Statamic

La voluntad de Dios se cumple en el cielo sin ninguna oposición: todo ser celestial desea hacer exactamente lo que Dios desea. Pero esa no es nuestra realidad aquí en la tierra. Cuando oramos "hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo", estamos pidiendo algo profundo: que Dios transforme nuestros deseos, anhelos y valores para que podamos querer lo que Él quiere. Si esa voluntad es buena, agradable y perfecta —como declara Romanos 12—, entonces pedirla continuamente debería ser nuestro anhelo constante. De lo contrario, estaríamos pidiendo algo imperfecto.

El teólogo puritano Thomas Watson enseñó que esta petición tiene dos dimensiones. Por un lado, existe una obediencia activa: hacer las cosas que Dios ha revelado en su Palabra que nos corresponden. Por otro, existe una obediencia pasiva: aceptar con sometimiento —no con resignación amarga, sino con entendimiento gozoso— aquellas experiencias difíciles que Dios permite en nuestras vidas: una enfermedad, una pérdida, un accidente. Cristo mismo vivió ambas dimensiones: cumplió activamente toda la ley, y en Getsemaní entregó pasivamente su voluntad diciendo "que se haga tu voluntad y no la mía". Esta rendición requiere conocer el carácter de Dios, porque su voluntad es simplemente un reflejo de quién Él es. Mientras más conocemos su bondad, fidelidad y amor, más dispuestos estaremos a decir "amén, que se haga como tú digas".

  1. Según la enseñanza, ¿cuál es la diferencia entre la obediencia activa y la obediencia pasiva que debemos tener ante la voluntad de Dios?

  2. ¿Por qué el pastor Núñez conecta el conocimiento del carácter de Dios con nuestra disposición a someternos a su voluntad?

  3. Cuando enfrentas circunstancias difíciles que no elegiste —una enfermedad, una pérdida, un cambio inesperado—, ¿tu respuesta inicial refleja más resignación amarga o aceptación confiada? ¿Qué revela eso sobre lo que realmente crees acerca de Dios?

  4. Piensa en un área específica de tu vida donde te cuesta hacer activamente lo que sabes que Dios manda. ¿Qué deseo, anhelo o valor personal está compitiendo con tu obediencia?

  5. Si la voluntad de Dios es verdaderamente buena, agradable y perfecta, ¿por qué crees que nos cuesta tanto pedirla con sinceridad en las áreas donde más tememos perder el control?