Miguel Núñez • 3 agosto, 2017
En el reino de Dios no hay espacio para celebridades. Esa es la convicción que recorre esta tesis del pastor Miguel Núñez desde el primer momento: muchos líderes han invertido esfuerzos enormes en construir un nombre propio, en ser reconocidos como apóstoles o profetas de renombre, pero hay un solo nombre que merece ser conocido sobre toda la tierra, y ese nombre es el de Jesús. El afán por la fama personal no es una ambición neutral; es un intento de ocupar el lugar que únicamente le corresponde a Dios.
Los verdaderos siervos del Señor a lo largo de la historia no tenían ningún interés en destacarse. La función del predicador, lejos de proyectarse a sí mismo, es engrandecer el nombre de Cristo hasta tal punto que él mismo desaparezca del escenario. Una imagen elevada de Dios tiene ese efecto natural: nos empequeñece. Quien realmente conoce a Cristo tal como Él quiere ser conocido no siente el impulso de ser aplaudido ni reconocido.
Cuando el aplauso llega, la actitud correcta es pasarlo hacia arriba, porque es desde allí de donde ha venido la gracia que hizo posible todo lo que se ha logrado. El apóstol Pablo lo entendió con claridad y lo expresó a los corintios: todo lo que era y todo lo que había trabajado no era suyo, sino obra de la gracia de Dios en él. La pregunta que resuena como advertencia es la misma que Pablo lanzó a esa iglesia: ¿qué tienes que no hayas recibido? Tú y yo debemos empequeñecer para que Él crezca.