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La maternidad como llamado divino
La maternidad como llamado divino

Foto de Eyasu Etsub en Unsplash

Mujer e identidad

La maternidad como llamado divino

Aileen Pagán de Salcedo 30 septiembre, 2025

La maternidad es un regalo de Dios. Esta verdad, tan repetida como profunda, cobra un significado singular cuando se vive desde adentro, año tras año, en medio de los desafíos cotidianos que ningún manual de crianza alcanza a anticipar. Quienes han transitado ese camino durante años pueden confirmar que la gratificación del rol materno está directamente ligada a la dependencia de Cristo en su ejercicio. No es un cliché devocional: es una realidad probada.

Formación académica, redes de apoyo, fe declarada, comunidad presente… todo esto puede llevar a pensar que la maternidad será algo manejable, incluso llevadero. Sin embargo, el regreso a casa tras el nacimiento de un hijo puede traer consigo una tristeza inesperada, sollozos ocultos y un torbellino de sentimientos encontrados que nadie anticipó. No se menciona esto para desalentar a ningún padre o madre, ni para sumarse al coro de quejas sobre lo difícil que resulta criar hijos. Se menciona para señalar con honestidad lo que ha sido el verdadero ancla en ese rol.

La tarea más suprema de la maternidad cristiana

Por encima del bienestar físico e incluso emocional de los hijos, procurar que ellos conozcan al Dios Altísimo es la tarea más suprema que un padre o una madre cristiana debe perseguir. Todo lo que los hijos son y lleguen a ser dependerá, en última instancia, de que cada uno tenga un encuentro personal con Jesús como su Salvador. Ninguna otra inversión —académica, económica, emocional— puede igualar ni sustituir esa prioridad.

Y esa inversión comienza en casa, en lo cotidiano, en lo visible. La labor por la cual más se debe clamar a Dios en la crianza no es el rendimiento escolar ni la salud emocional de los hijos, aunque ambas importen. Es que ellos puedan ver en sus padres un testimonio de vida que los dirija hacia un Dios vivo y real. No un testimonio perfecto, sino auténtico.

Un testimonio que edifica: la fe en medio de la imperfección

En el propio caminar imperfecto y pecador, los hijos observan. Nos ven ser débiles, pecar y pedir perdón. Nos ven creer que somos autosuficientes y, luego, tener que pedir ayuda. Nos ven reaccionar al miedo de las maneras más insensatas. Pero también —y esto es lo que transforma— pueden vernos reconocer que, cuando experimentamos temor, debemos confiar en Dios. Pueden vernos entender que somos una obra en proceso: que aunque caemos, cuando nos arrepentimos y volvemos a enfocarnos en el Señor, Él siempre responde como el Dios vivo, real, fiel y todopoderoso que es.

Esa es la siembra que dura. No la imagen de padres que nunca fallan, sino la de hombres y mujeres que fallan, reconocen su falla y vuelven a Cristo una y otra vez. Ese ciclo de arrepentimiento y restauración no debilita la fe de los hijos; la modela.

Vivir plenamente la maternidad como un llamado divino es ciertamente posible, aun cuando vivimos en un mundo caído y las madres seguimos siendo criaturas finitas y vulnerables.

Esta convicción encuentra su fundamento en las palabras del Señor mismo: «Si permanecen en Mí, y Mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y les será hecho. En esto es glorificado Mi Padre, en que den mucho fruto, y así prueben que son Mis discípulos. Como el Padre me ha amado, así también Yo los he amado; permanezcan en Mi amor» (Jn. 15:7-9). Permanecer en Cristo no es una postura pasiva; es la condición activa que hace posible toda fecundidad espiritual en el hogar.

La siembra que no tiene igual

La pregunta que conviene hacerse no es para producir culpa por lo que no se ha hecho, sino para ayudar a mantener el enfoque correcto al que la maternidad, como llamado de lo alto, nos convoca: ¿Qué mejor siembra hay en nuestras vidas que cultivar el corazón de nuestros hijos para Cristo?

Responder con diligencia a esa pregunta es el mayor estímulo para seguir invirtiendo en apuntar a la próxima generación hacia el Señor. Mientras se ejerza el rol de padre o madre cristiana en este mundo, no hay mayor reconocimiento ni recompensa que ese fruto. La maternidad —y la paternidad— no son simplemente funciones biológicas o sociales. Son un llamado divino cuyo horizonte más alto no es criar hijos exitosos, sino hijos que conozcan y amen al Dios vivo.

Aileen Pagán de Salcedo

Aileen Pagán de Salcedo

Aileen Salcedo es psicóloga egresada del Instituto Tecnológico de Santo Domingo, con un Diplomado en Consejería y una Maestría en Terapia Familiar. Es graduada del Instituto Integridad & Sabiduría. Actualmente sirve en la Iglesia Bautista Internacional (IBI), donde forma parte del cuerpo de consejeros y del equipo del Ministerio EZER. Aileen ha caminado con Cristo por más de 25 años y está casada con Gregory Salcedo, con quien tiene tres hijos.

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