IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
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Anny Mañón de Mirabal • 9 septiembre, 2025
Una conocida historia cuenta que, una mañana, tras una fuerte tormenta, una joven caminaba por la playa. A lo lejos divisó a una anciana que recogía estrellas de mar varadas en la arena y las arrojaba de vuelta al océano, una a una. Curiosa, se acercó y le preguntó: «¿Por qué hace eso, habiendo tantas estrellas de mar en la orilla, y si las olas las siguen lanzando de regreso? ¿Valdrá la pena?». La anciana, sonriendo, miró a la joven y exclamó: «¡Para esta, valió la pena!».
El mundo nos vende la idea de que una persona influyente es aquella que habla a multitudes, acumula numerosos seguidores y transforma masas con su mensaje. Con honestidad debo admitir que yo misma había hecho mías esas ideas, albergando en silencio la creencia de que esa era la única forma de alcanzar a muchos. Pronto comprendí que las cosas del reino de los cielos son como ver en un espejo: todo aparece al revés. Al abrazar la fe, descubrimos que muchas de nuestras creencias previas eran erróneas.
La verdadera influencia se construye en lo sencillo, en esas pequeñas acciones que muchas veces nadie nota, pero que pueden transformar por completo el mundo de alguien: una palabra de aliento, un consejo sabio, un oído dispuesto a escuchar con compasión, una palabra de fe o una oración ferviente. Basta leer los Evangelios y observar a Jesús. Él mismo se relacionó con las personas una a una; una vida a la vez. Cada encuentro fue personal, transformador y eterno.
Una persona de influencia no es solo aquella que ocupa una posición visible o de liderazgo, sino aquella que impacta positivamente la vida de otros a través de su carácter, sus acciones y su propósito. Es quien comprende que cada acto tiene valor eterno. Dios no mide la influencia por la cantidad, sino por la fidelidad y el impacto. La verdadera influencia comienza cuando afectas positivamente la vida de una sola persona. Como la anciana en la playa: una estrella de mar a la vez, una persona a la vez. Eso es, en el reino de Dios, una vida verdaderamente influyente.
Hay una mujer llamada Febe, conocida por un hombre de probada integridad: el apóstol Pablo. Él mismo testifica de ella en estas palabras: «Les recomiendo a nuestra hermana Febe, que es servidora de la iglesia en Cencrea, que la reciban en el Señor de una manera digna de los santos, y que la ayuden en cualquier asunto en que ella necesite de ustedes; porque ella misma ha sido de ayuda para muchos, y también para mí» (Rom. 16:1-2).
Febe era diaconisa —servidora, sierva— de la iglesia en Cencrea, un puerto cercano a Corinto. No predicó en plazas públicas ni escribió epístolas, pero su fidelidad silenciosa edificó iglesias. Fue un puente entre el apóstol Pablo y otras congregaciones: generosa, valiente y confiable. Totalmente segura de que su identidad estaba en Dios, su dirección provenía de Él. El apóstol Pablo no solo la menciona con respeto, sino que la encomienda como portadora de una de las cartas más importantes del Nuevo Testamento: la carta a los Romanos. La pide recibida como «digna», tan digna que la misma Palabra de Dios testifica de ella. Y su influencia ha permeado a toda la Iglesia de Cristo hasta el día de hoy.
¿Qué lecciones nos deja la vida de Febe? En primer lugar, que nuestro servicio tiene valor eterno. Quizás en este momento no estemos sirviendo en una capacidad visible dentro de la iglesia ni llevando documentos de importancia histórica. Aun así, seguimos siendo personas influyentes cuando estamos comprometidos con el servicio, porque todo lo que hacemos, lo hacemos para el Señor, y eso tiene un impacto eterno. En segundo lugar, que una persona influyente es confiable y busca la sabiduría para guiar, exhibiendo un carácter íntegro y maduro en la fe. No se necesita un gran escenario para que Dios nos use poderosamente; solo se necesita fidelidad y confianza en Él. En tercer lugar, que una persona influyente es generosa y servicial, con un único propósito: glorificar a Dios. No es solo una persona de palabras, sino también de acción; busca el bien común, no la autopromoción (cf. Prov. 31:10-29).
Dios no mide la influencia por la cantidad, sino por la fidelidad y el impacto. La verdadera influencia comienza cuando afectas positivamente la vida de una sola persona.
Así como la anciana no pudo salvar a todas las estrellas de mar, tampoco nosotros podemos cambiarlo todo. Pero sí podemos ser instrumentos en las manos del Señor para influenciar una vida a la vez. El alcance de esa influencia estará determinado por Él, hasta donde quiera llevarla, pues está en Sus manos.
Jesús impactó multitudes, sí. Pero nunca dejó de mirar al individuo: la mujer con el flujo de sangre, la encorvada, la samaritana, María Magdalena… una a una, sus vidas fueron transformadas, y desde entonces se convirtieron en personas que influenciaron a muchos. ¿Tienes alguna estrella varada a tu alrededor? ¿A quién puedes levantar hoy con pequeñas acciones? Hacer cosas pequeñas no nos limita; a menudo, son esas acciones las que dejan una huella eterna.
Y si Dios ha puesto delante de ti un auditorio amplio donde puedas llegar a muchos al mismo tiempo, si estás utilizando recursos que permiten que el mensaje del evangelio de Cristo rompa barreras y produzca una transformación evidente en las vidas, ¡sigue adelante! Lo más importante es que esa influencia deje una huella firme en el reino de Dios.
«Ustedes son la luz del mundo. Una ciudad situada sobre un monte no se puede ocultar. [...] Así brille la luz de ustedes delante de los hombres, para que vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre que está en los cielos» (Mat. 5:14, 16).
Anny Mañón de Mirabal es miembro de la Iglesia Bautista Internacional, donde sirve en el Cuerpo de Consejeros, el Ministerio de Discipulado Matrimonial y el ministerio de mujeres Ezer. Es hija de Dios por Su gracia durante casi 25 años. Egresada del Instituto Integridad & Sabiduría, está casada con Justo Mirabal Díaz, es madre de tres y abuela de cinco.
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