Integridad y Sabiduria
Gracias Dios por la maternidad

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Mujer e identidad

Gracias Dios por la maternidad

Cristina Incháustegui 3 mayo, 2022

La maternidad no cabe en una definición. Los diccionarios la describen como «el estado o cualidad de madre», o «la experiencia personal que protagonizan las mujeres al dar a luz a su hijo», pero ninguna de esas frases alcanza a contener lo que realmente ocurre en el corazón de una madre. Pensar en lo que ha significado ser madre trae a la memoria una gran variedad de recuerdos, aventuras y retos: unos que llenan el alma de satisfacción y regocijo, y otros que han sido motivo de muchas lágrimas, oraciones y clamor delante del trono de la gracia. Por ambos, hay razón para dar gracias.

El texto con el que David abre el Salmo 127 lo dice con precisión admirable: «He aquí, herencia del Señor son los hijos; recompensa es el fruto del vientre» (Sal 127:3). Esa verdad no es solo un versículo bonito para bordar en un cuadro: es el fundamento desde el cual debe entenderse todo lo que implica traer una vida al mundo y formarla para los propósitos de Dios.

La vida que se forma: asombro, anhelo y providencia

Dios es el creador y dador de la vida (Gn 1:28). La descripción que hace David en el Salmo 139 sobre la formación de un ser humano dentro del vientre es sencillamente asombrosa: un milagro realizado con cuidado, esmero, precisión y propósito. Desde esa convicción, el anhelo de ser madre cobra un peso diferente.

Ese anhelo puede acompañar a una mujer desde muy temprana edad, y a veces convive con diagnósticos médicos que parecen cerrar la puerta. Enfermedades crónicas, irregularidades hormonales, advertencias de los especialistas: todo eso puede sembrar dudas sobre si ese deseo del corazón llegará a hacerse realidad. Sin embargo, la soberanía de Dios no queda subordinada a los informes médicos. Hay embarazos que llegan contra todo pronóstico, llenando el corazón de un gozo indescriptible.

Pero la providencia no siempre toma la forma que esperamos. Hay embarazos que concluyen con una cesárea inesperada, bebés que nacen antes de tiempo, pequeños que detienen su desarrollo en el vientre antes de ver la luz. Cada una de esas experiencias —la alegría desbordante del primer llanto, la angustia de las contracciones prematuras, el dolor desgarrador de una pérdida— forma parte del mismo camino. Y en cada tramo, la fidelidad de Dios permanece. El consuelo que Él brinda a través de la familia y de los hermanos en la fe sostiene el corazón cuando la noticia lo parte en dos. Es posible cerrar los ojos en medio del dolor, escuchar las voces de los hijos que sí están en casa, y dar gracias porque Dios tuvo a bien conceder ese privilegio cuando hubiera podido no conceder ninguno.

Mucho más que portar una vida

Ser madre no es solamente ser un cuerpo portador de una nueva vida que luego llega a ver la luz. Es mucho más que eso. Es cuidar, enseñar, corregir, guiar, alimentar, discutir, establecer límites, tener desacuerdos y responder preguntas. Es correr con brazos fracturados y frentes abiertas. Es orar al lado de una cama durante noches de desvelo, celebrar cada logro y pronunciar el nombre de un hijo ante Dios con una intensidad que no se repite con nada más.

Los hijos también son instrumentos en las manos de Dios para moldear el carácter de sus padres. Son limas que pulen la impaciencia, el egoísmo y el orgullo. A través de ellos, Dios trabaja en quienes los crían para hacerlos más semejantes a Cristo: en paciencia, dominio propio, bondad y amor. Las veces en que el carácter de Cristo no se ha mostrado como debía, las preguntas que no se supieron responder, el agotamiento físico, emocional y mental acumulado en años de crianza: todo eso también es parte del camino, y también merece gratitud.

He presentado sus nombres a Dios como no lo he hecho por nada ni por nadie.

La maternidad —y la paternidad, en su propio modo— no es una tarea que se ejerce con recursos propios. Se ejerce de rodillas, pidiendo sabiduría, reconociendo los límites, volviendo una y otra vez al Señor que llamó «herencia» a esos hijos y que, por tanto, es el primero interesado en guiar a quienes los cuidan.

Una herencia que exige fidelidad

Ser portador de hijos a quienes Dios llama «de gran estima» es una bendición enorme y, al mismo tiempo, una responsabilidad que no debe tomarse a la ligera. Esos hijos no nos pertenecen: pertenecen a Aquel que los formó en el vientre, que los conoce por nombre y que tiene propósitos para cada uno de ellos. La tarea de los padres es guiarlos por los caminos del Señor para que cumplan ese propósito aquí en la tierra.

Por eso, al mirar hacia atrás, la gratitud que corresponde no es solo por los momentos hermosos, sino también por cada lágrima, cada reto y cada fracaso propio que Dios usó para crecer. Gracias porque te plació dar vida a través de la vida. Gracias por la fidelidad durante cada uno de estos años. Gracias por el sostenimiento ante cada dificultad, por la provisión ante cada necesidad, por la dirección ante cada decisión. Gracias, Dios, por la maternidad.

Cristina Incháustegui

Cristina Incháustegui

Cristina Incháustegui es psicóloga escolar con un diplomado en Educación Cristiana del Seminario Teológico Presbiteriano de Mérida, México. Es esposa de José Alfonso Poy y madre de dos hijos. Miembro de la IBI desde 2010, sirve en el ministerio de misiones Antioquía y en Ezer. Además, es directora del Programa AMO para América Latina y el Caribe. Ama la enseñanza bíblica y cree firmemente en el poder formativo de la educación.

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