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¿Qué hace a una mujer bella en los ojos de Dios?
¿Qué hace a una mujer bella en los ojos de Dios?

Foto de Estefany Iribe en Pexels

Mujer e identidad

¿Qué hace a una mujer bella en los ojos de Dios?

Anny Mañón de Mirabal 25 junio, 2024

Hay personas cuya presencia ilumina el lugar donde llegan. No por su atractivo físico, sino por algo más profundo e inconfundible: una hermosura que brota del alma. Quien ha estado cerca de alguien así lo sabe: no se explica con el vocabulario de la moda ni de la estética, sino con el lenguaje del Espíritu.

En la sociedad actual existe un énfasis marcado en la belleza exterior, traducido con frecuencia en un verdadero culto a la apariencia física. Los estándares cambian según la época y la cultura, pero el criterio de Dios permanece invariable. Su Palabra lo declara con claridad: «Dios no ve como el hombre ve, pues el hombre mira la apariencia exterior, pero el Señor mira el corazón» (1 S. 16:7). Para Dios, la belleza exterior es fruto de la belleza interna. El punto de partida, entonces, no es el espejo, sino el corazón.

El carácter: la excelencia que Dios trabaja en nosotros

La verdadera belleza no se limita a lo externo; reside en lo profundo del alma y en la comunión viva con Dios. En la medida en que el creyente se somete a la obra transformadora del Espíritu Santo, Él trabaja para conformar el carácter a la imagen de Cristo. Este proceso de crecimiento espiritual produce el fruto descrito en Gálatas 5:22-23: «amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio propio». No se trata de un resultado instantáneo, sino de una obra progresiva y sostenida.

Una imagen útil para comprenderlo es la del diamante en proceso de pulido. La piedra no está lista para el mercado hasta que quien la pule puede ver su propio rostro reflejado en su superficie. De la misma manera, la Palabra de Dios pule y lustra el carácter del creyente hasta que este refleja, cada vez con mayor nitidez, el carácter del Señor. Desarrollar un carácter piadoso, virtuoso y sólido requiere tiempo —y ese tiempo se invierte, sobre todo, en la Palabra.

Leer, meditar, estudiar y memorizar las Escrituras no son ejercicios religiosos vacíos; son disciplinas que fortalecen la fe, renuevan el entendimiento y profundizan la relación con Dios. Además, cuando lleguen los dardos de fuego del enemigo —sus mentiras, sus acusaciones, sus intentos de robar el gozo—, la Palabra que mora abundantemente en nosotros (Col. 3:16) será la espada del Espíritu con la que responderemos con verdad (Ef. 6:17). Porque el gozo del Señor es nuestra fortaleza (Neh. 8:10), y Satanás lo sabe bien.

La comunidad y el tiempo con Cristo como medios de formación

El crecimiento en carácter no ocurre en aislamiento. El tiempo compartido con otros creyentes es también un medio de gracia para ejercitar el fruto que madura en nosotros. La Escritura nos llama a estimularnos mutuamente al amor y a las buenas obras (Heb. 10:24) y a alentarnos y orar los unos por los otros (1 Ts. 5:11). Quienes tienen un amor genuino por el Señor despiertan en los demás el deseo de buscar esa misma hermosura espiritual.

Y en el centro de todo este proceso está Cristo mismo. Pasar tiempo con Jesús nos recuerda su carácter: «manso y humilde de corazón» (Mt. 11:29). Quien vive cerca de Él comienza a hablar con sabiduría y compasión, a enseñar con bondad y amor (Pr. 31:26). Se convierte, como lo describió Pablo, en «aroma de Cristo para Dios» (2 Co. 2:15), con una belleza que refleja a aquel a quien el Salmo llama «el más hermoso de los hijos de los hombres» (Sal. 45:2).

La verdadera belleza no se limita a lo externo sino que reside en lo profundo del alma y en la comunión de una persona con Dios.

Una belleza que se pide cada día

Esta hermosura espiritual no se conquista de una vez para siempre. Va contra la naturaleza rebelde y orgullosa que cada uno de nosotros carga consigo. Por eso es una realidad que debe pedirse cada día: una llenura fresca del Espíritu de Dios, quien es el único que puede producir el carácter y el espíritu que nos hace hermosos a Sus ojos. El espíritu manso y tierno que brota de una vida rendida a Cristo no es solo una manifestación del carácter; también lo moldea y lo define.

Que vivamos cada día mirando menos al espejo del mundo y más al espejo de Su Palabra, hasta que en nosotros se vea reflejado, con mayor claridad, el rostro de Jesús.

Anny Mañón de Mirabal

Anny Mañón de Mirabal

Anny Mañón de Mirabal es miembro de la Iglesia Bautista Internacional, donde sirve en el Cuerpo de Consejeros, el Ministerio de Discipulado Matrimonial y el ministerio de mujeres Ezer. Es hija de Dios por Su gracia durante casi 25 años. Egresada del Instituto Integridad & Sabiduría, está casada con Justo Mirabal Díaz, es madre de tres y abuela de cinco.

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