IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Foto de Zeynep Sude Emek en Pexels
Anny Mañón de Mirabal • 13 mayo, 2025
Pocos relatos en los evangelios presentan la fe en oración con tanta intensidad y claridad como el de la mujer cananea en Mateo 15:21–28. Era gentil, era madre y, según los estándares de su época, era nadie: una mujer sin valor reconocido, perteneciente a un pueblo que Israel consideraba impuro y enemigo. Compartía nacionalidad con la infame Jezabel. Todo la descalificaba. Y sin embargo, fue ella quien arrancó de Jesús una de las declaraciones más admirables registradas en los evangelios: «Mujer, grande es tu fe» (Mt. 15:28).
Lo que llevó a esa mujer a los pies de Cristo no fue la posición ni el privilegio, sino la desesperación de una madre cuya hija estaba poseída por demonios. Los tormentos de los hijos son las aflicciones de los padres. Quienes amamos profundamente a nuestros hijos sabemos que su sufrimiento se siente como propio, como si lo lleváramos en la misma carne. Desde ese lugar de angustia genuina, esta mujer nos deja lecciones que ningún creyente —madre, padre, intercesor— debería pasar por alto.
La primera lección es tan sencilla como desafiante: no tenemos nada a qué apelar excepto la misericordia de Dios. Esta mujer lo sabía. Se acercó a Jesús de manera abrupta, urgente, pero se postró. Antes de pedir, adoró. «¡Oh, Señor, Hijo de David!» (Mt. 15:22): reconoció su autoridad, su identidad mesiánica, su dignidad. No llegó con argumentos ni con un historial impresionante de fidelidad religiosa. Llegó humillada, reconociendo quién era Él y quién era ella.
Esta actitud nos confronta directamente. Con frecuencia llegamos a la oración cargando una lista de razones por las que merecemos ser escuchados: los años que llevamos creyendo, el servicio que hemos dado, los sacrificios que hemos hecho. Pero la oración verdadera comienza donde terminan los méritos. Comienza en la misma disposición del salmista: «Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides ninguno de Sus beneficios. Él es el que perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus enfermedades» (Sal. 103:2–3). La fama de Jesús había llegado hasta la región de Tiro y Sidón; esta mujer fue a buscarlo habiendo escuchado de Él, y fue a buscarlo tal como era. Así debemos ir nosotros.
La segunda lección es quizás la más difícil: Jesús no siempre responde de inmediato, y su silencio no significa indiferencia. La mujer cananea experimentó lo que muchos creyentes temen: un aparente rechazo. Jesús guardó silencio primero, luego habló de límites, luego usó una metáfora que sonaba a insulto. Y ella no se fue. No se ofendió. No interpretó el silencio como abandono.
Pedro nos recuerda que hay una razón para esas esperas: «para que la prueba de vuestra fe, más preciosa que el oro que perece, aunque probado por fuego, sea hallada que resulta en alabanza, gloria y honor en la revelación de Jesucristo» (1 P. 1:7). Dios conoce la fortaleza de la fe de quien se acerca a Él. Sabe quién, con Su gracia, puede sostener la espera hasta que llegue la respuesta. El silencio no es rechazo; a veces es la misma prueba que refinará la fe hasta hacerla brillar.
Nadie está demasiado lejos de Dios si se acerca con fe.
La tercera lección integra varias virtudes que no pueden separarse: esta mujer fue persistente, valiente, humilde, mansa, sumisa y perseverante. No se dejó intimidar por la opinión de los que la rodeaban. No se alejó ante palabras que habrían herido a cualquiera. Aceptó las condiciones del encuentro sin cuestionarlas, porque confiaba en que la Palabra de Jesús tenía poder —y lo tiene: «es la misma ayer, hoy y por los siglos» (He. 13:8).
Esta fe activa y genuina tiene aplicación directa en la intercesión por quienes amamos, especialmente cuando los vemos alejarse de los caminos del Señor. La salvación pertenece al Señor, no a nuestras estrategias ni a nuestras palabras bien elegidas. Lo que podemos hacer es lo que hizo esta mujer: ir, postrarnos, pedir, persistir. Llevar a los nuestros en oración con fe y con lágrimas, sabiendo que Dios es el único que puede traerlos de regreso.
La grandeza de esta fe no estaba en su intensidad emocional sino en su ancla: la firme convicción de que, sin Cristo, nada es posible. Esta mujer sabía que en ese encuentro sería conocida por Él, y eso era suficiente razón para no moverse. Esa misma convicción puede sostener nuestra oración hoy. Señor, gracias porque nunca rechazas a los que vienen a ti con fe. A veces nos sentimos indignos o creemos que no podemos acercarnos, pero tú nos recuerdas que tu amor y misericordia están disponibles. Ayúdanos a confiar en ti, a perseverar en la oración y a compartir tu amor con quienes aún no te conocen. Amén.
Anny Mañón de Mirabal es miembro de la Iglesia Bautista Internacional, donde sirve en el Cuerpo de Consejeros, el Ministerio de Discipulado Matrimonial y el ministerio de mujeres Ezer. Es hija de Dios por Su gracia durante casi 25 años. Egresada del Instituto Integridad & Sabiduría, está casada con Justo Mirabal Díaz, es madre de tres y abuela de cinco.
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