IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Foto de cottonbro studio en Pexels
Aileen Pagán de Salcedo • 31 marzo, 2020
Después de recibir el regalo de la salvación, pocas decisiones son tan trascendentales como la de elegir con quién compartir la vida en matrimonio. Y una vez tomada esa decisión, surge una pregunta igualmente importante: ¿cómo queremos que sean caracterizados esos años juntos? Para responderla con honestidad, es necesario volver al origen: entender qué es el matrimonio según quien lo creó.
El matrimonio no es una construcción cultural ni un arreglo sentimental. Es una institución pública, establecida por Dios desde los primeros capítulos de la Biblia (Gn 2:18-25), con una posición social definida y un propósito sagrado. Lejos de ser meramente un contrato entre dos personas, el matrimonio es la representación terrenal del amor fiel del pacto entre Cristo y su pueblo. Proviene de Dios, quien une al hombre y a la mujer en una sola carne para señalar hacia algo mucho mayor que ellos mismos: su nuevo pacto con su pueblo (He 8:6).
Dentro de este marco divino, Dios concibió el romance, la sexualidad y la procreación como regalos buenos. Pero estos dones adquieren su verdadero sentido únicamente dentro de una unión fundamentada en el amor sacrificial, orientada ante todo a testificar del pacto de Dios y a dar prioridad al prójimo más cercano: el cónyuge.
Sin embargo, vivimos en un mundo caído en el que el pecado abunda y los conflictos rigen la mayoría de las relaciones (Mt 10:36). La cultura moderna idolatra el ego: enaltece la autonomía personal, define el propósito de la vida como la búsqueda del placer y la felicidad, y convierte el «yo» en el centro de toda decisión. Este paradigma es incompatible con el diseño bíblico del matrimonio, y cuando se filtra en las relaciones de quienes profesan ser cristianos, produce confusión, frustración y ruptura.
Para quienes han recibido a Cristo como Señor y Salvador, el horizonte del matrimonio es otro: procurar una unión que despliegue la gloria del amor, la gracia y la fidelidad de Dios (Ef 1:6; 5:25, 31-32). Satanás lo sabe bien. Por eso, cada vez que se rompe un pacto matrimonial, se distorsiona ante el mundo la imagen del pacto original de Cristo con su iglesia.
Cuando Jesús describió a sus discípulos la perspectiva de Dios sobre el matrimonio, la respuesta de ellos fue reveladora: «Los discípulos le dijeron: "Si así es la relación del hombre con su mujer, no conviene casarse"» (Mt 19:10). El estándar es alto. Tan alto que, tomando como referencia la relación de Cristo con su iglesia, queda claro que el objetivo del matrimonio no consiste en permanecer felizmente enamorados, sino en honrar el sacrificio de Cristo guardando fielmente el pacto.
Cada decisión de ceder, de sacrificarse, de amar de forma desinteresada y de preservar con gozo el compromiso matrimonial apunta a algo más grande que la propia vida: refleja la verdad de que Jesús ama a su iglesia incondicionalmente y que siempre le será fiel (Mt 28:20; He 13:5). Dios recibe gloria cuando dos personas pecadoras e imperfectas construyen una vida compartida, cediéndose la una a la otra, perdonándose cada día «como el Señor los perdonó» (Col 3:13).
Luego de veinte años de matrimonio, la autora puede afirmar con convicción que sí es difícil permanecer casados, y más aún hacerlo con gozo. Pero también puede afirmar que es posible, porque Cristo sostiene a quienes se aferran a él. La clave no está en la compatibilidad ni en el esfuerzo humano, sino en poner por obra cada día los mandatos de Dios: meditar en su Palabra, orar, y caminar junto a hermanos maduros en la fe.
Cada vez que decido ceder, sacrificarme, amar desinteresadamente y hacer todo sacrificio para preservar con gozo mi parte del pacto matrimonial, estoy apuntando a algo mucho mayor que mi propia vida.
El camino hacia un matrimonio sólido no es abstracto. Estas son algunas orientaciones concretas para perseverar y fortalecer la unión:
Una base divina compartida. Un matrimonio sólido comienza cuando ambos cónyuges tienen una relación personal con Jesucristo como Señor y Salvador. En los días más difíciles, esa convicción sirve de estímulo para dar la milla extra: amar, perdonar y servir aun cuando duele (Ef 5:21; Jn 15:13; Lc 9:24; Mr 10:45).
Una perspectiva de permanencia. Un matrimonio que confía en que Dios sustenta, que nada escapa a su control ni a su propósito, puede atravesar las grandes pruebas sin rendirse (Is 41:10; Sal 73:26).
Una convicción pactal. Un matrimonio bíblico ha entendido que su unión apunta a la relación de Cristo con su iglesia. Su mejor manera de adorar a Dios y honrar el sacrificio de Cristo es a través de una relación matrimonial fiel y honrosa (Ro 1:20; Gn 9:13; Dt 7:9; Mt 19:6).
Que los días difíciles ni el peso del llamado nos abrumen. Dios está de nuestro lado para ayudarnos a tener un buen matrimonio en este mundo caído. Él pelea con nosotros la buena batalla, y su deseo es que desde ya, en esta tierra, comencemos a disfrutar de la vida plena por la que Cristo murió. Como recuerda el apóstol Pablo: «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece» (Fil 4:13).
Aileen Salcedo es psicóloga egresada del Instituto Tecnológico de Santo Domingo, con un Diplomado en Consejería y una Maestría en Terapia Familiar. Es graduada del Instituto Integridad & Sabiduría. Actualmente sirve en la Iglesia Bautista Internacional (IBI), donde forma parte del cuerpo de consejeros y del equipo del Ministerio EZER. Aileen ha caminado con Cristo por más de 25 años y está casada con Gregory Salcedo, con quien tiene tres hijos.
Lorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elitLorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elit