Ser hijo de Dios no es un derecho de nacimiento de toda la humanidad, sino un privilegio radical que Cristo hizo posible mediante su obra en la cruz. La raza humana, antes de ser alcanzada por la gracia, no era hija de Dios, sino hija de ira, de las tinieblas y del diablo, enemiga de Dios por naturaleza. Fue Cristo quien, al santificarnos posicionalmente y continuar el proceso de santificación a lo largo de nuestra vida por el poder del Espíritu, nos trajo a la familia del Padre. Tan real es esta pertenencia que el mismo Jesús no se avergüenza de llamarnos hermanos.
Esta adopción no es un dato teológico abstracto: viene cargada de privilegios concretos y transformadores. No necesitamos vivir atemorizados del juicio, porque recibimos un espíritu de adopción, no de esclavitud. Podemos acercarnos al Padre con la intimidad del término arameo "Abá", algo que el pueblo hebreo jamás se atrevió a hacer sino hasta siglos después de Cristo. El Espíritu mora en nosotros y da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos. Somos coherederos con Cristo, llamados a heredar el reino junto a él. Y el mismo Espíritu nos guía, no solo en decisiones puntuales, sino bajo su influencia dominante.
El pastor Núñez advierte que estos privilegios no existen sin responsabilidades. Fuimos escogidos para ser santos y sin mancha, apartados para uso exclusivo de Dios. Quien comprende el peso de haber sido adoptado en la familia del Padre no puede seguir viviendo para sí mismo. Conocer a Cristo, como señalaba Melantón, es conocer sus beneficios; y quien de verdad los conoce, vive en gratitud, obediencia y amor genuino.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
El recordatorio de que la próxima semana estaremos orando por dependencia del Espíritu trae a mi mente las palabras de uno de los héroes de la iglesia de tiempos recientes, el Dr. Lloyd-Jones, que cuando subía al púlpito decía en cada escalón por donde caminaba: "Yo creo en el Espíritu. Yo creo en el Espíritu. Yo creo en el Espíritu." Amén.
Señor, yo estoy aquí para predicar un mensaje de tu Palabra inerrante, infalible, todopoderosa y todo suficiente, pero no en mi poder. Señor, yo te pido que tú me permitas predicar en el poder de tu Espíritu para la gloria del Hijo. Señor, esta es la era del Espíritu, pero es para la gloria del Hijo. De manera que en esta mañana yo quiero pedirte otra vez que tú puedas glorificarte en medio de tu pueblo.
Sostén al predicador. Yo vuelvo y te pido: gobiérnalo, gobiérnalo por medio de tu Palabra y por medio del poder del Espíritu que mora en él. Permite que él pueda —no permitas, más bien, que él predique ni hoy ni en ninguna ocasión una ortodoxia muerta. Una ortodoxia muerta es doctrina correcta, pero divorciada del poder de tu Espíritu.
Señor, levanta un mover de oración y levanta un mover de dependencia del Espíritu, que podamos finalmente entender y llevar a la práctica que separados de ti nada podemos hacer. Y si bien es cierto que tú fuiste quien pronunciaste esas palabras, Jesús, la realidad es que nosotros somos conectados contigo por medio del Espíritu que mora en nosotros.
Gracias por ministrar a mi alma en esta mañana. Gracias por ministrar a mi alma durante toda esta semana al saborear todavía de una mejor manera las verdades en el texto de hoy. Permite, Señor, que podamos comer de tu plato y que quedemos con hambre, no porque no fue suficiente, sino porque queremos volver a comer de la misma comida. Te lo pedimos en el nombre de tu Hijo Jesús. Y su pueblo dice: "Amén."
Bueno, yo creo que ustedes no necesitan ser recordados. Estamos en una serie acerca de Jesús, la gloria de los siglos. ¿Se imagina? Jesús es la gloria de los siglos. Y en esta mañana nosotros vamos a continuar exactamente donde nos quedamos. Cubrimos hasta el versículo 10 del capítulo 2. Estamos comenzando hoy en el 11 y vamos a cubrir hasta el 18.
Pero simplemente quería recordarte dónde estuvimos la semana anterior. Vimos cómo Cristo se convirtió, en último caso, en nuestro sumo sacerdote, pero para llegar hasta ahí fue necesario que él padeciera de tal manera que pudiera identificarse con nosotros. En su encarnación —se hizo carne, ¿verdad?— para poder identificarse con aquellos que heredamos de Adán esa naturaleza humana. Entonces Cristo vino a representarnos, y para eso necesitaba toda la experiencia humana en su plenitud para poder ser nuestro verdadero e ideal sumo sacerdote.
Entonces el versículo 10 con el que nosotros cerramos nos habla de que Cristo es el autor —esta es la traducción en la mayoría de las Biblias— es el autor de nuestra salvación. Pero yo creo que se me olvidó mencionar que la palabra traducida ahí como "autor" en el griego es una palabra que puede ser traducida no solamente como "autor" o como "líder", pero sobre todo como "pionero." Y eso es una palabra importante, porque probablemente eso estaba más en la mente del autor del libro de Hebreos, porque un pionero es alguien que va adelante, va abriendo un camino porque entiende que hay otros que vienen detrás que necesitan seguir por el mismo camino.
Y en la medida en que él fue trillando este camino, pues se fue preparando el camino por donde tú y yo teníamos que caminar y seguir hasta encontrarnos en gloria. Cuando él terminó de trillar ese camino, ya él se había convertido en nuestro sumo sacerdote. Había ofrecido su vida como sacrificio en la cruz, y su vida ofrecida allí se juntó con su oficio de sacerdote, donde el sacerdote y el sacrificio fueron la misma cosa. Luego se convirtió en nuestro abogado ideal, como Juan nos dice en una de sus cartas, que si pecamos, abogado tenemos frente al Padre, pero al mismo tiempo en nuestro intercesor ideal. Y vimos todas esas verdades.
Pero el autor de Hebreos tiene mucho más que decirnos en el día de hoy. De manera que vamos a leer del capítulo 2, del versículo 11 hasta el versículo 18, y más adelante te daré explicaciones.
Escucha, versículo 11. Esta es la Palabra de Dios:
"Porque tanto el que santifica como los que son santificados son todos de un mismo Padre, por lo cual Él no se avergüenza de llamarlos hermanos. Cuando dice: 'Anunciaré tu nombre a mis hermanos, en medio de la congregación te cantaré himnos.' Otra vez: 'Yo en Él confiaré.' Y otra vez: 'Aquí estoy yo y los hijos que Dios me ha dado.' Así que, por cuanto los hijos participan de carne y sangre, también Jesús participó de lo mismo para anular mediante la muerte el poder de aquel que tenía el poder de la muerte, es decir, el diablo, y librar a los que por el temor a la muerte estaban sujetos a esta esclavitud durante toda la vida. Porque ciertamente no ayuda a los ángeles, sino que ayuda a la descendencia de Abraham. Por tanto, tenía que ser hecho semejante a sus hermanos en todo, a fin de que llegara a ser un sumo sacerdote misericordioso y fiel en las cosas que a Dios atañen, para hacer propiciación por los pecados del pueblo. Pues por cuanto Él mismo fue tentado en el sufrimiento, es poderoso para socorrer a los que son tentados."
Yo sé que hay algunas cosas ahí que no te resultan tan claras, pero vamos a caminar y vamos a tratar de explicarte el texto. Yo creo que el texto, cuando lo lees una y otra vez, tiene varias verdades que comunicarnos, algunas ya introducidas la semana pasada. Pero aquí hay dos pilares sobre los cuales descansa cada verdad que el texto contiene.
Pilar número uno: Dios nos adoptó como padre de su familia y, por tanto, Jesús nos llama hermanos. Eso es vital. De hecho, vamos a pasar la mayor parte del tiempo ahí. Y número dos: Jesús, luego de su sacrificio agonizante en la cruz, se convirtió en nuestro sumo sacerdote, que ya introdujimos la semana pasada.
Con eso en mente, este es el título de mi mensaje: Cristo, nuestro hermano y sumo sacerdote. ¿Te imaginas que tu sumo sacerdote, tu abogado frente al Padre y tu intercesor, dice que él es también tu hermano? Wow.
Comencemos con el primer pilar: Dios nos adoptó como parte de su familia y Jesús ahora nos llama hermanos. Versículo 11, vuelvo a leerlo: "Porque tanto el que santifica como los que son santificados son todos de un Padre, por lo cual Él no se avergüenza de llamarlos hermanos."
El autor de Hebreos claramente se está refiriendo a Cristo. Cristo es el sujeto prácticamente del libro entero; no en todos los casos, pero es el sujeto principal. Entonces, cuando él dice esto, está hablando de que Cristo es quien nos santifica, nosotros somos los santificados, y que los dos pertenecemos a un mismo Padre.
Ahora, hagamos una diferencia que yo creo que ya ustedes entienden. Jesús ha sido el Hijo del Padre desde toda la eternidad. En un sermón anterior hablamos de lo que se conoce en teología como la generación eterna del Hijo. En otras palabras, Dios siempre ha existido como una Trinidad y desde siempre el Hijo ha estado con Él en esa relación. Ellos siempre han guardado esa relación de Padre e Hijo dentro de la Trinidad, junto con el Espíritu Santo.
Eso de que Jesús es el Hijo del Padre no es una enseñanza de poco peso, no es una enseñanza liviana. De hecho, es una enseñanza teológica repetitiva y recurrente, sobre todo en el Nuevo Testamento. Déjame darte una idea: la frase "el Hijo de Dios" aparece más de 40 veces en el Nuevo Testamento para referirse a Jesús en relación con Dios Padre.
La frase "el Hijo" también aparece más de 40 veces en el Nuevo Testamento. Si nosotros contamos otras frases como "su Hijo" y frases parecidas, probablemente vamos a encontrarnos con no menos de 150 referencias al hecho de que hay un Padre y hay un Hijo, y ese Hijo es Jesús hecho en la carne.
Él y nosotros pertenecemos a la misma familia. Eso es impresionante, porque nosotros anteriormente no hemos sido hijos de Dios siempre. Eso es un mal entendimiento, como que la raza humana todos somos hijos de Dios. Eso lo escuchas en la calle, pero eso no es verdad. Juan nos dice en el capítulo 1, versículos 12 y 13, que aquellos que lo recibieron, a esos, a esos solamente les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios. ¿Por qué? Porque no lo eran.
Entonces, ¿qué éramos antes? Bueno, creo que hablamos de eso. Éramos hijos de ira, según Efesios 2:3. Éramos hijos de las tinieblas, según Efesios 5:8. Éramos hijos del diablo, de acuerdo a Juan 8:44 y 1 Juan 3:10. Y dado todo eso, éramos enemigos de Dios. La raza humana no es hija de Dios; somos enemigos de Dios por naturaleza, Romanos 5:10. Y Cristo vino y nos tomó desde esa condición para llevarnos a ser hijos de Dios.
La pregunta es, entonces, la primera pregunta, porque tenemos varias preguntas que el texto le hace a ustedes de manera retórica: ¿cómo llegamos nosotros desde donde estábamos a ser hijos de Dios? Bueno, el texto en el versículo 11 dice que Jesús nos santificó. Y yo sé que nosotros frecuentemente pensamos que quien nos santifica es el Espíritu, y pensamos usualmente en la santificación como si primero ocurre la justificación, somos declarados justos delante de Dios, y es cierto, y que luego nosotros somos santificados por el poder del Espíritu, de acuerdo a 2 Corintios 3:18. Hay verdad en eso.
El problema es que el autor de Hebreos, que conoce mucha teología, está viendo algo que frecuentemente nosotros no vemos. La santificación con frecuencia nosotros la dividimos como en dos partes, pero eso realmente no es exactamente como la Biblia lo presenta. La santificación puede ser vista como un solo proceso de principio a fin, desde la justificación en la cruz, a la santificación desde la cruz a lo largo de la vida y hasta entrar en gloria. Todo eso puede verse como santificación.
Ahora, para entender mejor cómo es que ocurre la santificación, ha sido dividida en dos partes. Entonces, cuando la dividimos es donde tenemos el problema de quién es quien nos santifica. Porque la dividimos y decimos: Cristo en la cruz nos justificó, y cuando nos justificó nos declaró justos delante de Dios. Ahí, cuando Él murió, propició la ira de Dios, placó la ira de Dios. Y a eso le llamamos en este momento que Cristo nos dio santificación posicional, nos posicionó delante del Padre y nos declaró incluso santos el mismo día en que yo entregué mi vida al Señor.
Y luego entonces hablamos de una santificación progresiva que ocurre a lo largo de toda la vida, de la que 2 Corintios 3:18 habla. Pero esta santificación ocurre, de acuerdo al texto que te acabo de mencionar, de la siguiente manera: nosotros contemplamos como en un espejo la gloria del Señor Jesucristo y vamos siendo santificados por medio del poder del Espíritu. De manera que la santificación es mejor vista como un solo proceso desde el momento en que Cristo te santifica posicionalmente, y continúa tu proceso de santificación contemplando la gloria del Hijo y el poder del Espíritu acompañándote en el proceso. Cuando tú llegas ahí, Cristo dice que Él no se avergüenza de llamarnos hermanos. ¿Están conmigo todavía? Amén.
Entonces, el día que tú crees, tú eres apartado para Dios. Pero escucha, hermano, porque vamos a llegar ahí en un momento más adelante: tú eres apartado para Dios para dos cosas, para reflejarlo y glorificarlo, pero también eres apartado para Dios para servirle. En el Antiguo Testamento, cuando los instrumentos musicales eran consagrados, la palabra implicaba "separado para uso exclusivo." Cuando una pareja se casaba, se hablaba de que el matrimonio era un kiddushin, la palabra hebrea que implicaba uso exclusivo del uno para el otro también. De manera que tú fuiste apartado para uso de Dios.
Entonces, cuando Dios te hace su hijo, en este momento es que tú eres adoptado dentro de la familia de Dios. El apóstol Pablo hace de eso, de la adopción, una doctrina. Y déjame decirte que es una doctrina eminentemente paulina. Nadie más habla de adopción. Los otros autores hablan de ser hijos de Dios de manera repetitiva, pero solamente Pablo habla de la adopción, y la menciona cinco veces en tres cartas: Romanos 8:15, Romanos 8:23, Romanos 9:4, Gálatas 4:5 y Efesios 1. Cinco veces en tres cartas.
De manera que es interesante, porque este concepto paulino es tan exclusivo que no aparece en el Antiguo Testamento, no aparece en la literatura griega clásica, no aparece en la literatura judía de aquel periodo. Es paulino. Nosotros no entendemos cuán privilegiados somos de haber sido adoptados dentro de la familia de Dios. Yo tengo que confesar que rumiando esto mucho más, y habiendo tenido acceso a un nuevo libro que pude comenzar a leer, llamado así mismo Adoptado dentro de la familia de Dios, 250 páginas hablando de ese solo concepto, yo fui ricamente ministrado al pensar una y otra vez cuán privilegiados somos y cuánto no lo entendemos.
Por eso no tenemos suficiente amor por Cristo. Por eso nosotros no somos tan agradecidos acerca de nuestra salvación y no vivimos con una expresión de gratitud continua. Y si la verdad es conocida, nuestra vida de obediencia tampoco refleja las bendiciones que Cristo derramó sobre nuestra vida. Porque si nosotros estuviéramos apercibidos de dichos privilegios, nuestra vida de obediencia fuera prístina.
La mano derecha de Martín Lutero, Felipe Melanchthon, el colaborador más cercano de Lutero y uno de los buenos teólogos de la Reforma, decía: "Conocer a Cristo es conocer sus beneficios." Si yo no conozco sus beneficios, implica que yo no conozco bien a Cristo; quizás no lo conozco para nada. Y esos beneficios llegan a nosotros como resultado de nuestra unión con Cristo.
Ahora, para explorar —recuerde, estamos explorando el hecho de que somos hermanos de Jesús y el hecho de que Jesús y nosotros formamos parte de una misma familia y tenemos un mismo Padre—, la pregunta aquí es: ¿cómo llegamos ahí? Bueno, por medio de la adopción. Entonces, para hablarte de esa idea y expandirla, tengo que irme a Romanos 8:15-17 para que podamos entender mejor a qué se refería Melanchthon, la mano derecha de Lutero, cuando hablaba de los beneficios de Cristo, que yo prefiero llamar los privilegios de estar en Cristo.
Escuchen, versículos 15 al 17: "Pues ustedes no han recibido un espíritu de esclavitud para volver otra vez al temor, sino que han recibido un espíritu de adopción como hijos, por el cual clamamos: '¡Abba, Padre!' El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, somos también herederos: herederos de Dios y coherederos con Cristo, si en verdad padecemos con Él, a fin de que también seamos glorificados con Él."
Estos no son beneficios simplemente. No, no. Estos son privilegios en grado superlativo. Yo quiero explorar eso contigo, porque eso es el resultado de haber sido hecho parte de la familia de Dios por medio de Cristo Jesús. Privilegio número uno, de acuerdo a lo que leímos ahora en Romanos: no necesitamos vivir atemorizados del juicio de Dios si verdaderamente somos hijos. Escuchaste que Cristo viene, que hay un periodo de tribulación, que no quieres pasar por ahí, que eso será terrible.
Escúchame. ¿Tú eres hijo o no eres hijo? Dios no nos ha dado un espíritu de temor. ¿Leíste Romanos 8:15? No nos dio un espíritu de esclavitud para volver otra vez al temor.
Entonces, ¿qué fue lo que recibimos? Recibimos un espíritu de adopción. ¿Y qué implica eso? Bueno, si tú lees a Pablo, recuerda, la doctrina paulina en 2 Corintios 3:17 dice que donde está el Espíritu del Señor hay libertad. Exactamente. Cuando Dios me adoptó dentro de su familia, me libertó de la esclavitud, me dio libertad. Donde está el Espíritu hay libertad, no esclavitud.
Privilegio número uno. Privilegio número dos: decimos que Cristo nos trajo el privilegio de tener intimidad con Dios.
Yo rumiéé esto varias veces y pensé cómo hubiese sido antes de Cristo. Tienen que escuchar bien. Todavía estoy en Romanos 8:15, pero esta es la segunda parte. El texto dice que nosotros recibimos un espíritu de adopción y que entonces podemos clamar: "Abba, Padre."
Abba es un término arameo, proviene del arameo. Es un término de ternura que transmite intimidad. En la antigüedad, el pueblo hebreo, cientos de años antes de llegar a Cristo, jamás, jamás llamó a Dios Padre. Imposible. Y mucho menos Abba. No, eso era como irrespetuoso.
En una ocasión, escuchando al Dr. Arus, él comentó que el académico del Nuevo Testamento Joaquín Jeremías investigó, escucha, todas las oraciones que se encontraban en la literatura hebrea de la antigüedad. Todas las oraciones. Y al final concluyó que nadie se dirigió a Dios como Padre en la cultura hebrea. ¿Sabe hasta cuándo? Hasta el siglo X de esta era. En la cultura judía, nadie le habló a Dios de Padre hasta 1000 años después de Cristo. Wow.
No, porque no podían. No es un accidente que Cristo viene y los discípulos, que están como aprendiendo a orar con él, están oyendo cosas que nunca oyeron. En un momento dicen: "Señor, te hemos oído orando y nosotros como que no sabemos orar. Enséñanos a orar." ¿Tú recuerdas eso? ¿Usted sabe cómo comienza? "Abba, Padre." Yo creo que si los discípulos cerraron los ojos ahí para comenzar a orar, cuando él dijo "Abba, Padre", probablemente abrieron los ojos y pensaron: "¿Qué?" Nunca antes habían escuchado una cosa así. Y Cristo les está enseñando a orar. En otras palabras: "Te estoy enseñando a tener intimidad con mi Padre." Mateo 6:9 y siguientes tiene la oración del Padre Nuestro.
Jesús mismo fue a Getsemaní y oró. ¿Y cómo tú piensas que en Getsemaní se dirigió él al Padre cuando le habló de que se haga tu voluntad y no la mía? Abba, en arameo. Es el idioma que el pueblo adquirió en Babilonia cuando regresó del exilio. Ese fue el lenguaje común de la gente. Y estaba tratando Jesús de decirles: "Yo no solamente les estoy enseñando en palabras, yo estoy poniendo en práctica, porque yo quiero que ustedes aprendan a intimar con mi Padre, porque ahora es tu Padre también, y ustedes necesitan eso."
Y yo comencé a rumiar esto pensando: "Yo no me imagino, porque yo sé cómo oro con Dios. Yo sé lo franco que soy, lo directo que soy, lo transparente, lo vulnerable, lo brutalmente sincero que soy con Dios." Decía: "Wow, que yo no hubiese podido hacer nada de esto."
Escucha algo más. En Gálatas 4:6, el apóstol Pablo, el campeón de la doctrina de la adopción: "Y porque ustedes son hijos, Dios ha enviado el Espíritu de su Hijo a nuestros corazones clamando: Abba, Padre." Otra vez Pablo está diciendo: "Escucha, esta es la manera de orar. Tú tienes que aprender a tratar a Dios como tu Señor, pero sin olvidarte nunca de que él es tu Padre."
Hay una relación, hay un sabor, si tú quieres, especialmente, no sé, dulce, cuando tú puedes intimar y sabes que quien te oye es tu Padre. Y no solamente que quien te oye es tu Padre, es que como es un Padre bueno, y no solamente bueno sino infinitamente bueno, es un Padre que cuando te escucha orar, aun si tú no oras muy bien, pero estás orando sinceramente, genuinamente, él te entiende.
Como el niño, no sé si te conté en una ocasión, el niño que está orando en una reunión de hombres en una iglesia, que es una historia verídica aparentemente. Un niño de unos 10 años, y lo invitaron a orar, eran todos hombres pero había niños varones ahí, y el niño pasa adelante, está todo nervioso, no tiene mucha práctica orando, y él le dice: "Gracias, Dios Padre, por crucificarte en la cruz." Al final, uno de los ancianos se acerca y le dice: "Mira, mi hijo, para que aprendas a orar, ¿no fue el Padre que se crucificó?" Y le dice: "Bueno, gracias por la corrección, pero yo no estaba hablando con usted."
Cuando un niño tuyo de uno o dos años pronuncia mal una palabra, pero tú lo entiendes, tú sigues hablando con él, no lo corriges de mala manera. Es un Padre que te entiende.
Escucha lo que el salmista escribió en el Salmo 103:13-14: "Como un padre se compadece de sus hijos, así se compadece el Señor de los que le temen", en el término de aquellos que le obedecen, aquellos que se relacionan con él reverentemente. Porque él sabe, escucha esto, me encanta este versículo, siempre me ha encantado: ¿por qué Dios se compadece de mí? Porque él sabe de qué estamos hechos. Se acuerda de que solo somos polvo.
Dios sabe que yo no soy una gran cosa. De ahí que hablábamos el miércoles de que cuando alguien le preguntó al Dr. Sproul que si no era como muy severa la disciplina de Dios cuando Adán y Eva violaron sus estatutos, él explotó en una cierta ira santa y dijo: "¿Demasiado severa? Un pedacito de polvo se atreve a desafiar al soberano del cielo y la tierra."
Eso es lo que somos, hermanos. Pero Dios lo sabe. Él se acuerda de que somos polvo. ¿En qué religión del mundo tú vas a encontrar, recórrelas todas, en qué religión del mundo tú vas a encontrar que el Dios de esa religión primero se identifica como tu Padre y segundo quiere que tú le hables de Abba, que en nuestro lenguaje sería como "papá", "papi"? Yo no le hablo así para recordarme continuamente también delante de quién yo estoy. Pero sí, yo en ocasiones, hablando con personas, le digo: "Mi papá me cuida."
Y no estoy siendo irrespetuoso con eso. Estoy recordando y transmitiendo: "Yo sé a quién tengo por papá." Y cuando él me ve sufrir, él se compadece de mí. Y cuando él me ve tentado, él se compadece de mí. Cuando él ve mi pecado, él se compadece de mí.
Hermanos, ustedes, si son padres buenos, yo quiero asumir que los padres que están aquí son padres buenos, malos humanamente, pero buenos en términos de los deseos que tienen con sus hijos. Bueno, padres buenos saben dar cosas buenas a sus hijos. Escucha lo que Jesús dice, para que podamos entender y borremos en nuestra mente de una vez y para siempre que tú no tienes a un Padre cruel o injusto. Múltiples veces en consejería hemos oído eso: "Pastor, eso es como injusto de parte de Dios." En serio, ¿de tu Padre bueno se te ocurre pensar eso? "Dios no me oye." En serio, ¿de tu Padre bueno que dio a su Hijo? "Es que Dios se ha olvidado de mí."
Ciertamente Melanctón tenía razón: si no conoces los beneficios que tenemos en Cristo, para mí privilegios, no conoces a Cristo. Escucha lo que Cristo dijo, enseñó en Mateo 7:11: "Pues si ustedes, siendo malos, saben dar buenas dádivas a sus hijos, ¿cuánto más su Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le pidan?" Confianza. Abba.
Privilegio número tres. Esto a mí me encanta. Privilegio número tres: poseemos dentro de nosotros la tercera persona de la Trinidad, que mora en nosotros para que nos recuerde continuamente.
Escucha: "El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios." Dame el micrófono para dejarlo caer. La tercera persona de la Trinidad me dice: "Oye, oye, cuando tú camines todos los días, tú tienes que recordar de quién tú eres, hijo", en dos direcciones. Para que tengas confianza de que Él tiene sus ojos sobre ti. ¡Uf!
Y número dos, para que sepas y recuerdes a quién tienes que representar. Hermano, si tú y yo recordáramos esa sola verdad en todo el sentido bíblico, en todas las implicaciones bíblicas de lo que tiene que ver el hecho de que soy hijo de Dios, esa verdad a mí me ayudaría a correr bien el resto de la carrera hasta que yo me encuentre con mi Padre y pueda recibir el abrazo del Padre.
Privilegio número cuatro. Todavía estoy en Romanos 8:15 al 17. Pasamos de hijos de la ira a hijos de Dios, con derecho —esto es lo que dice Romanos 8:17— a heredar todo lo que Cristo hereda. Eso es impresionante. ¿Sabes por qué? Porque si tú estuvieras en la sociedad romana en la que ellos vivieron —eran judíos, pero vivían bajo el imperio de Roma—, en la sociedad romana el primogénito, el primero, heredaba todo. A los otros hijos no les quedaba nada.
¿Tú sabes quién es el primogénito de Dios? Jesús. Él lo hereda todo. Pero cuando Jesús hereda, yo heredo exactamente lo que Él hereda. ¿Cómo lo sé? Porque el texto me lo dice. Escuchen. Versículo 17: "Y si somos hijos, somos también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo." En serio, todo lo que Cristo reciba... ¿qué es lo que Cristo va a recibir? El reino. ¿Y qué tú vas a recibir? El reino entero. Te lo leímos la semana pasada. Reinaremos con Cristo. El reino será tuyo en Cristo, para la gloria de Cristo, bajo el gobierno de Cristo, y tú con Él.
Ahora, mis privilegios no acaban ahí. Yo te leí Romanos 8:15 al 17. Pero si tú subes un versículo más, al 14, escucha lo que nos dice: "Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, los tales son hijos de Dios." Dale la vuelta a eso. Comencemos por atrás: los hijos de Dios son guiados por el Espíritu de Dios. Y ese es el privilegio número cinco.
En ocasiones, con cierta frecuencia, la gente nos llama como pastores: "Pastor, yo quisiera una consejería. Yo necesito guía, dirección, sabiduría, necesito claridad." Y tú hablas, y como que se aclara un poco el terreno para ellos. Oramos juntos. Ahora, Dios me dice —o Pablo me dice inspirado por Dios— que tú tienes un Guía con quien no necesitas hacer una cita. El Consejero tuyo, el Espíritu de Dios, siempre tiene espacio, a cualquier hora, cualquier día, desde cualquier lugar.
Y tú sabes qué, Él es tan extraordinario que cuando tú no sabes orar, Él ora por ti. Y mientras más difícil es tu circunstancia, y mientras menos tú sabes orar, más y mejor Él ora, porque ora con gemidos indecibles. ¿Tú estás entendiendo los privilegios que tú tienes de ser hijo de Dios? ¡Uf! Qué ingratos somos.
El académico Douglas Moo, quizás uno de los mejores académicos del Nuevo Testamento hoy en día, dice: "Escucha, ser guiado por el Espíritu no simplemente significa que Él te guía a la hora de tomar decisiones." No es simplemente que, bueno, tomo un trabajo o no tomo un trabajo, bueno, el Espíritu me va a guiar. No. Escucha lo que él dice: no simplemente significa que Él te guía a la hora de tomar decisiones, sino que tú estás bajo la influencia dominante del Espíritu.
Imagino lo que algunos están pensando. Estamos no solo bajo la influencia del Espíritu, sino bajo la influencia dominante del Espíritu. "Pastor, ¿y por qué es que la carne con frecuencia me gana?" Observación número uno: si tú estás bajo la influencia dominante del Espíritu, por definición, tú deberías tener más batallas ganadas que batallas perdidas contra los deseos de tu carne. Si no está ocurriendo, tengo que por lo menos examinarme para ver si estoy en la fe, o examinarme para ver si me estoy alejando de Dios.
Y cuando yo no estoy ganando más batallas que las que pierdo, a pesar de ser hijo de Dios, tenemos que ser honestos —brutalmente honestos— delante de Dios, y admitir que nosotros dejamos, permitimos, dimos aprobación para que la carne ganara la batalla, porque yo quería disfrutar de ese pedacito de la carne que me estaba llamando. ¿Por qué, pastor? Porque la influencia del Espíritu, claro que tiene que ser dominante; es el poder del Infinito que mora dentro de ti.
Y la observación número dos es que el Espíritu se nos ha dado —escuchen— ¿para qué? De acuerdo al mismo Pablo, para dar muerte a las obras de la carne. ¿Sabes por qué, hermanos? Pablo dice que yo tengo que hacer uso de ese poder para que el Espíritu pueda cultivar el fruto del Espíritu, que comienza con amor, gozo, paz, y termina en dominio propio. Pero ¿sabes qué dice Pablo? Nosotros no tenemos ninguna obligación con la carne para dejarla ganar. Nosotros sí tenemos una obligación con Cristo, y Él es quien tiene que ganar en tu vida.
Ahora escucha: yo simplemente mencioné cinco de los privilegios, de los cientos de privilegios que tenemos en Cristo, como fruto de haber sido adoptados dentro de su familia. Pero déjame recordarte algo, y recordarme algo a mí mismo, porque me lo recordé esta semana: mientras más y mayores son mis privilegios, más y mayores son mis responsabilidades.
Tú sabes, piensa en la nación más poderosa de la tierra, Estados Unidos. Se ha oído mucho el nombre de Marco Rubio o el vicepresidente JD Vance. Ellos llegan a la Casa Blanca, entran —como decimos en nuestro país coloquialmente, perdona la expresión, pero es algo de la calle— entran como perros por su casa. El perro llega a su casa y entra y no pide permiso. Ellos no piden permiso tampoco, porque tienen ese privilegio. Es un privilegio enorme, pero tú sabes que esa gente no ha estado durmiendo en los últimos meses. Sus responsabilidades son igualmente enormes. De manera que nosotros tenemos privilegios enormes, lo cual implica que tú y yo tenemos responsabilidades enormes.
Y eso comienza por el entendimiento de que ser hechos hijos de Dios no nos permite seguir siendo hijos de la carne. De ahí nos sacaron, de ahí nos compraron, ahí nos encontraron en todo lo dado, nos limpiaron, ¿y vuelvo como el perro al vómito?, dice Pedro.
Recuerda lo que el apóstol Pablo, el campeón de la doctrina de la adopción, nos dice en Efesios 1:4-5: porque Dios nos escogió en Cristo desde antes de la fundación del mundo, y estaba escogiendo hijos para el futuro. Escuchen para qué. Para que fuéramos santos y sin mancha delante de Él. Eso es una responsabilidad que yo tengo. "En amor nos predestinó para adopción como hijos para sí mediante Jesucristo, conforme a la buena intención de su voluntad." Nos escogió como hijos para sí mediante Jesucristo, quien lo hace posible. Pero claramente Pablo me dice: "Escúchame, te he escogido para que seas santo y sin mancha, para que seas como Él, porque Él es el Hijo, el modelo, el patrón de piedad con el que yo te comparo para seguir moldeándote, cambiándote, dándote forma a lo largo de tu vida."
Hermanos, si Dios nos escogió para ser santos y sin mancha, escuchen, porque esta es la aplicación: recuerda que Dios te escogió no solamente para que seas parte de la familia, sino también para usarte, para uso exclusivo. Si eso es verdad, yo no puedo —nosotros no podemos— seguir acumulando bienes materiales, procurando la felicidad antes que la santidad, buscando hacernos un nombre famoso como los constructores de la torre de Babel.
Y tú sabes cómo eso terminó. ¿Sabes lo que Cristo dijo a aquellos? Tú lo has oído de manera recurrente, y no es porque yo tenga un cliché en mi cabeza, es que yo creo que mis reflexiones a lo largo de los textos que voy leyendo me llevan al mismo texto una y otra vez. Cristo le dice a un grupo de personas, una multitud que todavía no había creído: "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo." Si tú no estás dispuesto a negarte a ti mismo, ni consideres ser mi discípulo, mucho menos mi hijo.
Me encantó este comentario de John MacArthur acerca de esa frase. Escucha, yo creo que esta frase, o mejor dicho este párrafo, porque es un párrafo entendido correctamente, tiene el potencial de filtrar quién es un hijo y quién no es un hijo. O tiene el potencial de decirme: "Oye, yo soy, sí, yo soy un hijo, pero estoy avergonzando a mi Padre. Estoy avergonzando a mi Padre y al Padre de aquel que me santificó." Escucha lo que dice en griego: el verbo traducido como negarse es muy fuerte, tiene mucha fuerza, y significa —escucha— repudiarse a uno mismo. Repudiarse a uno mismo, o negarse a sí mismo.
La cruz afecta tus sensibilidades emocionales, luego choca con tu orgullo intelectual y aplasta tu voluntad de autodeterminación. La cruz ataca tus sensibilidades emocionales, luego choca con tu orgullo intelectual y aplasta tu voluntad de autodeterminación. ¿Quieres ser cristiano? Es el fin de ti, el final tuyo. Tu vida terminó.
Intenta vender este mensaje, dice MacArthur. Esto no es —escucha— el evangelio de la autorrealización. Este es el evangelio de la negación. Este no es el ejército norteamericano, cuyo eslogan es "todo lo que puedes llegar a ser." No, no, no, no. Este es el final de ti mismo. Pero es el comienzo de Cristo.
Tú recuerda lo que Cristo dijo, registrado en Lucas 12:26: que tienes que aborrecer aun tu propia vida. Eso es lo que el verbo significa —negarse en griego— repudiarte.
Hermanos, piensen en Adán. Tú y yo heredamos la condenación y la vergüenza; eso fue todo lo que heredamos. Pero de Cristo heredamos la salvación y la gloria. ¿Tú entiendes, hermanos, que tú vas camino a la gloria? Y cuando yo digo camino a la gloria, no es simplemente como a un lugar que se llama gloria. No, no, no, no. Tú vas camino a ser glorificado y a vivir en gloria eternamente, no simplemente como un lugar, sino reflejando la gloria de Dios que te adoptó dentro de su familia. ¿Tú entiendes lo increíble que eso es? De la vergüenza a lucir glorioso. Por algo seremos como Él es.
Como descendientes de Adán, nosotros llegamos a ser hijos de tinieblas. Pero a través de la cruz llegamos a ser hijos de Dios y llegamos a ser hijos de la luz. Nosotros somos llamados hijos de tinieblas —te lo referí anteriormente—, pero luego en Juan 12:36 Cristo dice: "Vivan como hijos de la luz. Se acabaron las tinieblas. Este es el final de ti. Este es el final de tu vida. Deja de seguir acumulando en este mundo de tinieblas."
Escucha cómo 1 Tesalonicenses 5:5 afirma lo que acabo de decir: "Porque todos ustedes son hijos de la luz e hijos del día. Nosotros no tenemos nada que ver con las tinieblas. No somos de la noche ni de las tinieblas", dice Pablo. Fuimos, pero no somos. Bueno, tengo unos meses viviendo en tinieblas. Bueno, ¿pero qué tú haces ahí?
La gran pregunta es que, si no la hemos hecho, debiéramos estarla haciendo: ¿Qué fue lo que movió al Dios tres veces santo a mirar hacia abajo, encontrar hijos que estaban muertos en delitos y pecados, entregados en su propio pecado, que eran hijos de la ira, hijos de tinieblas, y quitarle la vida a su único Hijo para limpiar gentes como tú y yo? ¿Qué fue lo que movió al Padre?
Juan nos da la respuesta en su primera carta, en 3:1: "Miren cuán gran amor nos ha otorgado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios. Y eso somos", dice Juan. ¿Cuál fue la causa, Juan? Su amor.
Pero ¿cómo es que Dios me llegó a amar en estas condiciones? No, porque el amor de Dios no tiene nada que ver con el otro; es con Él. En serio. Todo lo que Dios hace, la motivación es Él mismo. Escucha el comentario de Packer a esa pregunta de qué fue lo que movió a Dios: "Dios nos adopta por su amor gratuito —en otras palabras, sin costo para nosotros—, no porque nuestro carácter y trayectoria nos hagan dignos de llevar su nombre, sino a pesar de que demuestran lo contrario." No somos aptos para tener un lugar en la familia de Dios.
"La idea de que Él nos ame y nos exalte a nosotros pecadores de la misma manera en que amó y exaltó al Señor Jesús suena ridícula y descabellada." Claro que sí. Pero es que el Señor no tiene hijos favoritos. Sin embargo, eso, y nada menos, es lo que significa nuestra adopción.
Déjame irme a Pablo otra vez, porque él es, de nuevo, el autor de esta doctrina. En Gálatas 4:4-5 él nos dice al final de cuentas para qué fue que Jesús vino: "Pero cuando vino la plenitud del tiempo, cuando todas las cosas coincidieron, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, a fin de que redimiera a los que están bajo la ley." Todavía no hemos terminado. Cristo fue enviado para que redimiera a los que estaban bajo la ley, porque eso era una esclavitud, vivir de esa manera. Si terminara ahí, bueno, eso es bueno, pero probablemente volverían a violar la ley otra vez como ha ocurrido.
Pero escuche lo que dice: que Cristo vino a fin de que —propósito número uno— redimiera a los que estaban bajo la ley; propósito número dos, para que recibiéramos la adopción de hijos. El propósito último de la humillación, encarnación, sufrimiento y crucifixión de Cristo Jesús fue simplemente que pudiéramos ser adoptados como hijos, sacarnos de debajo de la ley para que recibiéramos la adopción de hijos.
Ahora, el autor de Hebreos hace como un paréntesis en el desarrollo de lo que viene diciendo y se va a los versículos 12 y 13, que presentan cierta dificultad porque el versículo 12 se refiere al Salmo 22:22, y el próximo versículo, el 13, es una cita de Isaías 8:17-18. Es como que él no las explica, no las introduce, pero tú y yo tenemos que recordar que esta carta se llama a los Hebreos. Entonces, él da por sentado que cuando cite pasajes del Antiguo Testamento y los introduzca sin introducción alguna, ellos van a saber de qué él está hablando. Yo creo que eso es parte de lo que ocurre aquí. La semana pasada vimos cómo él comenzó a hablar de una cita que decía "alguien testificó", y se estaba refiriendo al Salmo 8, escrito por David. Él entendía que ustedes son hebreos; así se llama la carta: a los Hebreos.
Entonces, en el versículo 12 de Hebreos, él está citando el Salmo 22:22. ¿Qué es el Salmo 22? Yo creo que tú eras a leer el Salmo 22 esta tarde. Si lo leíste, sabes más o menos de qué se trata; vuélvelo a leer, porque es una descripción extraordinariamente cruel de lo que verdaderamente Cristo sufrió en la cruz. Fue escrito 1000 años antes de que Cristo viniera; su autor fue David. En algún momento estaba David sufriendo, pasando por algunas circunstancias, pero David, por inspiración del Espíritu Santo, al mismo tiempo estaba escribiendo con relación a un Mesías que había de venir, que literalmente iba a pasar por las circunstancias escritas en el Salmo 22, incluyendo el que traspasaran sus manos y sus pies.
Entonces, este Hebreos 2:12, donde estamos hoy, es una cita del Salmo 22:22 que dice: "Anunciaré tu nombre a mis hermanos."
"En medio de la congregación te cantaré himnos."
Y en esencia, cuando tú vas al Salmo 22:22, lo que tú lees es que está describiendo todos los sacrificios, sufrimiento, dolor y crueldades que Cristo atravesó, pero que al final él podrá estar sumamente gozoso de poder ver una cantidad de personas a quienes él podrá llamarles hermanos. El autor de Hebreos toma ese versículo, el Salmo 22, y lo pone ahí y te dice: "Ey, va a llegar el momento en que Cristo hará exactamente lo mismo. Anunciará el nombre del Padre entre mis hermanos y en medio de la congregación, junto con ellos, te cantaré himnos." ¡Wow!
El versículo 13 es la cita de Isaías 8:17 y 18. En ese tiempo, Isaías estaba en medio de la nación, confrontando la nación. La nación estaba a punto de recibir la disciplina de Dios. Pero él dice: "Pero yo, como siervo, confiaré en el Señor. Pondré mi confianza en el Señor independientemente de lo que tenga que sufrir."
El autor de Hebreos toma estas palabras de Isaías y se las atribuye a Jesús, y ahora lo voy a explicar: que también confió en su Padre. Y entonces ahora tú comienzas a ver por qué él hace lo que hace. El versículo 12 es la cita del Salmo 22:22, y el versículo 13 es la cita de Isaías. Escucha lo que dice el versículo 13, primera parte: "Otra vez, yo en él confiaré." Bueno, eso dijo Isaías, pero Cristo también. Él estaba confiando en la cruz, por el gozo puesto delante de él, estaba confiando en su Padre.
Versículo 13, segunda parte: "Aquí estoy yo y los hijos que Dios me ha dado." Isaías, en medio de la dificultad, estaba diciendo que Dios le dio unos hijos. No voy a entrar en los detalles, pero los nombres de sus hijos representaban verdades no muy bonitas, porque tenían que ver con el juicio de la nación. Y Cristo dice, al igual que Isaías: "Aquí estoy yo y los hijos que tú me has dado", que somos tú y yo, siendo Jesús nuestro hermano mayor.
¡Uf! Se nos fue el tiempo en un pilar, y son dos. Pero el segundo pilar, yo desarrollé una parte de eso, de manera que voy a tratar de traerlo a conclusión relativamente rápido. Recuerda que hablamos de que Cristo fue hecho nuestro sumo sacerdote, el ideal abogado y el ideal intercesor, y hablamos de todo eso.
En la eternidad pasada, Cristo nunca tuvo una naturaleza carnal, nunca tuvo naturaleza humana. Pero cuando él se ofreció para venir a nosotros, él sabía que tú no puedes ir a representar personas con quienes tú no te identificas. De manera que él tuvo que adoptar nuestra naturaleza humana para representarnos a nosotros, para cumplir la ley que había sido dejada sin cumplir. Entonces él vino a cumplir la ley, pero por nosotros. Él vino a morir en nuestro lugar y resucitó al tercer día, todo a favor nuestro.
De manera que cuando él resucitó, y resucitó a favor nuestro, él le quitó el poder a la muerte. Pero cuando él le quitó el poder a la muerte, se lo quitó también por nosotros. De tal manera que, de la misma manera que él resucitó, nosotros también resucitaremos. No olvides que él es el primogénito de Dios, que todo lo que él hizo lo hizo en lugar nuestro.
Él atravesó la odisea de la cruz para que tú no tuvieras que atravesarla en el infierno. Y de esa misma manera, cuando conquistó la muerte y resucitó, la conquistó para ti. Eso es lo que dice Hebreos 2:14 y 15: "Así que, por cuanto los hijos participan de carne y sangre", eso somos tú y yo, "y como él es un hijo también, Jesús participó de lo mismo para anular mediante la muerte el poder de aquel que tenía el poder de la muerte, es decir, el diablo, y librar a los que por el temor a la muerte estaban sujetos a esclavitud durante toda la vida." La gente no se quiere morir.
No le tengo temor a la muerte. Pero decía el famoso Woody Allen de Estados Unidos: "Yo no tengo temor a la muerte. Yo simplemente no quiero verla llegar."
Ahora recuerda algo. Cristo hizo todo eso por nosotros, pero el fin último era que tú llegaras a ser santo y sin mancha delante de él. Déjame darte una idea: ya tú eres de la familia de Dios. Se supone que tú debes exhibir la característica de la familia de Dios. Si estás familiarizado con el nombre Rockefeller en Estados Unidos, tú sabes que esa familia se ha caracterizado por mucho dinero. Otras familias se han caracterizado por hijos brillantes, otras por hijos con discapacidades. Bueno, la característica de los Rockefeller fue el dinero. La característica de la familia de Dios, o los hijos de Dios, debe ser la santidad.
Él nos predestinó para ser hechos santos y sin mancha. Y ahora, antes de cerrar, el autor de Hebreos quiere recordarnos la importancia que Dios le ha dado a la raza humana. Versículo 16: "Porque ciertamente no ayuda a los ángeles", los ángeles caídos se quedaron caídos, "sino que ayuda a la descendencia de Abraham." ¡Wow!
Vino a ayudarnos a nosotros, hizo todo por nosotros, pero sin pecado. Él tuvo que ser probado a través del sufrimiento para identificarse con nosotros. Tuvo que ser probado a través de las tentaciones para entender nuestras flaquezas en medio de las tentaciones. Pero también él tiene la potestad de entender, de compadecerse y de tener sus ojos puestos en mí antes de la tentación, durante el tiempo que estoy siendo tentado e incluso después de que yo haya caído en la tentación, porque abogado tenemos delante del Padre si pecamos. De manera que él puede interceder por mí antes, durante y después de la tentación.
Y eso es exactamente el resumen del versículo 17 y 18, que yo elaboré en parte la semana pasada, y por eso estamos llegando a un final. "Por tanto, tenía que ser hecho semejante a sus hermanos en todo, a fin de que llegara a ser un sumo sacerdote misericordioso y fiel en las cosas que a Dios atañen, para hacer propiciación, aplacar la ira de Dios por los pecados del pueblo. Pues por cuanto él mismo fue tentado en el sufrimiento, es poderoso para socorrer a los que son tentados." No solamente él quiere ayudarte cuando estás siendo tentado; no, es que él es poderoso, omnipotente, sumamente poderoso para ayudarte antes, durante y aun después de la tentación.
Hermanos, tú necesitas a tu hermano mayor Jesús más de lo que tú crees y más de lo que tú sabes. Escucha esto, porque es una frase, pero es seria. Escribió este hermano nuestro, muy famoso, autor de un libro muy conocido —si menciono su nombre, todo el mundo aquí sabría quién es—: "La vida cristiana no es un patio de juego, más bien es un campo de batalla de guerra espiritual. Mientras más de cerca seguimos al Señor Jesucristo, más avanzamos a la línea de fuego."
¿Me está escuchando? Mientras más cerca estás de Cristo, más al frente estás en el combate espiritual. "Ah, bueno, pero yo no me voy a acercar a Jesucristo, entonces." Okay. Más vulnerable estás al poder de tu carne. ¿Cómo quieres estar en la línea de fuego con Cristo? ¿O quieres estar en la retaguardia con tu carne?
Déjame leerte la frase y hago un comentario, un minuto, y cierro. "La vida cristiana no es un patio de juego, más bien es un campo de batalla de guerra espiritual. Mientras más cerca de Jesucristo, más avanzamos a la línea de fuego en el combate." La persona que dijo eso conoció esa realidad y no pudo terminar bien. No mencioné eso porque me guste dispararle a los que están heridos, sino porque su caída a mí me dolió y me duele en el alma.
Lo que debe caracterizar a los hijos de Dios es lo que debe caracterizar a la familia de Dios, y esa es la santidad, nada más.
Padre, gracias por tu adopción, por tus privilegios, por tu Hijo, por su sangre, por tu Espíritu, por tu Palabra. Perdónanos porque, con los inmensos privilegios, no abrazamos nuestras inmensas responsabilidades. Gracias por la victoria, Cristo, en la cruz y por dejar la tumba vacía tres días después, todo a nuestro favor. Bendito sea tu gran nombre por los siglos de los siglos. Y su pueblo dice: amén.
Amén.
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