IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Hay películas que, sin pretenderlo, ilustran verdades que llevan siglos escritas. Una de ellas narra la historia de un niño que propone una «cadena de favores»: hacer un bien significativo a tres personas, quienes a su vez harán lo mismo con otras tres, y así sucesivamente. Una sola acción termina por reconciliar familias, restaurar vidas y alcanzar a personas que se debatían entre vivir y morir. El niño muere cumpliendo su propio plan, pero su legado se multiplica de manera imparable.
Esta trama, aunque de ficción, no está tan alejada de lo que nuestro Maestro encomendó hace siglos a Sus discípulos: «Un mandamiento nuevo les doy: que se amen los unos a los otros; que como Yo los he amado, así también se amen los unos a los otros» (Jn. 13:34). Jesús nos dejó esta tarea con un modelo perfecto —el suyo propio— y nos ha dado toda una vida para cumplirla.
Si llevas tiempo en la fe cristiana o has leído el Antiguo Testamento, el mandamiento de amar al prójimo no te resulta desconocido. Por eso surge una pregunta legítima: ¿por qué Jesús lo llama «nuevo»?
El contexto lo aclara todo. En el versículo anterior, Jesús acaba de anunciar Su partida: «Hijitos, estaré con ustedes un poco más de tiempo. Me buscarán, y como dije a los judíos, ahora también les digo a ustedes: adonde Yo voy, ustedes no pueden ir» (Jn. 13:33). Lo que sigue —«así que ahora les doy un nuevo mandamiento»— funciona como un cierre deliberado. Como quien sabe que le queda poco tiempo y elige con cuidado sus últimas palabras, Jesús condensa en este mandato lo más esencial de Su enseñanza.
La novedad, sin embargo, no está solo en el momento, sino en el nivel del estándar. En el Pentateuco, el parámetro era claro: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Lv. 19:18). El punto de referencia era el amor propio: ese impulso natural que nos mueve a cuidarnos, protegernos y no dejarnos caer. Y es, ciertamente, un buen punto de partida, pues nos amamos mucho más de lo que creemos; y actuar en favor de los demás con la misma diligencia con que actuamos en favor de nosotros mismos ya sería transformador.
Pero Jesús no se detiene ahí. Eleva el estándar de forma radical: ya no es «como a ti mismo», sino «como Yo los he amado». El modelo ya no somos nosotros; es Él.
Para comprender lo que implica este mandato, es necesario detenerse en lo que significa ser amado por Cristo. Al enviar a Su único Hijo, perfecto y puro, a morir por pecadores que jamás podrían cumplir el estándar que Dios demanda, queda en evidencia la naturaleza de ese amor: sacrificial, incondicional, ilimitado, obediente, doloroso, misericordioso y perdonador. No es un amor que espera condiciones favorables ni que se retira cuando el amado falla. Es un amor que va hasta la cruz.
Con ese amor como modelo, Jesús nos llama ahora a amar al prójimo.
Volviendo a la imagen de la película: imagina que Jesús es el protagonista que muere, y que ya ha elegido a sus «próximos», aquellos por quienes hizo «el favor» de llevarlos de muerte a vida —y entre ellos estamos tú y yo—. Ahora, esos próximos deben elegir a otros a quienes «pagarán» el favor ya recibido, continuando la cadena de forma indefinida.
¿Cuántos serían alcanzados por el amor de Dios a través de ti? ¿Cuántos serían perdonados y mejor tratados por tu causa? ¿Cuántos se volverían más semejantes a Cristo gracias al amor incondicional que les muestras?
Todos buscan ser amados, pero pocos buscan a quién amar.
El versículo que sigue al mandato lo confirma: «En esto conocerán todos que son Mis discípulos, si se tienen amor los unos a los otros» (Jn. 13:35). El amor no es solo un deber moral; es la señal visible de que pertenecemos a Cristo. Es la forma en que el mundo puede reconocer que la familia de Dios es real.
Ya tenemos el mandato. Ya se nos hizo un favor que nos cambió la vida para este lado del sol y para la vida venidera. Ahora nos toca continuar la cadena: amar al prójimo y «pagar» lo que jamás merecimos recibir.
Una vez salvos, y con la ayuda del Espíritu Santo, somos capaces de amar como Cristo amó y de reflejar al mundo cómo luce verdaderamente la familia de Dios. No se trata de alcanzar a tres personas, sino a todas las que el Señor ponga en nuestro camino. La cadena no tiene límite mientras haya vidas que aún no han conocido ese amor.
Rompamos el ciclo de quienes solo esperan ser amados. Seamos quienes salen a buscar a quién amar.
Katherine Matos de Alcántara es salva por gracia y amante de la Palabra de Dios y de Su diseño para la vida. Está casada con Roberto Alcántara. Publicista y pianista de profesión, se dedica a la enseñanza musical y a la creación de contenido. Es miembro de la Iglesia Bautista Internacional, donde sirve junto a su esposo en Vida Joven, específicamente en GAP (Generación de Adolescentes con Propósito), y forma parte del equipo de mentores de noviazgo.
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