Luces, olores y colores; villancicos y guirnaldas; flores de pascua por doquier: todo ello despierta los sentidos, nos envuelve y nos recuerda que llegó la Navidad, una de las épocas más hermosas del año. Sin embargo, entre cenas y decoraciones, compras y celebraciones, nuestra lista de pendientes parece no tener fin. Así como la Navidad es hermosa y especial, también se ha convertido en una de las épocas más estresantes del año. Cuando nos dejamos arropar por los afanes del mundo, llegamos a Nochebuena agotados y sin fuerzas, y perdemos de vista lo más importante: el verdadero significado de la Navidad y la razón de ser de nuestra celebración.
La palabra navidad proviene del latín nativitas, que significa «nacimiento». En esta época recordamos y celebramos el nacimiento de nuestro Salvador: la encarnación del Dios del universo, el Verbo hecho carne. El mensaje de la Navidad es el regalo de Dios al mundo, el amor más grande manifestado en Jesús.
En Navidad celebramos que Dios le regaló al mundo un Salvador que nos rescata de nuestros pecados y nos reconcilia consigo mismo: «Dará a luz un Hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a Su pueblo de sus pecados» (Mt. 1:21). Celebramos también que Dios vino a habitar con nosotros: «"He aquí, la virgen concebirá y dará a luz un Hijo, y le pondrán por nombre Emanuel", que traducido significa: "Dios con nosotros"» (Mt. 1:23).
Celebramos, además, que en Su Hijo Dios nos ha dado Su paz: «Porque un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado, y el gobierno reposará sobre Sus hombros; y se llamará Su nombre Admirable Consejero, Dios Poderoso, Padre Eterno, Príncipe de Paz» (Is. 9:6). Esta paz no es meramente la ausencia de conflicto, sino una realidad que Cristo mismo encarna: «Ahora en Cristo Jesús, ustedes que antes estaban lejos, han sido acercados por la sangre de Cristo. Porque Él mismo es nuestra paz…» (Ef. 2:13-14). Y celebramos que, en Jesús, Dios le regaló al mundo Su gloria —y es al contemplar esa gloria que somos transformados—: «Él es el resplandor de Su gloria y la expresión exacta de Su naturaleza, y sostiene todas las cosas por la palabra de Su poder» (Heb. 1:3).
Todo esto es lo que está en juego cuando la Navidad se reduce a árbol, decoraciones, recetas y regalos. Al revisar la agenda de diciembre, vale la pena preguntarse: ¿cuánto de lo que hacemos realmente lo hacemos para celebrar y recordar el nacimiento de nuestro Salvador? Nuestros esfuerzos por ser los mejores anfitriones, los amigos más detallistas, los padres que preparan la Navidad más especial, nos llevan a vivir tan intensamente el último mes del año que lo que menos tenemos es tiempo para el Señor. Raras veces aquietamos el corazón para meditar en el regalo más hermoso que ya hemos recibido: aquel que llegó al mundo envuelto en pañales y acostado en un pesebre, sin papeles brillantes ni lazos rojos, sin bulla ni fanfarria. «Y esto les servirá de señal: hallarán a un Niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc. 2:12).
Ante semejante regalo, ¿qué debemos hacer? La respuesta la encontramos en el relato de los magos de oriente:
«Después de nacer Jesús en Belén de Judea, en tiempos del rey Herodes, llegaron a Jerusalén unos magos del oriente, diciendo: "¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque vimos Su estrella en el oriente y hemos venido a adorarle"… Y he aquí la estrella que habían visto en el oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo sobre el lugar donde estaba el Niño. Cuando vieron la estrella, se regocijaron sobremanera con gran alegría. Y entrando en la casa, vieron al Niño con Su madre María; y postrándose, le adoraron; y abriendo sus tesoros, le presentaron obsequios de oro, incienso y mirra» (Mt. 2:1-2, 9-11).
El único propósito de aquel largo viaje no era simplemente conocer a ese Rey: era adorarle. Y tan pronto como vieron al Niño, se postraron. No hubo demora ni distracción.
No dejemos que el cansancio y el afán, los muchos quehaceres y las actividades nos roben el gozo que debemos experimentar cada vez que recordamos quién nació y a quién estamos celebrando.
Si en algún momento nos hemos sentido abrumados por los afanes de esta época, hay esperanza. Podemos volvernos al Señor en arrepentimiento y pedirle que, en Su gracia, nos ayude a reenfocarnos. Tres orientaciones prácticas pueden servir de guía.
En primer lugar, simplifiquemos. Como creyentes, estamos llamados a vivir de manera contracultural, y podemos hacerlo porque es Dios quien produce en nosotros «el querer como el hacer por Su buena voluntad» (Fil. 2:13). No hay que hacerlo todo ni todo al mismo tiempo. Seamos sabios al elegir, teniendo siempre en mente el propósito de nuestra celebración.
En segundo lugar, hagamos tiempo cada día para contemplar al Rey que ha nacido y adorarle con todo el ser. La Navidad nos recuerda que existimos para Su gloria, de modo que todo lo que hagamos en estos días sea orientado hacia Él.
En tercer lugar, organicemos los tiempos devocionales en familia —especialmente con los niños— para asegurarnos de que la Navidad no gire en torno a personajes culturales, sino al nacimiento de Jesús y al mensaje de salvación que Su venida trae al mundo.
Que nuestras decoraciones apunten a Jesús, que nuestras actividades nos lleven a recordar quién es Él y lo que ha hecho por nosotros, y que podamos compartir con todos el regalo más hermoso jamás recibido: ¡Jesús!
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