Hace algunos días, una amiga me comentaba sobre el comportamiento de cierta persona: «Es que no tiene prudencia, por eso se crea tantos problemas». La observación me dejó pensativa por un momento, hasta que respondí: «La prudencia es una virtud poco común. Nadie puede tenerla si no la cultiva, porque nadie nace con ella».
Y hay una razón profunda para eso. La prudencia se perdió en el jardín del Edén. Mi amiga me miró con cierto asombro, así que continué: la prudencia es la capacidad que tiene el ser humano para discernir entre lo apropiado y lo inapropiado. Y para discernir se necesita sabiduría, cuya única fuente es Dios mismo.
Cuando Adán y Eva desobedecieron a Dios, quedaron desconectados de Él, y con esa ruptura se fue también la sabiduría. Y al irse la sabiduría, se fue la prudencia, porque ambas viven juntas. Proverbios 8:12 lo dice con claridad: «Yo, la sabiduría, habito con la prudencia» (Pr. 8:12). Como habitaban juntas, juntas se fueron.
Una analogía sencilla lo ilustra bien: ¿qué le ocurre a una plancha cuando la desconectas de la corriente? Comienza a enfriarse hasta apagarse del todo. Eso fue precisamente lo que sucedió en el Edén: al quedar la humanidad desconectada de Dios, fuente de toda sabiduría, la prudencia también se apagó.
Ese es uno de los grandes males que ha afectado a la humanidad desde entonces. Con el paso del tiempo, la cultura ha vendido un modelo de persona «moderna, intelectual y libre», que solo se siente realizada si no rinde cuentas a nadie y que mide su valor en términos de competencia e independencia absoluta. El mundo llama a esto «empoderamiento» y define a la persona proactiva como «libre ejecutora de su conducta; la que no espera que los eventos ocurran, sino que hace que sucedan». En otras palabras: alguien que no se pone límites y actúa sin considerar las consecuencias. Esa es la persona que hoy muchos consideran exitosa.
Sin embargo, el segundo presidente de los Estados Unidos, John Adams, afirmó que «el comportamiento de la mujer es el barómetro más infalible para determinar el grado de moralidad y virtud de una nación». Y no es una observación caprichosa: Dios diseñó a la familia como eje de la sociedad, y el estado de las naciones refleja el estado de los hogares.
Frente a todos estos modelos culturales, la opinión que más importa es la de Dios. En su carta a Tito, el apóstol Pablo instruye a los creyentes a ser prudentes, puros, hacendosos en el hogar, amables y sujetos a sus propias autoridades, «para que la palabra de Dios no sea blasfemada» (Tit. 2:5). El objetivo es claro: que nuestra conducta enaltezca la Palabra de Dios, no que la deshonre.
Ahora bien, a la falta de prudencia suele acompañarla otra carencia igualmente seria: la falta de paciencia. Y no es casualidad, porque la paciencia es un rasgo propio de la personalidad prudente. Si no tienes una, difícilmente tendrás la otra.
En nuestros días, la paciencia se percibe como una actitud anticuada, apta quizás para generaciones anteriores, pero incompatible con la vida contemporánea. Se nos dice que hay que actuar rápido, aquí y ahora, que quien espera pierde su lugar. Sin embargo, la Biblia presenta la paciencia como parte del fruto del Espíritu Santo (Gá. 5:22-23), lo cual significa que no es opcional para quien se llama cristiano. La paciencia sabe esperar, sabe sufrir con fortaleza y sabe apoyarse en Dios. El salmista lo expresó así: «Esperé pacientemente al Señor, y Él se inclinó a mí y oyó mi clamor» (Sal. 40:1).
El ejemplo supremo de paciencia es Jesús mismo: fue paciente con quienes lo insultaban mientras estaba en la cruz (Mr. 15:29-32) y con quienes lo crucificaron (Lc. 23:34). Él es nuestro modelo. Y Dios nos llama a tener «el mismo sentir que hubo también en Cristo Jesús» (Fil. 2:5). Si consideramos cómo nos trata Dios a nosotros con paciencia infinita, ¿cómo no cultivarla en nuestra propia vida?
Es mil veces mejor cojear por el trayecto que te asegure la meta, que correr a toda velocidad alejándose de ella. — Agustín de Hipona
Nadie nace paciente ni prudente. Ya conocemos la razón: la caída nos desconectó de la fuente. Pero en Cristo somos personas redimidas, y eso lo cambia todo. Con propósito, esfuerzo y valentía, estas virtudes pueden ser cultivadas. Puede que al principio cueste, que haya tropiezos y momentos en que nos salgamos del sendero; pero la instrucción es clara: continúa, aunque sea paso a paso. Dios no abandona en el camino a quienes intentan seguirle.
Que tu meta sea ser una persona paciente y prudente, de modo que por tu conducta muchos deseen conocer al Dios en quien crees. Que Él sea tu guía en este aprendizaje.
Viola Núñez de López anhela servir al Señor hasta el final de sus días. Educadora por profesión y vocación. Miembro de la IBI, donde sirve como consejera y mentora de mujeres. Madre de cuatro, abuela de diecisiete y bisabuela de trece.
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