Integridad y Sabiduria
Observa tu caminar y descubrirás la pasión de tu vida

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Mujer e identidad

Observa tu caminar y descubrirás la pasión de tu vida

Aurita Gómez 28 septiembre, 2021

Hay preguntas que todos, en algún momento, nos hemos hecho: ¿Cuál es la verdadera pasión de mi vida? ¿Qué es aquello que, al realizarlo, me hace sentir completo y satisfecho? La búsqueda de respuestas nos lleva por caminos muy distintos. Una joven compartía en su testimonio cómo había buscado plenitud en la fama, el dinero, los viajes y las relaciones, pero ninguno de esos caminos logró satisfacerla. Su historia resuena con una experiencia profundamente humana: antes de conocer a Cristo, muchos transitamos por esos mismos atajos, ignorando que estábamos bebiendo, como dice la Escritura, de cisternas agrietadas que no retienen el agua.

Es en el encuentro con Cristo donde la mente comienza a abrirse a una realidad distinta. Lo que el mundo ofrece como plenitud resulta ser una ilusión. Y lo que parecía vacío —la entrega, la humildad, la dependencia de Dios— se revela como el único suelo firme sobre el cual construir una vida con sentido.

La mente renovada como punto de partida

Al llegar a los pies de Cristo, cada creyente trae consigo una maleta cargada de ideas preconcebidas: valores, prioridades y afectos formados por el entorno, la cultura y los años vividos sin el Evangelio. La Escritura no ignora este desafío; lo aborda de frente: «No os adaptéis a este mundo, sino transformaos mediante la renovación de vuestra mente, para que verifiquéis cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, agradable y perfecto» (Ro. 12:2). La transformación cristiana no es superficial ni instantánea; es un proceso que exige las disciplinas espirituales de la oración y el estudio de la Palabra, aplicadas con constancia al diario vivir.

Sin embargo, es importante recordar que incluso después de la conversión, el corazón puede seguir siendo engañoso. Como señala Pablo en (Ef. 4:17-19), el entendimiento puede permanecer entenebrecido en ciertas áreas, llevándonos a ver abismos como si fueran paraísos. Un ejemplo concreto es la necesidad de aceptación que muchos creyentes siguen experimentando y que, cuando no se lleva a la luz de la Palabra, puede empujar a compromisos y decisiones que contradicen los propios valores. Por eso, la renovación de la mente no es opcional: es la base sobre la cual se reorienta toda la vida.

Evaluar la vida a la luz de la Palabra

Para descubrir dónde están realmente los primeros afectos, es necesario evaluar con honestidad los comportamientos, las prioridades y las reacciones cotidianas. Esas cosas revelan, con más elocuencia que cualquier declaración de fe, cuál es la verdadera pasión de una persona. Y aquí la Escritura ofrece una perspectiva que libera: lo que define al creyente no es su título académico, su posición económica ni su lugar de origen. Lo que lo define es su posición como hijo de Dios, renovado por su gracia y hecho libre del pecado y de toda condenación por el sacrificio de Cristo en la cruz. «Si alguien está en Cristo, es una nueva criatura; las cosas viejas pasaron; he aquí, son hechas nuevas» (2 Co. 5:17). Esa identidad es el fundamento desde el cual se vive, se decide y se actúa.

El llamado práctico es ir delante de Dios con un corazón dispuesto a escuchar, pidiendo que Él revele lo que no le agrada. «Todos los caminos del hombre son limpios ante sus propios ojos, pero el Señor sondea los espíritus» (Pr. 16:2). No hay razón para temer esa búsqueda: su Palabra promete restauración para el alma que se humilla, y garantiza que Él hará sabio al sencillo (Sal. 19:7).

Nuestras acciones, prioridades y nuestra forma de vivir ponen en evidencia dónde están nuestros primeros afectos, y dónde está la pasión de nuestra vida.

Una batalla antigua con una promesa firme

La distracción no es un fenómeno moderno. Desde el jardín del Edén se libra esta batalla por los afectos del ser humano. El enemigo no se presenta de manera obvia ni grotesca; se acerca, como lo hizo con Eva, ofreciendo algo que parece genuinamente deseable. Es astuto y engañador, y sabe exactamente dónde presionar. Por eso, la vigilancia espiritual no puede ser pasiva.

Pero la fe cristiana no se sostiene sobre el temor al enemigo, sino sobre la certeza de lo que Dios ya ha hecho. «Me sacó del hoyo de la destrucción, del lodo cenagoso; asentó mis pies sobre una roca y afirmó mis pasos» (Sal. 40:2). Sobre esa roca es posible mantenerse firme, con la mirada puesta en Cristo, pidiendo que Él mismo sea la pasión que orienta cada decisión, cada relación y cada día. La promesa es clara y suficiente: «Buscad primero su reino y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas» (Mt. 6:33). Cuando Cristo es el centro, todo lo demás encuentra su lugar.

Aurita Gómez

Aurita Gómez

Aurita Gómez es miembro de la Iglesia Bautista Internacional desde 2006 y vive agradecida por haber sido alcanzada por Cristo en 2013. Sus pasiones son las misiones y el discipulado de mujeres. Actualmente estudia en el Instituto Integridad & Sabiduría y es Contador Público de profesión.

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