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¿Eres una Marta o una María?
¿Eres una Marta o una María?

Foto de Yan Krukau en Pexels

Mujer e identidad

¿Eres una Marta o una María?

Daisy Báez 19 agosto, 2025

Uno de los relatos más conocidos y citados en los círculos cristianos es el de Marta y María en presencia de Jesús. Ya sea que lleves mucho o poco tiempo en la fe, si has tenido comunión con otros creyentes, es muy probable que hayas escuchado expresiones como: «estás como Marta», «mira a esa Marta» o «Marta, Marta, afanada estás», usadas para describir a alguien que está muy ocupada haciendo cosas. De manera casi instintiva, asociamos a María con devoción y a Marta con ocupación; pensamos en María positivamente y en Marta con cierta crítica. Aunque se puede entender por qué, hay mucho más que extraer de este texto.

Es natural que al leer esta historia nos preguntemos: «¿Me parezco más a María o a Marta?». Sin embargo, en el caminar con Jesús es posible descubrir que hay momentos en los que uno se parece más a María, otros en que se parece más a Marta, y muchos en que uno se parece a una mezcla de ambas. Veamos brevemente cada personaje y, luego, indaguemos en la profunda enseñanza detrás de la respuesta de Jesús —el verdadero tesoro en esta breve pero reveladora historia.

Sentada a los pies del Señor

Hay dos cosas importantes que resaltan en la actitud de María: primero, que se sentó a los pies de Jesús; y segundo, que deseaba escuchar Sus enseñanzas. Su respuesta a la presencia del Señor revela un corazón lleno de humildad y reverencia. Sentarse a Sus pies, más que una posición física, era un acto de devoción. María no solo reconocía ante quién estaba; su disposición a escuchar las enseñanzas de Jesús revela que también comprendía cuánto lo necesitaba.

No se trataba únicamente de responder con humildad ante Su presencia, sino de honrarlo reconociendo la necesidad de su propio corazón. Su disposición para aprender refleja que María entendía el anhelo profundo de ser expuesta a las palabras de Jesús y la urgencia de ser transformada por Él. María modela con su ejemplo las palabras de David: «Una cosa he pedido al Señor, y esa buscaré: que habite yo en la casa del Señor todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura del Señor y para meditar en Su templo» (Sal. 27:4).

Sin duda, María es un ejemplo para todo creyente. Somos más plenos cuando nos parecemos a ella en esta historia, y es probable que la mayoría de nosotros anhele vivir de esa manera con mayor consistencia. María respondió conforme al entendimiento que tenía de quién era Jesús: lo que Él merecía y lo que ella necesitaba. Su hermana Marta, en cambio, tuvo una respuesta diferente, aunque de ella también podemos aprender algo valioso.

Ocupada en muchas cosas

Marta no era indiferente a la persona de Jesús ni ignoraba a quién estaba recibiendo en su casa; de hecho, preparaba un banquete en Su honor. Reconocía quién era Él, pero a diferencia de María, posiblemente no entendía cuánto lo necesitaba. En su intento de agradarlo, Marta escogió servirle, quizás sin darse cuenta de que primero necesitaba recibir de Él. Aquí vale aclarar que el servicio en sí mismo no es malo —una de las respuestas más naturales al conocer a Dios es el deseo de servirle—. El problema no estaba tanto en lo que Marta quería hacer, sino en lo que dejó de hacer y en la posible motivación detrás de tanto afán.

El relato describe a Marta como preocupada, distraída, molesta e inquieta. Todos estos adjetivos revelan que no se detuvo a apreciar la presencia de Jesús ni disfrutaba lo que estaba haciendo. El hacer muchas cosas la llevó a perder de vista lo más importante. ¿Acaso sentía la necesidad de hacer cosas para demostrar su valor? ¿Intentaba ganar el favor de Jesús? ¿Pensaba que podía darle a Él en lugar de recibir de Él? Su reclamo al Señor por la falta de ayuda de su hermana evidencia que Marta creía tener la razón y sentía que estaba haciendo mucho, sin darse cuenta de que todo su esfuerzo estaba invertido en la tarea equivocada.

Al igual que Marta, es fácil envolverse en las actividades y preparativos del día a día, alimentando la agenda y ayunando el alma. El «activismo» no solo se manifiesta en el servicio dentro de la iglesia; también puede reflejarse en un trabajo que absorbe la mente y desvía la mirada de Jesús, en ocupaciones familiares, personales, relacionales o en cualquier otra cosa de legítimo valor, pero nunca de mayor valor que Él. El peligro surge cuando asumimos las tareas sin depender del Señor y dejamos de realizarlas para Él, lo que provoca un agotamiento de adentro hacia afuera. Así, el corazón se enfría y se abre la puerta a las reacciones de la carne, corriendo el riesgo de caer en una distracción que no nos permite ver ni apreciar lo más importante.

El hacer muchas cosas la llevó a estar distraída, sin prestar atención a lo más importante. Todos sus esfuerzos estaban siendo invertidos en la tarea equivocada.

Lo único que no puede ser quitado

Llegamos a la mejor parte del relato. Ante la queja de Marta, Jesús responde con ternura: «Marta, Marta, tú estás preocupada y molesta por tantas cosas; pero una sola cosa es necesaria, y María ha escogido la parte buena, la cual no le será quitada» (Lc. 10:41-42). ¿A qué se refería Jesús? A Él mismo.

En el afán de los preparativos, Marta había perdido el enfoque. Con Su respuesta, Jesús le recuerda tiernamente que las muchas cosas en las que estaba ocupada eran pasajeras, y que lo único verdaderamente trascendente es permanecer en Él. No la estaba invitando a «dejar de hacer cosas», sino a acercarse a Él; a no depender de sí misma; a entender que, si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la construyen (Sal. 127:1). La llamó a quitar la vista de lo visible y poner los ojos en lo eterno (2 Cor. 4:18), entendiendo que, separada de Él, nada podría hacer (Jn. 15:5).

Muchos de nuestros esfuerzos diarios se gastan detrás de cosas que se desvanecen con el tiempo. Esto no significa que lo que hagamos sea malo en sí mismo, sino que se vuelve vacío cuando no lo hacemos en Él y para Él. Como escribe Pablo: «ya sea que coman o que beban, o que hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios» (1 Cor. 10:31). Como señalaba C. S. Lewis: «Todo lo que no es eterno, es eternamente inservible».

Respondamos, entonces, a la invitación de Jesús de escoger lo más importante, lo único necesario, aquello que no puede ser quitado. Y construyamos todo lo demás sobre ese fundamento seguro, trascendente y eterno: Cristo.

Daisy Báez

Daisy Báez

Daisy Báez fue cautivada por Jesús desde los 17 años y mantiene una profunda pasión por conocer a Dios y darlo a conocer. Es graduada de una maestría en misiones del Southern Baptist Theological Seminary. Miembro de la Iglesia Bautista Internacional, sirve en misiones y en el ministerio de mujeres Ezer.

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