Foto de Kampus Production en Pexels
Joan Veloz • 17 abril, 2020
En noviembre de 2019, sin que el mundo lo advirtiera, todo cambiaría para siempre. El descubrimiento del COVID-19 sacudió a las naciones con una fuerza sin precedentes: las escuelas cerraron, los aeropuertos quedaron en silencio, los trabajos se detuvieron y hasta las iglesias se vieron obligadas a cerrar sus puertas. Cientos de países lanzaron el mismo mensaje a sus habitantes: quédate en casa. Lo que antes era una elección se convirtió en obligación.
Sin embargo, ese confinamiento trajo consigo algo que ningún decreto gubernamental había podido producir: la oportunidad para que muchos hombres asumieran el llamado que Dios les ha hecho desde siempre, el de ser cabeza y sacerdote de su hogar. Durante años, muchos se habían escudado en sus trabajos y en el título de «proveedor de la familia». Pero cuando el trabajo desapareció, quedó al descubierto una realidad incómoda: no bastaba con proveer económicamente. Era tiempo de ser esposo, padre, pastor, consejero y siervo, roles que muchos no habían estado cumpliendo y que algunos ni siquiera sabían cómo ejercer.
Antes de teorizar sobre lo que un hombre debería hacer en tiempos de crisis, es necesario regresar a lo que Dios ya ha dicho en su Palabra. Las Escrituras establecen con claridad cinco roles fundamentales para el hombre cristiano.
Líder. Cuando Dios puso al hombre en el Edén, le encargó gobernar y cuidar la creación (Gn. 2:15). Del mismo modo, Dios ha determinado que el hombre es el líder de su hogar, llamado a ir delante y marcar el camino por el cual su familia transitará.
Amador. El hombre está llamado a amar a su esposa como Cristo amó a la iglesia (Ef. 5:22-25; 1 P. 3:7) y a valorar a sus hijos como herencia del Señor (Sal. 127:3). Este es el amor ágape descrito en 1 Corintios 13:4-7, paciente, bondadoso, que no se irrita ni guarda rencor, que todo lo sufre y todo lo soporta.
Protector. La protección que Dios encomienda al hombre no se limita al plano físico. Incluye también la protección espiritual de los suyos (1 Co. 16:13). Es responsabilidad del esposo y padre velar tanto por el bienestar del cuerpo como por el bienestar del alma de su familia.
Proveedor. El rol de proveedor está tan claramente establecido en las Escrituras que el apóstol Pablo compara con un incrédulo al hombre que no lo cumple (1 Ti. 5:8). Proveer no es una opción, es una instrucción, incluso en los peores tiempos. En las circunstancias más difíciles, el hombre debe confiar en la promesa del salmista: «Los leoncillos necesitan y tienen hambre, pero los que buscan al Señor no carecerán de ningún bien» (Sal. 34:10).
Sacerdote. En el Antiguo Pacto, el sacerdote intercedía delante de Dios en favor del pueblo (Éx. 19:5-7). De igual manera, el hombre ha sido designado sacerdote de su hogar, llamado a clamar a Dios fielmente para que Él, según su soberana voluntad, muestre su favor y su gracia a los de su casa (1 P. 2:5).
Los tiempos de crisis revelan con brutal claridad lo incapaces que somos para cumplir por nosotros mismos los estándares de Dios. La naturaleza pecadora nos empuja a centrarnos en nosotros mismos y a descuidar incluso a quienes amamos (Ro. 7:19-25). Por eso, este tipo de tiempos no deben verse como un juicio divino, sino como una escuela donde el Señor muestra lo que hay en el corazón y lo que espera de quienes le pertenecen (Dt. 8:2).
Para poder ser cabeza y sacerdote del hogar, el hombre cristiano necesita cinco cosas de manera irrenunciable. Primero, a Cristo, que no es solo el Salvador de nuestra alma, sino nuestro Rey, Señor y modelo. Estudiarlo en los momentos de crisis, aprender de su liderazgo y de la manera en que amó, protegió y proveyó para los suyos es el punto de partida. Segundo, fe en las promesas de Dios, la convicción de que todo obra para bien para quienes le aman (Ro. 8:28), porque sin fe es imposible agradar a Dios y es imposible estar en paz con uno mismo y con la familia. Tercero, gracia, porque creer que podemos ser cabeza y sacerdote del hogar sin la gracia de Dios es una ilusión. Debemos acercarnos confiadamente al trono de la gracia para recibir su oportuno socorro (He. 4:16). Cuarto, la Palabra de Dios, que es lámpara a nuestros pies y que brilla con mayor intensidad precisamente en los momentos de oscuridad. Quinto, la gloria de Dios como meta, pues no existe para el creyente un motivador más poderoso. Saber que todo fue creado por medio de Él y para Él (Col. 1:16) debe impulsar al hombre a actuar según lo que Dios le ha pedido.
Nuestra esperanza no está en este mundo caído, sino en un mundo venidero, en donde estaremos con nuestro Salvador para siempre.
Conocer los principios no es suficiente si no se traducen en acciones concretas. El hombre cristiano debe ser intencional en al menos seis áreas.
Reflexiona sobre lo que Dios está haciendo. Aparta momentos específicos del día para retirarte y meditar en las verdades que el Señor te está mostrando. Antes de ejercer el liderazgo hay que ser líder, y eso se forja en la vida interior.
Estudia la Palabra, solo y en familia. Sé intencional al compartir las verdades que Dios te ha mostrado: textos que consuelan y esperanzan, pero también los que llaman al arrepentimiento y a depender de Dios.
Ora sin cesar. No como una opción, sino como una obligación (1 Ts. 5:17). Ora para que Dios te permita glorificarle y para que tu familia pueda escucharte clamar y también tenga la oportunidad de hacerlo ella misma.
Predica el evangelio. Usa cada oportunidad para recordar que el mayor enemigo no es una enfermedad, sino el pecado, y que la única cura es la sangre de Cristo. Recuérdate y recuérdale a los tuyos que la esperanza verdadera está en el mundo venidero, donde ya no habrá llanto ni dolor (Ap. 21:4).
Escucha con intención. El temor y la ansiedad habitan en los corazones de la familia. Como pastor del hogar, crea espacios para conocer lo que les preocupa, sus miedos y sus luchas, incluso los de los más pequeños. Ese es territorio de ministerio.
Aprovecha bien el tiempo. No estamos de vacaciones. Crece, lee, toma cursos, invierte en tu esposa e hijos y crea momentos que los marquen (Ef. 5:16). Cuando regrese la «normalidad», que el hombre que salga de casa no sea el mismo que entró.
La llegada del COVID-19 no tomó a Dios por sorpresa. Él sigue reinando y sigue en control de su creación. Este es un tiempo en que Dios llama a su pueblo a volverse a Él, a buscarle en oración y a descansar en sus promesas. La familia necesita hombres que la lideren en estas verdades, que la amen como Cristo amó, que la protejan física y espiritualmente y que sigan proveyendo tanto para el cuerpo como para el alma. Como expresó Charles Spurgeon: «Dios es demasiado bueno como para ser cruel, y es demasiado sabio como para equivocarse. Cuando no podemos ver su mano, debemos confiar en su corazón».
Joan Veloz conoció la gracia de Dios en 2005 en la IBI, es pastor de la Iglesia Bautista Internacional y Vicepresidente de Integridad & Sabiduria. Es abogado con maestrías en Gerencia y Productividad, Estudios Teológicos (MATS) y Divinidad (MDiv) y un Doctorado en Ministerio, todos completados en el Southern Baptist Theological Seminary. Está casado con Michelle Suzaña y tienen tres hijos: Daniella, Camila y Miguel Andrés.
Mantente conectado con enseñanzas centradas en el evangelio y reflexiones relevantes para la iglesia de hoy. Suscríbete a nuestra newsletter y recibe estos recursos directamente en tu correo.