Trabajar en algo para lo que uno no tiene habilidad natural es agotador. Vivir fuera del diseño de Dios es exactamente eso: un esfuerzo constante, desgastante y sin victoria real. La autora lo sabe por experiencia propia: antes de su conversión, era una feminista declarada, y cada mañana comenzaba, según ella misma lo describe, poniéndose «los guantes de boxeadora». Pleito tras pleito. Resistencia tras resistencia. Porque es imposible tener paz mientras se vive fuera del diseño de Dios.
Para recuperar esa paz, hay que regresar al principio.
Todo comienza en Génesis 1:27: «Creó, pues, Dios al hombre a imagen Suya, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó» (Gn 1:27). La palabra hebrea traducida como «hombre» es hadam, que no se refiere exclusivamente al varón, sino a los seres humanos en general. Tanto el hombre como la mujer fueron creados a imagen de Dios. Sin embargo, dado que Dios es infinito y nosotros no, Él eligió crear dos sexos, cada uno portador de algunas de Sus características, de modo que cuando cada uno vive conforme a su diseño, refleja a Dios ante el mundo.
En Génesis 2:18, el texto profundiza: «El Señor Dios dijo: "No es bueno que el hombre esté solo; le haré una ayuda idónea"» (Gn 2:18). La palabra hebrea para «ayuda» es ezer, mientras que «idónea» traduce k'enegdo, que significa literalmente «una reflexión como en un espejo»: igual, pero opuesto; diseñado para encajar perfectamente. El hombre y la mujer se complementan de manera perfecta. No obstante, dado que somos tan distintos, la única forma en que podemos encajar es cuando cada uno muere a sí mismo y ambos caminan juntos con Dios como cabeza.
Toda relación humana necesita un líder, y Dios ha determinado —por los dones y capacidades que ha otorgado al hombre— que ese rol le corresponde a él. Sin embargo, la caída en Edén dejó una marca profunda en todos nosotros: nacemos con el deseo de dominar. Génesis 3:16 lo enuncia con claridad: «En gran manera multiplicaré tu dolor en el parto, con dolor darás a luz los hijos; y con todo, tu deseo será para tu marido, y él tendrá dominio sobre ti» (Gn 3:16). La palabra traducida como «deseo» es teshuqah, que en realidad significa «dominar». El mismo término aparece en Génesis 4:7, cuando Dios le habla a Caín: «Si haces bien, ¿no serás aceptado? Y si no haces bien, el pecado yace a la puerta y te codicia, pero tú debes dominarlo» (Gn 4:7). El patrón es el mismo: un impulso a controlar que, cuando no se somete a Dios, produce destrucción.
Uno de los errores más comunes en la cultura contemporánea es confundir rol con valor. El mundo entiende que un ayudador es alguien subordinado y de menor valía que el líder. Pero eso no es un concepto bíblico. La palabra ezer aparece veintiún veces en el Antiguo Testamento: solo dos de ellas se refieren a la mujer; las otras diecinueve describen al mismo Dios. La mujer, bíblicamente, tiene el mismo valor que el hombre; lo que difiere son los roles, determinados por el modo en que fuimos diseñados.
El rechazo de este diseño no es una victoria; es una batalla que nadie puede ganar. Cuando los hombres sienten que están siendo dominados, tienden a volverse agresivos. Cuando la mujer acepta su rol y se relaciona con un espíritu tierno y sereno, disminuye la probabilidad de conflicto. Dios conoce Su creación y sabe cómo funciona mal en personas pecaminosas. Por eso Su deseo es protegernos. Lo expresó a través de Jeremías: «"Porque Yo sé los planes que tengo para vosotros" —declara el Señor— "planes de bienestar y no de calamidad, para daros un futuro y una esperanza"» (Jer 29:11).
Una de las fortalezas más poderosas de la mujer es su capacidad de influir en quienes la rodean. Eva influyó en Adán para pecar. Esa misma influencia, dirigida con intención y sabiduría, puede edificar o destruir. La pregunta es concreta: ¿queremos influir como la mujer de Proverbios 31, cuyo marido «es conocido en las puertas, cuando se sienta con los ancianos de la tierra» (Pr 31:23), o como la mujer de Proverbios 7, que lleva a los hombres «como el buey al matadero» (Pr 7:22)?
La "ezer" es una persona fuerte, es una mujer que trabaja para fortificar y no destruir, y es una persona que completa, no compite.
Para tener paz —no solo en el hogar, sino en la vida entera— es necesario tener paz con Dios, y eso exige vivir conforme al diseño que Él estableció. La ezer bíblica no es una figura débil ni pasiva: es alguien fuerte que trabaja para edificar, para completar, para sostener. La única forma de vivir de manera que Jesús brille es aceptar el rol y el guion que Él ha escrito, con la meta de glorificarle en toda circunstancia.
La pregunta que cada creyente debe hacerse es sencilla y decisiva: ¿Cuál es mi meta de vida: brillar para sobresalir, o vivir para que Jesús brille? Seamos el viento debajo de las alas de los líderes para que, juntos, demostremos a un mundo en oscuridad la gloria de Dios.
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