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Arroyos en el desierto: Encontrar esperanza en las estaciones secas
Arroyos en el desierto: Encontrar esperanza en las estaciones secas

Foto de Mizzu Cho en Pexels

Emociones y alma

Arroyos en el desierto: Encontrar esperanza en las estaciones secas

Daisy Báez 11 marzo, 2025

Lo primero que viene a la mente cuando pensamos en un desierto es un lugar vacío y seco: tierra poco fértil, temperaturas extremas y un paisaje poco atractivo. A lo largo de la vida, todos atravesamos temporadas que se sienten exactamente así. Son estaciones de emociones intensas donde lo único que aflora es una profunda sensación de soledad y vacío. El panorama se ve gris, la desesperanza es palpable y las verdades que conocemos parecen distantes. Quizás no cuestionamos a Dios en voz alta, pero sí lo sentimos lejos.

El detonante puede ser muy distinto en cada caso: un corazón herido, relaciones quebrantadas, anhelos insatisfechos, inestabilidad económica, una reputación lacerada o una enfermedad inesperada. Cualquiera que sea el escenario, hay una verdad que «transforma el desierto en estanque de aguas, y la tierra seca en manantiales» (Sal 107:35): Dios sigue siendo el mismo.

Un Dios que no cambia: el fundamento de nuestra esperanza

Es muy fácil caer en la trampa de percibir a Dios y al mundo según nuestras circunstancias. Cuando nos convertimos en el punto de partida para entender nuestra condición, caemos en un hoyo negro que se profundiza a medida que trasladamos el enfoque de Él a nosotros mismos. Para encontrar esperanza en medio del desierto, es necesario corregir el fundamento y creer verdaderamente que nuestras circunstancias no definen quién es Dios. John Piper lo expresa con claridad: «Mis sentimientos no son Dios, Dios es Dios. Mis sentimientos no definen lo verdadero; la Palabra de Dios define lo que es verdad».

Esta verdad es maravillosa y multiforme. Cuando la creemos, podemos dejar de vivir por lo que vemos y comenzar a esperar en las promesas que aguardamos. Nos llena de esperanza al saber que Dios es bueno y fiel (Sal 100:5), y que siempre lo será (He 13:8). Cuando no podemos ver su mano, podemos confiar en su corazón. Esta verdad también nos llena de paz, pues Dios no puede negarse a sí mismo (2 Ti 2:13): jamás podremos apelar a nuestros propios méritos, pero nada puede alterar lo que Cristo ha hecho por nosotros ni las promesas que están seguras en Él, promesas vigentes hasta el fin porque Él permanece fiel. Además, la inmutabilidad de Dios nos concede libertad: la libertad de saber que no se trata de nosotros. Somos parte de una gran historia de la cual no somos los protagonistas. Cuando le pertenecemos a Él, todo lo que vivimos puede ser un medio por el cual Él se glorifique —incluyendo nuestros desiertos.

Arthur Bennett, en la oración paradójica El Valle de la Visión, nos ayuda a ver y desear los arroyos que pueden esconderse en nuestras estaciones secas cuando creemos y esperamos en el Dios que camina con nosotros a través de cada una de ellas:

¡Señor, santo y excelso, manso y humilde! Tú me trajiste al valle de la visión, en cuyas profundidades habito, mas te veo a Ti en las alturas… Déjame aprender por la paradoja que el camino hacia abajo es el camino hacia lo alto, que ser rebajado es ser exaltado, que el corazón roto es el corazón sanado… que el valle es el lugar de la visión. Señor, durante el día las estrellas se pueden ver en los pozos más profundos, y cuando más profundos los pozos, más brillantes Tus estrellas resplandecen.

No dejes de buscarlo: convicción por encima de la emoción

Es muy común que en los momentos de desierto seamos tentados a rendirnos. No a la rendición llena de sumisión y confianza, sino a aquella cargada de incredulidad, resignación y desesperanza. Luchar contra el desánimo cuando no nos quedan fuerzas parece una misión imposible. Sin embargo, algo fundamental en el caminar de fe es aprender a distinguir entre las emociones y las convicciones. Proverbios 3 nos instruye en esta dirección: «Confía en el Señor con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propio entendimiento» (Pr 3:5).

Si pudiera sugerirse una sola cosa en medio de cualquier desierto, sería esta: no permitas que tu relación con Dios y la búsqueda de Él estén sujetas a tus emociones. Búscalo por convicción, no por emoción. Búscalo porque le crees, aunque no lo sientas. Búscalo cuando menos lo deseas, porque sabes que lo necesitas. Acércate a Él cuando tu entendimiento y tu engañoso corazón te sugieran otra cosa. No permitas que circunstancias temporales te alejen de una realidad eterna. Recuerda siempre que «los ojos del Señor están sobre los justos, y sus oídos, atentos a su clamor» (Sal 34:15). Ve a Dios. Créele a tu Padre, Creador y Salvador, aun cuando no sea evidente. Acércate con corazón sincero y espera en Él, como expresó el salmista: «Cuando dijiste: "Busquen Mi rostro", mi corazón Te respondió: "Tu rostro, Señor, buscaré"» (Sal 27:8).

Arroyos en el desierto: la lección de Hudson Taylor

Después de más de quince años de fiel servicio misionero en China, Hudson Taylor experimentó un desierto que lo llevó a una profunda agonía durante más de ocho meses. En uno de sus momentos de mayor crisis, recibió una carta del misionero John McCarthy, cuyas palabras abrieron sus ojos a verdades que hasta entonces no había podido disfrutar plenamente: «¿Cómo se puede lograr fortalecer la fe? No esforzándonos por alcanzarla, sino descansando en Aquel que es Fiel».

La promesa de que Jesús estaría con él hasta el fin finalmente hizo nido en el corazón de Taylor. No se trataba de su desempeño, su esfuerzo ni sus circunstancias, sino de lo que Dios ya había dicho, hecho y prometido. Para explicar las implicaciones de esta nueva comprensión, Taylor recurrió a estas palabras: «¿Cómo da fruto la rama? No con el esfuerzo constante hacia el sol y el aire… Simplemente permanece en la vid, en silenciosa e inquebrantable unión, y el florecimiento y el fruto aparecen como un crecimiento espontáneo».

Ahí está la clave: permanecer en Él.

Si estamos en Cristo, nuestras estaciones secas pueden ser terrenos muy fructíferos.

Cualquiera que sea el desierto en el que te encuentres hoy, o el tiempo que lleves en él, el llamado es el mismo: mantener firme la profesión de nuestra esperanza, sin titubear, «porque fiel es el que prometió» (He 10:23). Los desiertos no tienen la última palabra. La tiene Aquel que es el mismo ayer, hoy y por los siglos.

Daisy Báez

Daisy Báez

Daisy Báez fue cautivada por Jesús desde los 17 años y mantiene una profunda pasión por conocer a Dios y darlo a conocer. Es graduada de una maestría en misiones del Southern Baptist Theological Seminary. Miembro de la Iglesia Bautista Internacional, sirve en misiones y en el ministerio de mujeres Ezer.

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