Foto de Tuba Duran en Pexels
Sandra Morales Castillo • 22 febrero, 2022
Hay momentos en la vida cristiana en que la teología deja de ser teoría y se convierte en el único suelo firme bajo los pies. Momentos en que una moneda se atesora como si valiera miles, porque de ella puede depender la leche del día, el agua de la semana o un pañal. Son momentos donde la fe no se declama con facilidad, sino que se gime entre lágrimas y se sostiene apenas, con los dientes apretados y el pecho adolorido.
Este artículo nace de uno de esos momentos. No de una reflexión cómoda, sino de una experiencia vivida desde adentro, donde la escasez no era una metáfora sino una realidad diaria que pesaba sobre el matrimonio, sobre el hogar y sobre el alma. Y es precisamente desde ese lugar de quebranto desde donde se hace audible, con mayor claridad, la voz del Dios que provee.
Cuando los recursos se agotan y el ambiente del hogar se vuelve tenso e intolerante hasta el más pequeño fallo, el enemigo encuentra terreno fértil. Las frustraciones se acumulan, la autoestima cede, la convivencia se fractura y la desesperanza amenaza con quedarse. Es en ese contexto —sin a quién visitar, sin monedas en casa, sin comida en la alacena y con el último poco de leche ya preparado para una hija bebé— donde puede irrumpir una de las oraciones más honestas que un creyente puede elevar a Dios.
No fue una oración de frases pulidas. Fue un gemir entrecortado, un clamor mezclado con llanto y con la franqueza de quien sabe que está cosechando consecuencias propias, pero que aun así no tiene a dónde más ir. Y en medio de ese quebranto, el Espíritu Santo guió a confesar lo que la razón en pánico tiende a olvidar: «Eres dueño del oro y la plata. Eres dueño de mi vida. Eres nuestro Proveedor. Tú conoces nuestra necesidad. Descanso en ti».
Esa confesión no es escapismo ni negación de la realidad. Es lo que el Salmo 81 llama abrir bien la boca para que Dios la llene: «Yo, el Señor, soy tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto; abre bien tu boca y la llenaré» (Sal. 81:10). La escasez, paradójicamente, puede convertirse en el espacio donde Dios se revela con mayor nitidez, precisamente porque ya no hay nada más que lo tape.
Minutos después de terminar el gemir y alcanzar una calma apenas sostenida por la oración, sonó el teléfono. Eran los padres, que nada sabían del drama vivido en ese hogar. Habían llegado del campo y traían provisiones: plátanos verdes, un cartón de huevos, una funda grande de leche. Lo que para cualquier observador externo podría parecer una visita familiar ordinaria fue, para quien acababa de clamar con el pecho roto, la respuesta inconfundible del Dios que provee.
Pablo lo había escrito con precisión: «Y mi Dios proveerá a todas sus necesidades, conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús» (Fil. 4:19). La promesa no habla de lujos ni de abundancia desbordante, sino de que Dios conoce la necesidad y actúa conforme a sus propias riquezas, que son inconmensurables. La provisión llegó a tiempo, por canales inesperados y sin que mediara mérito alguno de quien la recibió.
Al final de ese mismo día, de nuevo sentada en la cama, las lágrimas volvieron. Pero esta vez nacían de una gratitud profunda, no de desesperación. Se aprendió a saborear el proceso, a adorar a Dios en medio de las consecuencias y a mantener una conducta casta y prudente, tanto por convicción propia como para modelarla a los hijos.
El milagro fue hecho, pero una verdad más gloriosa se clavó en mi corazón para siempre: El Señor es mi sustento en todo, Él lo llena todo, ¡Él tiene control de todo!
La experiencia dejó grabada una verdad que trasciende el episodio de la caja de provisiones: Dios no solo es necesario en la escasez, sino también en la abundancia, porque el corazón humano es naturalmente insatisfecho. Reconocer esto no es pesimismo; es lucidez espiritual. Es entender que la dependencia de Dios no es una etapa que se supera cuando mejoran las finanzas, sino la condición permanente del creyente que camina con los ojos abiertos.
Pablo describe esta realidad con una imagen poderosa: somos vasos de barro que contienen un tesoro que no nos pertenece. «Afligidos en todo, pero no agobiados; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no destruidos» (2 Co. 4:7-9). La fragilidad del vaso no es el problema; es precisamente el marco que hace visible la gloria del Dios que sostiene lo que humanamente ya no tiene pie. La escasez no fue la última palabra ese día. Tampoco lo es en ningún otro momento de la vida del creyente, porque quien provee no cambia según las circunstancias del hogar ni según la cuenta bancaria. Él tiene control de todo, en todo tiempo, y su Espíritu sostiene la esperanza cuando la razón ya no encuentra argumentos para ella.
Sandra Morales Castillo es sierva de Cristo por gracia desde los doce años. Esposa de Janly Colón, madre de Odette y Felipe. Miembro de la IBI. Pediatra endocrinóloga, certificada en Estudios Teológicos por la Academia Ministerial de la Gracia (Santiago, RD).
Mantente conectado con enseñanzas centradas en el evangelio y reflexiones relevantes para la iglesia de hoy. Suscríbete a nuestra newsletter y recibe estos recursos directamente en tu correo.