Integridad y Sabiduria
El galardón más importante de todos
Mujer e identidad

El galardón más importante de todos

Carol de Rossi 26 mayo, 2026

Hace unos años, durante un domingo del Día de las Madres, nuestra iglesia instaló un gran mural donde los hijos pasaban a escribir el nombre de su mamá y luego tomarse una foto. Este momento fue festivo pero también tenía un toque emotivo al leer tu nombre escrito entre tantos otros. También, era especial leer tu nombre en medio de muchísimos otros, pues eso te permitía apreciar de manera visual que tú no estabas sola en este camino de la maternidad. Había otras que en ese momento estaban siendo vistas y reconocidas. Por un momento, el peso invisible de todo lo que puede hacer una madre en el día a día encontró una nube de testigos.

¡Qué agradable fue! Parecía ser el eco de algo que Dios mismo puso en nosotras: el deseo legítimo de que lo que hacemos es importante y Él lo ve. Pero el domingo terminó, los murales se retiraron, y llegó el lunes con la cotidianidad y los afanes de siempre. Y con este retorno a la realidad, también llegaba el peligro real del deseo que busca satisfacerse en recibir reconocimiento en los lugares equivocados.

La trampa engañosa

Hay una ilusión sutil que puede instalarse en el corazón de una madre sin que ella lo note: la idea de que nuestro valor, nuestra seguridad y nuestro gozo dependen de ser vistas y reconocidas aquí, en esta vida. Esa ilusión generalmente se alimenta de fuentes como el elogio público que alguien hace sobre nuestros hijos, el desempeño que logran nuestros hijos a nivel escolar o en alguna disciplina deportiva, el buen comportamiento que manifestaron en cierta actividad de la que participamos, etc. Estas son ocasiones evidentes en las que quizá nuestro oídos se satisfacen al escuchar estas palabras que, de alguna manera, elogian nuestra labor porque parecieran ser el termómetro de nuestra loable maternidad. Pero, también hay otras ocasiones en las que ese reconocimiento no es tan evidente pero aún así nuestro corazón lo demanda: esa gratitud que esperamos recibir por sacrificios que hacemos —los de la madrugada cuando amamantamos, atendemos al hijo enfermo o acompañamos mientras se concluye un proyecto escolar, los del silencio cuando callé en un momento de ira, o cuando pasé por alto la ofensa, los imprevistos cuando resolví una necesidad a último momento o cuando dejé de hacer algo mío por atender una necesidad de alguien más en casa. Estos, que muchas veces no se ven, pueden atarse como demandas en nuestro corazón, de tal forma que generan una expectativa en nosotras de recibir ese reconocimiento y, al no recibirlo, se convierte en frustración. ¿Acaso no fue suficiente lo que hice? ¿Tengo una familia desagradecida? ¿No están viendo todo lo que hago por ellos?

Cuando no llega el reconocimiento, o cuando no llegan los elogios, o el desempeño de mis hijos no obtuvo el mérito esperado… el resultado es inevitable: frustración, desilusión, descontento. La trampa nos envolvió y, sin darnos cuenta, pusimos el peso de nuestro gozo sobre algo que no fue diseñado para sostenernos.

Anhelar el reconocimiento de nuestros hijos o esposo, por genuino y merecido que sea, es como buscar una medalla de plástico: frágil y temporal, no perdurará con el tiempo. Uno de los riesgos más concretos de buscarlo es que terminemos midiendo nuestra fidelidad con una vara que no es la de Dios. 

Si nuestro gozo como madres depende de recompensas que vienen con actos pasajeros como que los hijos se comporten bien en público, entonces la paz queda atada a la voluntad pecaminosa de otro ser humano —uno que, por cierto, está en proceso de formación y va a fallar una y otra vez (al igual que ocurre conmigo). 

Si nuestra seguridad depende de que alguien note los sacrificios que hacemos, entonces cada vez que nadie los vea, la sensación inevitable será que no valieron nada. Eso no es libertad. Es una forma de esclavitud. A eso nos lleva esta trampa.

El llamado de toda madre cristiana es uno solo: permanecer fiel en este caminar, día tras día, hasta el final.

El galardón eterno

El llamado de toda madre cristiana es uno solo: permanecer fiel en este caminar, día tras día, hasta el final. No es un llamado a producir hijos perfectos ni a ser la madre perfecta sino a atesorar al único y perfecto Dios. No es un llamado a no cometer errores, sino a confiar en el único que no se equivoca. No es un llamado a solucionar todo sino a rendir todo al único Dios soberano que tiene todo el control. Es un llamado a continuar, día tras día, paso a paso, siguiendo las pisadas de Cristo. Es un llamado a perseverar cuando nos quedamos cortas o cuando los días son oscuros, cuando hay enfermedad, cuando los hijos atraviesan situaciones difíciles, cuando no hay ánimo para nada. Es un llamado a renunciar a nuestras ideas y pedir sabiduría al único sabio Dios.

Todo esto es posible porque Cristo lo hizo posible. No hay otra explicación. La madre que logra soltar la demanda de reconocimiento, la que puede servir en la madrugada sin que nadie lo vea y aun así no vaciarse por dentro, la que permanece fiel cuando los resultados no llegan y el elogio tampoco —esa madre no lo consigue por disciplina propia ni por convicción personal bien cultivada. Lo consigue porque fue alcanzada por Cristo Jesús primero (Fil. 3:12). Él la encontró antes de que ella pudiera producir nada. La justificó antes de que pudiera merecer algo. Y es desde ese lugar —ya vista, ya conocida, ya amada— que ella puede proseguir. No hacia la aprobación de su familia, no hacia la satisfacción de haber criado bien, sino hacia algo infinitamente más sólido: el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús (Fil. 3:14). Ese es el galardón que no depende del comportamiento de sus hijos, ni de la gratitud de su esposo, ni del mural de un domingo de mayo. Es eterno. Es seguro. Y ya fue ganado por Aquel que la alcanzó primero.

Y al final de nuestro caminar, encontraremos el mayor de los galardones. Esta vez, el reconocimiento no será pronunciado por nuestro esposo o un hijo, ni vendrá por medio de una publicación pasajera en redes sociales, ni siquiera será un mural hermoso un domingo de mayo… ese día nuestros nombres estarán en el libro del Cordero, escritos con tinta de sangre permanente que nada ni nadie puede borrar. Ninguna polilla podrá dañarlo, ningún fracaso podrá borrarlo. Y lo más hermoso: ese nombre no está escrito porque se mereció. Está escrito por gracia, sellado por los méritos de Cristo, garantizado por la fidelidad de Dios.

Este Día de las Madres, guardémonos de nuestro corazón engañoso y recordemos que nuestro mayor galardón ya lo tenemos en Cristo Jesús. No porque ya lo hayamos alcanzado todo, ni porque ya seamos perfectas —sino porque Aquel que nos alcanzó primero es fiel para completar lo que comenzó. Que Él nos halle fieles, olvidando lo que queda atrás y extendiéndonos a lo que está delante, prosiguiendo hacia la meta para obtener el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús (Fil. 3:12-14).


Carol de Rossi

Carol de Rossi

Carol de Rossi es hija de Dios, esposa, madre y maestra apasionada de la Biblia. Sirve activamente en el discipulado de mujeres y actualmente se desempeña como coordinadora de proyectos para el ministerio Radical, apoyando iniciativas misioneras entre los pueblos no alcanzados. Está casada con Fabio Rossi, tienen dos hijos y se congregan en la Iglesia Bautista Internacional, en República Dominicana. En la actualidad cursa un Diplomado de Estudios Bíblicos en el Instituto Integridad & Sabiduría.

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