soy Su hijo y no quiero obedecer, mi pecado no nace de una falla en Su fidelidad, sino de la lucha que todavía existe en mi interior. Y cuando no puedo, Su gracia no se agota: Él es quien nos capacita produciendo en nosotros tanto el querer como el hacer, por Su buena voluntad (Fil 2:13). Hoy es el día. No lo dejes para mañana. Sigue preguntándote en cuál de esos grupos estás, y que Dios sea quien te hable.
Este artículo ha sido adaptado del sermón «Su voz, mi fe, mi obediencia y Su descanso: Un solo tapiz», predicado por el pastor Miguel Núñez como parte de la serie sobre Hebreos titulada «Cristo: la gloria de los siglos», disponible en nuestra página web.
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