Nadie habla con gusto de envejecer. Como la muerte, la vejez es una realidad que todos conocen pero que pocos quieren enfrentar. Y sin embargo, ahí está: inevitable, progresiva, transformadora. En una época que celebra lo nuevo, lo rápido y lo que cambia día a día, quienes envejecen pueden sentirse atrapados entre dos mundos: el que los formó y el que parece haberlos dejado atrás.
Pero ¿y si la vejez fuera, en realidad, una placa de reconocimiento que nos da la vida? No un señal de deterioro, sino un testimonio de años vividos, de experiencia acumulada y de una historia que vale la pena contar. Esa es la perspectiva que necesitamos recuperar —especialmente como creyentes— para vivir esta etapa con dignidad, propósito y esperanza.
Nuestra vida avanza al ritmo de varios relojes que actúan sobre nosotros de manera simultánea, aunque no siempre en armonía. El reloj genético marca los cambios físicos heredados de nuestros padres: el temperamento, la complexión, los rasgos que van apareciendo con más fuerza conforme envejecemos. El reloj cronológico lleva la cuenta de los años; cada cumpleaños añade un número que, aunque sea solo un día de diferencia, se siente como un peso nuevo sobre los hombros.
El reloj cultural ejerce quizás la presión más visible. La cultura dicta qué se espera de una persona mayor: dónde debe estar, cómo debe lucir, qué puede o no puede hacer. En muchas sociedades, envejecer equivale a retirarse de la escena pública, a ceder el protagonismo y a reducirse al margen. Finalmente, el reloj familiar reproduce los patrones de generación en generación, muchas veces sin cuestionarlos. Lo que hacían los mayores de la familia se convierte en norma para quienes vienen después.
El problema es que estos cuatro relojes rara vez marcan la misma hora. Cuando intentamos mantenernos al día con todos ellos al mismo tiempo, perdemos el equilibrio. Nos sentimos fuera de lugar en todas partes: demasiado mayores para unos, demasiado activos para otros.
Hay una imagen que lo ilustra con claridad. En cierta joyería, todos los relojes del local marcaban siempre la misma hora exacta. Cuando alguien preguntó cómo era posible, el dueño respondió sin rodeos: «Yo mantengo uno marcando siempre la hora exacta y los demás los cronometro con ese». El secreto no era complicado: había un estándar fijo al cual todos los demás se ajustaban.
Como creyentes, tenemos ese mismo principio disponible: el reloj de Dios. Y la postura cristiana madura es clara: lo que marca el reloj genético, el cronológico, el cultural y el familiar puede aceptarse o cuestionarse, pero siempre en función de si concuerda con lo que Dios establece. Él es el estándar que no se adelanta ni se atrasa.
En el mundo las cosas se van depreciando con el paso del tiempo; pero en Dios el paso del tiempo da más valor.
Y esta verdad tiene respaldo explícito en las Escrituras. El salmista declara: «Porque tú formaste mis entrañas; me hiciste en el vientre de mi madre» (Sal 139:13). Cada persona —sin importar su edad— lleva la marca de las manos de Dios. Pablo añade: «Pues por precio han sido comprados» (1 Co 6:20). Jesús no redime lo que no tiene valor; su sangre es el argumento más poderoso contra cualquier voz que diga que alguien ya no sirve. Y la ley de Dios misma ordena: «Ante las canas te levantarás, y honrarás la presencia del anciano, y temerás a tu Dios» (Lv 19:32). La vejez, en el reino de Dios, merece reverencia, no indiferencia.
Proverbios 16:31 lo resume con una frase que la cultura moderna difícilmente podría sostener: «Las canas son una corona de gloria; se obtiene en el camino de la justicia». Lo que el mundo deprecia, Dios corona.
El tiempo no aniquila al creyente: lo esculpe. Y esculpir implica intención, cuidado y la búsqueda de una forma definitiva. Quienes envejecen en la fe no son material de descarte; son obras en proceso, moldeadas por años de gracia, prueba, fidelidad y experiencia. Los términos retirado o jubilado sencillamente no existen en el vocabulario de Dios. La Biblia no habla de santos retirados ni de creyentes jubilados. Es posible retirarse de un empleo, de una actividad concreta; pero no de la vida ni del propósito hasta que Dios mismo lo disponga.
El salmista ora: «Enséñanos a contar de tal modo nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría» (Sal 90:12). Esa es la invitación: no lamentarse por los años transcurridos, sino aprender a habitarlos con inteligencia y con fe. Quien asimila que en Dios el tiempo añade valor —no lo resta— puede vivir cómodo con su pasado, motivado en su presente y esperanzado ante su futuro.
La pregunta final no es cuántos años quedan, sino qué se hará con ellos. Cada uno puede elegir ser un monumento a la vejez o una caricatura de la juventud. Puede dejarse definir por los relojes que el mundo impone, o puede cronometrar su vida con el único reloj que siempre marca la hora exacta. La decisión es personal. Y mientras Dios no diga lo contrario, hay vida por delante. Vívala.
Viola Núñez de López anhela servir al Señor hasta el final de sus días. Educadora por profesión y vocación. Miembro de la IBI, donde sirve como consejera y mentora de mujeres. Madre de cuatro, abuela de diecisiete y bisabuela de trece.
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