Hay cartas en el Nuevo Testamento que funcionan casi como catedrales: cada versículo es una bóveda, cada argumento una columna que sostiene algo majestuoso. La carta a los Hebreos es una de ellas. El Dr. Arturo Azurdia no exageraba al decir que compite con Romanos en peso teológico, y Juan Calvino, hace quinientos años, afirmó que ningún otro libro habla tan claramente del sacerdocio de Cristo ni exalta con mayor esplendor la dignidad del sacrificio único que Él ofreció a través de su muerte. Esta carta fue escrita por el Espíritu Santo que inspira toda Escritura, a través de un autor humano aún debatido, para un grupo de creyentes hebreos que necesitaban ver con mayor claridad a Aquel en quien habían creído. Pero su mensaje trasciende las épocas: también hoy existen personas que profesan la fe sin poseerla, y quienes, habiendo nacido de nuevo, creen en un Cristo demasiado pequeño para sus ojos.
El primer versículo de su carta, el autor de Hebreos establece el argumento con precisión: «Dios, habiendo hablado hace mucho tiempo, en muchas ocasiones y de muchas maneras a los padres por los profetas, en estos últimos días nos ha hablado por su Hijo». A lo largo de toda la historia del Antiguo Testamento, Dios se comunicó de formas diversas. Con Moisés hablaba cara a cara, en la intimidad del tabernáculo mientras el pueblo esperaba afuera. Con Oseas hizo algo aún más complejo: le pidió que viviera en carne propia la parábola de un Dios fiel casado con una nación infiel, enviándolo al mercado a comprar por precio a una mujer promiscua para hacerla su esposa. Cada profeta entregaba una pieza del rompecabezas, y al final de cada libro podría haberse escrito: «continuará en el próximo episodio». La revelación era progresiva, parcial y anticipatoria.
Pero cuando Cristo vino, la continuación llegó a su fin. La frase «en estos últimos días» abarca todo el período comprendido entre la primera y la segunda venida de Cristo: no hay más revelación que añadir. Los profetas anteriores dijeron: «Así habló el Señor». Pero Cristo dijo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida». Ellos señalaron hacia algo y Él declaró ser ese algo. Ellos entregaron mensajes, pero Él era el mensaje. Y cuando sus adversarios quisieron atraparlo con preguntas capciosas, comenzaron reconociendo lo que no podían negar: «Maestro, sabemos que eres un hombre veraz». Incluso sus enemigos certificaron la coherencia entre sus palabras y su vida.
En los primeros tres versículos, el autor de esta carta empaca nueve afirmaciones sobre la identidad de Cristo con una densidad doctrinal asombrosa (He 1:1-3). Jesús es la revelación final del Padre; el Hijo de Dios; el heredero de todas las cosas; el creador del universo; el resplandor de la gloria divina; la expresión exacta de la naturaleza del Padre; el sustentador de todo lo que existe; el que llevó a cabo la purificación de los pecados; y quien se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas. Cada una de estas afirmaciones podría sostener por sí sola un libro entero.
Tomemos, por ejemplo, la filiación eterna. Jesús no comenzó a ser el Hijo de Dios cuando María lo dio a luz. Cristo es el Hijo desde toda la eternidad —lo que la teología llama la generación eterna del Hijo—, de tal manera que todo lo que el Padre es, el Hijo lo es. «El que me ha visto a mí ha visto al Padre», dijo Jesús (Jn 14:9). Y el Padre, por su parte, ratificó esto en al menos dos momentos: en el bautismo, cuando una voz desde el cielo declaró: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia» (Mt 3:17); y en el monte de la transfiguración, cuando el Padre añadió: «óiganlo a Él» (Mt 17:5). No a un ángel. No a un santo. No a ningún intermediario. A Él.
Tampoco es una afirmación menor decir que «Él es el Creador de todo lo que existe». Juan 1 lo declara: «Sin Él, nada de lo que ha sido hecho fue hecho». Colosenses 1 lo amplía: tronos, dominios, poderes, autoridades, lo visible y lo invisible, «todo fue creado por Él y para Él». Lo que implica que ese mismo Cristo que fue escupido, burlado y colgado en una cruz, era el Creador de quienes lo escupían. Y cuando desde la cruz dijo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23:34), lo dijo siendo el arquitecto de cada átomo de sus verdugos.
Mi problema al desobedecer es que no amo a Cristo como debiera amarlo. Y no lo amo porque no lo conozco.
Todo conduce a la afirmación que da título a este escrito: Cristo es el resplandor de la gloria del Padre. La palabra griega utilizada —apaugasma— designa el rayo de luz que emana de una fuente. El Padre habita en luz inaccesible, como Pablo le escribe a Timoteo. De esa fuente inabarcable proviene un resplandor o irradiación: eso es el Hijo. Y así como uno cree en el sol, no porque lo ve directamente, sino porque por su luz ve todo lo demás, así también es Cristo, la luz por la cual se puede contemplar la bondad de Dios, su gracia, su justicia, su fidelidad y su omnipotencia. Cada atributo del Padre es un resplandor de esa misma fuente, y Cristo los hace visibles.
Esta no es una verdad únicamente doxológica. Es profundamente práctica. La santificación del creyente no opera principalmente por disciplina ni por fuerza de voluntad, aunque ambas son requeridas, sino por contemplación. En su segunda carta a los corintios, Pablo dijo: «Nosotros vamos siendo transformados de un grado de gloria en otro, contemplando como en un espejo la gloria del Señor» (2 Cor 3:18). Cuando el profeta Isaías estuvo ante la santidad de Dios (Is 6), no necesitó que nadie le predicara un sermón sobre su pecado: la luz de esa santidad lo iluminó por sí sola. Lo mismo ocurre con quien contempla genuinamente a Cristo: el pecado y sus atracciones, distracciones y seducciones comienzan a palidecer bajo el calor de esa luz.
Esa es la promesa que la carta a los Hebreos se propone cumplir en cada uno de sus capítulos: presentar a un Cristo tan pleno, tan alto, tan incomparablemente superior a todo: a los ángeles, a Moisés, a Josué, a Aarón, a Melquisedec y la ley entera. Que quien lo contemple no pueda seguir siendo el mismo. Porque si lo ves como verdaderamente es, lo amarás como verdaderamente merece. Y si lo amas así, lo obedecerás no por obligación, sino porque nada más habrá capturado tu corazón con mayor poder.
Quien contemple a Cristo no podrá seguir siendo el mismo. Porque si lo ves como verdaderamente es, lo amarás como verdaderamente merece.
Quizás la afirmación más desconcertante de todo este pasaje es que Cristo es el heredero de todas las cosas, lo cual tiene sentido, puesto que Él las creó y luego las redimió cuando Adán las arruinó, pero que según Romanos 8, quienes están en Él serán hechos coherederos con Él. Lo que le pertenece al Hijo legítimo, le pertenecerá también al hijo adoptado. Lo que el León de la tribu de Judá es digno de recibir: la alabanza, la honra, la gloria y el dominio por los siglos de los siglos, como resuena en Apocalipsis 5, será también, por gracia, el horizonte eterno de quienes lo conocen.
Ese es el inicio de la carta a los Hebreos. No es una introducción académica, sino una invitación a ver mejor a Aquel en quien se cree, para que verlo mejor lo cambie todo.
Este artículo ha sido adaptado del sermón «Cristo: el resplandor de Su gloria», predicado por el pastor Miguel Núñez como parte de la serie «Cristo: la gloria de los siglos». Puedes ver o escuchar el mensaje completo aquí.
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