IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
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Aileen Pagán de Salcedo • 29 marzo, 2022
Vivimos en una época en la que el deterioro moral de la sociedad es innegable. Este deterioro no surge en el vacío: es el resultado directo de la insistencia del ser humano en vivir según sus propios términos y no según el diseño de Dios. Esa realidad se manifiesta primero en el individuo y luego en la familia, que es la unidad más pequeña y fundamental de cualquier sociedad. Cuando las familias se fragmentan y se alejan del diseño original de Dios, el tejido social entero comienza a desintegrarse.
La Biblia no nos deja sin advertencia al respecto. Jesús mismo lo dijo con claridad: «En el mundo tendrán tribulación» (Jn. 16:33). La alta tasa de divorcios, el creciente número de hogares monoparentales y la presión constante sobre el matrimonio son algunas de las aflicciones propias de este mundo caído. Estas realidades no deberían tomarnos por sorpresa. Lo que sí deberíamos preguntarnos es cómo responder a ellas con fe, valentía y esperanza.
Frente a un panorama tan desafiante, la respuesta cristiana no es el miedo ni la resignación. Dios no quiere para sus hijos un espíritu de derrota, sino uno valiente y confiado, sabiendo que Él está de su lado. El salmista lo afirma con fuerza: «Muchas son las aflicciones del justo, pero de todas ellas lo libra el Señor» (Sal. 34:19). Esta no es una promesa de ausencia de pruebas, sino de presencia divina en medio de ellas.
Desarrollar ese carácter firme exige prestar atención a la batalla que se libra en la mente. La manera en que pensamos moldea la manera en que vivimos, y por eso la Escritura nos llama continuamente a alimentar nuestros pensamientos con la verdad de Dios y a someter nuestra voluntad a la de Él. Quienes han sido bendecidos con matrimonios e hijos necesitan con especial urgencia aferrarse a las disciplinas espirituales que desalojen el temor y sostengan la carrera. La oración, el estudio de la Palabra y la obediencia diligente no son accesorios de la vida cristiana: son su columna vertebral.
Cuando esas prácticas arraigan en la vida de un creyente, incluso las aflicciones comienzan a revelar su propósito redentor. Como lo promete Romanos 8:28, «sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a Su propósito». Una condición espiritual robusta permite percibir las fortalezas, bondades y bendiciones que Dios tiene dispuestas para quienes alinean sus pensamientos con los suyos.
Esta reflexión nace del deseo de que quienes estén casados recuerden dónde se encuentra la fuente inagotable de todo lo que necesitan para sostener un matrimonio sólido. Con la intervención del Espíritu Santo, nuestro ayudador, y el deseo genuino de glorificar a Dios, es posible estar mejor preparados para cuando lleguen las crisis. Perseverar en el amor, la paciencia y la oración no es una estrategia romántica: es una decisión de fe con consecuencias eternas.
El apóstol Pablo, escribiendo desde una experiencia de gran angustia, llegó a una comprensión que desafía toda lógica humana: «Pues esta aflicción leve y pasajera nos produce un eterno peso de gloria que sobrepasa toda comparación, al no poner nuestra vista en las cosas que se ven, sino en las que no se ven; porque las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas» (2 Co. 4:17). Esa perspectiva transforma la manera en que un matrimonio enfrenta el dolor.
Nuestro Dios no es malo, y sin importar la prueba que estemos atravesando, en particular en nuestras vidas matrimoniales, Él siempre está obrando un propósito que va más allá de nuestra capacidad limitada de apreciación inmediata de Sus bendiciones.
Una mente adoctrinada en la verdad de Dios y una voluntad sometida a Él —y no a los deseos de la carne— producen corazones que llegan incluso a agradecer las pruebas que les toca atravesar, ya sea como individuos o como matrimonio.
La autora puede testificar esto desde la experiencia personal. Habiendo atravesado pruebas matrimoniales de gran decepción y dolor, ha visto a Dios cumplir sus promesas tal como las declaró en su Palabra. No hubo nada extraordinario de su parte ni de la de su esposo: fue la gracia de Dios sosteniéndolos en la misma medida en que se arrepintieron, pidieron perdón y se mantuvieron fieles, obedeciendo sus mandatos con diligencia e integridad (1 Jn. 3:21-22). El resultado es un matrimonio más robusto, que hoy despliega mejor el diseño original de Dios.
Ver las promesas de Dios hacerse realidad en la propia vida es una de las experiencias más sobrecogedoras que puede vivir uno de sus hijos. Produce un sentido de gratitud cada vez más profundo hacia un Señor que es bueno, que no falla y que orquesta cada circunstancia con un propósito. «Bienaventurado el hombre que persevera bajo la prueba, porque una vez que ha sido aprobado, recibirá la corona de vida que el Señor ha prometido a los que lo aman» (Stg. 1:12).
Por eso, la exhortación final es simple y poderosa: «Den gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para ustedes en Cristo Jesús. [...] Y que el mismo Dios de paz los santifique por completo; que todo su ser —espíritu, alma y cuerpo— sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo» (1 Ts. 5:18, 23). Para los que han confesado a Jesucristo como Salvador, nada ocurre al azar. Todo está en las manos del Dios que sostiene, redime y glorifica a los suyos.
Aileen Salcedo es psicóloga egresada del Instituto Tecnológico de Santo Domingo, con un Diplomado en Consejería y una Maestría en Terapia Familiar. Es graduada del Instituto Integridad & Sabiduría. Actualmente sirve en la Iglesia Bautista Internacional (IBI), donde forma parte del cuerpo de consejeros y del equipo del Ministerio EZER. Aileen ha caminado con Cristo por más de 25 años y está casada con Gregory Salcedo, con quien tiene tres hijos.
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