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¿Por qué necesitamos un mesías?

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Teología y doctrina

¿Por qué necesitamos un mesías?

Elba Ordeix de Reyes 17 diciembre, 2019

Desde la infancia, muchos asociamos la Navidad con regalos, reuniones familiares y una atmósfera cargada de afecto. Con el tiempo, para quienes hemos conocido al Señor, esta época adquiere una dimensión mucho más profunda: celebrar el verdadero significado de la llegada de Cristo y transmitirlo a quienes amamos. Sin embargo, más allá de los recuerdos entrañables y las tradiciones hogareñas, la Navidad nos convoca a contemplar un acontecimiento que transformó el curso de la historia y de cada vida humana.

¿Qué sucedió realmente aquella primera Navidad en el humilde pesebre de Belén? Remontémonos juntos a ese momento para comprender por qué el nacimiento de Jesús no es simplemente una historia conmovedora, sino la respuesta definitiva de Dios al problema más profundo de la humanidad.

El Ungido que vino de manera inesperada

En ese pesebre nació el «Ungido» de Dios —pues ese es el significado del término Mesías en hebreo: Mashiah—, traducido al griego como Christos, de donde llamamos a Jesús «el Cristo». Trescientas treinta y dos profecías se cumplieron con su llegada, y sin embargo el «esperado de Israel» vino de una manera tan inesperada que no fue reconocido por los suyos. Aquel niño era plenamente hombre, pero también era Dios mismo, y por eso llevaba su unción. Antes de su llegada, esa unción era reservada únicamente para reyes, profetas y sacerdotes; pero en ese momento Dios enviaba a quien era rey, profeta y sacerdote a la vez, envuelto en ropas de bebé, vestido de humanidad y nacido de mujer.

¿Por qué era necesario un Mesías? ¿Por qué no podía la humanidad ser rescatada de otra manera? Porque nuestras rebeliones son tan grandes que no había otra forma de salvar la brecha entre Dios y el hombre abierta por el pecado. Desde el Edén, esa separación se produjo cuando Adán y Eva eligieron pecar en lugar de obedecer: prestaron oídos a la serpiente antes que a Dios. Como consecuencia, sus ojos se abrieron a una realidad que hoy conocemos demasiado bien: la ira, la venganza, los malos deseos, la avaricia, el temor, el enojo y toda clase de emociones que no honran a Dios y nos apartan de Él. Experimentaron la muerte espiritual y luego la física, y nosotros con ellos.

Fuimos creados para Dios, y solo en Él encontraremos verdadera felicidad. Apartados por el pecado, estábamos irreconciliados con Él y merecíamos su juicio. Pero el Mesías vino —siendo plenamente hombre y plenamente Dios en una sola persona— a pagar el precio de nuestra maldad. Tal como el ángel le anunció a José: «Él salvará a Su pueblo de sus pecados» (Mt. 1:21).

El Mesías que quita la sed y viste de salvación

Esta verdad no es solo doctrina abstracta: tiene rostro y tiene historia. La mujer samaritana, al encontrarse con Jesús junto al pozo, fue tan profundamente transformada que salió corriendo al pueblo a anunciar que había encontrado al Mesías, al Ungido. Él es el Agua viva que quita la sed espiritual y concede vida eterna. Del mismo modo, Simeón —quien había recibido testimonio del Espíritu Santo de que no moriría sin conocer al Ungido— lo reconoció como «la consolación de Israel» cuando lo tuvo en sus brazos (Lc. 2:25–32).

Su muerte nos hace libres. Su obediencia nos permite obedecer. Su justicia es contada a nuestro favor en lugar de nuestros pecados, cuando venimos a Cristo en arrepentimiento y fe. Esta es la gran noticia de la Navidad: Dios no nos dejó en nuestra rebelión, sino que envió a su Hijo a pagar lo que nosotros nunca podríamos pagar.

Su muerte nos hace libres, su obediencia nos permite obedecer, y su justicia es contada a nuestro favor en lugar del pecado, cuando venimos en arrepentimiento a Cristo.

Una vida consagrada como respuesta al don del Mesías

Contemplar todo esto no puede dejarnos indiferentes. ¿Puedes afirmar que Cristo es tu Redentor, que ha muerto por tus pecados y te ha vestido con salvación? ¿Que Él se presentó como ofrenda ante Dios en tu lugar para que puedas ser llamado hijo o hija de Dios? Como declara la Escritura: «Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí; y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gá. 2:20).

Meditar en este hecho debe movernos a vivir de forma consagrada a Dios: a reflejar el carácter de quien nos compró con su sangre y a celebrar su llegada con una gratitud profunda por nuestra salvación. Porque Él ha comprado para sí un pueblo y nos ha hecho nación santa, reyes y sacerdotes —como Él mismo— para que otros puedan ver a Jesús en nosotros.

Esta Navidad, la pregunta que vale la pena hacerse no es cuántos regalos daremos ni cuántas tradiciones cumpliremos, sino esta: ¿qué pasos darás para que la realidad del Mesías sea cada día más visible en tu vida y así darle gloria a Dios?

Elba Ordeix de Reyes

Elba Ordeix de Reyes

Elba Ordeix de Reyes es esposa de Roby desde hace 34 años, madre de tres hijos adultos y abuela de cuatro nietos. Anhela vivir cada día en la presencia de Dios y tiene un corazón dedicado a ayudar a las mujeres a abrazar su diseño y propósito bíblico. Es diaconisa de la Iglesia Bautista Internacional, donde sirve junto a su esposo en el cuerpo de consejeros y en el ministerio de hospitalidad. Además, es consejera bíblica y corresponsal en Aviva Nuestros Corazones.

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