Miguel Núñez • 20 junio, 2017
Las posesiones demoníacas son una realidad que la Biblia confirma, pero sobre la que dice mucho menos de lo que muchos quisieran escuchar. Los Evangelios registran varios casos en los que Cristo expulsó demonios, y esos relatos nos muestran que tales posesiones podían manifestarse de formas muy distintas: comportamiento violento, blasfemia, mudez, sordera. Esos ejemplos son suficientes para afirmar que el fenómeno existe, pero la Palabra no entra en detalles sobre quiénes pueden ser poseídos, cómo ocurre la posesión ni cuál es el procedimiento exacto para expulsar demonios. Esa ausencia de detalle no es un descuido; es intencional. Dios conocía la tendencia humana al morbo y a la especulación, y prefirió no alimentarla.
Hay además una observación que merece atención: a medida que el Evangelio avanzó y los valores cristianos se extendieron, las posesiones demoníacas parecen haber ido disminuyendo. Eso sugiere que el avance del reino de la luz sobre las tinieblas tiene consecuencias reales y visibles en el mundo.
Al mismo tiempo, el pastor Miguel Núñez señala con claridad que muchos casos que históricamente se han atribuido a posesiones demoníacas correspondían en realidad a enfermedades mentales como la esquizofrenia, o a condiciones neurológicas como la epilepsia. Confundir una enfermedad con una posesión no ayuda a quien sufre; lo perjudica.
Todo lo que hoy se enseña sobre demonios de lujuria, íncubos u otras categorías similares carece de fundamento bíblico. Es especulación humana, y la especulación en este terreno es peligrosa. La cautela y la fidelidad a la Escritura son la única guía confiable.