IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Hemos leído historias increíbles sobre actos heroicos: personas que han puesto su vida en peligro para salvar a otras, padres dispuestos a donar órganos a sus hijos enfermos, e incluso desconocidos que se han sacrificado por alguien sin recibir nada a cambio. Con toda razón, estos gestos de altruismo son reconocidos, recordados y admirados. Pero surge una pregunta más difícil: ¿estaríamos dispuestos a morir en lugar de alguien declarado culpable, condenado por sus propias obras de maldad, sin recibir nada a cambio? La respuesta humana, casi con certeza, es no. Y sin embargo, eso es exactamente lo que Dios hizo por nosotros.
«Porque mientras aún éramos débiles, a su tiempo Cristo murió por los impíos. Porque difícilmente habrá alguien que muera por un justo, aunque tal vez alguno se atreva a morir por el bueno. Pero Dios demuestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rom. 5:6-8). Siendo Dios Todopoderoso y absolutamente autosuficiente, sin ninguna necesidad de nosotros, decidió salvarnos. Nos miró con ojos de misericordia y actuó con gracia. Aun siendo pecadores y merecedores de Su santa ira, Dios pagó el precio de nuestra redención, porque nosotros no teníamos cómo hacerlo.
Ningún ser humano posee suficiente oro ni suficiente plata para quitar la mancha del pecado que ha contaminado su corazón. La salvación no puede comprarse, ganarse, heredarse ni obtenerse por ningún medio humano. Solo Dios puede salvar; solo Él puede quitar el peso de la condena eterna. Como lo declara Pedro: «Ustedes saben que no fueron redimidos de su vana manera de vivir heredada de sus padres con cosas perecederas como oro y plata, sino con sangre preciosa, como de un cordero sin tacha y sin mancha: la sangre de Cristo» (1 Ped. 1:18-19).
Nuestra salvación fue gratuita para nosotros, pero no fue barata. Fue un regalo inmerecido, sí; pero a Dios le costó la vida de Su único Hijo, quien siendo perfecto y sin pecado, tomó sobre sí nuestro lugar. Solo Jesucristo, solo Su sangre sin mancha, pudo satisfacer la perfecta santidad de Dios y la exigencia de Su justicia frente al pecado.
Lo que Jesús padeció en nuestra redención va más allá de lo que las palabras pueden describir cabalmente. Fue despreciado, humillado y rechazado; experimentó aflicción profunda; llevó nuestras enfermedades y cargó nuestros dolores; fue herido, azotado y traspasado por nuestras transgresiones, molido por nuestras iniquidades (Is. 53:3-6). Fue clavado en una cruz, recibiendo el castigo que nosotros deberíamos haber sufrido. Y no solo padeció de manera física: en Sus últimas horas fue separado del Padre, su comunión se rompió por primera vez, y sobre Él fueron puestos todos los pecados de la humanidad. Experimentó en plenitud nuestra culpa, nuestra vergüenza y la totalidad de nuestras transgresiones.
Todo esto tiene implicaciones profundas para la manera en que vivimos. Pedro, luego de recordarnos el precio de nuestra redención, nos exhorta precisamente a no conformarnos con los deseos de la carne y a conducirnos en temor y obediencia (1 Ped. 1:14-17). Lo que le costó a Dios es razón más que suficiente para que quienes le pertenecen vivan de manera diferente. Seguir a Jesucristo nos costará. Al igual que a Él, nos corresponde vivir una vida de sacrificio, sometidos a la voluntad del Padre.
El mismo Jesús lo dijo con claridad a Sus discípulos: «El que quiera ser mi discípulo debe negarse a sí mismo, tomar su cruz y seguirme» (Mat. 16:24). Negarse a uno mismo significa dejar de hacer las cosas a nuestra manera y someternos a la voluntad de Dios. Significa morir a nosotros mismos y vivir para Él. Jesús quiere ser nuestro Señor, y eso implica dar la espalda a nuestra propia agenda: dejar de lado sueños, ambiciones y planes personales cuando estos chocan con Su propósito para nuestra vida. Transferir todo lo que somos y todo lo que tenemos a Él.
La salvación es un regalo gratuito, ¡pero no es barata! Seguir a Jesús nos costará todo.
Dios nos amó, nos creó, nos salvó y nos separó con un propósito. Quienes han creído en Cristo han recibido significado y dirección: el Señor ha trazado un plan para sus vidas y ha puesto Su Espíritu en ellos para que puedan glorificarle en todo lo que hacen. Ese Espíritu nos capacita para honrar el regalo extraordinario de la vida y de la salvación que hemos recibido.
Recordar lo que costó nuestra redención no es un ejercicio de culpa, sino de amor agradecido. Es la memoria de la cruz la que renueva nuestro compromiso, la que nos mueve a no vivir para nosotros mismos, sino para Aquel que todo lo dio. Que podamos no olvidar el precio de nuestra salvación, y que ese recuerdo encienda en nosotros, una y otra vez, un amor renovado hacia el que murió en nuestro lugar.
Magna aute consectetur magna non ex.
Lorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elitLorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elit