Sarah Peña
Miguel Núñez • 9 junio, 2026
Lucas 15 presenta un contexto crucial. Todos los recaudadores de impuestos y pecadores se acercaban para oír a Jesús, mientras los fariseos y escribas murmuraban: «Este recibe a los pecadores y come con ellos». En respuesta, Cristo contó tres parábolas consecutivas: la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo pródigo. Cada una ilustra la misma verdad fundamental: el reino de los cielos celebra cuando un pecador se arrepiente.
El hijo menor cometió algo inconcebible en la cultura del Medio Oriente: pidió su herencia mientras su padre aún vivía. Era como decirle: «Desearía que estuvieras muerto, pero como no lo estás, dame lo que me corresponde ahora». En esa cultura, tal petición era profundamente vergonzosa y ofensiva. El joven eligió los placeres del mundo antes que el amor de su padre.
Lo notable es que el padre no puso objeción. No discutió ni le negó la petición; simplemente le entregó su parte. Quizás esta respuesta nos enseña algo sobre la naturaleza del amor verdadero: el amor no puede ser forzado. El amor presupone algo compartido y mutuo. Si el hijo no quería estar allí, el padre no podía obligarlo a quedarse, porque el amor tiene que ser bilateral.
El hijo se fue a un país lejano, pero el problema es que no necesitaba otro país, sino otro corazón. Cuando de pecar se trata, esa suele ser la elección del ser humano: ir lejos, donde nadie nos conoce. Es el mismo espíritu detrás del eslogan de Las Vegas: «Lo que ocurre en Las Vegas, se queda en Las Vegas». Pero no es cierto. Lo que ocurre en cualquier lugar, si es pecaminoso, puede estar oculto a los ojos humanos, pero es un escándalo visible en el cielo (Gál 6:7-8).
El hijo menor, en cierta medida, nos representa a todos, especialmente antes de venir a Cristo, cuando hemos oído de Dios, pero no tenemos una relación con Él. Pero también representa a algunos hijos de Dios que, después de conocerle, se dejan engañar por el pecado y los deseos de su propio corazón, como David y Salomón, cuyos pecados siguen siendo recordados hasta hoy.
El joven malgastó su herencia viviendo perdidamente; derrochó todo su dinero en una vida desenfrenada. Y justo cuando se le acabó el dinero, una hambruna azotó aquel país lejano donde se encontraba. Sin dinero ni alimento, su degradación continuó: consiguió trabajo alimentando cerdos, animales considerados inmundos según la ley de Moisés, y su hambre era tal que deseaba comer la comida de ellos.
¿Cómo llega alguien de la condición de hijo a terminar como un jornalero, alimentando cerdos y deseando comer su comida? ¿Cómo llega a esa bancarrota moral? El pecado es un amo terrible. Es cruel; te destruye, pero antes de hacerlo, te engaña y te hace creer que es disfrutable, que es algo que realmente debes desear.
Mientras estamos lejos de Dios, no podemos ver nuestro pecado por varias razones. Primero, para ver lo horrible de mi pecado, necesito estar cerca de Dios, de modo que Su carácter confronte el mío, como ocurrió con el profeta Isaías en su encuentro con Dios. Segundo, apartado de Dios, no experimento la convicción de pecado del Espíritu Santo. Y tercero, lejos de Dios no tengo luz; y sin Su luz no puedo ver mi interior.
Es frecuente que quienes entran en una vida de pecado tiendan a alejarse de la comunidad de creyentes, porque el contraste entre lo que oyen, lo que ven y lo que viven se vuelve incómodo.
El pecado es un amo terrible. Es cruel; te destruye, pero antes de hacerlo, te engaña y te hace creer que es disfrutable, que es algo que realmente debes desear.
El texto de Lucas 15 dice que el hijo, «volviendo en sí», reflexionó sobre su condición. Esta expresión no está ahí por accidente. Lo que la Palabra está revelando es que, cuando las personas viven de esa manera, han perdido la razón, la sabiduría y el discernimiento. Al volver en sí, dijo: «¡Cuántos de los trabajadores de mi padre tienen pan de sobra, pero yo aquí perezco de hambre!» (v. 17).
Su mayor necesidad era física en ese momento, pero ese no era su problema real. Tenía hambre y sed espiritual, aunque no lo sabía. Su alma estaba hambrienta y sedienta. Probablemente había sentido algo similar viviendo en la casa de su padre, pero no creyó que la solución estuviera en ser saciado allí adentro; pensó que se saciaría afuera, como frecuentemente ocurre.
Entonces tomó una decisión: «Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: “Padre, he pecado contra el cielo y ante ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; hazme como uno de tus trabajadores”» (v. 18).
Aquí debemos hacer una distinción crucial. El hijo tuvo convicción de pecado; admitió: «He pecado». Pero eso todavía no es arrepentimiento. Judas también tuvo convicción de pecado. Fue a los principales sacerdotes, les entregó las treinta monedas de plata y dijo: «He pecado entregando sangre inocente» (Mt 27:4). Tuvo convicción, incluso devolvió el dinero, pero luego se ahorcó. Eso no fue arrepentimiento.
El arrepentimiento presupone convicción y admisión de pecado, pero incluye algo más: «Levantándose, fue a su padre» (v. 20). El arrepentimiento, por definición, implica devolverse, alejarse del pecado y acercarse a Dios. Este hombre se estaba alejando de su pecado y acercándose a su padre. Ahora sí estamos hablando de arrepentimiento verdadero.
Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y sintió compasión por él. El padre no esperó que el hijo llegara. No dijo: «Ese es mi hijo, pero mira cómo luce. Seguro viene a pedirme dinero para hacer lo mismo otra vez». No. Tuvo compasión de él, corrió hacia él y lo besó.
En la cultura del primer siglo, con túnicas largas, los padres mayores usualmente no corrían por el riesgo de tropezar. Pero este padre corrió, incurriendo en el riesgo, y comenzó a besar a su hijo. Charles Spurgeon, uno de los más influyentes predicadores del siglo XIX, predicó un sermón completo de siete puntos sobre los besos del padre al hijo pródigo, señalando que representaban: mucho amor, mucho perdón, restauración plena, gran gozo, consuelo desbordante, una firme seguridad e íntima comunión.1
El padre ni siquiera pidió una explicación. Simplemente ordenó a sus siervos: «Pronto; traigan la mejor ropa y vístanlo; pónganle un anillo en su mano y sandalias en los pies. Traigan el becerro engordado, mátenlo, y comamos y regocijémonos; porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado» (vv. 22-24).
El vestirlo con la mejor ropa, en lugar de la suciedad y los harapos que traía, representa cómo Dios nos da la santidad de Cristo para cubrir nuestra pecaminosidad. El anillo era símbolo de pertenencia y autoridad: el hijo es recibido nuevamente como tal y tratado con la dignidad correspondiente, y en nuestro caso, la Palabra afirma que somos herederos con Cristo y que reinaremos con Él (1 Ti 2:12). Finalmente, poner sandalias en sus pies lo distinguía de los esclavos o siervos, ya que estos no solían usarlas en aquella época. Era una restauración completa de su posición dentro de la casa.
Mientras el padre celebraba, el hijo mayor estaba en el campo. Al acercarse a la casa, oyó música y danzas. Llamó a un criado para averiguar qué ocurría. Cuando supo que su hermano había regresado y el padre estaba celebrando, se enojó y rehusó entrar.
El padre salió e insistentemente le rogaba que entrara. La respuesta del hijo mayor revela su corazón: «Mira, por tantos años te he servido y nunca he desobedecido ninguna orden tuya, y sin embargo, nunca me has dado un cabrito para regocijarme con mis amigos; pero cuando vino este hijo tuyo, que ha consumido tus bienes con rameras, mataste para él el becerro engordado» (vv. 29-30).
El hijo mayor tenía cierto mérito aparente: se quedó en la casa, no pidió la herencia y era aparentemente sometido. Pero tenía una ira profunda y un sentido de autojusticia. El problema con su pecado es que no se veía. Estaba sacando cuentas: «Yo he vivido aquí todos estos años, nunca he desobedecido; tú me debes». Ese sentido de autojusticia era exactamente el de los fariseos y escribas que escuchaban a Cristo contar esta parábola.
El hijo menor no mostró amor por su padre, es cierto. Pero el hijo mayor tampoco, porque el padre lo invitó a unirse a la celebración y él rehusó, causándole probablemente vergüenza ante la comunidad. Además, tampoco amaba a su hermano, que había regresado arrepentido. Estaba violando el primero y el segundo gran mandamiento: amar a Dios con todo el corazón y amar al prójimo.
El padre, bondadoso hasta el final, no regañó al hijo mayor. Le dijo: «Hijo mío, tú siempre has estado conmigo, y todo lo mío es tuyo. Pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este, tu hermano, estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado» (vv. 31-32).
Cristo contó otra parábola en Lucas 18, la del fariseo y el publicano, dirigida a algunos que confiaban en sí mismos como justos y despreciaban a los demás:
«Dos hombres subieron al templo a orar; uno era fariseo y el otro recaudador de impuestos. El fariseo puesto en pie, oraba para sí de esta manera: “Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: estafadores, injustos, adúlteros; ni aun como este recaudador de impuestos. Yo ayuno dos veces por semana; yo doy el diezmo de todo lo que gano”. Pero el recaudador de impuestos, de pie y a cierta distancia, no quería ni siquiera alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “Dios, ten piedad de mí, pecador”» (vv. 9-13).
Al final de la parábola, Cristo es claro: el que descendió a su casa justificado fue el que reconoció su pecado, no el que confiaba en su autojusticia. «Porque todo el que se engrandece será humillado, pero el que se humilla será engrandecido» (Lc 18:14).
El corazón del fariseo es el mismo que el del hijo mayor en la parábola del hijo pródigo. Es el corazón de la autojusticia: el de quien cree que ha cumplido y que, por tanto, merece algo de parte de Dios. Mientras que el corazón del recaudador de impuestos nos recuerda el del hijo mejor, que sabía que había pecado grandemente y que no merecía nada. Por eso decía: «No soy digno de ser llamado hijo tuyo; hazme como uno de tus trabajadores» (Lc 15:19).
Ahora bien, el hijo mayor pudo haber dicho: «Mi hermano no merece perdón». Pero el perdón nunca es merecido. De hecho, se cuenta que en la Francia de Napoleón Bonaparte una madre rogaba por su hijo condenado a muerte. Napoleón le dijo: «Su hijo no merece misericordia». Ella respondió: «Señor emperador, si fuera merecida, no sería misericordia». Y finalmente, él le concedió el perdón.
Para el cristiano, el perdón no es opcional. Cristo mismo enseñó que quien no perdona a los hombres sus transgresiones no puede esperar el perdón del Padre (Mt 6:15). ¿Realmente quieres permanecer en una condición de falta de perdón delante de Dios?
Cuando nos levantamos y vamos al Padre diciendo: «He pecado contra el cielo y contra ti», encontramos ese corazón bondadoso que recibe al pecador arrepentido.
Este es un momento propicio para reflexionar sobre la condición de tu corazón a la luz de estos dos hijos.
¿Estás cerca de Dios? Recuerda: estás tan cerca o tan lejos de Dios como has decidido estar. Nadie vive cerca o lejos de Dios sin haberlo decidido de algún modo.
¿Estás tan lejos de Dios que ya no tienes luz suficiente para ver tu propio corazón? ¿O te falta el punto de referencia correcto: el carácter santo de Dios confrontando tu carácter no santo?
¿Estás confiando en tus actividades religiosas? ¿Mides tu rectitud delante de Dios por tu fidelidad al ofrendar, al diezmar, al asistir a la iglesia? ¿Hay algo en tu corazón que no se ve, pero que Dios sí ve, algo quizás igual o peor que los pecados visibles? ¿Estás viviendo, en secreto y desconocido para otros, una vida licenciosa que nadie imagina? Quizás no en un país lejano, sino en la intimidad de tu hogar, frente a una pantalla.
No te dejes engañar: de Dios nadie se burla. No existen pecados secretos, solo pecados que la gente no conoce. Todas nuestras acciones están expuestas ante el reino de los cielos y son claramente visibles.
Toda persona vive tan lejos o cerca de Dios como ha decidido estar. La invitación de Dios a disfrutar de comunión íntima con Él está abierta todos los días. El problema es que la intimidad con Dios impide el disfrute del pecado, y hasta ahí muchos no quieren llegar.
Pero cuando volvemos en sí, cuando nos levantamos y vamos al Padre diciendo: «He pecado contra el cielo y contra ti», encontramos ese corazón bondadoso que recibe al pecador arrepentido. Cuando decimos, como el recaudador de impuestos: «Señor, ten piedad de mí, pecador», nos vamos a casa justificados.
Este artículo ha sido adaptado del sermón «La bondad de Dios que recibe al pecador arrepentido», predicado por el pastor Miguel Núñez como parte de la serie «La gran caída y la gracia que nos rescata». Puedes ver o escuchar el mensaje completo aquí.
Charles H. Spurgeon, «2236. Prodigal Love for the Prodigal Son», Answers in Genesis, https://answersingenesis.org/education/spurgeon-sermons/2236-prodigal-love-for-the-prodigal-son
↩Mantente conectado con enseñanzas centradas en el evangelio y reflexiones relevantes para la iglesia de hoy. Suscríbete a nuestra newsletter y recibe estos recursos directamente en tu correo.