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Maria del Carmen Tavarez • 28 septiembre, 2021
Hay una pregunta que merece una respuesta honesta: ¿qué hábitos rigen nuestro diario vivir? El apóstol Pedro exhorta: «Mantengan entre los gentiles una conducta irreprochable, a fin de que en aquello que les calumnian como malhechores, ellos, por razón de las buenas obras de ustedes, al considerarlas, glorifiquen a Dios en el día de la visitación» (1 P. 2:12). Esta exhortación resume el llamado de todo creyente: vivir de tal manera que aun los incrédulos sean llevados a glorificar a Dios a causa de lo que observan. Jesús mismo lo afirmó: «Así brille la luz de ustedes delante de los hombres, para que vean sus buenas acciones y glorifiquen a su Padre que está en los cielos» (Mt. 5:16).
La descripción de la mujer virtuosa en Proverbios 31 es, sin duda, una de las más bellas de toda la literatura. Lejos de ser un retrato anticuado, es un espejo que refleja el tipo de carácter al que Dios llama a su pueblo, y que el mundo, en su confusión, jamás podrá ofrecer.
El aspecto más importante de la mujer virtuosa es su carácter: «Mujer hacendosa, ¿quién la hallará? Su valor supera en mucho al de las joyas» (Pr. 31:10). Esta afirmación choca de frente con los valores de la cultura contemporánea, que reduce el valor de una persona —y especialmente de la mujer— a su apariencia física, su imagen en redes sociales o la ropa que lleva puesta. La Biblia propone una evaluación completamente distinta: lo que da verdadero valor a una persona sabia es su belleza interior.
Ese carácter se hace visible en la vida cotidiana. La mujer virtuosa es diligente y buena administradora; estas virtudes guían su desempeño tanto en el hogar como en el trabajo. Su forma de hablar también revela su valor: sabe comunicarse con su esposo, con sus hijos, con amigos y compañeros de trabajo. Suele animar e instruir, reconoce la importancia de las palabras bien escogidas y comprende que el lenguaje es clave para ejercer influencia en el hogar y fuera de él. Existe un refrán popular que dice que detrás de un gran hombre hay una gran mujer; en términos bíblicos, esa mujer es precisamente la que actúa con sabiduría.
Este retrato gana claridad cuando se lo compara con su opuesto. La Escritura también describe a la mujer imprudente, y las diferencias son reveladoras. Proverbios advierte: «Mejor es vivir en un rincón del terrado que en una casa con mujer rencillosa» (Pr. 21:9). Son palabras duras, pero oportunas. La descripción se amplía en Proverbios 7:10–12: «Entonces una mujer le sale al encuentro, vestida como ramera y astuta de corazón. Es alborotadora y rebelde; sus pies no permanecen en casa; está ya en las calles, ya en las plazas, y acecha por todas las esquinas».
Frente a la serenidad, la diligencia y la sabiduría en palabras y hechos de la mujer virtuosa, la mujer imprudente es descrita como alborotadora, rebelde y sin pudor. El contraste no es un juicio cultural arbitrario; es la Palabra de Dios señalando dos caminos con consecuencias radicalmente distintas, tanto para quien los recorre como para quienes conviven con ella.
Este contraste también tiene aplicación directa en la manera de responder a la adversidad. Practicar el bien, incluso ante quienes no nos valoran, es una expresión de sabiduría bíblica. Pedro lo confirma: «Porque esta es la voluntad de Dios: que practicando el bien hagan callar la ignorancia de los insensatos» (1 P. 2:15). El testimonio fiel no requiere defensa propia; requiere obediencia sostenida.
Con palabra sana e irreprochable, a fin de que el adversario se avergüence al no tener nada malo que decir de nosotros (Tito 2:8).
Cuando la sabiduría de Dios rige los hábitos del diario vivir, algo extraordinario sucede: el creyente se convierte en un testigo vivo de la gracia de Dios ante un mundo que aún no lo conoce. Ser prudente, diligente, buena administradora, hacendosa, serena y generosa en el hacer el bien no es un ideal inalcanzable; es el fruto de una vida anclada en Dios. Si en algún momento sentimos que nos falta sabiduría para lograrlo, la respuesta es clara: «Si a alguno de ustedes le falta sabiduría, que se la pida a Dios, quien da a todos con generosidad sin hacer reproche alguno, y le será dada» (Stg. 1:5). Y la promesa es igualmente firme: «Porque el Señor da sabiduría, y de Su boca vienen el conocimiento y la inteligencia» (Pr. 2:6).
Vivir así es ser, en palabras verdaderamente poderosas, joyas preciosas del Señor: embajadoras de reconciliación entre Dios y quienes aún no lo conocen. La pregunta que queda sobre la mesa —y que cada uno debe responder— es esta: ¿Cuáles hábitos rigen tu diario vivir?
María del Carmen Tavarez es miembro de la IBI por más de diecisiete años. Graduada del Instituto Integridad & Sabiduría y actualmente finalizando la especialidad en Consejería Bíblica. Ha servido como maestra de Escuela Dominical y escribe para MPLGDG y Lifeway Mujeres. Sirve en los grupos pequeños del Ministerio de Mujeres Ezer.
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