Dios quiere que seamos sabios. Y nosotros también lo anhelamos. Queremos tener sabiduría para entender los tiempos en medio de los cuales vivimos. La carta a los Efesios puede servirnos como un manual que establece la norma de cómo debemos vivir si somos hijos de Dios. En ella encontramos una exhortación tan práctica como urgente: caminar con cuidado, aprovechar cada momento y no desperdiciar lo que Dios ha puesto en nuestras manos.
Esta exhortación no es abstracta ni reservada para teólogos. Nos habla directamente a quienes, en medio del ajetreo diario, corremos de un lado para otro sin terminar lo que nos propusimos, y al final del día nos sentimos frustrados y vacíos. El problema, muchas veces, no es la falta de esfuerzo, sino la falta de sabiduría para administrar lo que solo a Dios le pertenece: el tiempo.
En Efesios 5:15, el apóstol Pablo nos insta a ser cuidadosos en nuestra manera de andar: «Por tanto, tengan cuidado cómo andan; no como insensatos sino como sabios» (Ef. 5:15). Esta imagen supone caminar con atención, como quien avanza entre espinos: consciente del terreno, sin descuidos. El versículo siguiente añade algo igualmente importante: «aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos» (Ef. 5:16). Lo que Pablo comunica aquí es que, conociendo ya la voluntad de Dios, no debemos dejar pasar ni la más mínima oportunidad para vivir conforme a lo que Él ha establecido para nosotros.
Dios dispuso que el tiempo se marcara por el movimiento de los cuerpos celestes desde el principio de la creación: «Entonces dijo Dios: "Haya lumbreras en la expansión de los cielos para separar el día de la noche, y sean para señales y para estaciones y para días y para años"» (Gn. 1:14). Las divisiones del tiempo diseñadas por Dios constituyen el marco en que se insertan los acontecimientos. Todo se desarrolla de manera cronológica, firmemente relacionado con el tiempo y el espacio, pero todo —absolutamente todo— de acuerdo con los propósitos de Dios. El tiempo no es nuestro; es Suyo. Y las circunstancias que llenamos dentro de ese tiempo también están bajo Su soberanía.
Uno de los errores más comunes entre los creyentes es creer que todo lo podemos y todo debemos hacerlo al mismo tiempo. Nos involucramos en más cosas de las que podemos resolver. En ese afán, se nos olvida que el único dueño del tiempo es Dios, y que, así como no podemos controlarlo, tampoco podemos controlar las circunstancias. El resultado es predecible: quedamos exhaustos, no logramos terminar lo que nos propusimos y terminamos sintiéndonos fracasados.
La realidad es que, si no distribuimos con sabiduría el tiempo disponible para cada cosa que debemos hacer, ese tiempo se agota y nosotros seguimos sin terminar. No es un problema de capacidad; es un problema de gobierno. ¿A quién le hemos cedido el control de nuestra agenda?
Santiago nos recuerda con claridad la dimensión de nuestra fragilidad: «Sin embargo, ustedes no saben cómo será su vida mañana. Solo son un vapor que aparece por un poco de tiempo y luego se desvanece» (Stg. 4:14). Si la vida es tan breve, cuánto más urgente resulta no desperdiciarla. En obediencia y de manera práctica, debemos hacer nuestro mejor esfuerzo para sacar el mayor provecho de nuestro tiempo en este mundo caído, cumplir con los propósitos que Dios trazó para nosotros y no perder las oportunidades que el Señor ha puesto en nuestros caminos para servirle.
Tomemos la firme decisión de rendir, de someter nuestro tiempo al Señor.
Someter el tiempo a Dios no es un acto pasivo ni resignado. Es una decisión consciente e intencional que requiere sabiduría, y esa sabiduría está disponible para quien la pide. «Porque el Señor da sabiduría, de Su boca vienen el conocimiento y la inteligencia» (Pr. 2:6). Dios no solo es el dueño del tiempo; es también la fuente de toda sabiduría para administrarlo bien.
Lo más alentador es que podemos pedir esa sabiduría con plena confianza: «Y si a alguno de ustedes le falta sabiduría, que se la pida a Dios, quien da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada» (Stg. 1:5). No hay condena en esa promesa, solo generosidad. Dios no reprende al que reconoce su limitación y acude a Él.
Si Dios controla el tiempo, dirige las circunstancias y es la fuente de toda sabiduría, la respuesta lógica —y bíblica— es someternos a Él de manera consciente e intencional cada día. Al hacerlo, no solo evitamos la frustración que produce querer controlarlo todo; nos convertimos en instrumentos útiles en Sus manos, capaces de aprovechar cada oportunidad con propósito y claridad. La sabiduría para vivir bien no se conquista; se recibe de Aquel que gobierna hasta el último segundo de nuestra vida.
María del Carmen Tavarez es miembro de la IBI por más de diecisiete años. Graduada del Instituto Integridad & Sabiduría y actualmente finalizando la especialidad en Consejería Bíblica. Ha servido como maestra de Escuela Dominical y escribe para MPLGDG y Lifeway Mujeres. Sirve en los grupos pequeños del Ministerio de Mujeres Ezer.
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