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Conocer a Dios: el regalo más grande
Teología y doctrina

Conocer a Dios: el regalo más grande

Héctor Salcedo 30 junio, 2026

Existe una diferencia enorme entre saber cosas acerca de Dios y conocerlo verdaderamente. Esta distinción no es menor ni meramente académica; es, en realidad, la diferencia entre una religiosidad formal y una vida completamente transformada. Todo lo que podemos llegar a conocer de Dios parte de un punto fundamental: Él es un Dios que se revela. Si Dios no nos dijera cómo es, no tendríamos manera de saberlo. Porque aunque fuimos creados a Su imagen y semejanza, Dios es radicalmente diferente a nosotros en muchos sentidos. Por eso, el primer paso en este camino de conocerlo es reconocer que somos nosotros los que dependemos de Su iniciativa, y no al revés.

Esa iniciativa divina se expresa de dos maneras que los teólogos han llamado revelación general y revelación especial, y entender ambas cambia la manera en que nos relacionamos con Dios y con el mundo que nos rodea.

Dios habla primero: la revelación general y sus límites

Todo ser humano, independientemente de su cultura o historia, nace con una conciencia de que existe algo trascendente. Pablo lo describe con claridad en su carta a los Romanos: «Pero lo que se conoce acerca de Dios es evidente dentro de ellos, pues Dios se lo hizo evidente. Porque desde la creación del mundo, Sus atributos invisibles, Su eterno poder y divinidad, se han visto con toda claridad, siendo entendidos por medio de lo creado, de manera que ellos no tienen excusa» (Ro 1:19-20). Dios puso esa intuición en el corazón humano (Ecl 3:11). Por eso, donde quiera que ha existido una civilización, ha existido alguna forma de culto a un ser superior.

La creación misma confirma esta realidad. Albert Einstein, que no se consideró cristiano pero sí creyente en Dios, lo expresó de manera impactante: «Todo el que está dedicado al estudio de la ciencia llega a convencerse que en las leyes del universo hay un espíritu muy superior al del hombre y ante el cual todos nosotros con nuestros poderes limitados debemos humillarnos». El diseño, la complejidad y la interdependencia del universo señalan inevitablemente hacia un Creador. Ningún arqueólogo que encuentra un objeto con contorno y diseño concluye que fue obra del viento. Lo mismo aplica a una creación que funciona con una precisión extraordinaria.

Pero aquí está el problema: el ser humano en su rebelión ha resistido esa revelación. Tal como continúa diciendo Pablo, los hombres conocieron a Dios, pero no quisieron adorarlo ni darle gracias. En cambio, comenzaron a inventar ideas necias sobre Él, y cambiaron la verdad de Dios por una mentira (Ro 1:21-25). Nuestros ídolos modernos son más sofisticados que las estatuillas de antaño —el poder, la fama, el dinero, el sexo— pero siguen siendo exactamente lo mismo: la criatura puesta en el lugar del Creador. Ese es el estado natural de todo ser humano. Como señala el teólogo Wayne Grudem, «los pecadores interpretan mal la revelación general, restringen la verdad con maldad y se extravían en sus razonamientos. Sin intervención divina, permaneceríamos en esa oscuridad». 1

Y es precisamente aquí donde entra la revelación especial.

El conocimiento de Dios como Salvador y Padre es un regalo otorgado soberanamente

El regalo que nadie puede darse a sí mismo

Jesús dijo de manera contundente: «nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni nadie conoce al Padre, sino el Hijo , y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11:27). No hay esfuerzo humano, no hay inteligencia suficiente, no hay mérito religioso que abra ese camino. El conocimiento de Dios como Salvador y Padre es un regalo otorgado soberanamente.

Jesús lo ilustra con la vida de Nicodemo, un hombre religiosamente preparado que, sin embargo, no veía ni podía entrar en el reino de Dios (Jn 3). La respuesta de Jesús fue directa: hay que nacer de nuevo. Nacer de nuevo significa que Dios hace una obra en el interior, abre los ojos del corazón y produce una comprensión que antes era imposible. Ese nuevo nacimiento es la revelación especial de Dios en su dimensión más personal.

J. I. Packer, en su libro «El conocimiento del Dios Santo», lo ilustra de una manera que siempre me ha impactado. Imaginemos que nos presentan a alguien que consideramos muy superior a nosotros: un presidente, un siervo de Dios destacado. Nuestra actitud natural sería esperar respetuosamente a que esa persona tome la iniciativa. Si se limita a un saludo formal, lo comprendemos; no tenemos derecho a reclamar su amistad. Pero si esa persona de inmediato nos da su confianza, nos cuenta lo que está pensando, nos invita a sus proyectos y nos pide que estemos disponibles para ella, nos sentimos tremendamente privilegiados. Si la vida nos parecía tediosa, ya no lo será más. Ahora lleva eso a Dios. Él se acercó a nosotros. Nos dijo: «te conozco, quiero estar contigo, te hago parte de mi familia, voy a orquestar todas las circunstancias de tu vida para forjar en ti mi carácter». Qué honra debería producirnos ese trato del Dios Todopoderoso.

Nadie descubre a Dios. Nadie llega a Dios por inteligencia. Nadie alcanza a Dios por esfuerzo. Dios se da a conocer o permanece desconocido. El conocer a Dios es un regalo.

Conocer a Dios verdaderamente, aunque no exhaustivamente

Una aclaración necesaria: nunca comprenderemos a Dios de manera completa, y eso no debería desanimarnos sino maravillarnos. Su grandeza es inescrutable: el Salmo 145 dice literalmente que nadie puede medirla. Las dimensiones del universo que conocemos hoy lo confirman: nuestra galaxia contiene entre 100 mil y 200 mil millones de estrellas, y es una entre aproximadamente dos billones de galaxias. Recorrerla de extremo a extremo a la velocidad de la luz tomaría 100 mil años. Y sin embargo, Dios no solo creó todo eso, sino que lo sostiene con la palabra de Su poder. Nuestra mente simplemente no alcanza a contenerlo.

Pero que Dios sea incomprensible de manera exhaustiva no significa que sea desconocido. Podemos conocerlo verdaderamente. La Biblia nos revela conocimiento real y confiable acerca de Él, a través de Sus atributos: todo aquello que es verdadero sobre Su naturaleza. Luis Berkhof los define hermosamente como las perfecciones que constituyen Su esencia y que nos revelan lo que Él es. Todo rasgo de Dios, Su amor, Su santidad, Su justicia, Su misericordia, es una perfección. Y algunos de esos atributos comunicables pueden ser reflejados en nosotros cuando Dios obra en nuestro interior.

Aquí, sin embargo, surge una distinción crucial: estudiar a Dios no es lo mismo que conocerlo. Se pueden tener todos los conceptos teológicos correctos en la cabeza sin haber conocido jamás en el corazón las realidades a las que esos conceptos se refieren. Una persona sencilla, llena del Espíritu Santo, que lee la Palabra con devoción y escucha con atención, puede tener un conocimiento de Dios mucho más profundo y transformador que alguien que domina el vocabulario teológico pero lo mantiene encerrado en la mente. Una herramienta práctica para que ese conocimiento sea verdaderamente personal es aprender a leer la Biblia de manera teocéntrica: no solo preguntar qué me dice este pasaje a mí, sino qué me revela de Dios. Cuando leo, por ejemplo, cómo Dios responde con paciencia y provisión a las murmuraciones de Israel en el desierto en lugar de responder con ira, soy confrontado con el carácter de Dios y eso me transforma. Lo que cambia mi vida no es lo que extraigo de la Biblia en términos de beneficios personales, sino encontrarme con Dios mismo actuando, respondiendo, cuidando.

Lo más importante: que Dios te conoce a ti

Al final de todo este recorrido, hay una verdad que lo corona todo. Pablo, escribiendo a los gálatas, empieza a decir «ahora que conocen a Dios» y se corrige a sí mismo casi de inmediato: «o mejor dicho, ahora que Dios los conoce a ustedes» (Gal 4:9). Esa corrección lo dice todo.

Es como admirar a una celebridad desde lejos. Uno la conoce, sabe quién es, puede hablar de ella con detalle, pero esa persona no sabe que uno existe. Lo asombroso del evangelio es que Dios no es esa celebridad distante. Él no solo es conocido por nosotros; Él nos conoce a nosotros. Se ha acercado, ha tomado la iniciativa, nos ha hecho suyos a través de la obra de Cristo. No somos nosotros quienes nos hicimos amigos de Dios; es Él quien nos hizo Sus amigos. Y esa amistad, ese privilegio inmerecido, es la vida que vale la pena vivir.

Que mientras más lo conozcamos, más nos maraville lo que ya recibimos: el regalo extraordinario de que el Dios Todopoderoso nos considera suyos.

Nota del editor:

Este artículo ha sido adaptado del estudio «El regalo de conocer a Dios», impartido por el pastor Héctor Salcedo, basado en Éxodo 16:2-12, como parte de la serie «Conoce al Dios que te transforma». Puedes ver o escuchar el mensaje completo aquí.

Notas al pie

  1. Grudem, Wayne A. Teología Sistemática - Segunda Edición: Introducción a la Doctrina Bíblica. Editorial Vida, 2021. (p.124).

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.

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