IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Foto de Tran Trung en Pexels
Anny Mañón de Mirabal • 15 octubre, 2024
Hay una tensión que muchos creyentes conocen bien: el deseo genuino de servir a Dios que, sin quererlo, se convierte en una fuente de ansiedad y distracción espiritual. Al venir a Cristo, es natural querer actuar, contribuir y usar los talentos que ya poseíamos. Sin embargo, en el camino cristiano las cosas funcionan de manera diferente. El Señor inicia un proceso de transformación único en cada uno de Sus hijos, y añade los dones conforme a Su voluntad, «repartiendo a cada uno en particular como Él quiere» (1 Co. 12:11). Antes de hacer, es necesario ser.
Esta realidad queda retratada con claridad en Lucas 10:38–42, donde Jesús visita la casa de Marta y María. La escena es cotidiana y reconocible: una visita inesperada, el impulso de la hospitalidad, el servicio que absorbe toda la atención. Pero en medio de ese cuadro tan familiar, Jesús pronuncia palabras que reordenan las prioridades de quienes lo escuchan.
Marta simboliza la realidad de muchos creyentes. Representa a quienes viven constantemente ocupados, orientados a las tareas y las obligaciones, muchas veces a expensas de su vida espiritual. Este mundo valora la productividad y la acción, y en él resulta genuinamente difícil encontrar momentos de calma y reflexión. No es que Marta estuviera haciendo algo malo; estaba sirviendo. El problema era la proporción: su actividad había desplazado su atención a Jesús.
María, en cambio, tomó una decisión. Se sentó a los pies del Señor y escuchó Su palabra. Su actitud no era pasividad, sino contemplación intencional: una elección deliberada de priorizar la comunión por encima de la ocupación. Y fue precisamente esa elección la que Jesús elogió.
En los versículos 41 y 42 se encuentran tres afirmaciones de Jesús que cuestionan directamente la «Marta» que habita en cada uno de nosotros.
La primera: «pero una sola cosa es necesaria». Una sola. No diez, no cinco. La actitud contemplativa de María, centrada en las palabras de Jesús, es la única cosa verdaderamente indispensable.
La segunda: «María ha escogido la parte buena». Hay una decisión activa en María. Nadie la obligó; ella escogió. Y lo que escogió tiene que ver con la relación íntima que estaba construyendo con Jesús: un vínculo que nadie podía interrumpir ni quitarle. El Señor quiere que nuestra primera decisión sea estar con Él. El servicio, el hacer, será el resultado de ese estar.
La tercera: «la cual no le será quitada». Esta es, quizás, la afirmación más alentadora. Lo que María eligió no podía ser arrebatado por las circunstancias ni por las críticas de los demás. La gracia de Dios otorga gratuitamente el regalo de buscarlo y escucharlo. Sus dones no se retiran (Sal. 30:5). Su Palabra permanece para siempre (Is. 40:8; Mt. 24:35). Y esta declaración sale directamente de la boca de Jesús.
Cultivar un corazón de María implica conocer cada vez más a Aquel a quien nos acercamos. En la medida en que crecemos en el conocimiento de Dios, más cerca del corazón del Señor estaremos; comprenderemos más de Su naturaleza, Sus atributos, Su carácter y Sus obras. Y cuanto más lo conocemos, más deseamos estar con Él y ser como Él.
Jesús es, en medio del mundo agitado en que vivimos, la única fuente de agua viva que puede saciar la sed más profunda —«el agua que yo le daré se convertirá en él en una fuente de agua que brota para vida eterna» (Jn. 4:14)—. Es quien tiene palabras de vida eterna que transforman, guían y dan sabiduría (Jn. 6:68). Es la paz inigualable que supera cualquier circunstancia externa, sustentada en la confianza de que Dios tiene todo bajo Su control y que Su amor es incondicional (Jn. 14:27).
Ninguna de estas realidades puede obtenerse en la carrera de Marta. Solo se reciben sentados a Sus pies.
El mundo de Martas siempre estará allí, no depende de nosotros, pero el corazón de María debe ser cultivado.
Vivir con un corazón de María en un mundo de Martas es un desafío real, pero no un llamado a abandonar las responsabilidades legítimas. Es una invitación a encontrar el equilibrio correcto: nutrir el alma sin descuidar las obligaciones, y atender las obligaciones sin ahogar el alma. Tanto Marta como María amaban al Salvador; ambas nos enseñan lecciones valiosas. Pero es la elección de María la que Jesús señala como «la parte buena».
Algunos pasos prácticos para quienes desean cultivar ese corazón:
El corazón de María no es un lujo espiritual reservado para pocos. Es la elección que Jesús mismo invita a cada creyente a tomar, todos los días, en medio del mundo de Martas en que vivimos.
Anny Mañón de Mirabal es miembro de la Iglesia Bautista Internacional, donde sirve en el Cuerpo de Consejeros, el Ministerio de Discipulado Matrimonial y el ministerio de mujeres Ezer. Es hija de Dios por Su gracia durante casi 25 años. Egresada del Instituto Integridad & Sabiduría, está casada con Justo Mirabal Díaz, es madre de tres y abuela de cinco.
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