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Katerine Genao • 15 diciembre, 2022
Pocas figuras en las Escrituras generan tanta reflexión como Judas Iscariote. Su historia no es simplemente la de un traidor histórico; es un espejo que nos lleva a hacernos preguntas incómodas sobre la autenticidad de nuestra propia fe. ¿Es posible estar cerca de Jesús sin verdaderamente conocerlo? ¿Puede alguien participar en el ministerio, usar lenguaje piadoso y, al mismo tiempo, tener un corazón alejado de Dios? La respuesta que nos dan las Escrituras es perturbadora: sí.
Jesús mismo lo afirmó con claridad: «Nadie puede venir a Mí si no se lo ha concedido el Padre» (Jn. 6:65). Esta verdad soberana es el marco teológico que rodea la vida de Judas. Él estuvo junto a Jesús, pero nunca fue de Jesús. Y lo más alarmante es que nadie —salvo el Señor— lo supo.
Para comprender la gravedad del caso de Judas, es necesario conocerlo más allá del momento de la traición. Fue uno de los doce apóstoles elegidos por Jesús (Lc. 6:13-16), lo que significa que convivió con Él durante tres años, escuchó sus enseñanzas de primera mano y presenció sus milagros. Estuvo presente cuando Jesús les dio autoridad sobre los demonios y los envió a proclamar el reino de Dios (Lc. 9:1-6). Externamente, era indistinguible de los demás discípulos.
Sin embargo, las Escrituras revelan su interior con precisión quirúrgica. Era el tesorero del grupo, y usaba esa posición de confianza para robar: «como tenía la bolsa del dinero, sustraía de lo que se echaba en ella» (Jn. 12:6). Cuando los principales sacerdotes tramaron la captura de Jesús, Judas se acercó a ellos voluntariamente y negoció su entrega por treinta piezas de plata (Mt. 26:14-15). El propio Señor lo llamó «un diablo» e «hijo de perdición» (Jn. 6:70), términos que no dejan lugar a ambigüedad.
Su apellido, Iscariote, posiblemente vinculado a los sicarios —un grupo radical de asesinos entre los judíos rebeldes—, sugiere un trasfondo marcado por la violencia política y el fanatismo. El dinero y el poder parecían ser los verdaderos amos de su corazón. Mientras hablaba con lenguaje piadoso, vivía una doble vida; y como lo describe Lucas, llegó a ser, por definición, un traidor (Lc. 6:16).
Lo que hace el caso de Judas tan inquietante es que los otros discípulos nunca sospecharon de él. Cuando Jesús anunció que uno de los doce lo traicionaría, la respuesta no fue señalarlo a él de inmediato, sino preguntarse cada uno: «¿Soy yo, Señor?». Judas había perfeccionado la apariencia de fidelidad.
Esto nos confronta con una realidad que las Escrituras no suavizan: solo Dios conoce las intenciones del corazón (Sal. 139:23-24). Por eso, solo Él puede separar el trigo de la cizaña (Mt. 13:24-52). Nosotros evaluamos lo que vemos; Dios evalúa lo que hay detrás. Esto no es un llamado a la desconfianza paranoica, sino a una sabiduría sobria. Las acciones sostenidas en el tiempo revelan lo que las palabras pueden ocultar. «El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo que es bueno; y el hombre malo, del mal tesoro saca lo que es malo; porque de la abundancia del corazón habla su boca» (Lc. 6:45).
El apóstol Pablo, al despedirse de los ancianos de Éfeso, les advirtió con urgencia: después de su partida vendrían lobos feroces que, con palabras perversas, arrastrarían a muchos tras ellos (Hch. 20:17, 28-30). Esta advertencia no ha caducado. Quienes no son hijos de Dios pueden vestirse de oveja con gran habilidad, usando un lenguaje de aparente piedad para encubrir intenciones destructoras. Pablo lo describe sin rodeos: «teniendo apariencia de piedad, pero habiendo negado su poder. A los tales evita» (2 Ti. 3:5).
Aunque externamente él parecía igual que los otros discípulos, internamente eran polos opuestos. Esta es la razón por la que debemos confiar en el Espíritu Santo y buscar oír su susurro en nuestras vidas, para ser capaces de desarrollar el discernimiento.
La historia de Judas no es solo una advertencia sobre los demás; es, ante todo, una invitación a mirarnos a nosotros mismos. El pecado exige silencio y secreto para sobrevivir, pero la única salida de su esclavitud es la confesión. Por eso, el creyente que toma en serio su fe debe practicar un examen continuo del corazón delante de Dios.
Hay tres pasos concretos para hacerlo:
Primero, acudir diariamente a los pies de Jesús con la oración del salmista: «Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis inquietudes. Y ve si hay en mí algún camino malo» (Sal. 139:23-24). Segundo, rendirse en oración, confesar el pecado con sinceridad y decidir caminar en integridad (1 Jn. 1:9; Sal. 101:1-4). Tercero, descansar en la gracia soberana de Dios: «nos escogió en Él antes de la fundación del mundo, para que fuéramos santos y sin mancha delante de Él» (Ef. 1:4). La seguridad del creyente genuino no descansa en su propio esfuerzo moral, sino en el propósito eterno de Dios: «A los que predestinó, a esos también llamó. A los que llamó, a esos también justificó. A los que justificó, a esos también glorificó» (Ro. 8:30).
Al final, la diferencia entre Judas y los once no fue su acceso a Jesús, sino la obra soberana de Dios en sus corazones. Todos estuvieron expuestos a la misma luz; no todos la recibieron. Esta verdad debe llevarnos, no a la arrogancia espiritual, sino a una profunda humildad y gratitud. Si hoy amamos a Cristo y caminamos en la luz, es porque Dios mismo lo ha concedido.
Que el Señor nos conceda la sabiduría para no ser engañados por apariencias externas, la valentía para examinarnos con honestidad y la gracia de caminar en autenticidad delante de Él y de nuestra comunidad.
Katerine Genao es arquitecta y madre a tiempo completo desde hace seis años. Por la gracia inmerecida de Dios, es cristiana desde hace veintiséis años. Sirve en su iglesia local (La IBI) como parte del equipo de liderazgo de Jóvenes Universitarios (JAD) y en el ministerio de parejas, además de colaborar como escritora para MPGD (Mujer para la gloria de Dios) y el Ministerio Ezer. Está casada con quien llama su “príncipe de resplandeciente armadura” y es madre de tres hermosos niños.
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