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Maria del Carmen Tavarez • 8 diciembre, 2022
«Pero ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios, a fin de que anuncien las virtudes de Aquel que los llamó de las tinieblas a Su luz admirable» (1 P. 2:9). Con estas palabras, el apóstol Pedro toma conceptos del Antiguo Testamento —originalmente dirigidos a Israel (Dt. 7:6-8)— y los aplica con plena vigencia a los creyentes del Nuevo Testamento. No es un lenguaje poético ni meramente ceremonial: es una declaración de identidad con implicaciones profundas para la vida cotidiana de todo aquel que pertenece a Cristo.
Comprender esta identidad no es un ejercicio académico. Es la base sobre la cual descansa nuestra manera de vivir, adorar y relacionarnos con el mundo que nos rodea. Cuando un creyente olvida quién es en Cristo, su fe tiende a vaciarse de sentido, reduciéndose a rituales sin alma. Por eso vale la pena detenerse en este texto y dejar que su verdad nos alcance de nuevo.
La palabra traducida como «escogido» proviene del griego eklektos, relacionada con los términos ek («fuera de») y lego («recoger, juntar»). Designa a alguien seleccionado para prestar un servicio o recibir un privilegio especial. Este mismo término se aplica a Cristo como el Mesías escogido de Dios (Lc. 23:35) y a los ángeles como mensajeros celestiales (1 Ti. 5:21). Y también nos abarca a nosotros, a cada creyente, como receptores del favor divino.
Las Escrituras son consistentes en este punto. «¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica» (Ro. 8:33). «Entonces, ustedes como escogidos de Dios, santos y amados, revístanse de tierna compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia» (Col. 3:12). La elección no surge de ningún mérito propio; es un acto de gracia pura. Dios nos eligió, nos escogió —a cada uno de nosotros— porque así lo quiso en su soberanía y amor.
A esta elección se suman otros títulos igualmente poderosos: somos «real sacerdocio» y «nación santa». Pedro comparte esta perspectiva con Juan, quien en el Apocalipsis también aplica estas verdades a la iglesia del Nuevo Testamento (Ap. 1:5-6). Israel perdió este privilegio a causa de su apostasía y del rechazo de su Mesías, pero ahora toda la iglesia constituye ese sacerdocio real, unido al único sumo sacerdote y rey: Jesucristo. Antes no éramos pueblo de Dios; ahora sí lo somos (1 P. 2:10; Os. 1:6-10; 2:23; Ro. 9:23-26).
Gozamos de un privilegio extraordinario gracias a la gracia y misericordia de Dios, y a los méritos ganados por Cristo en la cruz del Calvario. Tenemos libre entrada a la presencia de Dios porque el velo que impedía ese acceso se rasgó en el momento en que Jesús expiró (Mt. 27:50-51; He. 10:19-22). Ninguna barrera nos separa ya del Padre.
Sin embargo, precisamente por eso es necesario hacer introspección con frecuencia. Existe el peligro de que nuestras prácticas devocionales se vuelvan «farisaicas» (Mt. 23:5-7): llenas de forma y vacías de corazón, como quien llega cada día a una oficina a cumplir un horario, en vez de buscar una relación íntima con el Padre que, en su gran amor y en el tiempo justo, entregó a su propio Hijo para cargar con el peso de nuestros pecados.
Dios nos escogió en Cristo para caminar con Él: en oración, alabanza y adoración, con un corazón rendido, humilde y reverente. Esa caminata tiene una dimensión hacia afuera: tenemos una misión. La Gran Comisión, entregada a los primeros discípulos, ha pasado de generación en generación y hoy nos toca a nosotros. Somos pueblo adquirido «a fin de que anunciemos» las virtudes de Aquel que nos llamó. La adoración y el testimonio no son actividades separadas; son dos expresiones de la misma identidad.
La diferencia que Jesucristo hace en nuestras vidas es "masiva"; podría escribir muchas páginas nombrando esas diferencias.
Cuando andamos en los caminos del Señor Jesús, todo cambia. Vemos el mundo de manera diferente; sentimos amor por el prójimo y esa paz interior que no tiene explicación y que jamás imaginamos que existía. Las cargas que antes pesaban sobre nuestros hombros se han ido. Podemos perdonar con mayor facilidad y de forma permanente, reconciliarnos con personas con quienes creíamos que nunca sería posible, y mirar la vida desde la perspectiva de Dios, con propósito y significado.
Esto no significa que nunca habrá momentos de desolación o aflicción. Pero cuando nos encontremos en esas circunstancias, la respuesta de la fe es alzar los ojos al cielo, pues de allí viene nuestro socorro (Sal. 121). Del Señor recibiremos la fortaleza necesaria para remontarnos de nuevo, como las águilas (Is. 40:31). Somos linaje escogido, real sacerdocio, nación santa. Esa verdad no cambia con las circunstancias; permanece firme porque descansa en quien nos escogió, no en quienes fuimos elegidos. ¡Meditemos en esto!
María del Carmen Tavarez es miembro de la IBI por más de diecisiete años. Graduada del Instituto Integridad & Sabiduría y actualmente finalizando la especialidad en Consejería Bíblica. Ha servido como maestra de Escuela Dominical y escribe para MPLGDG y Lifeway Mujeres. Sirve en los grupos pequeños del Ministerio de Mujeres Ezer.
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