Integridad y Sabiduria
Abnegación: El estado natural de la maternidad

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Mujer e identidad

Abnegación: El estado natural de la maternidad

Viola Núñez de López 4 mayo, 2021

Hay historias que no se olvidan. Una de ellas es la de una madre que luchó cuerpo a cuerpo contra un cocodrilo de cuatro metros para arrancarle a su hijo de las fauces. El muchacho había ido a bañarse a un río cercano y, aunque sabía nadar, el instinto de aquella mujer le advertía que el peligro era real. Permaneció bajo el sol abrasador sin apartar los ojos del agua, hasta que el animal emergió y atrapó al joven por las piernas. En un instante, la madre lo sujetó por los brazos y comenzó una lucha feroz y totalmente desigual. El cocodrilo daba coletazos intentando arrastrarlos a los dos; ella se negaba a soltar. Hubo momentos en que las fuerzas parecían abandonarla, pero algo —algo que no puede explicarse del todo con palabras— la hacía recuperarlas. Al final venció. El hijo salió con las piernas destrozadas, pero vivo.

Esa imagen, leída hace ya algún tiempo, quedó grabada en la mente y en el corazón de quien la cuenta. Y no es difícil entender por qué: en aquella lucha no había cálculo, ni estrategia, ni evaluación de riesgos. Había amor en su forma más pura, ese amor que no conoce límites cuando la vida de un hijo está en juego.

El corazón materno: una entrega que no se aprende

Lo que aquella madre demostró junto al río no era el resultado de un entrenamiento ni de una decisión meditada. Era simplemente lo que ella era. Ningún lenguaje alcanza para describir del todo la fuerza, la entrega y el heroísmo que habita en el corazón de una madre. Es incansable, luchadora y valiente; lo da todo sin esperar nada a cambio cuando en ello está invertido el bienestar o la vida del hijo que creció en su vientre. La materia prima con que está hecho ese corazón parece ser de acero inoxidable: no se corroe, no se desgasta, y late al ritmo del amor incondicional.

La madre es abnegada porque el estado natural de la maternidad es la abnegación. No es algo que ella adquiere con el tiempo ni desarrolla con esfuerzo: es algo que ella sencillamente es. Le viene de fábrica. Por eso, desde el mismo instante en que una mujer sabe que va a ser madre, sus prioridades se reorganizan por completo. Ya no vive solo para sí misma. Empieza a vivir para el fruto de sus entrañas, y su principio fundamental es darse.

La maternidad como proyecto de Dios

Esta realidad no es accidental. Desde el principio de la humanidad, Dios dispuso que fuera en el vientre de la mujer donde germinara la semilla de la vida. Cuando decidió que Su Hijo viniera a este mundo, le dio una madre que lo acunara, lo protegiera y lo guiara hasta que estuviera listo para salir a proclamar el evangelio. Las Escrituras lo dicen con claridad: «Porque Tú formaste mis entrañas; me hiciste en el seno de mi madre» (Sal 139:13). La maternidad tiene un valor y un significado trascendente porque es un proyecto de Dios. Es el más grande privilegio que se le haya podido otorgar a la mujer.

Sin embargo, ese privilegio —que durante mucho tiempo fue reconocido como una bendición— se ha ido desnaturalizando. Las corrientes del posmodernismo y el feminismo lo han subestimado hasta el punto de invertir los términos: lo que antes era visto como una de las mayores bendiciones, hoy es presentado como un obstáculo para la realización personal. A quienes se dedican a criar y educar a sus hijos se les llama anticuadas, dependientes o, peor aún, fracasadas.

La abnegación es el estado natural de la maternidad.

Frente a esa narrativa, la Palabra de Dios habla con una claridad que no admite ambigüedades: «Don del Señor son los hijos, y recompensa es el fruto del vientre» (Sal 127:3). Un don es un regalo, y Dios no regala cualquier cosa. Esa sola declaración reencuadra la maternidad en su dimensión correcta: no como una carga que limita, sino como una gracia que enriquece.

Una inversión que vale la pena

La autora de estas palabras es madre, abuela y bisabuela. Comenzó desde muy joven, y lo que afirma no es teoría: es testimonio vivido. Hubo títulos que pudo haber obtenido, posiciones que pudo haber ocupado. Renunció a ellos para invertirse en la crianza de sus hijos. Hoy, al mirar hacia atrás y ver los resultados, no siente frustración ni lamento. Se siente honrada y bendecida.

Esa experiencia acumulada no quedó archivada en el pasado; se ha convertido en un recurso vivo para orientar a sus propios hijos en la crianza de los suyos, para construir vínculos profundos con sus nietos y para caminar con gratitud cada día. Así luce una inversión que realmente vale la pena.

Si eres padre o madre y estás leyendo esto, hay un llamado claro: no renegues de tu maternidad ni de tu paternidad. Abraza la perspectiva de Dios sobre la familia, siéntete honrado por la responsabilidad de cuidar y formar las vidas que Él puso en tus manos, e inviértete en ese llamado con todo lo que tienes. Porque la abnegación no es una debilidad disfrazada de virtud: es el estado natural de quien ama de verdad.

Viola Núñez de López

Viola Núñez de López

Viola Núñez de López anhela servir al Señor hasta el final de sus días. Educadora por profesión y vocación. Miembro de la IBI, donde sirve como consejera y mentora de mujeres. Madre de cuatro, abuela de diecisiete y bisabuela de trece.

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