Es natural reflexionar sobre qué constituye una vida plena y bien vivida. Todos tenemos criterios personales sobre lo que hace dichosa una vida: algunos buscan posesiones materiales; otros, el éxito profesional, las relaciones sentimentales, el placer o una determinada apariencia física. Sin embargo, la pregunta crucial es: ¿qué dice Dios acerca de lo que hace que una vida sea verdaderamente dichosa?
El Salmo 1, en sus primeros tres versículos, responde a esta pregunta de manera práctica y clara:
«¡Cuán bienaventurado es el hombre que no anda en el consejo de los impíos,
ni se detiene en el camino de los pecadores,
ni se sienta en la silla de los escarnecedores,
sino que en la ley del Señor está su deleite,
y en Su ley medita de día y de noche!
Será como árbol plantado junto a corrientes de agua,
que da su fruto a su tiempo y su hoja no se marchita;
en todo lo que hace, prospera» (Sal 1:1–3).
Este pasaje sirve como un faro que guía nuestros pasos cuando las aguas de la vida se agitan, ofreciéndonos el veredicto divino sobre cómo es una vida que Dios aplaude y considera bienaventurada.
El primer componente de una vida dichosa a los ojos de Dios es la resistencia activa y el alejamiento del pecado en todas sus formas. El Salmo 1 declara:
«¡Cuán bienaventurado es el hombre que no anda en el consejo de los impíos,
ni se detiene en el camino de los pecadores,
ni se sienta en la silla de los escarnecedores […]!» (v. 1).
La palabra «bienaventurado» está en plural en el original, como si dijera: «muchas son las felicidades de quien vive de esta manera».
Esta resistencia no es pasiva, sino activa y deliberada. Implica reconocer que los caminos de pecado, por más atractivos que parezcan, son caminos de muerte y miseria. No debemos hacer caso a la campaña sistemática del mundo, que nos vende toda forma de pecado como una manera de conseguir plenitud. La vida buena según Dios no es la «buena vida» del mundo.
Notemos la progresión descendente que el salmo describe: primero se escucha el consejo de los impíos; luego se anda en el camino de los pecadores; y finalmente se termina sentado en la silla de los escarnecedores. El pecado, usualmente, no es una caída súbita, sino un deslizamiento gradual. Comenzamos prestando atención, luego caminamos y, finalmente, nos establecemos en una postura de pecado.
El hombre bienaventurado es aquel que reconoce esta tendencia de su propio corazón y dice: «No pondré caso a ese consejo, desecharé ese concepto; la Palabra no está de acuerdo con eso; me resisto». Es alguien que se mantiene vigilante, examinándolo todo y reteniendo lo bueno mientras desecha lo malo (1 Tes 5:21), discerniendo qué alimenta el alma y qué la enferma.
El segundo elemento vital es acercarse a la Palabra de Dios con deleite. El versículo 2 del Salmo 1 presenta un contraste marcado con el camino del pecado descrito en el versículo anterior: «sino que en la ley del Señor está su deleite, y en Su ley medita de día y de noche». Mientras el hombre pecador busca deleite en el pecado, el hombre dichoso entiende que los caminos de Dios son los verdaderamente deleitosos y placenteros para el alma.
La Palabra de Dios hace que el hombre descubra los caminos de su plenitud. Creemos saber lo que nos hace felices, pero frecuentemente, buscando plenitud, encontramos nuestras peores miserias. Sin la luz de la Palabra, daremos mucha importancia a cosas que no la tienen y no daremos importancia a las que sí la tienen. Como se ha dicho: «El fracaso puede definirse como tener éxito en aquellas cosas que no importan».
¿Cómo podemos, entonces, desarrollar deleite por la Palabra? El deleite surge cuando somos capaces de ver a Dios detrás de Su Palabra: Su carácter bondadoso, misericordioso, justo, recto y perfecto. Al contemplar cómo Dios se revela a través de las Escrituras, cómo nos guía y nos cuida de nuestra propia pecaminosidad, vamos cultivando un gusto por ella que resulta deleitoso. Es un «gusto espiritual adquirido» que se desarrolla con el tiempo y la práctica.
La meditación en la Palabra es crucial. Así como la digestión transforma los alimentos en nutrientes, la meditación es la digestión del alma que convierte el alimento bíblico en nutrición espiritual. Es mejor leer menos y meditar más, de tal manera que lo que consumimos se convierta verdaderamente en nutrientes para nuestra vida espiritual.
El versículo 3 del Salmo 1 describe el resultado de vivir con resistencia al pecado y deleite en la Palabra: «Será como árbol plantado junto a corrientes de agua, que da su fruto a su tiempo y su hoja no se marchita; en todo lo que hace, prospera».
Como bien dijo Charles Spurgeon, este no es un árbol silvestre, sino uno plantado por Dios mismo: escogido, considerado como propiedad, cultivado y protegido de ser desarraigado. Está plantado junto a corrientes de agua, lo que significa que tiene todo lo necesario para desarrollarse fuerte, crecer firme y resistir los embates de las circunstancias.
La persona que vive así da fruto a su tiempo: en momentos de adversidad tiene fe para dar; cuando recibe un favor, tiene gratitud para expresar; en tiempos difíciles, tiene fe para resistir; y en momentos de tentación, tiene dominio propio para permanecer firme. Que su hoja no se marchite habla de permanencia y estabilidad. Aunque todos experimentamos algún grado de fluctuación, esta es una vida caracterizada por firmeza y constancia.
Aunque el salmista solo contaba con el Pentateuco y no tenía la revelación completa que nosotros poseemos, este salmo apunta hacia Cristo de manera profunda. Jesús es el hombre verdaderamente bienaventurado: resistió perfectamente todo pecado y se deleitó completamente en hacer la voluntad del Padre. Él es el árbol plantado que produce fruto eterno. Nosotros, que ahora podemos ver que el Hijo de Dios se entregó por nosotros, que no estimó el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó y murió por nosotros, tenemos aún más razón para deleitarnos en la Palabra que nos revela tal amor y gracia.
Es momento de examinar nuestras prioridades. ¿Estamos persiguiendo la dicha según los criterios del mundo o según los criterios de Dios? Necesitamos desarrollar una resistencia sistemática contra el pecado, comenzando por rechazar los consejos y conceptos contrarios a la Palabra de Dios.
Debemos cultivar un deleite genuino por la Palabra de Dios, dándonos la oportunidad de apreciar sus matices, su profundidad y, sobre todo, el carácter de Dios revelado en ella. Esto requiere disciplina y práctica constante, pero produce una vida firmemente establecida.
Para ayudarnos en este camino, podemos aplicar algunas prácticas concretas:
Examina diariamente qué consejos estás escuchando y siguiendo.
Resiste activamente las primeras señales de tentación; no esperes a estar caminando en el pecado.
Dedica tiempo consistente a la lectura y meditación de la Palabra.
Observa con cuidado el texto bíblico, preguntándote qué implica para tu vida.
Busca el carácter de Dios en cada porción de las Escrituras que leas.
Medita en la Palabra durante todo el día, no solo en tu tiempo de estudio bíblico.
Es mi anhelo y oración que caminemos como el hombre bienaventurado del Salmo 1, de manera que otros, al ver nuestra vida, puedan decir: «¡Qué grande es el Dios de esta persona bienaventurada!».
Este artículo ha sido adaptado de la charla «La vida verdaderamente dichosa», por el pastor Héctor Salcedo, basada en el Salmo 1:1–3, disponible en nuestro canal de YouTube.
Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.
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