Integridad y Sabiduria
La fe que perseveró

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Mujer e identidad

La fe que perseveró

Elba Ordeix de Reyes 6 octubre, 2020

Imagina por un momento que tienes una hija enferma con una condición desesperante, has perdido toda esperanza de que pueda sanar, y de repente llega a tu ciudad el único médico que tiene el conocimiento para devolverle la salud. Lo has escuchado nombrar, pero el acceso a él no está garantizado. Solo tienes un momento, una oportunidad para presentarte ante él y rogarle que te escuche. ¿Qué harías?

Esa imagen se queda corta ante el cuadro real del pasaje. La hija de esta mujer no padecía una enfermedad ordinaria: estaba endemoniada. Y su madre, una mujer griega de la región de Siria y Fenicia, solo había escuchado desde lejos quién era Jesús. Sin embargo, ese poco conocimiento fue suficiente para que su fe se aferrara con firmeza a la persona correcta.

Una fe que reconoce a Cristo antes de entenderlo todo

Lo primero que llama la atención en este relato es el nombre con el que esta mujer se dirige a Jesús. Lo llama «Hijo de David», un título cargado de peso mesiánico y profético. Mateo, de hecho, abre su evangelio con esas mismas palabras: «Libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David» (Mt. 1:1). Que una mujer pagana, descendiente de griegos que habitaban en la región de Tiro y Sidón, invoque ese nombre es teológicamente significativo. Ella no poseía toda la revelación del Antiguo Testamento, pero sí la convicción de que solo el Hijo de David podía hacer lo que nadie más podía hacer.

Con esa certeza entra a la casa donde Jesús se encontraba y clama a voz en cuello. Su desesperación es evidente, tanto que los discípulos le ruegan a Jesús que la atienda para que se marche. Y entonces ocurre algo que sorprende: Jesús, que nunca rechaza a quien acude a él, permanece en silencio ante su súplica. Cuando finalmente habla, sus palabras son más desconcertantes aún: «No fui enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mt. 15:24). Y más adelante: «No está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos» (Mt. 15:26).

Los intérpretes han debatido el tono de estas palabras. Lo que resulta claro en el desarrollo de la escena es que Jesús no buscaba humillarla ni herirla; conocía su fe y la estaba llevando a manifestarla plenamente. En ese sentido, cada aparente obstáculo era en realidad una invitación a ir más profundo.

La humildad que no se doblega y la fe que no se rinde

La respuesta de la mujer es extraordinaria. En lugar de retroceder ofendida, responde con una lógica nacida de la fe: «Sí, Señor; pero también los perritos debajo de la mesa comen las migajas de los hijos» (Mr. 7:28). No refuta a Jesús ni se defiende; simplemente se mantiene en su lugar de necesidad y confianza. Es una frase de humildad radical y de fe inconmovible al mismo tiempo.

El resultado es inmediato: Jesús sana a su hija a distancia. La niña quedó libre del demonio que la atormentaba en el mismo momento en que su madre recibió la respuesta (Mr. 7:29–30). La fe no necesitaba más argumentos. La fe necesitaba ser ejercida.

No es la cantidad de fe que tenemos, sino en quién está depositada esa fe.

Este principio lo confirma el mismo Jesús en otro lugar: «Pidan, y se les dará; busquen, y encontrarán; llamen, y se les abrirá» (Mt. 7:7). La parábola de la viuda persistente en Lucas 18 refuerza el mismo llamado: orar y no desmayar, porque Dios tiene el tiempo perfecto para responder. La demora no es abandono; muchas veces es el espacio en que la fe es probada, refinada y fortalecida.

Lo que este pasaje enseña para nuestra vida de fe

Este relato no fue preservado solo como un dato histórico. Es también un espejo en el que quienes creemos en Cristo podemos ver reflejada la naturaleza de la fe que Dios honra.

Primero, Jesús ama de manera personal. Él orquestó ese encuentro con esta mujer en un momento en que su ministerio público todavía no había alcanzado plenamente a los gentiles. Nada fue accidental. De igual manera, puede orquestar las circunstancias de nuestras vidas para que nuestra fe se aferre única y exclusivamente a él.

Segundo, la fe no se mide por su intensidad sino por su objeto. Una fe pequeña depositada en Cristo es incomparablemente más poderosa que una confianza grande depositada en cualquier otra cosa.

Tercero, Jesús no necesita estar físicamente presente para que la oración sea respondida. La hija fue sanada en casa mientras su madre aún hablaba con él. Hoy, el Señor resucitado escucha cada oración, sin importar la distancia ni las circunstancias.

Que como aquella mujer, también nosotros podamos ver siempre a Cristo como lo único que verdaderamente necesitamos, y que nuestra esperanza, sin importar lo que atravesemos, repose únicamente en él.

Elba Ordeix de Reyes

Elba Ordeix de Reyes

Elba Ordeix de Reyes es esposa de Roby desde hace 34 años, madre de tres hijos adultos y abuela de cuatro nietos. Anhela vivir cada día en la presencia de Dios y tiene un corazón dedicado a ayudar a las mujeres a abrazar su diseño y propósito bíblico. Es diaconisa de la Iglesia Bautista Internacional, donde sirve junto a su esposo en el cuerpo de consejeros y en el ministerio de hospitalidad. Además, es consejera bíblica y corresponsal en Aviva Nuestros Corazones.

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