Miguel Núñez • 9 junio, 2017
La Biblia no establece el celibato como requisito para el ministerio pastoral. De hecho, señala exactamente lo contrario: cuando Pablo escribe a Timoteo en 1 Timoteo 3, enumera las condiciones para ser pastor y especifica que esa persona debe ser "marido de una sola mujer". Lo que la Escritura exige no es soltería, sino fidelidad conyugal.
El celibato, según Pablo en 1 Corintios 7, es un don que Dios concede a algunos —no una condición que puede imponerse a todos. Quien no tiene ese don no debería permanecer en ese estado. Obligar a alguien a vivir el celibato sin el llamado ni la capacidad para hacerlo tiene consecuencias reales: el pastor Núñez señala que muchos de los escándalos sexuales dentro de la Iglesia Católica posiblemente se explican, al menos en parte, por hombres que nunca tuvieron ese don y no pudieron sostener lo que se les exigía. En contraste, quien sí lo recibe puede vivirlo con integridad y fecundidad ministerial, como fue el caso de John Stott, el conocido pastor anglicano que vivió toda su vida sin casarse.
El matrimonio tampoco es una concesión a la debilidad. La esposa aporta sabiduría, perspectiva y equilibrio a la vida del pastor en formas que él solo no podría alcanzar. Tanto la soltería como el matrimonio tienen dignidad delante de Dios; lo determinante no es el estado civil, sino el llamado particular que cada persona ha recibido. El celibato obligatorio como norma eclesiástica no encuentra respaldo en las Escrituras, y su origen está más en tradiciones ascéticas que valorizaban la restricción corporal como señal de superioridad espiritual que en la enseñanza bíblica.