Eclesiastés es a menudo malentendido como el libro pesimista de la Biblia, una pieza escrita por un filósofo amargado de la vida. Sin embargo, esta perspectiva es profundamente equivocada. El libro no fue inspirado por el Espíritu Santo para arrastrarnos a la desesperación, sino para arrancar de cuajo los ídolos en los que solemos depositar nuestra confianza en busca de plenitud y felicidad, pero que solo producen más frustración. Su objetivo es enseñarnos a vivir sabiamente en el mundo de Dios, bajo las reglas de Dios, buscando en Él, y no en las cosas creadas, la alegría, el gozo y el sentido que solo Él puede dar.
Salomón, el autor de Eclesiastés, introduce su mensaje sin rodeos ni suavizantes. Desde el primer versículo se presenta como «el Predicador» (en hebreo, Qohelet), alguien que convoca a una asamblea para instruirla, no un filósofo aislado en su torre de marfil. Y las primeras palabras que pronuncia son desconcertantes: «Vanidad de vanidades», dice el Predicador, «vanidad de vanidades, todo es vanidad» (Ecl 1:2).
La palabra clave aquí es «vanidad», del hebreo hebel, que literalmente significa ‘vapor’ o ‘aliento’. Señala algo frágil, efímero, imposible de atrapar. En el contexto del libro, hebel no solo describe lo breve de la vida, sino también lo frustrante, lo enigmático, lo desconcertante que puede llegar a ser vivir en este mundo caído. No es simplemente que la vida pasa rápido; es que muchas veces no entendemos por qué pasan las cosas que pasan.
Para enfatizar la idea al máximo, Salomón emplea un superlativo hebreo: «vanidad de vanidades». Es como decir «la más absoluta vanidad», o en términos contemporáneos, «vanidad al cuadrado». Y esta frustración, esta fragilidad de la vida, no es un accidente cósmico ni una falla del sistema. Forma parte del juicio de Dios sobre la creación caída. Como escribió Pablo en Romanos 8:20, la creación fue sometida a vanidad, y fue Dios mismo quien la sometió, aunque en esperanza.
La frustración es como un grafiti escrito sobre la creación para recordarnos que este mundo no funciona como fue diseñado originalmente. El desconcierto no es una anomalía, es una señal de que este mundo no es nuestro hogar permanente y de que no debemos exigirle a la vida lo que ella no puede darnos. Salomón no está tratando de arrastrarnos a la desesperanza; está ayudándonos a ver las cosas como son para que no vivamos bajo falsas expectativas.
De ahí la pregunta punzante del versículo 3: «¿Qué provecho recibe el hombre de todo el trabajo con que se afana bajo el sol?». La palabra «provecho» es un término comercial: el beneficio neto después de cubrir los costos. Cuando pases balance al final de tu vida debajo del sol, ¿cuál será tu ganancia? ¿Qué te quedará de todo el tiempo, esfuerzo y energía que invertiste persiguiendo lo que deseabas?
Salomón no responde de inmediato; la respuesta llega más adelante. Más bien, primero deja que la incomodidad haga su trabajo. Y ese es también mi propósito: incomodarte, porque ese es, en esencia, el propósito de Eclesiastés. Salomón quiere que dejemos de anestesiarnos con ilusiones y enfrentemos la realidad tal como es. Solo entonces tendremos el oído y el corazón preparados para recibir la sabiduría que viene de Dios.
Salomón no llegó a sus conclusiones mediante teorización abstracta. Convirtió su vida en un laboratorio viviente para poder decirnos con autoridad: «Ya lo probé, y no me resultó». Su experimento comenzó con el conocimiento. Dios le había dado más sabiduría, capacidad intelectual y recursos que cualquier otro hombre de su época. Sin embargo, mientras más entendía el mundo y la vida, más consciente se volvía de su complejidad, sus contradicciones y sus injusticias. Por eso escribió: «En la mucha sabiduría hay mucha angustia, y quien aumenta el conocimiento, aumenta el dolor» (Ecl 1:18).
Cuando el conocimiento se convierte en un fin en sí mismo, termina produciendo más frustración. No es extraño que las personas más inteligentes e incrédulas de este mundo sean frecuentemente las más cínicas y amargadas.
Luego Salomón probó con el placer, pero no como un necio desenfrenado, sino con control deliberado. «Consideré en mi mente cómo estimular mi cuerpo con el vino, mientras mi mente me guiaba con sabiduría» (Ecl 2:3, LBLA). Probó la alegría, el vino, la risa, el sexo, tratando de ver si el disfrute podía ofrecerle lo que el conocimiento no le había dado. Sin embargo, llegó a la misma conclusión: el placer puede dar alivio momentáneo, pero no puede dar sentido a tu existencia.
Vinieron después los grandes proyectos, la acumulación de posesiones, incluso la satisfacción sexual sin límites; Salomón tuvo 700 esposas y 300 concubinas. Construyó casas, plantó viñas, creó huertos y jardines e hizo estanques (Ecl 2:4–5). En este pasaje del libro de Eclesiastés destaca el uso repetido del determinante posesivo «mi» y del pronombre personal «me». Salomón se dedicó a construir su propio Edén, su propio paraíso. No negó a sus ojos nada de lo que desearan.
¿Y cuál fue el resultado? «Consideré luego todas las obras que mis manos habían hecho y el trabajo en que me había empeñado, y resultó que todo era vanidad y correr tras el viento, y sin provecho bajo el sol» (Ecl 2:11).
El problema no es que el placer o el trabajo sean pecaminosos en sí mismos. El problema surge cuando espero que me proporcionen identidad, seguridad y esperanza. Cuando sigo creyendo que el próximo logro o experiencia llenará permanentemente el vacío de mi alma.
En medio de ese cuadro sombrío, el libro da un giro inesperado. En Eclesiastés 2:24–26, Salomón nos invita a disfrutar los dones de Dios: «No hay nada mejor para el hombre que comer y beber y decirse que su trabajo es bueno. Yo he visto que también esto es de la mano de Dios. Porque ¿quién comerá y quién se alegrará sin Él?» (Ecl 2:24–25).
Lo notable es que hasta ese momento, Salomón apenas había mencionado a Dios. El contraste es intencional. Lo que Salomón quiere mostrarnos es que en este mundo caído todavía hay placeres edénicos que no fueron cancelados por la maldición del pecado, pero que deben ser disfrutados como regalos, no como sustitutos de Dios.
La solución no es la vida monástica ni huir del mundo. Es aprender a disfrutar sin idolatrar. La capacidad de disfrutar lo creado no proviene de las cosas mismas, sino de Dios, que te las da y que te da el poder de disfrutarlas en comunión con Él. Como enseña Eclesiastés 5:18–20, la verdadera alegría no está en acumular bienes o experiencias placenteras legítimas, sino en recibir esas cosas con gratitud como regalos de un Dios bondadoso.
Salomón mismo reconoce este principio cuando escribe: «Vete, come tu pan con gozo, y bebe tu vino con corazón alegre, porque Dios ya ha aprobado tus obras. [...] Goza de la vida con la mujer que amas todos los días de tu vida fugaz [...]. Porque esta es tu parte en la vida y en el trabajo con que te afanas bajo el sol» (Ecl 9:7,9). Disfrutar no es pecado. Dios inventó los sabores, los aromas, la alegría, el trabajo, la intimidad en el matrimonio. Nos dio dos mil papilas gustativas, no para la gula, sino para disfrutar comiendo. El placer lo inventó Dios, no el diablo.
El problema surge cuando el don reemplaza al Dador. Es como la historia de dos novias que esperaban cartas de sus novios en el extranjero. Cada cierto tiempo venía el cartero con las cartas. Como era de esperarse, las novias pasaban la semana esperando al cartero: una porque ansiaba recibir la carta de su amado, y la otra porque se había enamorado del cartero. El problema no es disfrutar los dones bondadosos de Dios con acción de gracias; el problema es que muchas veces nos enamoramos del cartero. No te enamores del cartero. Los placeres legítimos deben ser recibidos como cartas amorosas del buen Dios, que nos dice: «Te amo». En esta vida fugaz y enigmática podemos experimentar los placeres edénicos que aún permanecen a nuestro alcance, siempre que no nos enamoremos del cartero. Recibe los dones de Dios como dones, no como sustitutos de Él, porque cuando el don reemplaza al Dador, inevitablemente termina decepcionándonos.
Después de llevarnos por todo este recorrido incómodo, Salomón concluye: «La conclusión, cuando todo se ha oído, es esta: teme a Dios y guarda Sus mandamientos, porque esto concierne a toda persona» (Ecl 12:13). La traducción de la Reina-Valera 1960, más apegada al original hebreo, dice: «porque esto es el todo del hombre».
No es meramente el deber del hombre, sino su esencia misma. Temer a Dios y guardar Sus mandamientos es el todo del hombre. Es como si Salomón estuviera diciendo: ¿De verdad quieres entender qué significa ser verdaderamente humano en este mundo frustrante, breve y enigmático? Vive delante de Dios en dependencia de Él, bajo Su autoridad, deleitándote en Él y haciéndolo todo para Su gloria.
Después de dar tantas vueltas, Salomón termina su peregrinaje en el mismo lugar con la misma enseñanza que le dieron sus padres cuando era niño: «El temor del SEÑOR es el principio de la sabiduría» (Prov 1:7). Una persona puede lograr cosas extraordinarias, destacar profesionalmente, acumular bienes, ser admirada y reconocida, pero si no teme a Dios y no guarda Sus mandamientos, es como un reloj que no da la hora. Hay algo esencial en su humanidad que no está funcionando como debiera.
Fuimos creados para glorificar a Dios y gozar de Él para siempre, tal como afirma el Catecismo Menor de Westminster. El temor de Dios en Eclesiastés no es un miedo servil y paralizante; para el creyente significa vivir con reverencia y con la confianza de un hijo que sabe que es amado. Uno de los grandes males de nuestra época no es el ateísmo, sino la trivialización de Dios. Hemos perdido la reverencia. Dios no es un «diosito» ni un «papito» casual. Podemos hablar con Él con la intimidad de «Abba, Padre», pero el mismo Señor Jesucristo nos enseñó a orar: «Padre nuestro que estás en los cielos». La intimidad no cancela la reverencia que debemos tener ante nuestro Dios.
Finalmente, Salomón nos recuerda que la historia humana no termina en el absurdo ni en el vacío, sino en un tribunal: «Porque Dios traerá toda obra a juicio, junto con todo lo oculto, sea bueno o sea malo» (Ecl 12:14). Todos terminaremos nuestra vida en un tribunal. Pero esto significa que el mal no tendrá la última palabra. La injusticia no quedará impune. El sufrimiento no será eterno. El caos no gobernará para siempre. A su tiempo, Dios pondrá todas las cosas en su lugar.
Eclesiastés no concluye con una nota de gracia, sino de juicio. Pero precisamente por eso nos lleva de la mano al evangelio. Hubo uno que sí vivió una vida plena debajo del sol. Uno que nunca convirtió este mundo en Su hogar permanente. Uno que temió perfectamente a Dios y guardó todos Sus mandamientos de la cuna hasta la tumba. Uno que fue tratado en la cruz como un transgresor rebelde por amor a los que vino a salvar.
Cristo cargó con el juicio de Eclesiastés 12:14. El tribunal que vemos al final del libro cayó sobre Jesús con todo el peso de la ley, para que la sentencia no cayera con peso condenador sobre aquellos que confiamos en Él. Y Dios declaró en la resurrección de Cristo que la vida vivida en el temor del Señor nunca es en vano. Para los creyentes, la palabra final no es «vanidad de vanidades», sino «He aquí, Yo hago nuevas todas las cosas» (Apoc 21:5).
La alternativa que la Biblia presenta no es entre disfrutar o no disfrutar la vida. Es entre seguir construyendo castillos de arena o construir sobre una roca inamovible. Si Dios no es tu todo, nada será suficiente. Pero si Cristo es tu todo, entonces el trabajo vuelve a ser trabajo, el placer vuelve a ser un don, y la vida, aunque breve y enigmática, deja de ser absurda y vacía, ya que Él vino a darnos vida, y vida en abundancia.
Este artículo ha sido adaptado de la charla «Eclesiastés», impartida por el pastor Sugel Michelén, como parte de la serie de enseñanzas «Sabiduría en tiempos de necios», disponible en nuestro canal de YouTube.
Sugel Michelén es pastor y maestro en Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo (Santo Domingo) por más de treinta años. Predica regularmente la Palabra y posee una Maestría en Estudios Teológicos. Autor de varios libros, entre ellos La Más Extraordinaria Historia Jamás Contada y Palabras al Cansado.
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