IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Todos anhelamos conocer mejor la Biblia y vivir conforme a ella, pero hay una distancia entre el suspiro y la realidad. El Salmo 119:17-24 nos confronta con esta tensión: pedimos al Señor que favorezca nuestra vida y abra nuestros ojos para ver las maravillas de su ley, pero ¿qué obstáculos nos impiden experimentar esa vida favorecida?
El salmista identifica dos debilidades que debemos reconocer. Primero, somos peregrinos que necesitamos más que direcciones: necesitamos al Dios de los mandamientos caminando con nosotros. Como un niño que no se conforma con las instrucciones sino que pide ir de la mano de su padre, nosotros debemos caminar con el Señor, no simplemente conocer sus reglas. Segundo, andamos con el alma quebrantada anhelando el alimento espiritual, pero sin llevarnos la cuchara a la boca. Como dice Pedro, debemos desear con ganas la leche espiritual pura, pidiendo a gritos ese alimento nutritivo.
Además de nuestras debilidades, enfrentamos oposiciones externas. Los soberbios que se desvían de los mandamientos nos rodean, y hasta los príncipes pueden sentarse a hablar contra nosotros. Pero la respuesta del salmista es reveladora: mientras ellos deliberan, él permanece sentado con su Dios y su Biblia, respondiendo con silencio a sus difamadores. Nuestros asuntos están en las manos del Señor.
El compromiso final es claro: los testimonios de Dios se convierten en nuestro deleite y nuestros consejeros. No basta con anhelar; hay que alimentarse, caminar con Dios y descansar en que él resuelve lo que nos sobrepasa.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Quiero recordarles que nosotros, o bueno, yo con ustedes, cada vez que me toca predicar hemos estado siguiendo una pequeña serie que se titula "El Señor espera". Era una meditación sincera, y nos hemos estado basando en el Salmo 119, que está dividido en 22 secciones conforme a cada una de las letras del alfabeto hebreo. De tal manera que en las dos anteriores oportunidades en las que pude predicar, hicimos las dos primeras, que son Alef y Bet, y ahora nos tocaría Guímel, que es la tercera letra del alfabeto hebreo.
El tema, en realidad, simplemente quiero dejar esto antes de empezar en lo que vamos a estar viendo: el Salmo 119 es una exaltación de las virtudes y los beneficios de la palabra de Dios, y eso lo sabemos todos. Es el capítulo más largo de toda la Escritura, pero no solamente tiene la intención de mostrarnos las virtudes y los beneficios de la palabra de Dios, sino que es también instructivo, porque al descubrir lo que es la palabra de Dios, el salmista también tiene la intención de mostrarnos dónde estamos nosotros con relación a la palabra. De tal manera que no se quede solamente como algo que nosotros vemos a la distancia, sino que nos podamos acercar a ella y descubrir cuáles podrían ser aquellos obstáculos que nos impiden vivir y disfrutar de la palabra de Dios tal como ha sido escrita.
De tal forma que nosotros encontramos en cada una de estas secciones una primera parte que es la presentación de un ideal, luego los obstáculos que nosotros debemos librar para poder alcanzar ese ideal, y finalmente se nos presenta un compromiso, la posibilidad de establecer un compromiso con el Señor para poder vivir ese ideal que se está presentando. Y esto es algo maravilloso, porque todos nosotros debemos acercarnos a la palabra de Dios y todos nosotros debemos gozar de la palabra de Dios. Pero también, como dice el título de la serie, el Señor espera de nosotros una meditación sincera, que nosotros no solamente nos quedemos observando cuán gloriosa es la palabra, sino que podamos decir: "Señor, realmente con sinceridad, ¿dónde estoy yo con relación a esas virtudes que tú nos presentas?"
Entonces, vamos a entrar ahora a esta tercera sección. Así que les invito a que abran sus Biblias en el Salmo 119, a partir del verso 17 hasta el verso 24. Esa va a ser la sección que nosotros vamos a estar meditando en esta mañana en los minutos que tenemos disponibles. Así que les ruego su atención. Hemos titulado esta sección: "Del anhelo al compromiso."
Del anhelo al compromiso. Todos nosotros, sin distinción, tenemos algún tipo de anhelo. ¿Qué es un anhelo? Un anhelo es un deseo ardiente, una aspiración, una ambición, algo por alcanzar que nos hace suspirar y nos hace soñar al mismo tiempo. Es algo que yo quiero alcanzar. Sin embargo, cada vez que nosotros hablamos de un anhelo, tenemos que reconocer que siempre hay una distancia entre el anhelo y poder conseguir la satisfacción de ese anhelo. Siempre hay un largo trecho que no siempre es una línea recta, nunca es claro como la luz del mediodía, y quizás lo peor de todo es que ese anhelo puede ser tan amplio que a veces se convierte en algo inalcanzable.
Porque es algo que quiero, pero en realidad no sé cómo lo voy a alcanzar. Y a veces yo anhelo algo, pero en lo profundo de mi alma no estoy tan dispuesto a pagar el precio que conlleva la satisfacción de ese deseo. Yo lo anhelo, sí; yo lo digo, sí; yo lo pienso, lo sueño, lo suspiro. Pero ¿cómo voy a llegar hasta allá y cómo voy a alcanzarlo? El precio que hay que pagar, ahí está la dificultad.
Hay un poeta peruano que se llama César Vallejo, y él decía que "cesa el anhelo a la altura de la mano enarbolada." Me parece una frase sumamente interesante, porque el anhelo termina cuando levanto la mano diciendo: "¡Ay, quiero alcanzarlo!", como que siempre nos quedamos allí. Muchas veces nosotros tenemos muchos anhelos que no se cumplen, y no se cumplen porque a veces son muy subjetivos, a veces son muy generales, como por ejemplo: "Yo quiero ser doctor", o "Anhelo ser mejor", o "De verdad quisiera conocer mejor la Biblia."
El problema radica en que un anhelo verdadero y sincero debe aterrizarse. Y yo creo que este pasaje nos ayuda a aterrizar nuestros anhelos con respecto a nuestra relación con la palabra de Dios, que muchas veces es bastante distante, tenemos que reconocerlo. Yo escucho anhelos, suspiros y llantos con respecto a la palabra de Dios en muchos de nosotros: "De verdad quisiera conocer mejor la Biblia, pero no sé cómo llegar a que eso sea una realidad en la vida."
Entonces, vamos a empezar con nuestra lectura. Empieza nuestra lectura de esta sección con un anhelo. Los versos 17 y 18 se presentan como un anhelo en la forma de una oración, una verdadera reflexión sincera, un anhelo ferviente, un deseo sincero que el salmista eleva en forma de oración. Él dice: "Favorece a tu siervo para que viva y guarde tu palabra. Abre mis ojos para que vea las maravillas de tu ley." Realmente esta es una oración sincera. Yo creo que es una oración que todos nosotros elevaríamos delante de Dios, todos aquellos que anhelamos vivir la palabra de Dios.
Él dice, en primer lugar: "Favorece a tu siervo." Y en segundo lugar, en el verso 18, dice: "Señor, abre mis ojos." Él pide el favor para vivir y guardar la palabra: "Señor, favorece a tu siervo para que yo viva y guarde tu palabra. Señor, abre mis ojos para que vea las maravillas de tu ley." Definitivamente es una oración grandiosa, pero a veces se convierte en un anhelo de: ¿cómo lo vivo?, ¿cómo es que vivo ese favorecimiento?, ¿cómo es que se abren mis ojos? ¿Qué significan en realidad estas palabras tan hermosas?
Entonces, vamos a desarrollar un poco ese argumento. En primer lugar, la palabra "favorece". Ustedes recuerdan que empieza con Guímel, que es la letra hebrea. Y la palabra "favorece" es la palabra gamal. Esta palabra gamal tiene que ver con la realidad de alguien que pide ser tratado de manera especial, de alguien que quiere ser recibido de una manera diferente, que quiere recibir algún tipo de recompensa o ser compensado de una manera adicional a lo que él realmente merece.
La oración del salmista es "favorece", pero añade una palabra. Él dice: "Favorece a tu siervo." ¿Por qué es que él añade esta palabra? Favorece a tu siervo, porque se trata de un esclavo sin mayores derechos frente a su Señor, alguien que se atreve a decirle: "Señor, dame algo más. Dame más de lo que yo merezca, mucho más de lo que yo puedo ganarme por mí mismo." Esta petición es una petición real, es algo que todos nosotros pedimos delante de Dios: "Señor, dame algo más de lo que yo merezco, dame algo más de aquello que yo puedo ganarme por mí mismo." Se trata de un pedido bastante atrevido, algo osado, por decirlo menos.
Y lo dice porque es consciente de que él no podrá guardar la palabra de Dios sin contar con la ayuda adicional del Señor. Y yo creo que esto es algo que todos nosotros debemos reconocer. Todos los que tenemos un tiempo lidiando con la palabra de Dios sabemos que en realidad no lo podemos hacer en nuestras propias fuerzas. ¿Es cierto? ¿Cuántas veces lo hemos intentado en nuestras propias fuerzas? ¿Cuántas veces hemos tomado la resolución de que del primero de enero al 31 de diciembre vamos a leer toda la Biblia? ¿Cuántos de nosotros hemos fracasado en ese intento?
Por eso es que el salmista hace una meditación sincera y le dice al Señor: "Favorece a tu siervo." Y no le pide algo adicional; simplemente pide para que viva y guarde tu palabra, para que él tenga la fortaleza suficiente para obedecer y caminar con su Señor. Spurgeon, el famoso Charles Spurgeon, decía: "Sin abundante misericordia no podríamos vivir."
Se requiere de mucha gracia abundante para mantener vivo a un santo.
Podría decirse, hermanos, que nuestra vida espiritual es de alto mantenimiento, y de alto mantenimiento porque requiere de la intervención de Dios para que podamos vivirla. Y esta realidad es una realidad sincera. Yo le digo al Señor: "Favorece a tu siervo simplemente para que viva y guarde tu palabra."
Pero no solamente pide eso, sino que en segundo lugar él dice: "Abre mis ojos para que vea las maravillas de tu ley." Ahora, esta idea de abrir los ojos no es una petición de un ciego que busca un milagro porque carece de la visión. Lo que él está pidiendo es que sus ojos tengan una capacidad visual superior, que sus ojos puedan ver lo que en realidad el ojo natural no puede ver.
¿Y qué está pidiendo? Él está pidiendo ser capaz de distinguir, de contemplar, de descubrir los tesoros y los misterios extraordinarios de la palabra de Dios, que con su simple visión humana sería imposible de captar por sí mismo. Por un lado está pidiendo una vida favorecida, o sea, una vida impulsada con la fuerza del Espíritu Santo. Y por el otro lado está pidiendo una visión especial que le permita percibir las maravillas de la ley de Dios, es decir, los secretos escondidos en la palabra de Dios.
Y yo creo que esa es una petición natural que nosotros hacemos. Señor, a veces yo estoy tratando de leer y se me pone la cosa misteriosa, y de verdad no sé de dónde sacar aquello que tú quieres decirme, aquello que tú quieres enseñarme. Me quedo entrampado en Levítico, y cuando leo la genealogía de Mateo, no sé a dónde llegar.
Por eso es que es una meditación sincera decirle al Señor: "Señor, abre mis ojos para que vea las maravillas de tu ley. Favorece a tu siervo para que viva y guarde tu palabra." Ese es nuestro ideal. Yo creo que todos nosotros en algún momento de nuestra vida hemos orado de esa manera, pero ahora lo tenemos más claro.
¿Por qué lo tenemos más claro? Porque en primer lugar nos damos cuenta de que nuestra vida espiritual no la podemos vivir solos. Necesitamos ser favorecidos. No lo puedo hacer en mis méritos, no lo puedo hacer en mi esfuerzo, no lo puedo hacer solo con mi entendimiento. Yo necesito de él. Y en segundo lugar, yo necesito una visión diferente. Necesito que el Señor abra mis ojos para contemplar las maravillas de su ley.
Esta oración es un ideal grandioso al que todos los cristianos aspiramos de una u otra manera. Sin embargo, tenemos que adentrarnos aún más en la revelación de Dios para poder encontrar qué está detrás de esta petición, este anhelo extraordinario que se presenta con sinceridad a Dios.
Ahora, el salmista que está tratando de meditar sinceramente presenta los dos obstáculos que hacen que esas dos peticiones ideales anteriores no puedan llegar a ser una realidad. Y por eso es que él continúa, y vamos a leer del verso 19 hasta el verso 20. Vamos a encontrarnos entonces con cuáles son aquellas cosas que impiden que yo viva de esa manera.
El verso 19 dice: "Peregrino soy en la tierra. No escondas de mí tus mandamientos. Quebrantada está mi alma anhelando tus ordenanzas en todo tiempo."
Ahora, el salmista está reconociendo la oración que ha presentado al Señor, y ahora está reconociendo dos obstáculos que tienen que ser librados para poder caminar de esa manera. El salmista está tomando el toro por las astas y está buscando resolver en su propia vida esa realidad. Y él empieza diciendo algo que es una realidad en todas nuestras vidas. Todos nosotros estamos en esta tierra de paso, y todos nosotros estamos en esta tierra con un tiempo escaso.
Y él dice: "Peregrino soy en la tierra. No escondas de mí tus mandamientos." La palabra peregrino es una palabra que ustedes conocen y denota la idea de un visitante, de un forastero, un extranjero, un residente temporal que está de paso. Pues en realidad todos nosotros estamos de paso en este pequeño planeta azul, aunque el tiempo de nuestro peregrinaje, porque todos nosotros estamos en peregrinaje, nos haya llevado a reconocer con cierto éxito y con cierto conocimiento algunos aspectos y algunas áreas de esta vida. Lo cierto es que la vida es más misteriosa que evidente, y lo que conocemos o dominamos en el poco tiempo que pasamos por estos lares no es suficiente para vivir plenamente.
El salmista ha pedido que Dios lo favorezca, que abra sus ojos, pero lo primero que reconoce es que él está de paso y que el tiempo es corto. Por lo tanto, con esta frase nosotros nos encontramos con el primer aterrizaje para que el anhelo se convierta en realidad. Él no le ha pedido a Dios una vista excepcional solamente para descubrir las maravillas en su palabra, sino que realmente necesita directrices claras para no ir por la vida a tientas.
Si él le ha pedido al Señor que abra sus ojos para ver las maravillas de la ley, ahora él reconoce que no puede andar por la vida a tientas en su peregrinaje. No puede andar por la vida siempre en medio de la incertidumbre y lleno de dudas, como si la palabra de Dios permaneciera oculta, escondida, como un secreto bien guardado, justo cuando él la necesita para poder reconocer el camino por donde debe andar.
Ahora, el salmista nos está planteando un problema. Él dice: "Peregrino soy en la tierra. No escondas de mí tus mandamientos." ¿Qué significa esto de que Dios pueda esconder de nosotros sus mandamientos?
Hay algo que la Escritura tiene, y es una ley de la hermenéutica que nosotros debemos usar comúnmente: un texto oscuro siempre se resuelve con un texto claro que hable de ese mismo tema. Y yo creo que Jesucristo nos puede dar una respuesta muy clara a este dilema que presenta el salmista cuando afirma: "No escondas de mí tus mandamientos."
En Mateo 11:25, Jesucristo dijo: "Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a sabios e inteligentes y las revelaste a los niños. Sí, Padre, porque así fue de tu agrado."
¿Qué significa esto en relación con el pasaje que nosotros estamos viendo? Solo un niño sabe que no basta con tener las direcciones correctas. Solo un niño sabe que, si por ejemplo le pregunta a su papá: "Papá, ¿dónde está el Price?", y yo le digo —yo soy el padre ahora—: "Hijo, tú sales por el lobby, cruzas el estacionamiento, llegas a la calle, tres cuadras, cruzas la zona y ahí está el Price." ¿Qué va a hacer el niño? "Papá, ¿vas conmigo?" ¿Verdad? No le bastan las direcciones. Tiene que ir con el padre de la mano a donde quiera llegar.
Cuando el salmista dice: "Peregrino soy en la tierra, no escondas de mí tus mandamientos", recordé inmediatamente a Jesús diciendo: "Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a sabios e inteligentes y las revelaste a los niños." Nosotros no podemos transitar por la vida solo con los mandamientos de Dios. Nosotros debemos transitar por la vida con el Dios de los mandamientos acompañándonos y dirigiéndonos en cada momento de nuestra vida.
Yo voy de la mano con él, y él va guiando mi vida a cada instante, moviendo mi vida en la dirección que yo debo caminar. El Señor me da una vida favorecida. El Señor abre mis ojos, pero no para que camine solo por la vida, sino para que primeramente abra mis ojos y lo primero que vea sea a él, y con él es con quien yo quiero caminar. Señor, yo quiero caminar contigo. Señor, yo quiero que me hables a cada instante. Yo no quiero simplemente direcciones. Yo no quiero simplemente mandamientos. Yo quiero al Dios de los mandamientos caminando conmigo.
Por eso el Señor dice: "No temas porque yo estoy contigo." No le dice: "No temas porque ya te di los mandamientos. No temas porque sabes a dónde debes ir. No temas porque al final de los tiempos nos encontraremos en el cielo."
"No temas, porque el Señor ha prometido: 'He aquí, yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo.'" Es caminar con el Señor escuchando su palabra.
Entonces, tenemos que ser conscientes de que debemos ser como niños. "No ocultes de mí tus mandamientos." Es que le está diciendo el Señor: "Mira, yo lo vas a hacer conmigo." No se trata de que seas sabio e inteligente, porque nunca serás lo suficientemente sabio e inteligente para caminar alrededor de la palabra de Dios. Lo tienes que caminar conmigo.
En segundo lugar, dice el verso 20: "Quebrantada está mi alma anhelando tus ordenanzas en todo tiempo."
Hay una característica que tiene este pasaje que a veces es nuestra propia realidad. Nosotros vivimos anhelando el alimento espiritual, pero nunca nos llevamos la cuchara a la boca. Vivimos anhelando el alimento espiritual, pero no somos capaces de abrir la Escritura. Y aquí el salmista reconoce que anda por la vida como un famélico espiritual, con aspecto de pasar hambre, esquelético, con ojeras, escuálido, anda cabeceando por todas partes, durmiendo por todos lados.
La palabra "quebrantada" que él usa para "alma" provee la idea de un profundo desgaste personal, un desgaste en el centro de su propio ser. Es como una carga que él lleva producto de un profundo decaimiento, que es por el simple hecho de que no se está alimentando adecuadamente. Lo que necesita es poder saciar ese hambre que no lo deja dormir. Ese es el anhelo que se convierte en una búsqueda de satisfacción constante.
"Quebrantada está mi alma anhelando tus ordenanzas en todo tiempo." Nosotros podemos ser sinceros en reconocer nuestro apetito espiritual, pero nosotros también debemos ser sinceros en que no satisfacemos nuestro apetito espiritual como debiera ser. Y esa es la realidad de esta meditación sincera. Ay, cuánto anhelo. Come, come. Llévate la cuchara a la boca. Abre la boca.
Y por eso es que aquí viene el segundo aterrizaje. El primer aterrizaje es: "Señor, tengo que vivir los mandamientos contigo." Pero aquí viene el segundo aterrizaje. El salmista vuelve a poner esta nota de manera negativa. Vuelve a mostrar que anhela algo, pero no lo resuelve. El hambre ahoga, pero no lo sacia. Si le ha pedido a Dios una vida favorecida, entonces esa vida excepcional empieza por tener simplemente una vida espiritual saludable. Y para tener una vida espiritual saludable, hay que alimentarse bien con la palabra de Dios en todo tiempo, y no solo salivar por anhelarla en todo tiempo. Es necesario: tengo hambre, come.
Ahora, el apóstol Pedro resuelve esta encrucijada. Nuevamente podemos ir a la palabra de Dios y encontrar una respuesta en la palabra de Dios. Y en Primera de Pedro, el capítulo 2, en los primeros tres versículos, en la Nueva Traducción Viviente, nosotros encontramos estas palabras:
"Por lo tanto, desháganse de toda mala conducta, acaben con todo engaño, hipocresía, celos y toda clase de comentarios hirientes. Como bebés recién nacidos, deseen con ganas la leche espiritual pura para que crezcan a una experiencia plena de la salvación. Pidan a gritos ese alimento nutritivo, ahora que han probado la bondad del Señor."
¿Se dan cuenta? Aquí lo que el apóstol Pedro está diciendo es que dejemos de una vez por todas los alimentos que no nos convienen. A veces nosotros estamos alimentando nuestra alma con chatarra espiritual, con ultraprocesados pecaminosos, con grasas y azúcares de maldad que solamente dañan nuestro organismo. Por eso es que Pedro empieza diciendo: "Desháganse de todo lo malo. Acaben con el engaño, con la hipocresía, con los celos y toda clase de comentarios hirientes. Sáquenlo de su vida y ahora, como bebés recién nacidos, deseen con ganas la leche espiritual pura para que crezcan a una experiencia plena de la salvación."
Y me encanta cómo lo dice la Nueva Traducción Viviente. Dice: "Pidan a gritos ese alimento nutritivo, ahora que han probado la bondad del Señor." Pidan a gritos. ¿Un bebé se puede ir a preparar la comida? No. ¿Qué es lo único que puede hacer el bebé? Pedir a gritos. Pues pidan a gritos. Llévense la cuchara a la boca.
Se han orado al Señor por una vida favorecida. Esa vida favorecida hay que alimentarla, y hay que alimentarla con la palabra de Dios. Desechen la chatarra y empiecen a pedir como bebé recién nacido que desea con ganas la leche espiritual pura para crecer en una experiencia plena de salvación. Pidan a gritos el alimento nutritivo.
El Señor dice que el que pide recibe, al que llama se le abrirá, al que tiene falta de sabiduría, pídala a Dios. De tal manera que nosotros podemos tener la seguridad de que podemos ir a Él y podemos recibir de Él aquello que el Señor quiere darnos.
¿Se dan cuenta cómo vamos aterrizando la oración? El salmista nos va llevando a través de una reflexión sincera en donde él mismo se pone de ejemplo y dice: "Estos son los obstáculos que yo tengo que vencer. Tengo que vencer el obstáculo de pensar que me bastan los mandamientos para poder vivir la vida." No, yo necesito caminarlo con el Señor. Necesito que el Señor de los mandamientos camine conmigo guiándome a cada paso. No puedo ir solo. No es de sabios e inteligentes, es de niños, de niños que caminan sometidos a su Señor. Y lo segundo es que no puedo decir que vivo anhelando y nunca recibiendo. Tengo que tomar la decisión de que esta vida favorecida se alimente del alimento que el Señor ha dejado listo para que sea una vida favorecida.
Ninguno de nosotros, ninguno de nosotros está desfavorecido por Dios. El Señor nos ha dejado su palabra viva, abundante, eficaz, que revela nuestras intenciones del corazón, que clarifica nuestras conciencias, que alimenta nuestra alma, pero hay que desearla.
En segundo lugar, habiendo presentado las debilidades, ahora lo que él manifiesta son las oposiciones que también se presentan ante una vida favorecida y ojos que desean ver. Y en el verso 21 y 22, él dice lo siguiente:
"Tú reprendes a los soberbios, los malditos, que se desvían de tus mandamientos. Quita de mí el oprobio y el desprecio, porque yo guardo tus testimonios."
Hay algo que nosotros también debemos saber con respecto al hecho de querer vivir en este mundo en obediencia al Señor. Todos nosotros debemos saber que el que quiera vivir en obediencia al Señor padecerá oposición. Nosotros vivimos en un mundo que se opone por completo a todo aquello que el Señor ha establecido, y por lo tanto es muy difícil mantener la vida en curso cuando hay demasiada gente a nuestro alrededor que nos grita que estamos equivocados, que debemos ir en la dirección contraria, que ellos piensan que vemos señales que para ellos no existen.
Es desgastante ver carreteras de ocho carriles repletas de autos y de gente que parecen felices yendo exactamente en la dirección contraria, mientras nosotros vamos por una carretera angostísima con la vida casi al límite. Eso es una realidad, y es la realidad de la oposición a la que nosotros muchas veces nos sometemos, y a veces renunciamos a nuestra vida favorecida y a abrir nuestros ojos para ver las maravillas de la ley, porque hay demasiada oposición a nuestro alrededor. Pero miren cómo califica el Señor a los opositores.
Él dice: "Tú reprendes a los soberbios, los malditos, que se desvían de tus mandamientos." Es interesante que el salmista no dude en calificar fuertemente como soberbios, presuntuosos, insolentes y malditos a aquellos que se desvían de los mandamientos.
Hay algo bastante interesante detrás de esta afirmación. La realidad es que no hay nada nuevo bajo el sol, como decía el gran Salomón. Por lo tanto, toda soberbia y orgullo humano no es que cree un nuevo camino inédito para la humanidad que nunca antes haya sido planeado o haya sido visto, sino que, si lo miramos con atención, se trata simplemente de perder el rumbo, desviar el rumbo, dejar atrás y extraviarse del camino eterno establecido de manera soberana por Dios mismo para la humanidad.
Si lo piensas un poco, mucho de lo nuevo que la cultura exalta como la gran revolución, toda ideología que se presenta como la respuesta que faltaba o la nueva esperanza, es en realidad una protesta, un acto de rebeldía, un enfrentamiento frontal a una realidad inconmovible que el apóstol Pedro nos ayuda a clarificar a través de una cita en donde él menciona a Isaías, en 1 Pedro 1:24-25.
"Los seres humanos son como la hierba. Su belleza es como la flor del campo. La hierba se seca y la flor se marchita. Pero la palabra del Señor permanece para siempre. Y esta palabra es el mensaje de la buena noticia que se les ha predicado."
Por lo tanto, esta oposición del mundo viene a ser una desviación del mandamiento de Dios. Y por lo tanto, nosotros debemos reconocer que vivimos permanentemente enfrentados a una oposición que desvía lo que Dios ha dicho, no que presenta una idea completamente nueva, sino que siempre es una desviación, muchas veces sutil, muchas veces muy amplia, muchas veces vergonzosa de lo que Dios ha dicho. Pero siempre será una desviación.
Por lo tanto, aquí viene el otro aterrizaje. Yo necesito, debido a la oposición permanente a lo que nosotros nos vemos enfrentados, precisión con respecto a lo que Dios ha dicho. Yo necesito conocer con precisión la palabra de verdad, porque de otra manera yo voy a ser desviado también, yo voy a perder también el rumbo. Y es importante que, si yo tengo una vida favorecida, si mis ojos han sido abiertos, si he sido alimentado, entonces tengo que estar muy atento a aquellas cosas que se desvían de los mandamientos de Dios. Tengo que tener muy claro lo que la palabra eterna de Dios afirma.
De tal forma que él pide, y miren el verso 22, él dice: "Quita de mí el oprobio y el desprecio, porque yo guardo tus testimonios."
Ay, hermanos, a veces nos gustaría que todo el mundo nos acepte, ¿verdad? Que todo lo que nosotros anunciamos de la palabra del Señor, la gente diga amén en la calle. Quisiéramos ser grandes influencers, ser aceptados popularmente con muchos likes. Eso es imposible. No en este mundo, no en la vida que hemos decidido caminar con el Señor. El camino que hemos decidido seguir es un camino angosto, no el camino ancho. Y por eso el salmista dice: "Quita de mí el oprobio y el desprecio."
En esta petición, él está pidiendo: "Señor, aleja de mí todo lo que me distraiga mientras yo guardo tus testimonios." La palabra "quita de mí" es una palabra muy interesante, porque tiene que ver con algo que rueda lejos. Le está diciendo: "Haz rodar lejos todas aquellas voces de la gente que se opone continuamente a lo que tú has afirmado, porque yo me quiero dedicar a guardar tus testimonios."
Y yo creo que esa es una realidad que nosotros también debemos vivir. A veces estamos muy atentos a la oposición, a veces estamos muy atentos a las palabras que se desvían del conocimiento verdadero de Dios. A veces estamos muy atentos al rechazo que recibimos frente a la confesión de nuestra fe. Sin embargo, el salmista con claridad le dice: "Señor, quita de mí el oprobio y el desprecio, porque yo guardo tus mandamientos." Él hace esa petición porque no quiere que nada lo distraiga de los testimonios de Dios. No hay que perder el tiempo llenándonos la cabeza con la opinión que tienen los demás de nuestra fe, ni dándole mente a los insultos. Lo mejor es llevarlo al Señor en oración. Siempre serán preferibles las declaraciones eternas de Dios que los menosprecios temporales de los hombres.
A veces nosotros nos distraemos, hermanos, escuchando y prestándole demasiada atención a los soberbios de este mundo que desvían los mandamientos del Señor. Y aquí nos encontramos con el último aterrizaje. Vamos con el tiempo justo.
Verso 23: "Aunque los príncipes se sienten y hablen contra mí, tu siervo medita en tus estatutos."
No solamente se trata de las opiniones de la gente común, sino que ahora va un poco más allá y dice: "Aunque los príncipes se sienten y hablen contra mí." Aquí debemos encontrar un poco de contexto y un poco de la sutileza del pasaje. La palabra "príncipe" en este caso no es un título nobiliario decorativo como los príncipes de nuestro tiempo, que están dedicados a inaugurar lugares y a participar en eventos. Esta palabra revela más bien a personas con mucha autoridad: gobernantes, señores, administradores con poder.
Estas personas, dice, se sientan. Y esto no habla de que los príncipes se sienten frente a una charla de café. Cuando habla de sentarse, da la idea de que ellos van a sentarse en juicio, que se presentan como jueces, que van a dar un veredicto en contra del siervo de Dios. "Aunque los príncipes se sienten y hablen contra mí, tu siervo medita en tus estatutos."
Esta realidad tiene que ver con el hecho de que somos siervos de Dios y el Señor se encarga de nuestros asuntos. ¿Ustedes lo han pensado así alguna vez? Que nosotros podemos estar tranquilos porque, como siervos de Dios, aunque los príncipes se sienten y hablen mal contra nosotros, nosotros podemos seguir meditando en sus mandamientos, porque el que se encarga de ellos es nuestro Dios. Él está a cargo de nuestros asuntos. Nosotros podemos seguir meditando en sus estatutos.
Nuevamente, leyendo a Spurgeon me encontré con esta frase con respecto a este pasaje, que me parece genial. Él dice: "La chusma de príncipes no merece ni cinco minutos de atención, si esos cinco minutos debían restarse a la santa meditación. Es muy bello observar las dos escenas: los príncipes sentados para reprocharle al salmista, y el salmista sentado con su Dios y su Biblia, respondiéndoles a sus difamadores con su silencio. Quienes se alimentan de la palabra se fortalecen y encuentran paz, y por la gracia de Dios se mantienen a salvo de la contienda de lenguas." Fabuloso.
Es interesante la imagen que él presenta: los príncipes sentados para reprocharle al salmista, y el salmista sentado con su Dios y su Biblia, respondiéndole a sus difamadores con silencio. Hermanos, a veces nosotros estamos demasiado intranquilos, tan intranquilos que no tenemos tiempo para la palabra de Dios, porque hay tantos asuntos que resolver. Tenemos tantos juicios en nuestra contra, tantos deberes, tanto trabajo, que pensamos que nosotros estamos a cargo de nuestra propia vida.
Pero el Señor nos dice en su palabra que aunque los príncipes se sienten para hablar en contra, yo, calladito, sigo meditando en sus estatutos. Y de eso se trata. Eso es lo que el salmista nos presenta como una alternativa: reconocer, en primer lugar, que Dios es el que camina con nosotros; en segundo lugar, que Él ha dejado su palabra para alimentarnos; y en tercer lugar, que el Señor puede llevar y dejar lejos todos aquellos insultos contra mí.
En cuarto lugar, entender que todos nuestros asuntos están en las manos del Señor, de tal manera que podemos escuchar al salmista cuando nos dice: "Estate quieto y mira que yo soy Dios. Estate quieto y mira que yo soy Dios."
Entonces, esta afirmación es una afirmación extraordinaria que nos va llevando y nos va acercando al compromiso final que nosotros encontramos en el verso 24. El verso 24, como yo les he mencionado siempre, es el último verso en donde se señala el compromiso del salmista para con su Dios. En todo lo anterior, en todos los obstáculos, Dios es el que resuelve. ¿Se dieron cuenta? Dios es el que resuelve. En todos los casos, Dios es el que resuelve. ¿Qué me toca a mí?
En el verso 24 dice: "También tus testimonios son mi deleite, ellos son mis consejeros." Pero aquí tenemos que hacer una salvedad, porque recuerden ustedes que este salmo no empieza en esta sección, sino que empieza en cada una de las secciones anteriores. De tal manera que yo quisiera recordar con ustedes el compromiso que el salmista va haciendo en cada una de las secciones.
En el verso 8 de la primera sección, él dice: "Tus estatutos guardaré, no me dejes en completo desamparo." Los que estuvieron aquí todavía recuerdan ese sermón. Nosotros vimos que otra versión decía: "Señor, no te des por vencido conmigo." ¿Lo recuerdan? Señor, no te des por vencido conmigo. Era el pedido de alguien que todavía está empezando y le dice: "Señor, yo te prometo que en el futuro tus estatutos guardaré. No te des por vencido conmigo."
En el verso 16, que es el otro compromiso de la segunda sección del salmo, dice: "Me deleitaré en tus estatutos y no olvidaré tu palabra." Ahora ya no se trata de guardar, sino de deleitarse, encontrar la frescura de la palabra de Dios. Y cuando en la sección anterior le pedí al Señor: "Señor, no te olvides de mí", en esta sección él dice: "Señor, yo no me voy a olvidar de ti. Señor, yo me comprometo en no olvidarme de ti, no olvidarme de tu palabra."
Pero si lo notamos con claridad, en las dos secciones, tanto en Alef como en Bet, todas son hacia el futuro: me deleitaré, no olvidaré, guardaré. Sin embargo, aquí sucede un cambio radical. En el verso 24 él dice: "También tus testimonios son mi deleite." Esa es la realidad del disfrute de la palabra de Dios. Yo tengo placer, fascinación, un gozo entrañable. La palabra de Dios es un hecho en mi vida. Yo la puedo ver, veo las maravillas de tu ley. Yo me deleito en aquello que tú nos has dejado. Disfruto el conocer tu palabra.
Pero ya no es solamente eso, sino que dice: "Tus testimonios son mis consejeros." Y aquí hay un último detalle sutil que nosotros debemos mantener. ¿Ustedes recuerdan a los príncipes del verso 23? "Aunque los príncipes se sienten y hablen contra mí." La palabra hebrea que se utiliza para "consejeros" habla del consejo real o el cuerpo de ministros que aconsejan al rey. En contraposición a los príncipes que hablan en su contra, él encuentra en los testimonios de Dios y sus consejos lo que él necesita para poder vivir, como si fuera un consejo real.
Y hermanos, si nosotros vamos a la palabra y descubrimos todos los consejeros que nosotros tenemos aquí, tenemos a Abraham, tenemos a Moisés, tenemos a Josué, tenemos a Jeremías, tenemos a Ezequiel, tenemos a Daniel, tenemos a Pablo, tenemos a Pedro, tenemos a Juan, tenemos al Espíritu Santo guiándonos a toda verdad, tenemos a Jesucristo, el Logos, la palabra de Dios, por quien se creó todo el universo, como nuestro consejo central para guiarnos por la vida. No hay nadie que se oponga a nosotros porque tenemos en la palabra de Dios ese consejo que nos puede llevar por la vida para caminar con Él y vivir la vida fecunda, duradera, con los ojos abiertos, caminando con el Señor, porque los testimonios de Dios son nuestros consejeros.
Que esta breve reflexión sea una oportunidad para pensar en nuestros propios obstáculos, en nuestras propias debilidades, y para comprometernos con el Señor para vivir y caminar con Él. Amén.
Oremos al Señor. Señor, yo quiero darte gracias por el testimonio de tu palabra. Gracias, Señor, porque nuestros anhelos se pueden hacer una realidad contigo. Gracias, Señor, porque nosotros te hemos pedido que nuestra vida sea favorecida, porque por nosotros mismos no podemos hacerlo, pero te damos gracias porque somos templo del Espíritu Santo, porque la vida de Cristo more en nosotros, porque la vida del resucitado está en nosotros. Gracias, Señor, porque a través de tu Espíritu Santo podemos abrir nuestros ojos y contemplar las maravillas de tu ley.
Pero Señor, ayúdanos a caminar de la mano contigo. Ayúdanos, Señor, a descubrir los mandamientos de tu propia voz en medio de los dilemas de nuestra vida. No se trata simplemente de que sepamos lo que tú tienes para nosotros, sino que lo sepamos por ti, que lo caminemos contigo, que tu promesa de estar con nosotros siempre se haga real y duradera. Señor, también reconocemos que muchas veces nosotros estamos en un estado de inanición espiritual porque no nos acercamos a tu palabra. Por favor, Señor, que aunque digamos que quebrantada está nuestra alma, nosotros podamos alimentarnos con la palabra de Dios, que dejemos la comida chatarra del mundo y que dediquemos más tiempo y espacio, como bebés espirituales, a desear con fuerza y a pedir a gritos la leche pura de la palabra de Dios para que crezcamos en toda nuestra salvación.
Aleja de nosotros toda oposición, Señor, mientras nosotros meditamos en ti. Reconocemos que aunque puede haber un consejo de príncipes en nuestra contra, nosotros tenemos los más grandes consejeros en la palabra de Dios. Ayúdanos a recurrir a ellos en todo tiempo, a escuchar tu voz, a ser guiados por el Espíritu Santo, mientras caminamos contigo y disfrutamos, Señor, de esta vida en la que somos peregrinos. Estamos de paso, pero no estamos solos, sino que caminamos contigo. Gracias, Señor. Gracias te damos en el nombre de nuestro Salvador, nuestro Señor Jesucristo. Amén. Amén.
El Señor les bendiga, hermanos. Gracias por acceder a este recurso. Espero que haya sido de gran bendición para tu vida. Te sugiero que te suscribas a este canal de forma que puedas recibir notificación la próxima vez que hayamos subido un nuevo recurso que pueda servirte de instrucción y bendición.
José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024). Ha servido como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en la República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú, donde enseña en el Instituto Integridad & Sabiduría y colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.