Integridad y Sabiduria
Sermones

De las redes al cayado

Reynaldo Logroño 9 junio, 2026

Entre Lucas 5 y Juan 21 hay tres años y medio de historia, y en ese arco se encuentra la vida de casi todo creyente: confesiones gloriosas y tropiezos vergonzosos, momentos de fe y momentos de fuga. El pastor Logroño expone estas dos pescas milagrosas no como curiosidades narrativas, sino como un espejo donde cada oyente puede identificar en qué punto del camino se encuentra.

En la primera pesca, Jesús aparece no cuando Pedro estaba en su mejor momento, sino exactamente cuando sus redes estaban vacías y su cuerpo agotado. La respuesta de Pedro —"hemos trabajado toda la noche y no hemos pescado nada, pero porque tú lo pides, echaré la red"— es retratada no como fe eufórica, sino como una fe a regañadientes que aun así mueve a la obediencia. El milagro que sigue no produce en Pedro celebración, sino la conciencia demoledora de su propia condición: "Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador." Y la respuesta de Cristo es inmediata: no apartarse, sino llamar.

En la segunda pesca, Pedro ya carga el peso de sus negaciones. Su regreso al lago no es rebelión calculada, sino lo que hacemos cuando la vergüenza habla más fuerte que la gracia: volver a lo conocido, a donde creemos que no le fallaremos a nadie. Pero Jesús recorre los 150 kilómetros hasta Galilea y lo espera en la orilla con brasas encendidas —la misma palabra griega que Juan usa para las brasas junto a las que Pedro negó a su Señor—, pan y pescado. El detalle no es accidental: la gracia no borra el recuerdo, lo transforma.

La triple pregunta que sigue al desayuno —¿me amas?— no es un interrogatorio sino una restauración. Pedro, que ya no se atreve a usar la palabra grande del amor incondicional, ofrece lo que honestamente puede: afecto real, cariño genuino. Y Jesús lo recibe, baja la barra y lo reencarga con algo más exigente aún: no solo pescar almas, sino pastorearlas. El encargo creció porque Pedro había madurado —no a pesar de sus fracasos, sino a través de ellos.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Así mismo, Señor, te necesitamos, y yo personalmente te necesito, Señor, que tú en nuestra debilidad seas fiel con nosotros, Señor, porque nuestra esperanza está en ti. Gracias, Padre, en Cristo Jesús.

Bien, hermanos, bendiciones. Siempre un gozo estar aquí con ustedes, y yo quisiera hoy compartir algo que ha estado en mi corazón desde hace un tiempo. Yo quiero hoy usar de la Palabra de Dios dos momentos muy especiales del ministerio de Jesús. Dos momentos que yo entiendo que funcionan como si fueran dos portalibros del ministerio de Jesús, uno al principio y otro al final. Son dos escenas de la misma película. Son dos pescas, dos milagros, dos madrugadas que ocurren en el mismo lago, un mismo protagonista, Jesús, y un mismo actor secundario importante, Simón Pedro.

Y entre una escena y otra pasaron alrededor de tres años a tres años y medio. Y hoy obviamente no vamos a ver la película completa, vamos a hacer como una especie de arco entre una escena y la otra, entre estas dos pescas. Y vamos a hacer énfasis en cómo el actor secundario evolucionó de una escena a la otra: el apóstol Pedro. Y la idea, queridos hermanos, es que tú y yo nos podamos encontrar en algún lugar de ese arco, y tú puedas identificar en qué lugar de la película se encuentra el Pedro que más se asemeja a ti en tu condición actual.

¿Se animan?

Bien. Así que vamos a abrir juntos el evangelio de Lucas, capítulo 5. Voy a hacer una lectura del texto completo para que nosotros nos podamos meter en la escena, y luego vamos a ir viendo versículo por versículo. Dice Lucas 5:1 al 11, estoy leyendo en la versión Nueva Biblia de las Américas.

"Aconteció que mientras la multitud se agolpaba sobre él para oír la palabra de Dios, estando Jesús junto al lago de Genesaret —en otras versiones van a encontrar que dice mar de Galilea o mar de Tiberias, es el mismo lago—, vio dos barcas que estaban a la orilla del lago, pero los pescadores habían bajado de ellas y lavaban las redes. Subiendo a una de las barcas, que era de Simón, pidió que se separara un poco de tierra, y sentándose enseñaba a las multitudes desde la barca." Al terminar de hablar, dijo a Simón: "Sal a la parte más profunda y echen sus redes para pescar."

"Simón le contestó: 'Maestro, hemos estado trabajando toda la noche y no hemos pescado nada, pero porque tú lo pides, echaré las redes.' Y cuando lo hicieron, encerraron una gran cantidad de peces, de modo que sus redes se rompían. Entonces hicieron seña a sus compañeros que estaban en la otra barca para que vinieran a ayudarlos. Y vinieron y llenaron ambas barcas de tal manera que ambas barcas se hundían."

"Al ver esto, Simón Pedro cayó a los pies de Jesús, diciendo: 'Apártate de mí, Señor, porque yo soy un hombre pecador.' Porque el asombro se había apoderado de él y de todos sus compañeros por la gran pesca que habían hecho. Y lo mismo sucedió también a Jacobo y a Juan, hijos de Zebedeo, que eran socios de Simón. Y Jesús le dijo a Simón: 'No temas, desde ahora serás pescador de hombres.' Y después de traer las barcas a tierra, dejándolo todo, siguieron a Jesús."

Metámonos en la escena. Tempranito en la mañana, de madrugada, el sol comienza a salir. El gran lago de Galilea, un lago de un tamaño descomunal, 21 km de largo por 13 de ancho. Por eso se le llamaba el mar, porque no se veía de un extremo a otro. Está quieto, tranquilo a esa hora. Y en la orilla hay dos barcas. Dice el pasaje que los pescadores habían bajado de ellas y lavaban las redes. Y ese detalle es importante, porque las redes están siendo lavadas para guardarlas. Eso quiere decir que ya el día de trabajo terminó, la noche de trabajo. Es hora de irse a casa.

La pesca se hacía de noche, cuando los peces subían a las aguas menos profundas. Pedro y sus compañeros han trabajado la noche completa, y dice el pasaje que no habían recogido nada. Se acabó la noche, redes vacías, cuerpos cansados y frustrados.

Y en ese momento exacto aparece Jesús. No aparece cuando Pedro está en su mejor momento. No aparece cuando las redes están llenas, cuando el negocio va bien, o cuando Pedro está rebosante de energía y de entusiasmo. Aparece cuando Pedro está lavando las redes después de una noche de fracaso.

Y Lucas dice que la multitud se agolpaba alrededor de Jesús para escuchar la Palabra de Dios. Jesús ve dos barcas, se sube a la de Pedro, interrumpe su labor de lavar las redes y le pide que se aleje un poco de la orilla, como para crear espacio entre él y la multitud. Y desde la barca de ese pescador cansado, frustrado, enseña a la multitud. Jesús convierte el lugar de trabajo de Pedro en su púlpito. Sin pedirle permiso, se sube a su barca, y cuando lo hace, va a reprogramar la vida completa de Pedro.

A partir de ese momento, Pedro se convierte en el oyente más cercano de las enseñanzas de Jesús. No solamente está oyendo a Jesús clarísimo —está sentado al lado de él—, sino que está viendo en la orilla a toda la multitud atendiendo al maestro. Y recuerden que hay varios pasajes en la Biblia que dicen que la multitud escuchaba al Señor maravillada, porque enseñaba como uno que tiene autoridad. Entonces Pedro está oyendo a Jesús sentado y viendo cómo la gente reaccionaba a su enseñanza.

Dice que cuando termina de enseñar, el Señor se vuelve a Pedro: "Sal a la parte más profunda y echen sus redes para pescar." Si hay algo de lo que sabe Pedro es de ese lago. Él lo debe conocer como su casa. Él está clarísimo que de día no se puede pescar con las redes que él usa, porque de día, alejándose del calor, los peces bajan a las profundidades y las redes no los alcanzan. Pero no solamente eso: las redes están limpias y guardadas. Ya se acabó el día de trabajo. Y por si fuera poco, Jesús le está pidiendo que se vayan a lo más profundo del lago remando, a unos pescadores que llevan la noche entera trabajando. Para Pedro, el profesional, el que tiene un doctorado en el lago de Galilea, esto no le hace ningún tipo de sentido.

Miren lo que le responde, versículo 5: "Maestro, hemos estado trabajando toda la noche y no hemos pescado nada, pero porque tú lo pides, echaré las redes." Noten algo importante en la respuesta de Pedro. No dice: "¡Wow, Señor, qué buena idea!" No dice: "Oh, Señor, claro, con mucho gusto, vamos." Él dice: "Hemos trabajado toda la noche y no pescamos nada." Y en esa respuesta lo más seguro había, obviamente, un cansancio real, una frustración legítima, y quizás hasta un tono de que el que sabe del lago soy yo, y eso no va a funcionar.

Pero luego en su respuesta él da un giro: "Pero porque tú lo pides, echaré la red." Eso es fe. Pero eso no es una fe eufórica. Eso no es una fe con grito de júbilo. Pudiera ser incluso que sea una fe a regañadientes. Es esa fe que dice: "Yo no lo estoy entendiendo, no estoy convencido, yo no lo haría. Pero si tú me lo pides, dejaré mi cansancio a un lado, postergaré mi inmerecido descanso y haré algo que para mí no tiene sentido. ¿Por qué? Porque tú me lo pides."

Pedro reconoce inmediatamente la autoridad de Jesús, le llama maestro. Y es una palabra que se usaba para reconocer a los que tenían autoridad rabínica. Pedro reconoce que hay algo en este hombre que merece obediencia. Yo lo vi enseñando, yo vi a la gente. Pero él todavía no sabe exactamente con quién es que está hablando. Pero eso va a cambiar.

Versículo 6: "Cuando lo hicieron, encerraron una gran cantidad de peces, de modo que sus redes se rompían. Entonces hicieron seña a sus compañeros que estaban en la otra barca para que vinieran a ayudarlos."

Y vinieron y llenaron ambas barcas de tal manera que se hundían. Dos barcas repletas de peces hasta hundirse, las redes rompiéndose. Algo tan imposible de que sucediera que no queda dudas de que se trata de un gran milagro.

Pero, ¿cuál fue la reacción de Pedro? Uno esperaría que quizás Pedro brincara de alegría, eufórico, le diera un abrazo a Jesús, que gritara de la emoción y que le dijera: "Mira, mañana a la misma hora aquí." Pero eso no fue lo que pasó. ¿Qué dice el versículo 8? Al ver esto, Simón Pedro cayó a los pies de Jesús diciendo: "Apártate de mí, Señor, que soy hombre pecador."

Y en ese versículo hay dos elementos que no podemos dejar pasar. Primer elemento: Pedro ahora le dice Señor, no le dice maestro, no le dice rabino, le dice Señor, kyrie. Porque este milagro no produjo admiración por la habilidad de Jesús. Este milagro le reveló a Pedro quién es Jesús. Y esa revelación lo tumbó, lo aplastó.

Hay un segundo elemento. Pedro no dice: "Señor, qué grande eres." Él dice: "Qué pecador yo soy." Él reconoció su condición delante del Señor. Es la santidad del Señor que derrumba a Pedro. No porque Jesús lo haya acusado, no porque alguien le señaló sus faltas, sino porque cuando la luz de la santidad de Dios entra a un espacio, lo que la oscuridad mantenía oculto de repente muestra todo como es sucio. Eso hace la santidad de Dios: no necesita señalar, basta con estar ahí.

Pero, ¿saben qué es lo extraordinario? Que Jesús no se aparta de Pedro. Que la respuesta de Jesús a "soy un hombre pecador" no es: "Sí, aléjate, tú tienes razón, lo sé." Ni tampoco le dice: "Pues arréglate y sígueme." La respuesta de Jesús es: "No temas, no temas." Dos palabras. Inmediatamente viene el llamado: "Desde ahora serás pescador de hombres."

¿Qué momento para recibir un llamado? Cansado, frustrado, confundido, en el suelo, pero con fe. Una fe que lo mueve a obediencia aunque no le entienda. Y la palabra que usa Lucas para "pescador de hombres" es extraordinaria en el griego. Es la palabra zōgrōn, que es una palabra que no se usa en ningún contexto de pesca. Es una palabra que literalmente significa "capturar vivos."

Cuando yo vi eso, dije: "¡Oh, wow!" Cristo lo que le está diciendo a Pedro es: "Pedro, ¿vas a dejar de sacar peces del agua donde pueden respirar para llevarlos a la tierra donde mueren? Te convertiré en alguien que va a sacar personas de la muerte para llevarlas a donde pueden vivir eternamente." Todo lo contrario. Tú sacas peces vivos y mueren. Yo te voy a convertir en un pescador de hombres. Tú vas a ir a almas que están muertas eternamente, las vas a sacar y les vas a dar vida eterna.

Y la respuesta de Pedro y su compañero es inmediata y definitiva. Versículo 11: después de traer las barcas a tierra, dejándolo todo, siguieron a Jesús. Y ahí inicia el ministerio del Señor con sus discípulos. Lo dejaron todo: las barcas, las redes, el negocio, los peces, dos barcas llenas de peces. Pero dejaron sobre todo su identidad de pescadores, que habían construido durante toda su vida. Lo dejaron todo.

Pero antes de ver la segunda escena, necesito que hagamos ese arco, ese recorrido rápido, porque entre Lucas 5 y Juan 21 hay tres años de historia, y esa historia importa, sobre todo lo que tiene que ver con nuestro personaje Pedro. Nosotros necesitamos revisar momentos especiales en el caminar de Pedro junto a Jesús para que entiendan quién es el Pedro que vamos a volver a ver, tres años y medio después, en otra barca, en otra pesca milagrosa, en el capítulo 21 del Evangelio de Juan.

Haciendo un recuento rápido: Pedro, después de dejar todo y seguir a Jesús, vivió cosas que ninguno de nosotros ha vivido. Vio multiplicar cinco panes y dos pescados para alimentar a más de 5.000 personas. Estuvo en la barca cuando Jesús calmó la tormenta con una palabra. Fue testigo de la transfiguración en el monte y vio a Jesús literalmente brillar como el sol junto a Moisés y Elías. Estuvo presente cuando Jesús resucitó a Lázaro. Pedro vio cosas que ningún ser humano había visto hasta ese momento.

Pero también Pedro hizo cosas que ninguno de nosotros quisiera haber hecho. En una ocasión intentó caminar sobre el agua y, mientras miraba a Jesús, lo logró. Pero cuando se enfocó en las olas, se hundió. Confesó en Cesarea de Filipo que Jesús era el Cristo, el Hijo del Dios viviente, y Jesús le dijo que era bienaventurado porque esa revelación venía del Padre mismo.

Ese fue quizás su momento culminante, que el Señor dijera eso de él delante de los demás discípulos. Eso se registra en Mateo 16:16, y ocho versículos más abajo, en el versículo 23, cuando Jesús habló de que debía morir, Pedro lo tomó aparte y trató de convencerlo de que no lo hiciera: "No, no, no. Tú no puedes dejar que te maten." Y Jesús tuvo que decirle: "¡Quítate delante de mí, Satanás!" El mismo hombre, el mismo día: "Bienaventurado eres porque esto te lo reveló el Padre." "Aléjate de mí, Satanás." Una confesión gloriosa y al rato un tropiezo vergonzoso. Ese era Pedro.

En Getsemaní se retiró a orar con el Mesías. Pero cuando los soldados llegaron a arrestar a Jesús, sacó una espada y le cortó la oreja a Malco, el siervo del sumo sacerdote. Luego, en un acto de increíble valentía, siguió a Jesús hasta el patio del sumo sacerdote. Dice la Palabra que solamente él y Juan no huyeron. Pero luego, al rato, ¿qué hizo? Lo negó tres veces. Tres veces. Dice la Biblia que él estaba junto a las brasas en la noche más larga de su vida, cuando el gallo cantó, y Pedro salió y lloró amargamente.

Pero luego vino la resurrección. Pedro corrió al sepulcro, encontró la tumba vacía y vio al resucitado. No una vez, sino que lo vio dos veces junto a los demás discípulos. Y en la segunda aparición, Jesús le dijo: "Como el Padre me envió, así también yo los envío." Pedro recibió el encargo junto con los demás discípulos. Había sido enviado, y recibió el encargo directamente del Cristo resucitado.

Ese es el Pedro que nos encontramos en el capítulo 21 de Juan. Juan 21:1-17: "Después de esto, Jesús se manifestó otra vez a los discípulos junto al mar de Tiberias, el mismo mar de Galilea. Y se manifestó de esta manera. Estaban juntos Simón Pedro, Tomás llamado el Dídimo, Natanael de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos de sus discípulos. 'Me voy a pescar', les dijo Simón Pedro. 'Nosotros también vamos contigo', le dijeron ellos. Fueron y entraron en la barca, y aquella noche no pescaron nada."

Me quiero detener un momentico ahí, porque eso de volver a pescar suena como un acto de rebelión calculada de Pedro, como que él está diciendo: "Yo no voy a obedecer más, voy a desobedecer a Jesús." Pero no fue así realmente. Más bien, hermano, fue algo muy parecido a lo que muchas veces hacemos tú y yo cuando la carga de lo que hemos hecho es más grande que la promesa que tenemos enfrente. Es el tipo de cosas que hacemos tú y yo cuando nuestra vergüenza habla más fuerte que Su gracia.

Cuando queremos engañarnos diciéndonos: "Ese fue un encargo para todo el mundo, no solo para mí, que lo hagan ellos." Cuando perdemos nuestro rumbo y cuando perdemos nuestro propósito después de haberle fallado de la manera que Pedro falló. Pedro volvió al único lugar en el que él pensaba que no le podía fallar a nadie: a su mundo, a su lago, a hacer lo que él sabía, lo que él podía hacer con sus fuerzas, sin depender de nadie, hacer lo que estaba dentro de su zona de confort.

Y ese pasaje tiene algo muy triste: que él no se fue solo. El texto de Juan 21 dice que se fueron siete detrás de Pedro.

Pedro lo dijo primero, como siempre habla primero, pero todos dijeron: "También nosotros vamos contigo", sin pensarlo dos veces.

Y eso es lo triste de nuestra deriva espiritual: que muchas veces arrastramos a otros. Yo sé, hermano, que aquí estamos, hermano, que llevamos 2, 5, 10, 15, 20 años en el evangelio, que hemos caminado y tenido buenos momentos en la fe, que hemos tenido nuestras propias confesiones gloriosas y nuestros propios tropiezos vergonzosos. Hemos visto cosas en el Señor que nunca imaginamos que íbamos a ver, pero hemos pasado por pruebas que tampoco imaginamos que vamos a pasar.

Algunos hemos sentido el peso de nuestras propias negaciones y, aunque no fueron negaciones literales como la de Pedro, que negamos a nuestro Señor en un patio al lado de unas brasas, lo hemos negado cuando hemos hecho de forma muy cotidiana y silenciosa algo que sabemos que el Señor no quiere. Lo hemos negado con las decisiones que tomamos en momentos que nadie nos está viendo. Lo hemos negado con las prioridades que revelan lo que realmente amamos. Lo hemos negado con la distancia que ponemos entre nuestra vida allá afuera y nuestra vida aquí adentro en la iglesia.

Y quizás algunos, como Pedro, han tomado de nuevo sus remos y han dicho: "Se acabó. Yo vuelvo a mi lago. Yo vuelvo a lo que yo era antes." Pero lamentablemente, muchas veces detrás arrastramos a otros en nuestra deriva espiritual: cónyuges, hijos, amigos cercanos, iglesias completas. "Nosotros también vamos contigo", dijeron ellos. "Nosotros también vamos contigo, Pedro."

Fueron y entraron en la barca. Y aquella noche, ¿qué pasó? No pescaron nada. Se repite la escena, los mismos elementos: noche vacía, sin peces, los discípulos están cansados y frustrados. Hermano, yo sé que algunos se pueden ver en medio de esa escena, porque han pasado los años, quizás más de esos tres años y medio entre esas dos pescas, quizás 10 años en el evangelio, han caminado con Cristo, pero dicen: "Yo sigo vacío, yo sigo sin peces, yo sigo cansado, yo sigo frustrado."

Querido hermano, si tú estás entre los que sienten que este pasaje los describe, lo que viene a continuación está en la Biblia para ti. Porque hay otro elemento que también se repite en la escena: aparece el protagonista. ¿Quién? Cristo.

Vamos a seguir leyendo Juan 21:4-7: "Cuando ya amanecía, Jesús estaba en la playa, pero los discípulos no sabían que era Jesús. Y Jesús les dijo: 'Hijos, ¿acaso tienen algún pescado?' 'No', respondieron ellos. Y él les dijo: 'Echen la red al lado derecho de la barca y hallarán pesca.' Entonces la echaron y no podían sacarla por la gran cantidad de peces. Entonces aquel discípulo a quien Jesús amaba" —¿quién? Juan, que está escribiendo el texto— "dijo a Pedro: 'Es el Señor.' Y oyendo Simón Pedro que era el Señor, se puso la ropa, porque se la había quitado para poder trabajar, y se echó al mar."

En esta nueva pesca, Cristo aparece de nuevo en la orilla, pero ahora no aparece con una multitud; ahora aparece solo, porque ahora él no va a enseñarle a Pedro como le enseñó a la multitud. Ahora él va a restaurarle personalmente con su amor. Y este Pedro no es el mismo Pedro de hace tres años, tres años y medio. Ahora Pedro no cae al piso lleno de miedo, ahora él no le pide a su Señor que se aparte de él; ahora él se lanza y va directo a su Señor.

Y aquí en el capítulo 21, Juan deja claro que cuando Jesús aparece en la orilla y nadie lo reconoce, es él quien lo ve primero. Es el Señor —fue Juan— quien tuvo discernimiento espiritual para reconocer a Cristo. Y en su evangelio, escrito 50 o 60 años después de estos hechos, cada vez que Juan y Pedro aparecen juntos, Juan sale mejor parado, siempre.

Por ejemplo, cuando Juan describe su relato de la crucifixión en Juan 18:15, dice: "Simón Pedro seguía a Jesús, y también otro discípulo. Este discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús al patio del sumo sacerdote, pero Pedro estaba afuera a la puerta. Así que el otro discípulo, que era conocido del sumo sacerdote, salió y habló a la portera e hizo entrar a Pedro." Que quede claro: el de las conexiones soy yo, Juan.

Cuando Juan escribe que ambos corrieron al sepulcro vacío la mañana de la resurrección, Juan lo escribió así, 50 años después: "Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo" —¿quién era él?— "corrió más a prisa que Pedro y llegó primero al sepulcro." Eso era un dato que tenía que estar en el evangelio. Y dice que Juan llegó al sepulcro y se quedó en la puerta, pero Pedro llegó y entró, porque Pedro era el impulsivo. "Yo no, yo soy racional. Yo llegué primero, pero..."

El episodio en que le cortan la oreja al siervo del sumo sacerdote está registrado en los cuatro evangelios. Mateo, Marcos y Lucas dicen: "Uno de los que estaba con Jesús le cortó la oreja al siervo." Y Juan lo dice claramente: "Pedro sacó una espada y le cortó la oreja a Malco." Acuérdense que son amigos y socios de hace muchísimos años. Y conociendo eso, parecería que Juan va a escribir otra escena más donde él queda bien parado y su amigo Pedro no tanto.

Sin embargo, mis hermanos, lo que Juan escribe en el resto de este capítulo es una de las historias más tiernas de amor y restauración que existen en los evangelios. Lo que pudo haber sido otra escena de vergüenza para su amigo Pedro, Juan lo convirtió en un monumento a la gracia.

Versículo 7 en adelante: "Oyendo Simón Pedro que era el Señor, se puso la ropa, porque se la había quitado para poder trabajar, y se echó al mar. Pero los otros discípulos vinieron en la barca, porque no estaban lejos de tierra, sino unos 100 metros, arrastrando la red llena de peces. Cuando bajaron a tierra, vieron brasas ya puestas y un pescado colocado sobre ellas, y pan. Y Jesús les dijo: 'Traigan algunos de los peces que acaban de sacar.' Simón Pedro subió a la barca y sacó la red a tierra, llena de peces grandes, 153 en total. Y aunque había tantos, la red no se rompió. Jesús les dijo: 'Vengan y desayunen.' Ninguno de los discípulos se atrevió a preguntarle: '¿Quién eres tú?', sabiendo que era el Señor. Jesús vino, tomó el pan y se lo dio, y lo mismo hizo con el pescado. Esta fue la tercera vez que Jesús se manifestó a los discípulos después de haber resucitado de entre los muertos."

El mismo esquema de la primera pesca: Cristo da una orden que parece absurda, Pedro obedece y hay un resultado milagroso.

Cuando llegan a tierra, Juan escribe algo que quiero que volvamos a leer con atención: "Cuando bajaron a tierra, vieron brasas ya puestas y un pescado colocado sobre ellas, y pan." La palabra griega que Juan usa aquí para "brasas" es anthrakia. Es una palabra muy específica, porque no significa un gran fuego; significa un montón de carbones encendidos. Y esta palabra aparece solamente dos veces en el Nuevo Testamento, y las dos veces las escribe el apóstol Juan.

¿Adivinan cuándo es la otra vez? La noche del arresto de Jesús, en el patio del sumo sacerdote: "Los siervos y los guardias estaban de pie calentándose junto a unas brasas —*anthrakia*— que habían encendido porque hacía frío. Pedro también estaba con ellos de pie, calentándose." Fue junto a unas brasas donde Pedro negó a su Señor tres veces. Y Juan lo escribe a propósito.

Usa la misma palabra para establecer un paralelo entre esos dos momentos, para transmitirnos lo que Pedro debió haber pensado cuando vio a su Señor de nuevo y le llegó ese olor a carbones encendidos. Pero ahora, al lado de las brasas, no hay nadie acusándolo. Ahora está su Señor esperándolo para desayunar con él.

Jesús se trasladó hacia su lado. Él no esperó que Pedro volviera arrepentido a Jerusalén. Él fue a donde él estaba y le preparó desayuno junto a unas brasas iguales. El apóstol Juan entendió que el Señor quería cambiar ese recuerdo tormentoso de Pedro —unas brasas— por uno nuevo, donde él estuviera con su Señor y él le estuviera preparando el desayuno.

Wow. La gracia de Dios no te pide que tú olvides que fallaste, no te pide que finjas que no ocurrió. La gracia de Dios no espera que tú solo te limpies. La gracia de Dios te encuentra exactamente donde tú estás, en tu lago, en tu madrugada, con tus redes vacías, y enciende unas brasas y pone pan y pone pescado y te dice: "Ven, desayuna conmigo."

Tenemos que hablar, pero primero come conmigo, porque la gracia va primero.

Vamos a seguir leyendo. Versículo 15: "Cuando acabaron de desayunar, Jesús dijo a Simón Pedro: 'Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?' 'Sí, Señor, tú sabes que yo te quiero', le contestó Pedro. Jesús le dijo: 'Apacienta mis corderos.' Volvió a decirle por segunda vez: 'Simón, hijo de Juan, ¿me amas?' 'Sí, Señor, tú sabes que te quiero', le contestó Pedro. Jesús le dijo: 'Pastorea mis ovejas.' Jesús le dijo por tercera vez: 'Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?' Pedro se entristeció porque la tercera vez dijo: '¿Me quieres?', y le respondió: 'Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te quiero.' 'Apacienta mis ovejas', le dijo Jesús."

Después del desayuno, Jesús se vuelve a Pedro. Tres preguntas, tres respuestas, tres negaciones borradas por tres confesiones, y Juan sigue construyendo un espejo con toda precisión.

Lo más seguro, mi hermano, es que tú has oído la particularidad de esta conversación entre Cristo y Pedro, que se percibe de una manera más clara en el griego original. En el Nuevo Testamento hay dos palabras que se usan en griego para amor. Agapao, que describe un amor de entrega total, incondicional, un amor que no depende de las circunstancias ni los méritos de quien lo recibe. Y fileo, que describe un afecto fraternal, un cariño genuino, un amor de amistad.

Jesús pregunta las dos primeras veces con agapao: "¿Me amas?" Esa es la palabra grande, la palabra de entrega total. Pero Pedro responde las dos veces con fileo: "Señor, tú sabes que te quiero", con la palabra pequeña, la de afecto, la del cariño.

Imagínense lo que pudo estar pasando por la mente de Pedro. Tiene más de tres años al lado del Señor siendo el impulsivo, el que habla antes de pensar, el que dijo: "Aunque todos se vayan, yo nunca te dejaré." Pero que en el momento de la verdad lo abandonó. No se atreve a usar la palabra grande agapao después de todas las veces que metió la pata y le quedó mal a su Señor. No hay manera de que Pedro le pudiera decir a su Señor: "Te amo con amor de entrega total incondicional."

Entonces Pedro lo que hace es responder con lo que honestamente él puede ofrecerle. "Señor, te quiero, te tengo cariño, tú me importas, hay afecto real de mí para ti, pero yo no me atrevo a decir más nada después de eso. Yo no quiero decir algo por impulso y fallarte de nuevo. Ya yo no lo voy a soportar más."

Y en la tercera pregunta ocurre algo que le parte el corazón a Pedro, y es que Jesús desciende el nivel de su requerimiento. Baja la barra. "Pedro, ¿me tienes afecto?" Fileo. Jesús usa la palabra de Pedro, la más chiquita. Y el texto dice que Pedro se entristeció cuando Jesús le preguntó por tercera vez, y probablemente se entristeció por dos cosas: primero, porque estaba en el mismo esquema de tres preguntas y recordó sus tres negaciones; y quizás porque se dio cuenta de que el Señor había bajado sus expectativas con él, como diciéndole: "Okay, dame lo que tú tienes para mí. Yo no te voy a pedir más de lo que tú me puedes dar. Con lo que tú tienes para darme, yo lo hago."

Y Pedro, con todo ese peso que carga, con todas esas historias de gloria y fracasos, responde: "Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que yo te quiero." Solamente le pide a Jesús que examine su corazón y que vea que lo que hay en él, aunque es poco, es real. Y Jesús lo recibe y le muestra que es suficiente.

Tres veces Jesús pregunta, tres veces Pedro responde, tres veces Jesús le da un encargo: "Apacienta mis corderos, pastorea mis ovejas, apacienta mis ovejas." ¿Ven la diferencia entre Lucas 5 y Juan 21? Ahora el encargo, el llamado, implica no solamente una captura masiva de almas, sino un cuidado individual: pastorea, apacienta. De las redes al cayado, de lanzar para recoger mucho a quedarse para cuidar bien.

Pedro había madurado para una vocación más exigente y muchísimo más preciosa. Había madurado, pero había madurado a través de sus fracasos, a través de esos tres años de aciertos y tropiezos, de negaciones, de llanto amargo, a través de la vergüenza junto a las brasas, pero también a través de la restauración al lado de otras brasas. Todo esto fue necesario para prepararlo como pastor de ovejas. Ahora Pedro puede cuidar ovejas porque sabe lo que es ser oveja perdida y encontrada.

Yo quisiera cerrar con tres afirmaciones, tres verdades que salen de estas dos pescas y que quiero que se lleven a casa en este día.

Primera afirmación. Jesús te llamó cuando eras pecador, cuando estabas cansado, cuando estabas frustrado, cuando tus redes estaban vacías, cuando tú estabas resignado. Quizás en la peor noche de tu vida te llamó cuando estabas en el piso, muerto de miedo. Ese es el evangelio en su forma más pura.

Dios no busca personas que estén listas. No espera que te hayas ordenado lo suficiente. No espera que hayas resuelto todas tus dudas, ni que hayas superado ese patrón de pecado con el que llevas años luchando. El llamado de Dios no es un premio por estar bien. Él se sube en tu barca, se mete en tu vida en medio de tu noche vacía.

Si en esta mañana hay alguien aquí que todavía no conoce a Cristo, quizá ha venido a la iglesia por primera vez o ha venido varias veces pero no ha dado el paso, se ha quedado en la periferia, mi amigo, escucha esto: Jesús no está esperando que tú llegues con algo digno que ofrecer. Él se sube a la barca cuando tus redes están vacías.

Y para los que estamos aquí, que conocemos a Cristo y que llevamos años caminando en la fe, que nunca se nos olvide que el llamado que recibimos tampoco fue porque éramos dignos y capaces. Fue gracia, solo gracia. Y esa gracia es la misma ayer, hoy y siempre.

Segunda afirmación. Ese mismo Jesús que te llamó nunca te abandona, te persigue, sobre todo cuando tú pierdes tu norte, y te restaura. Pedro quiso alejarse del lugar donde había fallado. Volvió al lago, volvió a lo conocido. Hermano, cuando dice que Pedro se fue al lago, no fue que cruzó dos calles. El lago se encontraba a casi 150 km de Jerusalén. Eran varios días de viaje a pie. Él se fue lo más lejos que pudo del lugar donde le falló a su Señor. Se fue a recuperar su identidad anterior, se fue de regreso a las redes que había abandonado totalmente. Pero Jesús se apareció en la orilla. Así funciona la gracia.

Y yo no sé, mi querido hermano, con cuál Pedro tú te identificas en este momento de tu vida. Con el que dudó al caminar en las aguas porque perdió su enfoque en el Señor y comenzó a hundirse. Con el que lo negó en el momento de la prueba. Con el que pasa de estar en bendición a portarse como un inconverso el mismo día. Con el que ha estado caminando de regreso al lago, poniendo distancia entre lo que vive y lo que confiesa. Con el que ha comenzado a derivar silenciosamente. Con el que se ha dicho a sí mismo que después de lo que hizo ya no hay encargo ni llamado que aplique para él.

O quizás tú hoy reconoces que tus problemas comenzaron el mismo día uno, porque tú no hubieras respondido a su llamado, no hubieras dejado todo para irte tras Jesús. Tú hubieras preferido quedarte con la bendición de dos barcas llenas de peces, prosperar en tu negocio, ser un buen mayordomo de las bendiciones que el Señor te ha dado, y no dejarlo todo por seguirlo a Él, sino más o menos. Sirvo en la iglesia, doy mi ofrenda, voy todos los miércoles a la iglesia.

Hermano, no importa con cuál Pedro tú te identifiques. Yo quiero que tú escuches esto.

Jesús ya está en la orilla, pero él no llegó ahora. Él no va a llegar cuando él vea que tú estás llegando a la orilla. Hace rato que él está allá preparado y esperándote, con unas brasas encendidas, con pan y pescado, esperando que tu barca llegue a tierra para decirte: "Ven, desayuna, y luego hablamos."

Tercera afirmación: ese mismo Jesús que te restaura te encarga cosas más grandes de lo que tú puedes imaginar. Pedro recibió en Juan 21 un encargo más exigente y hermoso que el de Lucas 5, no a pesar de todo lo que había vivido entre las dos pescas, sino a través de todo lo que había vivido entre las dos pescas.

Jesús no le preguntó a Pedro: "Pedro, ¿listo? Pedro, ¿por fin lo entendiste todo? Pedro, ¿ya mis mandatos no te parecen sin sentido? Pedro, ¿puedes prometerme que no me vas a volver a fallar?" El Señor solamente le preguntó: "Pedro, ¿me amas?" Y cuando Pedro no pudo ofrecer la palabra grande, Jesús bajó a la palabra pequeña, tomó lo que Pedro podía darle y quería darle, y con eso lo usó para su gloria.

Lo usó con la red. En sus primeras dos grandes predicaciones, Pedro recogió 3.000 y 5.000 almas. Lo usó también con el cayado, porque ese mismo Pedro se detuvo por una sola persona. Miró a los ojos a un cojo en la puerta del templo y le dijo: "Míranos." Y le dio sanidad. De la red al cayado, desde el lanzamiento masivo al cuidado individual, uno a la vez.

Esta mañana Cristo nos hace a cada uno de nosotros, no a la iglesia en abstracto, a ti y a mí, la misma pregunta: ¿Me amas? Y él no está esperando que le digamos la palabra grande. Él está esperando que todo lo que hay en nuestro corazón lo pongamos a su servicio. Por pequeño que sea, él quiere ver la disposición de nuestro corazón.

El problema es que hay que decirle como Pedro: "Señor, tú que sabes todas las cosas, tú sabes que te quiero." Podemos nosotros decirle al Señor: "Padre, tú sabes que te fileo. Tú lo sabes. Es así." Nosotros podemos decir que tenemos amor por el Señor. Nosotros hemos visto en este pasaje cómo es nuestro Señor, cómo él, a través de dos pescas milagrosas que impactaron a miles de personas, se preocupó por una, o por cada una.

Él le modeló a Pedro en esos tres años y medio que, aunque él hacía milagros, se preocupaba por la gente. "Alguien me tocó." "Voy a la casa a sanar a alguien." Él le modeló antes del llamado, él le enseñó cómo él tenía que hacerlo. Ese es nuestro Dios. Ese es el Dios que nos pregunta: ¿Me amas?

Entonces, hoy es un buen día para nosotros pensar. Vamos a cerrar nuestros ojos. Wow, Señor, tú nos das esperanza. Yo solamente necesito fe para saber cómo eres tú.

Yo quiero que terminemos cantando como terminamos en la Santa Cena del miércoles, diciéndole: "Señor, los débiles como Pedro y como yo podemos decir: fuertes somos en aquel que resucitó por mí. Que arda en nuestro corazón un fuego, no unas pequeñas brasas, no, un fuego que consuma todo por ti."

Señor, te amo. Te amo, Dios. Señor, te adoraré. Señor, tú eres Señor. Solamente tú eres fiel. Solamente tú estás ahí esperándome. Te amo, Dios. Tu amor restauró mi esperanza y mi fe. Mi vida te doy para honrar tu amor, Señor, mi Rey Salvador.

Oh, Señor, qué ciegos estamos cuando no podemos responder a un amor como el que tú nos das, Señor. Que osamos, Señor, en nuestra ignorancia espiritual compararte, dedicar nuestro amor a otras cosas o a otras personas y dejándote a ti a un lado. Padre, gracias porque de todas maneras tú estás en la orilla esperándonos, Señor, y que por más lejos que estemos de ti, Señor, al final dice la Palabra: "¿A dónde me esconderé?" Tú vas a estar ahí esperándome. Tú vas a estar ahí listo para cuando yo decida lanzarme al mar y correr hacia ti.

Padre, nosotros te necesitamos. Nosotros necesitamos vivir una vida, Señor, sabiendo que esa debe ser nuestra única certeza de fe, que debemos amarte para que nuestra vida responda a tu voluntad. Padre, gracias por tu Palabra, gracias porque tú eres bueno en Cristo Jesús. Amén.

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Reynaldo Logroño

Reynaldo Logroño

Reynaldo Logroño sirve como uno de los pastores de la Iglesia Bautista Internacional. Ha servido en diversas áreas del ministerio —Consejería Prematrimonial, Grupos Pequeños, Escuela Bíblica Dominical, Ministerio de Cárceles y Conferencias Por Su Causa— y actualmente dirige los Ministerios Juveniles y la Escuela Bíblica Dominical junto a su esposa. Es licenciado en Publicidad con maestría en Gerencia de Mercadeo, graduado del Instituto Integridad & Sabiduría y certificado en Educación Cristiana. Casado con Jenny Thompson, es padre de Celso, Sebastián y Reynaldo Jr.