No importa la edad ni la etapa de vida: la soltería presenta desafíos reales. La presión cultural que equipara la intimidad física con la plenitud humana, los programas eclesiales orientados casi exclusivamente a la familia y el paso del tiempo con sus sueños que parecen desvanecerse son cargas que muchos conocen bien. A todo esto se suma una pregunta que, si no se responde correctamente, puede conducir a la amargura y la incredulidad: si mi deseo de casarme viene de Dios, ¿por qué sigo soltero?
Esa pregunta tiene su lugar, pero hay una más urgente: ¿caminaremos con Dios cuando Sus caminos no tengan sentido para nosotros? ¿Creeremos que Él es todo lo que Su Palabra dice que es? Cuando apartamos la mirada de nosotros mismos y de nuestras circunstancias, y la fijamos en el Señor a través de Su Palabra, nuestra perspectiva —incluyendo la perspectiva sobre la soltería— comienza a transformarse.
Es fácil seguir a Jesús cuando hacerlo mejora nuestra vida. Pero a veces, solo cuando nuestros sueños no se hacen realidad, descubrimos que no hemos deseado a Jesús tanto como hemos deseado sus dones. En todos Sus caminos con nosotros, el objetivo de Dios es que encontremos que Él es quien realmente es: un Padre amable y un amigo fiel. En Cristo, eso es lo que Él es, incluso cuando nuestras oraciones parecen no recibir respuesta.
Desde esa posición podemos regresar a la pregunta inicial con más claridad. La respuesta es esta: Dios está siempre, en cada circunstancia que Él permite en nuestras vidas, trabajando para llevarnos al lugar donde podamos decir con el salmista: «¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti, nada deseo en la tierra» (Sal. 73:25). La soltería no es el resultado de haber fallado en estar en el lugar correcto en el momento correcto, ni de no ser suficientemente atractivos, ni de no haber alcanzado cierta altura espiritual. Dios la ha ordenado para que sepamos que nada de lo que este mundo ofrece es tan satisfactorio como pertenecer a Él a través de Cristo Jesús.
Vivir con contentamiento en la soltería también requiere una visión honesta de la realidad. La tentación es concentrarse en el «césped más verde» del matrimonio, pero casarse no elimina los desafíos; simplemente los reemplaza por otros. La vida conyugal implica considerar las necesidades del cónyuge en cada decisión, amar los días en que el afecto se siente difícil y renunciar a preferencias personales por el bien del otro. Ningún estado civil está exento de la mortificación.
El apóstol Pablo —soltero— había aprendido a estar contento sin importar las circunstancias (Fil. 4:11). Este es el mismo hombre que enseñó a dar gracias en todo (1 Ts. 5:18), a «regocijarse en el Señor siempre» (Fil. 4:4) y a ser llenos del Espíritu, «cantando y alabando al Señor en su corazón, dando gracias siempre y por todo a Dios el Padre en el nombre de nuestro Señor Jesucristo» (Ef. 5:19-20). ¿Cómo podía Pablo estar tan genuinamente gozoso? Él mismo revela su secreto: «Porque para mí, el vivir es Cristo» (Fil. 1:21). Cristo lo era todo en la vida de Pablo, y por esa razón ningún deseo terrenal era definitivo. De hecho, consideraba todas las cosas como pérdida ante el incomparable valor de conocer a Cristo Jesús (Fil. 3:7-9).
El contentamiento en la soltería proviene de creer la verdad acerca de Dios: que Él es bueno.
Vivir para Cristo es lo que nos permite ver que un Padre bueno ha ordenado nuestras vidas. Es lo que nos permite experimentar la comunidad cristiana como algo aún más valioso que formar una familia biológica propia. Es lo que produce gozo genuino y lo que da lugar a la gratitud. El agradecimiento y el contentamiento siempre van de la mano.
La fuente del descontento no es el estado civil en sí mismo, sino la interpretación que hacemos de él. Con eso en mente, hay siete orientaciones prácticas para quienes desean caminar fielmente en esta etapa:
La soltería, ordenada por un Dios bueno, no es un paréntesis de la vida verdadera ni una señal de olvido divino. Es una etapa en la que Cristo puede ser conocido, amado y proclamado con una libertad particular. Quienes aprenden a decir con Pablo «para mí, el vivir es Cristo» descubren que ninguna circunstancia —ni el matrimonio ni la soltería— puede añadir ni quitar lo que ya poseen en Él.
Lydia Brownback es autora de múltiples libros y conferencista internacional para mujeres. Entre sus obras se encuentran On-the-Go Devotionals for Women, Finding God in My Loneliness y Sing a New Song.
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