Miguel Núñez • 27 abril, 2017
¿Puede la fe del creyente mover la mano de Dios? La pregunta parece sencilla, pero esconde una tensión profunda que recorre toda la Biblia: la tensión entre la soberanía de Dios y la responsabilidad del ser humano. La respuesta apresurada sería un simple "no", porque Dios actúa conforme a su propio carácter, su entendimiento y su voluntad. Pero la Biblia también muestra, con claridad, que Dios escucha y responde las oraciones de su pueblo. Ambas verdades son ciertas al mismo tiempo, aunque no siempre sepamos dónde termina una y dónde comienza la otra.
Santiago afirma que la oración del justo es poderosa y eficaz, que "puede mucho". Eso significa que la oración sí cambia cosas, circunstancias y situaciones. Pero hay una distinción fundamental que el pastor Miguel Núñez subraya: la oración puede cambiar las cosas, pero no cambia a Dios. Para ilustrarlo, usa el ejemplo de un padre que decide llevar a sus hijos de vacaciones si les va bien en sus estudios. Ambos hijos cumplen la condición, pero solo uno hace la petición y viaja. El otro, quizás por orgullo o desinterés, no pide y no recibe. Así lo recuerda también Santiago: "no tenéis porque no pedís".
Sin embargo, orar no garantiza recibir exactamente lo que se pide. Moisés rogó entrar a la tierra prometida y Dios le respondió que no hablara más de eso. Pablo pidió tres veces que le fuera quitado el aguijón y el Señor le dijo: "bástate mi gracia". En ambos casos, la petición no obtuvo lo que buscaba. Al final, es la soberanía de Dios —su omnisciencia, su santidad, su justicia— la que determina cómo y cuándo su mano se mueve. Dios sabe lo que nos conviene y lo que no, y esa certeza debe dar paz al creyente incluso cuando la respuesta es silencio o negativa.