Integridad y Sabiduria
Obediencia de corazón, no por conveniencia

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Mujer e identidad

Obediencia de corazón, no por conveniencia

Maria del Carmen Tavarez 24 agosto, 2021

La obediencia a Dios es, entre todos nuestros deberes, el más elevado que tenemos para con Él como sus hijos, porque Él es el Hacedor y todos dependemos de su bondad. Y en este llamado a obedecer no estamos solos: el Señor nos ha dado el Espíritu Santo para ayudarnos a cumplirlo y para hacernos testigos suyos ante el mundo. Así lo afirma la Escritura: «Y nosotros somos testigos de estas cosas; y también el Espíritu Santo, el cual Dios ha dado a los que le obedecen» (Hch. 5:32).

Cada creyente recibe el Espíritu Santo en el momento de su salvación, cuando recibe de corazón al Señor Jesús como Salvador y Señor de su vida. Desde ese instante, el Espíritu establece su morada en esa persona, tal como lo declara la Palabra: «¿O no saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo que está en ustedes, el cual tienen de Dios, y que ustedes no se pertenecen a sí mismos? Porque han sido comprados por un precio. Por tanto, glorifiquen a Dios en su cuerpo y en su espíritu, los cuales son de Dios» (1 Cor. 6:19-20). La evidencia de que el Espíritu mora en la vida del creyente se manifiesta en los frutos que Él produce (Gál. 5:22-23). Por esos frutos testificamos de Cristo y le obedecemos, porque nos ha redimido por su sangre de nuestra vana manera de vivir, del pecado y la maldad, y nos ha sujetado a su ley (Sal. 119).

La obediencia que nace del corazón, no del cálculo

La obediencia del creyente debe nacer del corazón, no de la conveniencia. El ejemplo del rey Saúl ilustra con claridad este peligro. Cuando el Señor lo envió a destruir por completo a los amalecitas, Saúl obedeció solo en parte: perdonó la vida al rey Agag y permitió que el pueblo tomara del botín lo mejor del ganado, justificándolo como ofrenda al Señor (1 Sam. 15:18-21). Ante esta desobediencia encubierta de religiosidad, Samuel fue categórico: obedecer la voz del Señor vale más que los holocaustos y los sacrificios, y la desobediencia es, ante los ojos de Dios, un pecado grave (1 Sam. 15:22-23).

Este patrón se repite también en la historia del faraón de Egipto. A lo largo de las plagas, Faraón mostraba signos de arrepentimiento, pero su corazón permanecía endurecido. Cuando Moisés enfrentó la plaga de langostas, los propios funcionarios del faraón reconocieron la destrucción que se cernía sobre Egipto y lo instaron a dejar ir al pueblo (Éx. 10:7-8). Sin embargo, cuando Moisés declaró que partirían todos —sin dejar ni una pezuña en Egipto—, el faraón se negó y los echó de su presencia. Era obediencia a medias, calculada según su conveniencia, mientras su corazón seguía buscando sacar ventaja.

Las «medias tintas» y el peligro de las puertas aparentes

Este modelo de obediencia selectiva no es exclusivo de los personajes bíblicos; también es una tentación real en la vida cristiana cotidiana. Muchas veces el mundo ofrece oportunidades que parecen buenas y que prometen beneficios materiales, físicos o emocionales. Pero si para obtener esa aparente «bendición» es necesario tomar atajos o comprometer la integridad, no se está obedeciendo a Dios: se está pecando y entristeciendo al Espíritu Santo que mora en el creyente. Mezclar «un poco de Dios y un poco del mundo» no es obediencia; es doblez.

En medio de situaciones difíciles, puede abrirse lo que parece una puerta providencial. Pero es necesario detenerse y orar, pidiendo al Espíritu Santo que conceda discernimiento para examinar los pros y los contras de cruzar ese umbral. La Palabra nos advierte: «Examina la senda de tus pies, y todos tus caminos sean rectos» (Prov. 4:26). Si aun después de orar persiste la inseguridad, es sabio buscar el consejo de hermanos y hermanas de fe y de buen testimonio.

La historia del faraón concluye de manera elocuente. Tras la plaga de tinieblas —tres días de densa oscuridad que paralizó a Egipto, mientras la luz no faltó en donde habitaban los israelitas (Éx. 10:22-23)—, el faraón intentó nuevamente una concesión parcial: «Vayan, sirvan al Señor. Solo que sus ovejas y sus vacas queden aquí» (Éx. 10:24). Una vez más, obediencia conforme a su conveniencia. Fue necesaria la plaga final —la muerte de los primogénitos— para que el faraón cediera del todo. Y aun entonces, Dios usó esa resistencia para glorificarse y proveer para su pueblo, al punto de que los israelitas salieron despojando a los egipcios de sus riquezas (Éx. 11:2). Dios mostró su poder ante Faraón y dio testimonio fiel a su pueblo.

La obediencia a Dios debe hacerse de corazón, en todas las cosas y en todo lugar, sin importar las circunstancias.

La obediencia que glorifica a Dios en toda circunstancia

La obediencia verdadera no es transaccional. No se activa únicamente cuando se esperan bendiciones ni se suspende cuando la respuesta de Dios tarda. Dios bendice la obediencia (Rom. 2:6-8), pero si, perseverando en ella, la bendición visible no llega, el creyente está llamado igualmente a dar gloria a Dios, porque Él es digno de ser glorificado en toda circunstancia. Obedecer a Dios de corazón —y no por lo que conviene— es la evidencia más clara de que el Espíritu Santo mora en nosotros y de que hemos sido verdaderamente transformados por el evangelio.

Maria del Carmen Tavarez

Maria del Carmen Tavarez

María del Carmen Tavarez es miembro de la IBI por más de diecisiete años. Graduada del Instituto Integridad & Sabiduría y actualmente finalizando la especialidad en Consejería Bíblica. Ha servido como maestra de Escuela Dominical y escribe para MPLGDG y Lifeway Mujeres. Sirve en los grupos pequeños del Ministerio de Mujeres Ezer.

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