Statamic
Sermones

Cristo: el resplandor de Su gloria

Miguel Núñez 6 abril, 2026

En estos últimos días, Dios ya no habla por medio de profetas con revelaciones parciales y progresivas, sino que ha hablado definitivamente por medio de su Hijo. Esta es la afirmación central con la que abre la carta a los Hebreos: Cristo es la revelación final, el punto cumbre del plan de redención. Mientras cada profeta del Antiguo Testamento pudo haber cerrado su mensaje con un "continuará", Cristo vino a traer la palabra definitiva, confirmando lo anterior, aclarando confusiones y corrigiendo errores doctrinales.

La carta a los Hebreos empaca en sus primeros tres versículos nueve declaraciones extraordinarias sobre Jesús: él es el último profeta, el Hijo de Dios, heredero de todas las cosas, creador del universo, el resplandor de la gloria divina, la representación exacta de la naturaleza del Padre, quien sostiene todas las cosas con su palabra, quien llevó a cabo la purificación de los pecados, y quien ahora está sentado a la diestra de la majestad en las alturas. Esta carta presenta sistemáticamente a Cristo como superior a los ángeles, a Moisés, a Josué, a Aarón y a Melquisedec.

El pastor Núñez destaca que conocer a Cristo transforma la obediencia. Mientras más lo conocemos, más lo amamos; mientras más lo amamos, mejor le obedecemos. El problema de la desobediencia no es solo rebeldía, sino falta de conocimiento profundo de quién es él. Esta serie sobre Hebreos, titulada "Cristo, la gloria de los siglos", busca precisamente eso: contemplar a Cristo para ser transformados por ese encuentro.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Señor, ayúdanos en esta mañana a recordar la resurrección de tu Hijo. Ayúdanos a recordar su ascensión a los cielos y aun su sesión, cuando Él se sentó a tu diestra en reconocimiento de la obra maravillosa que Él logró a favor nuestro.

Señor, yo te pido que tú seas con nosotros en el inicio de esta exposición de esta carta a los Hebreos, de esta serie. Señor, tú sabes que toda la semana te venía diciendo que mi único temor es que yo no pueda exaltar a Cristo hasta donde Él merece y hasta donde esta carta quiere hacerlo. De tal manera que te pido que tú seas con tu siervo de manera muy especial, que pongas sabiduría en él, que inspires las palabras con las cuales él debiera abrir su boca para exaltar a tu Hijo, que edifique a tu pueblo, que nosotros podamos salir de aquí con mejor entendimiento de quién Él es, habiéndolo visto mejor y, por consiguiente, estando apasionados por Él. Que nuestra obediencia sea motivada por el amor que ha surgido como consecuencia de contemplarlo.

Sé con tu pueblo en esta mañana. Ayuda al predicador. Mira que él es polvo y al polvo volverá. Sé con él, gobiéralo por medio de tu Palabra y por medio de la llenura de tu Espíritu. En Cristo Jesús, y su pueblo dice: amén.

Amén. Bendiciones. Dios sea con nosotros en esta mañana a través de su Palabra. Que te regale un encuentro con Él, porque al fin y al cabo a eso viniste: a encontrarte con nuestro Dios. Yo creo que todos estamos bien apercibidos. Hemos sido recordados a lo largo de toda la semana de que hoy es el domingo de resurrección, de que hoy es un día glorioso para la iglesia, un día muy recordado en el calendario cristiano.

Este es un hecho que —bueno— tanto la crucifixión de Cristo como la resurrección, que no solamente la Palabra declara, sino también documentos de la antigüedad, nos confirman. El Señor Jesucristo anunció ambos eventos, la crucifixión y la resurrección, a sus discípulos. Ellos no lo creyeron. En algunos casos, yo diría que ni siquiera lo aceptaron, no lo entendieron tampoco, y la falta de aceptación hizo que en un momento dado el apóstol Pedro se interpuso, tratando de evitar que Cristo llegara a Jerusalén, como todos sabemos. Y es ahí donde Cristo lo interpela, lo detiene y le dice: "Pedro, ¿sabes qué? Que el Señor te reprenda." Más bien usó el nombre Satanás, sabiendo que Satanás estaba usando a Pedro en ese momento. "Y el problema tuyo, Pedro, es que no tienes en cuenta las cosas de Dios, sino las cosas de los hombres."

Y luego entonces de esa crucifixión y resurrección, Cristo asciende; a eso es a lo que llamamos su ascensión. El libro de los Hechos, capítulo 1, habla de ella: que mientras Él ascendía, estos hombres que estaban con Él lo seguían con los ojos. Y al mismo tiempo, podemos decir que al final de su ascensión, Cristo se sentó —declara la Palabra— y esa fue su sesión. Y cada año nosotros recordamos esto a través de las Escrituras, porque no es algo que nosotros debiéramos olvidar.

Nosotros habíamos anunciado desde el domingo anterior, y creo que el pastor Luis volvió a hacerlo en el día de hoy, que hoy estamos iniciando una nueva serie. Y yo creo que es un día muy especial —el día de la resurrección de Cristo— para hablar de una carta que hace precisamente eso: exaltar a Cristo hasta lo sumo. Esta es una carta que está muy cerca de mi corazón. Yo la prediqué hace 27, 28 años atrás, cuando apenas comenzábamos la iglesia. La primera serie que hicimos fue acerca del carácter de Dios. La segunda serie fue acerca de esta carta a los Hebreos, porque entendía que había mucha gente de trasfondo católico que estaba viniendo a la iglesia y que necesitaba entender mucho mejor de qué manera el Antiguo Testamento había quedado atrás y que ahora había un nuevo pacto en su sangre.

Pero después de 27 años, es mucha la gente que aquí está. De hecho, yo diría que una minoría muy pequeña es la que está con nosotros en el día de hoy que estuvo en aquella serie, de manera que valdría la pena volver a revisarla. Yo tengo quizás varios meses con gran deseo de poderla exponer, y hemos titulado la serie: *Cristo, la gloria de los siglos*. Amén. Y el mensaje de esta mañana, por algo que está en el texto que eventualmente leeremos, lo hemos titulado: *Cristo, el resplandor de su gloria*.

Recuerda que luego de su humillación, la Palabra nos dice en Filipenses 2 que Dios lo exaltó hasta lo sumo, precisamente por lo que Cristo logró hacer, derrotando los poderes de las tinieblas. Y que, una vez terminada la obra, Dios lo exalta hasta lo sumo. Dice el versículo 9 de Filipenses 2: "Por lo cual Dios también lo exaltó hasta lo sumo y le confirió el nombre que es sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla de lo que está en el cielo, y en la tierra, y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor, para la gloria de Dios Padre."

De manera que cuando Cristo termina su obra de redención, Él es encumbrado por el Padre. Y ahora lo que nosotros queremos hacer a través de la serie de los Hebreos es reconocer esa posición encumbrada que Dios le confirió cuando se sentó a su diestra. Allí, a la diestra del Padre, Él reina como Rey soberano, dirigiendo todos los pormenores de la historia. Pero Él también está a la diestra del Padre, como el texto lo dice en la Palabra, para interceder por nosotros. Romanos 8:34 nos recuerda que Él es nuestro intercesor. De manera que cuando tú no sabes cómo orar, Cristo está también intercediendo por ti.

Ahora hay algo más, y es que Juan en su primera carta —ya cuando estaba bien viejito, pero bien conectado, había caminado mucho con el Señor— nos recuerda en 1 Juan 2:1 que Él es también nuestro abogado, pero lo dice en un contexto extraordinario que quizás no esperaríamos, y es que si pecamos, abogado tenemos frente al Padre. ¡Wow! Tenemos un intercesor y tenemos un abogado para cuando yo peco: alguien que pueda entenderme y quizás hasta defenderme delante del Padre. ¡Wow! De ese Cristo es del que esta carta habla.

Yo quiero darte algunas generalidades de la carta. Ojalá las generalidades sirvan para abrir tu apetito. Yo escuché en una ocasión al Dr. Arcius Frol, uno de nuestros mejores teólogos contemporáneos, decir que esta carta compite con la carta a los Romanos en términos de su peso teológico, y eso no es poca cosa viniendo precisamente de este gran hombre de Dios que murió hace unos años atrás.

Por otro lado, 500 años atrás, Juan Calvino nos decía que no hay otro libro en las Santas Escrituras que hable tan claramente del sacerdocio de Cristo, que exalte tan espléndidamente el poder y la dignidad del sacrificio único que Él ofreció a través de su muerte, que lidie más apropiadamente con el uso y la abrogación de las ceremonias, y que en resumen explique más cabalmente que Cristo es el fin de la ley. ¡Wow!

Ahora, en cuanto a su formato: la carta —no sabemos si fue realmente una carta— no tiene el formato de una carta. Por eso acabo de hacer la aclaración, porque usualmente las cartas de la antigüedad, y las cartas de Pablo, lo primero que hacen es identificar a su autor con nombre. Eso no está. Luego tienden a identificar su audiencia; "a los santos en Filipos", por ejemplo, escribió Pablo en un momento dado. Esta carta tampoco tiene algo como eso. Entonces se hace difícil tener claridad acerca de la audiencia. Sin embargo, en la medida en que tú revisas la carta, te percatas de que definitivamente esta carta debió haber sido enviada a un grupo de hermanos hebreos.

En otras palabras, hebreos cristianos, personas que habían crecido en el judaísmo, que recibieron el evangelio, lo abrazaron, se convirtieron, nacieron de nuevo, y por eso la carta se llama "A los Hebreos".

Por otro lado, es posible, de acuerdo a lo que leemos en la carta, que entre ellos había algunos también genuinamente nacidos de nuevo, pero todavía un tanto confundidos en cuanto a si en verdad debían agregar algunas cosas del judaísmo pasado a la fe cristiana, porque quizás no les quedaban claras, todavía no las tenían bien entendidas.

Pero todavía otros piensan, y yo creo que es muy posible, sobre todo si este grupo era numeroso, que hubiera algunos hebreos o gentiles que estaban intelectualmente convencidos de la veracidad de la fe cristiana. En otras palabras, en su mente entendían que esta fe cristiana era real, pero no estaban todavía dispuestos a pagar el precio, y por consiguiente no la habían abrazado. No habían abrazado la fe. Eran profesores de la fe. Profesaban la fe, pero no eran poseedores de la fe. No habían nacido de nuevo. Y yo creo que eso siempre ha sido así a lo largo de los siglos; o sea, no es la primera vez.

Desde el punto de vista lingüístico, los académicos del griego nos dicen que este es el griego más puro de todo el Nuevo Testamento, incluso más pulido que el griego del apóstol Pablo.

Desde el punto de vista temático, yo creo que hemos comenzado a decir, y lo veremos más en detalle, que el Espíritu Santo que inspiró esta carta lo hizo justamente para exaltar a la persona de Cristo después de haber ascendido a su diestra, después de haber descendido al abismo y ascendido entonces a los cielos. Ahora se hace necesario poder dar a conocer a este personaje de una mejor manera. Y la razón por la que yo creo que esto es vital es porque mientras más conoces a Cristo, más amas a Cristo; y mientras más amas a Cristo, mejor obedeces a Cristo.

Déjame hacer eso de atrás para adelante. Mi problema de desobediencia no es tanto un problema de rebeldía, aunque lo es. Mi problema al desobedecer es que yo no amo a Cristo como debiera amarlo. Y no amo a Cristo por una razón muy sencilla: es que no lo conozco. Y si no lo conozco, es porque yo no he rumiado este libro, no lo he meditado, no lo he escudriñado, o todas las anteriores. El autor de Hebreos nos va a ayudar precisamente a llegar a conocer a ese Cristo, para llegar a amar a ese Cristo y poder obedecer de una manera mucho más natural. Yo espero que esto te anime, ¿okay?

Quizás no te anime, pero un par de personas que salieron al final del primer servicio me dijeron que se iban muy animadas. Y yo me alegro, porque esto es lo que esta carta debiera hacer. De hecho, también te puede dejar un tanto preocupado si realmente descubres que quizás eres un profesor de la fe, pero no un poseedor de la fe.

Oye, lo que me pasó al final del primer servicio, ya no quiero dejarlo pasar por alto porque me vino a la mente ahora mismo. Se me acercó un niño que no podía tener más de seis años, de este tamaño, y me dice muy tímido: "Yo quisiera ser cristiano, pero no sé cómo hacerlo." Entonces, yo me puse a explicarle de una manera sencilla que le pidiera a Dios, que le dijera a Dios eso mismo, que le pidiera que le abriera el entendimiento, y le expliqué más o menos. ¿Sabes lo que me dijo?

"Es que yo como que quiero, pero mi cuerpo no quiere."

No, no te rías, porque esta es la realidad de una gran cantidad de adultos: su mente lo entiende, su mente entiende que sería bueno, pero las pasiones del cuerpo no lo quieren. Ahí conversamos un poco más. Ora por él. Yo no tengo su nombre, mejor así, pero ora por él.

En cuanto al autor de la carta, no sabemos con exactitud. De hecho, en el siglo II, Clemente de Alejandría pensó que la carta había sido escrita por el apóstol Pablo en hebreo, y que el doctor Lucas la había traducido al griego. En el siglo III, Orígenes pensó que la carta no representaba las enseñanzas de Pablo. En el siglo IV, Eusebio la incluyó dentro de las catorce cartas del apóstol Pablo, el gran Eusebio, historiador de la Iglesia.

Entre el siglo IV y el siglo V, tanto Agustín de Hipona como Jerónimo, el traductor de la Biblia al latín —la Vulgata—, pensaban que realmente esta carta representaba o era de la autoría de Pablo. Y por el peso e influencia que tanto Jerónimo como Agustín tuvieron, a lo largo de la historia de la Iglesia la gran mayoría ha llegado a pensar que esta carta fue escrita por Pablo, aunque más recientemente creo que hay más académicos que disienten de esa posición.

Pero una de las razones por las que tanto Agustín como Jerónimo y otros han llegado a pensar que esta carta probablemente la escribió Pablo —hay varias razones, pero una en particular— es algo que aparece al final, en el capítulo 13, donde el autor pide oraciones por él, estando convencido de que su conciencia estaba limpia. Esa es una frase muy paulina que aparece en más de una de sus cartas: que en su conciencia no tiene cargo de conciencia, que está convencido de que no hay nada que él haya hecho mal, aunque tendría que esperar al final de los tiempos para saber si realmente era así.

Pasaron mil años después de Agustín y Jerónimo, y Martín Lutero y Juan Calvino vinieron con la Reforma y entendieron que Pablo no fue el autor de esta carta. Pero decía yo esta mañana que si hay algo de lo que estamos seguros es que esta carta fue escrita, en un sentido, por un autor que conocemos: el Espíritu de Dios, que inspiró toda Escritura. Y la consistencia de esta carta con el resto de las Escrituras es monumental.

De manera que ahora tenemos una mejor idea de quién la escribió o no la escribió, y tenemos una idea de quiénes probablemente estaban en la mente del autor como audiencia cuando escribió lo que escribió. Y decía, ¿verdad?, que es muy probable que entre ellos hubiera profesores de la fe y no poseedores de la fe, porque yo creo que eso es verdad en todas las iglesias, a menos que el grupo sea muy pequeño y muy comprometido. De hecho, aun en la época de Cristo, eso fue así.

La pregunta siempre ha sido la misma: ¿tú crees la Biblia o vives la Biblia? Porque si no la vives, no la crees. De hecho, eso fue lo que Cristo dijo, o lo que enseñó en el Sermón del Monte; en breve lo dijo dos veces: "Por sus frutos los conocerán." Si vive la Biblia, entonces por esos frutos los conocerán. Mateo 7:16 y 7:20. E inmediatamente después, en el 7:21, nos dice que no todo el que le llama "Señor, Señor" entrará al reino de los cielos, sino solo el que hace la voluntad de mi Padre entrará en el reino de los cielos. Ahí está. Entonces, la obediencia siempre ha sido la marca distintiva del discípulo.

Y sin lugar a dudas, el tema central —ya yo vengo mencionando esto desde el principio— el tema central de esta carta es la superioridad de Cristo por encima de todo y de todos: de todo personaje, pero también de toda religiosidad, de todo ritual, de todo sacrificio, del mismo tabernáculo y todo lo demás.

Cristo representa el punto cumbre del plan de redención. Es como si te imaginaras el drama de la redención, la historia de la redención, como una montaña. Comenzamos a subir, y subes y subes y subes, y al final, en el tope, en el pico de la montaña, te encuentras con la cruz de Cristo. Y allá arriba Él dijo: "Tetelestai, todo está consumado." Ahora hay que bajar por el otro lado, por la ladera, pero en esencia lo que queda es que Dios pueda recoger, a través de sus diferentes siervos, a aquellos que Él había elegido desde toda la eternidad. Pero la obra había sido terminada.

Ahora, déjame resumirte cómo es que este libro presenta a Cristo y su superioridad. Cristo es superior a los ángeles: capítulos 1 y 2. No te voy a dar los versículos para no confundirte más. Cristo es superior a Moisés: capítulo 3. Es superior a Josué: capítulo 4.

Josué es quien entra al pueblo a la tierra prometida. Cristo es quien nos entra a nosotros a la tierra prometida en gloria. Cristo es superior a Josué. Es superior a Aarón, el sumo sacerdote, a quien Cristo reemplazó. Y hoy él es nuestro sumo sacerdote, y eso aparece en los capítulos 4 y 5. Él es presentado como superior a Melquisedec, aquel personaje, aquel sacerdote un tanto enigmático con quien se encuentra Abraham y a quien Abraham le pagó diezmo. Y cuando Cristo vino, vino conforme a la orden de Melquisedec. Bueno, Cristo es superior a él. Capítulo 7.

Cristo es mediador de un mejor pacto. Capítulos 8 y 9. Es superior a la ley y representa el fin de la ley, y leemos eso en el capítulo 10. Esta es como la superioridad de Cristo presentada a lo largo de todos estos capítulos. Pero en el ínterin hay una serie de advertencias que el libro tiene, por lo menos tres. Y una de esas advertencias aparece tempranamente en el capítulo 2, y le habla —el autor de Hebreos le habla— a aquellos que corren el riesgo de desviarse paulatinamente, sutilmente, sin darse cuenta. En inglés la traducción dice *to drift away*. Cuando tú estás *drifting*, cuando estás desviándote sutilmente, es como cuando estás manejando, estás como medio dormitando, te estás desviando lentamente, pero tampoco te estás dando cuenta. Y el autor de Hebreos dice: "Ey, tengan cuidado de que eso no le pase a alguno de ustedes." Y eso está en el capítulo 2.

Por otro lado, nos advierte acerca de aquellos que endurecen su corazón, y nos habla de eso en el capítulo 4. Ahora, la manera como la persona endurece su corazón no es que el ser se detiene en un momento dado y dice: "Voy a endurecer mi corazón contra Dios." No, eso no es como él lo hace. La manera como nosotros endurecemos nuestros corazones es precisamente entrando en la práctica de pecado y permaneciendo en la práctica de pecado suficiente tiempo, hasta que nuestra conciencia se va haciendo cada vez menos sensible a la voz de Dios. Y el autor de Hebreos nos advierte tanto en el capítulo 4 como en el capítulo 10 y nos dice: "Si hoy oís su voz, no endurezcas tu corazón." En otras palabras, si tú oyes que Dios te habla hoy por medio de su palabra, por medio de un texto que leíste, no lo ignores, no lo pongas a un lado, no le pases por arriba, no endurezcas este corazón.

Y en el capítulo 5 aparece una advertencia muy peculiar, porque nos habla del peligro de permanecer en la infancia espiritual por medio del consumo de la leche, sin nunca consumir el alimento sólido, recordándonos que el alimento sólido es para aquellos que tienen los sentidos ejercitados para poder discernir el bien del mal. Y si yo permanezco en la infancia espiritual 5, 10, 15, 20 años después de estar en la fe cristiana, yo voy a cometer una serie de errores o de pecados, voy a tomar una serie de malas decisiones, precisamente porque yo no tengo criterio para discernir lo que está bien o lo que está mal. Esas son tres de estas advertencias que aparecen en el libro.

Pero hay dos capítulos que a mí me encantan. Bueno, me encanta prácticamente cada uno de ellos en esta carta, pero hay dos en particular que yo creo que son de mucho estímulo. Uno es el capítulo 11, que ha sido llamado el salón de la fama de la fe, donde se nos presenta una serie de individuos como Moisés, que por la fe dejó, abandonó, prefirió dejar a un lado los tesoros de Egipto para sufrir junto con todo el pueblo, por la fe, por las promesas que Dios le había hecho. Personas que, por otro lado, como una Rahab —incluso Rahab aparece ahí—, que escondió a los dos espías que pertenecían al pueblo de Israel. Cómo por la fe cada uno de estos personajes avanzó. Abraham le creyó a Dios. Creyó a pesar de la edad que tenía. Creyó a pesar de cierta duda que tenía, pero le creyó a Dios. Pensó que aquel que promete siempre entrega lo que promete. Y cómo cada uno de ellos corrió hasta el final creyendo las promesas, sin nunca haber recibido ni una sola de ellas, pero creyeron en las promesas, estando seguros de que fiel es Dios para entregar lo que ha prometido. El salón de la fama de la fe.

Y el capítulo 12 es un capítulo que debe estimular al verdadero creyente, porque es un capítulo que por un lado nos llama a correr bien, dado el hecho de que tenemos una gran nube de testigos, pero al mismo tiempo nos recuerda que cuando no caminamos bien, Dios nos disciplina, y que la disciplina de Dios es una forma de cómo Dios nos ama. Hermanos, yo he tenido personas en consejería que me dicen: "Pastor, yo estoy bajo la disciplina de Dios", y se sienten tan tristes, están tan cabizbajos, se sienten tan culpables. Hermano, la palabra de Dios te dice que si tú te sientes bajo la disciplina de Dios, anímate, porque eso implica que tú eres un hijo legítimo, porque Dios azota a todo el que es un hijo. Tu problema está cuando no estás caminando bien y no tienes la disciplina de Dios. De manera que el capítulo 12 a mí me anima mucho, porque cuando me siento bajo la disciplina de Dios, digo: "Gracias, Dios, por amarme y no dejarme como yo soy."

Esta es como la generalidad de la carta. Ahora yo quiero leerte tres versículos de Hebreos 1. Yo he titulado el mensaje de hoy: "El resplandor de Cristo, el resplandor de su gloria", dentro de la serie "Cristo, la gloria de los siglos." No vamos a cubrir todos esos versículos de los tres capítulos porque los versículos están como empaquetados de contenido con relación a quién Cristo es. Pero escucha, sígueme ahora desde el capítulo 1, versículo 1 en adelante.

"Dios, habiendo hablado hace mucho tiempo, en muchas ocasiones y de muchas maneras a los padres por los profetas, en estos últimos días nos ha hablado por su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas, por medio de quien hizo también el universo. Él es el resplandor de su gloria y la expresión exacta de su naturaleza, y sostiene todas las cosas por la palabra de su poder. Después de llevar a cabo la purificación de los pecados, el Hijo se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas, siendo mucho mejor que los ángeles, por cuanto ha heredado un nombre más excelente que ellos."

Pero tú notaste, cuando leíste esos versículos, todo lo que el autor de Hebreos empaca en tan pocas líneas acerca del Hijo. Nueve cosas él dice acerca de Jesús. Número uno: Jesús es la revelación final de Dios, el último profeta. Número dos: él es el Hijo de Dios. Número tres: el heredero de todas las cosas. Cuatro: el Creador de todo lo que existe. Cinco: él es Dios, porque es el resplandor de su gloria. Seis: él es la representación exacta de su naturaleza; no hay nada en el Padre que no esté en el Hijo, absolutamente nada. Siete: él es quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder; el universo que tú ves está sostenido por la palabra de Cristo. Ocho: él fue quien llevó a cabo la purificación de los pecados de todos los escogidos de Dios. Y nueve: él es la autoridad suprema, el soberano del cielo y la tierra, ya que el Padre le confirió el privilegio de sentarse a su diestra.

El autor de Hebreos caracteriza a Cristo de nueve formas diferentes. Si nosotros tuviéramos el tiempo, pudiéramos detenernos y hacer un mensaje por cada una de esas afirmaciones que el autor de esta carta hace, pero vamos a tratar de resumir una gran parte en el día de hoy y el resto la próxima semana. Yo quiero que en primer lugar notes que Cristo es la revelación final de Dios, o el último profeta. Escúchenlo en el versículo 1: "Dios, habiendo hablado hace mucho tiempo, en muchas ocasiones y de muchas maneras a los padres por los profetas, en estos últimos días nos ha hablado por su Hijo." Durante todo el Antiguo Testamento, Dios habló a su pueblo por medio de los profetas, y lo hizo de diferentes maneras, en diferentes ocasiones.

Déjame darte un par de ilustraciones para que pueda ver las diferentes maneras como Dios lo hizo. Si tú piensas en Moisés, el texto nos dice, el texto del Éxodo, que Dios hablaba con Moisés como no hablaba con ningún otro profeta, que lo hacía cara a cara. No sé exactamente cómo eso se daba, pero eso es lo que el texto dice.

Moisés entraba en el tabernáculo, el tabernáculo se cerraba, la entrada estaba prohibida. Ahí adentro Dios hablaba con Moisés y le comunicaba lo que Moisés tenía que comunicarle al pueblo. Dios no hablaba con el pueblo. Moisés era un intermediario entre el pueblo y Dios. Hasta tal punto que en un momento dado, cuando Dios amenazó con destruir al pueblo, Moisés fue el intermediario, la persona que intercedió y paró a Dios, por así decirlo; Dios paró su juicio, debido a que Moisés se paró en la brecha.

En un momento dado, Dios le dice a Moisés que llegaría el día en que, en un futuro, él levantaría un profeta como él, y que pondría sus palabras en su boca, y que todo aquel que no obedeciera a ese futuro intermediario tendría que rendir cuenta delante de Dios. Y esa es la manera como, tan tempranamente como en el libro del Éxodo, Dios estaba anunciando la venida de un intermediario diferente a Moisés, pero en la misma categoría, por así decirlo. Es como del mismo tipo, que vendría y se pararía en la brecha entre el pueblo y Dios Padre. Tú lees eso en Éxodo 18, versículos 15 y 18.

Pero esa no fue la única manera como Dios habló al pueblo. En ocasiones contadas, pero en ocasiones, Dios le pidió a uno de sus profetas que viviera una parábola. Recuerda que una parábola es una historia, pero la historia es usualmente algo creado, no necesariamente algo que pasó; algo creado de elementos de la naturaleza o del común vivir. En el caso de Oseas, Dios decidió pedirle a Oseas que viviera una parábola, y desciende donde Oseas y le dice que baje al mercado de prostitutas, y que consiga allí a una mujer promiscua, y la compre por precio, y la haga su esposa.

O sea, un hombre rendido a los propósitos de Dios hace exactamente como Dios le dice. Él bajó al mercado, la compró por precio, la libertó, la llevó consigo, y después de estar viviendo con ella, ella decide dejar a su esposo y volver al mercado de prostitución. Y Dios vuelve y le dice a Oseas que vaya a buscarla. Y con eso Dios estaba tipificando que Oseas era como Dios, y Gomer, el nombre de su esposa, era como todos ellos, porque Dios se había casado con la nación de Israel.

En un momento dado, Dios dice que le dio carta de divorcio y que, a pesar de la fidelidad de Dios como esposo, la nación de Israel había cometido adulterio al irse detrás de dioses ajenos. Eso ha cambiado hoy, porque la iglesia es su novia y Cristo es el novio. Y cuando los miembros de la novia de Cristo son infieles a Dios, en esencia Dios nos está tachando a nosotros de adúlteros, precisamente por el compromiso que él ha hecho. Y Dios entonces nos recuerda a través de las cartas de Pablo a Timoteo que cuando aun nosotros somos infieles, él permanece fiel.

La única diferencia entre el pueblo de Israel y la iglesia hoy en día es que ellos tenían ídolos que fabricaban de madera, o de plata, o de bronce, o cualquier otra cosa similar. Y nosotros tenemos ídolos que los colocamos en nuestros corazones. Y un ídolo es cualquier cosa, cualquier persona; esa es la palabra o la expresión: cualquier cosa o persona que produce en mí más pasión, más deseo, más deseo de consumir, más deseo de irme detrás de eso hasta lograrlo, que lo que yo experimento y tengo por la persona de Dios. Dios habló en múltiples ocasiones a través de diferentes profetas de forma distinta.

Ya al cierre del Antiguo Testamento, Dios usa al profeta Malaquías para denunciar, por tres o cuatro capítulos, la corrupción de la adoración. De hecho, cuando Cristo viene, en su función de profeta hace exactamente lo mismo, pero en vez de simplemente denunciarla, Cristo viene e invade el cuartel de negocios que habían hecho dentro del templo y les dijo: "Ustedes han hecho de la casa de oración de mi Padre una guarida de ladrones." Y cuando él hizo eso, volteó las mesas y nadie se atrevió a confrontarlo ni a enfrentarlo, a pesar de que eran muchos contra uno. Justamente porque en medio de ellos estaba alguien que no era simplemente un profeta, sino Dios encarnado, con toda la autoridad que debió haber salido de sus labios.

Ahora, en la misma línea de esos profetas vino Cristo, pero Cristo es la última revelación de Dios. Dios nos habló por medio de ellos en el pasado, pero en estos últimos días nos ha hablado por medio de su Hijo. Y la frase "en estos últimos días" comprende, hace referencia al período desde la primera venida de Cristo hasta la segunda venida de Cristo, literalmente hablando. O sea, ya no hay más revelación de Dios que lo que Cristo trajo, y los apóstoles vinieron después y expandieron.

Cada uno de los profetas escribió, y probablemente al final de cada uno de sus libros pudieron haber escrito "continuará en el próximo episodio", porque su revelación era progresiva y parcial. Pero cuando Cristo vino, su revelación era final. Cristo vino e hizo la última revelación de parte de Dios.

Y cuando él hizo eso, número uno, trajo revelación nueva que nadie había traído. De hecho, habló de cosas que estaban dichas en el Antiguo Testamento de una manera, pero estaban escondidas y nadie las entendía. Y entonces él abrió el misterio y nos dejó entender lo que ya había sido antes. Por otro lado, él confirmó lo que los profetas anteriores habían dicho con relación a Dios. En tercer lugar, Cristo aclaró las confusiones que habían surgido como fruto de malos entendimientos. Y refutó incluso aquellas cosas que no simplemente fueron malentendidas, sino que fueron explicadas erróneamente. Y por eso él se atrevió a decir: "Habéis oído que se os dijo, pero yo os digo." De manera que con esto Cristo estaba corrigiendo los errores doctrinales del pasado.

Y si eso no fuera suficiente, Cristo no simplemente dijo: "Yo digo la verdad", como cada uno de esos profetas anteriores pudo haber dicho. Cristo no habló de esa manera. Cristo vino y dijo: "Yo soy la verdad. Yo encarno la verdad. En mí nunca ha habido una posibilidad de falsedad." De hecho, sus enemigos reconocieron eso cuando querían atraparlo. En alguna ocasión, los discípulos de los fariseos fueron donde él y le dijeron: "Maestro, sabemos que tú eres un hombre veraz, que hablas la verdad de Dios con verdad, que no buscas el favor de los hombres. Dinos: ¿debiéramos pagar impuestos al César?" Creían que tenían a Cristo atrapado. Y Cristo dijo: "Denme una moneda. ¿De quién es esa efigie?" "Bueno, del César." "Dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César." Pero tú notaste: sus palabras y sus acciones eran congruentes.

De hecho, Cristo declaró horas antes, de manera sucinta, la razón de su misión en la tierra. Cuando está siendo entrevistado por Pilato, el hombre que creía tener el poder en sus manos para dejarlo ir, Pilato le dice: "¿Tú eres rey?" Dice: "Tú lo dices." E inmediatamente después, como que ni siquiera permitió que Pilato dijera nada más, Cristo pronunció estas palabras: "Para esto yo he nacido y para esto he venido."

En ese momento, cualquiera que hubiese oído eso debió haber parado los oídos y decir: "Espérate, déjame escuchar porque Cristo está a punto de aclarar para qué fue que nació y vino. Para esto yo he nacido y para esto yo he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad." Esa es la única razón.

Y la razón por la que es así es porque yo soy la verdad que Adán dejó caer, y yo soy la verdad que, si la conoces, te hará libre, porque fue la mentira que Adán compró la que te esclavizó del pecado. Entonces Cristo vino justamente a traer ese mensaje de verdad para que el hombre pudiera ser libre. Pero él no solamente trajo un mensaje, él era el mensaje.

En otras palabras, él era el objeto y el sujeto al mismo tiempo del mensaje. Cuando Cristo dijo: "Las Escrituras hablan de mí", en ese momento él era el objeto. Las Escrituras hablan de mí. Yo soy el objeto. Pero cuando Cristo tomó las Escrituras y las expandió, él no solamente era el objeto de las Escrituras, él era el sujeto de las Escrituras.

Y entonces habló en esas ocasiones precisamente de su esencia, de quién él era. Todos los profetas anteriores hablaron de lo que otro dijo: lo que un rabino dijo, lo que la ley dice, lo que Moisés dijo. Pero cuando Cristo vino, él habló de quién él era. Escucha cómo Cristo lo dijo: "Yo soy el pan de vida." Esa es mi esencia, lo que yo soy. "Yo soy la luz del mundo. Yo soy la puerta." Todo el que va a entrar al reino de los cielos entra por mí, o no entra. Si trata de entrar por otro lugar, es un ladrón o salteador.

"Yo soy el buen pastor. Yo soy la resurrección y la vida. Yo soy el camino, la verdad y la vida. Yo soy la vid verdadera." Nadie más habla de esa forma, ni antes ni después. En otras palabras, Cristo estaba diciendo: "¿Sabes qué? Yo soy el final. Dame el micrófono." Mike drop. "En mí se pararon todas las aguas." Ese es el Cristo que el autor debe estar tratando de presentar: Cristo hablando de sí mismo.

Y la razón por la que él tuvo la libertad de hablar de esa manera es porque él era justamente quien la Palabra dice que era y quien él mismo dijo que era. Pero, ¿sabes qué? Cristo dijo: "Yo soy, yo soy, yo soy, yo soy, yo soy." Pero hubo ocasiones donde no fue él quien habló de sí mismo, sino el Padre habló de él. ¿Tú recuerdas? Por lo menos en dos ocasiones: cuando Cristo bajó al Jordán y estaba siendo bautizado, el Padre abrió los cielos y desde arriba se oyó una voz que dijo: "Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia." Tú puedes leer eso en Mateo 3:17.

Pero en una segunda ocasión, cuando Cristo sube con Juan, Pedro y Jacobo al monte de la transfiguración —que recibió precisamente ese nombre porque allí Cristo fue transfigurado—, de repente los discípulos vieron a un hombre cuyas vestiduras se volvieron blancas. Él subió con ropa de color, como era de costumbre, pero de repente era como que ellos lo estaban viendo completamente blanco, toda su vestidura.

Como en una ocasión decía también, si tú piensas en la luz, sabes que la luz es de color blanco, pero la luz contiene los siete colores. Justamente en la luz hay siete colores que están como difusos o fundidos, pero si tú los puedes desdoblar, la luz estaría compuesta de cada uno de esos colores. Lo que nosotros hacemos cuando vemos el azul es que la luz está siendo reflejada por una superficie que luce como azul cuando la luz le da. Pero cuando Cristo se convirtió en la fuente de luz en el monte de la transfiguración, sus ropas perdieron los colores y lo único que se observó fue el color blanco de la luz.

En ese momento los cielos se abren y la voz del Padre vuelve otra vez a ser oída, dando testimonio de su Hijo. Dijo: "Este es mi Hijo amado. A él oíd, a él obedeced, a él seguid. A ningún otro, ningún otro intermediario, ningún ángel, ningún santo, ninguna virgen. A él oíd." Que nadie habló el Padre de esa manera anteriormente.

Entonces, ya tú viste lo primero que el autor de Hebreos nos dice: "En primer lugar, recuerda que él es la última revelación del Padre, el último profeta." Pero nos dice también que él es el Hijo de Dios, en el versículo 2. Ahora, hermano, quizás lo que te voy a decir tú lo sabes, o quizás no lo sabes. Jesús no pasó a ser el Hijo de Dios cuando María dio a luz de él. No, no, no, no. Cristo fue el Hijo de Dios desde toda la eternidad. Es lo que llamamos en teología la generación eterna del Hijo.

En otras palabras, desde que Dios es Dios, que es siempre, el Hijo siempre ha existido. El Hijo no es como que Dios vivió un tiempo y después de vivir un tiempo dijo: "Déjame hacerme un hijo a mi imagen." No, porque eso sería una criatura, y no podría ser un creador ni mucho menos un Dios para nada. Cristo no vino de forma secundaria del Padre; vino de manera primaria.

Ahora, ¿cómo ocurrió eso? Bueno, no estamos seguros, pero esa es la razón por la que Cristo pudo decir: "Yo y el Padre somos uno." Siempre uno solo, no hay nada diferente. O más adelante, como dijo en Juan 10:30: "Yo y el Padre somos uno." Y en Juan 14:9 dice: "El que me ha visto a mí ha visto al Padre." Felipe, tanto tiempo tengo contigo y aún no me conoces. Yo y el Padre uno somos. Tú no vas a encontrar en el Padre nada que no encuentres en mí.

Cada uno de los atributos del Padre yo poseo, y no después que nací de María. No, no, no, no. Desde toda la eternidad. Por eso es que enfatizamos: María fue la madre del Dios encarnado, pero no la madre de Dios, porque Dios no tiene madre. Y eso no es una doctrina nueva. Esa es la eterna generación del Hijo, que fue afirmada y defendida en el Concilio de Nicea en el 325, y afirmada y defendida en el Concilio de Calcedonia en el 451.

Ah, pastor, pero no lo entiendo. Claro, ni tú ni yo lo podemos entender porque no somos Dios. Pero esa no es la única cosa que tú no entiendes. ¿Tú entiendes cómo Dios sostiene el universo por el poder de su Palabra? ¿Tú entiendes cómo es que Dios existe desde siempre? ¿Tú entiendes cómo es que Dios inspiró las Escrituras? ¿Tú entiendes cómo Cristo puede pasar paredes después que resucitó? No, porque las cosas de Dios nosotros no las podemos entender.

Jonathan Edwards, el teólogo norteamericano, brillante mente teológica y filosófica, decía esto, era como él lo concebía: que cuando Dios pensaba en sí mismo, en su mente él tenía la perfecta imagen de sí mismo, y que Dios proyectaba eso hacia afuera, y que lo hizo desde siempre, y que ese era su Hijo. ¿Muy claro, lo entendiste? Si lo entendiste, al final acércate para que me lo puedas explicar mejor.

Lo que el Padre es, el Hijo es. Ahora, el texto que acabamos de leer dice que él es el Hijo de Dios, pero es el unigénito de Dios. Hermano, tú lees eso como que él es el unigénito de Dios, el Hijo de Dios, y lo hemos leído tantas veces y no te impresiona. Pero escúchame: Dios tuvo un solo Hijo, uno solo, y luego le pide al único Hijo legítimo: "¿Sabes qué, Hijo? Allá abajo hay una serie de personas que son rebeldes, que son pecaminosas, que no quieren saber de mí, que no quieren oír mi revelación, que lo que quieren es más bien poder hacer lo que ellos quieren y desean. Pero, ¿sabes qué? Yo tengo un deseo." "¿Cuál es, Padre?" Le estoy como construyendo la historia. "Yo quiero hacer hijos como a ti. ¿Y cuán parecidos? No, no, yo quiero que sean exactamente como tú, de manera que te puedan ver en un momento dado y al mismo tiempo ser como tú."

Que tú reconoces que eres una persona pecadora, que te encontraron muerto en delitos y pecado, y que Dios está tomando personas rebeldes que no quieren saber de él para hacerlos conformes a la imagen de su unigénito, de su único Hijo, y que llegará el momento cuando tú lo verás como él es, porque tú serás como él es.

Tu respuesta es tan anímica que yo quisiera salir. Hermanos, que tú vas a ser como el Hijo de Dios, como él es, que lo voy a ver como él es. Nos hacen falta algunos pentecostales entre nosotros que te ayuden a asombrarte, que te den como un cursillo de cómo asombrarte de las grandes verdades de Dios.

En tercer lugar, el texto que leímos no solamente nos dice que Jesús fue la última revelación del Padre como profeta y el Hijo de Dios, sino que también él es el heredero de todas las cosas. Hermano, tiene sentido que él sea el heredero de todas las cosas porque él las creó. Como vamos a estar viendo prontamente, él creó todo. Después que él las creó, Adán las echó a perder.

Y después que Adán las echó a perder, él estuvo dispuesto a bajar, humillarse, dejarse burlar. Toleró esa humillación, toleró y perdonó las acusaciones, toleró los insultos, toleró el abuso moral contra su persona, soportó la cruz, sufrió la separación del Padre cuando gritó: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" Y lo comenzó a rescatar, después que él había sido el que lo había creado todo. De manera que él lo rescató, lo está rescatando todo, después de haberlo creado todo y de que Adán lo había arruinado todo.

Esa es la razón para que cuando tú llegas al libro de Apocalipsis, el capítulo 5, Juan, que escribió Apocalipsis, está en la isla de Patmos y Dios le da una visión donde él puede contemplar la adoración en el reino de los cielos. De repente hay como un ángel que sale e informa que no ha habido nadie digno, ni en el cielo, ni en la tierra, ni debajo de la tierra, que pueda abrir el rollo que tenía en la mano aquel que estaba sentado en el trono. Hay alguien sentado en el trono, el Padre, con un rollo que estaba escrito por dentro y por fuera, que tenía siete sellos.

En la antigüedad, los títulos de propiedad usualmente eran escritos de esa manera: por dentro, pero por fuera se especificaba de qué se trataba, y dependiendo del peso de lo que contenía ese título de propiedad, podía tener uno, dos o hasta siete sellos, que era el máximo. Este rollo tenía siete sellos.

Hay algunos teólogos que piensan que este título era el título de propiedad de la tierra. Otros piensan que representa la historia de la redención. Independientemente de eso, nadie sabía lo que decía, pero había que abrirlo, había que romper los sellos, y se buscó en toda la creación y no apareció absolutamente ni uno. Y de repente, después que el ángel se anunció, Juan dice que él estaba llorando profusamente en dolor. Juan sabe que si este rollo no lo abren, no hay esperanza.

Y de repente aparece un anciano que le dice: "Juan, para de llorar." Que el León de la tribu de Judá, la semilla de David, el descendiente de David, ha sido encontrado digno de abrir el rollo, de romper los siete sellos. Y una vez que eso fue anunciado, eso es lo que Juan oye inmediatamente después: "Y oí decir a toda cosa creada que está en el cielo, sobre la tierra, debajo de la tierra y en el mar, y a todas las cosas que en ellos hay: al que está sentado en el trono y al Cordero sea la alabanza, la honra, la gloria, el dominio por los siglos de los siglos. Amén."

Al Cordero que fue inmolado, él es digno para siempre. A él le pertenece todo como creador, le pertenece todo como redentor, pero le pertenece todo como Hijo.

El apóstol Pablo entendió eso perfectamente bien. Y cuando él está terminando de escribir Romanos 11, irrumpe en una doxología y dice: "Porque de él, por él y para él son todas las cosas. A él sea la gloria para siempre. Amén."

Ahora, déjame leerte eso otra vez: de él, y por él, y para él son todas las cosas. Tú tienes una profesión, no es tuya, es de él. Tú tienes finanzas, no son tuyas, son de él. Si te las apropias, las estás usurpando. Tú tienes hijos, no son tuyos, son de él. Y lo vas a descubrir pronto. Cuando vayas a la gloria te enterarás de que fueron tus hijos, pero ya no lo son. Los vas a amar, pero los vas a amar incluso más que como los amabas aquí, pero no más que a cualquiera otro que esté en gloria. Tienes una vida, no es tuya, es de él. Tienes posiciones, no son tuyas, son de él. Deja de pelear, son de él, porque de él, por él y para él son todas las cosas, todas las cosas sin excepción, todas ellas.

Y el Padre lo ha hecho heredero. Eso es lo que dice, que él es el heredero de todas las cosas. Tiene sentido: la creó, la redimió.

Ahora, quizás eso no te anima tanto. Dices: "Bueno, es obvio que él es el heredero. Él es el único Hijo, y quienes heredan son los hijos." Lo impresionante, yo rumiré esto esta semana otra vez, múltiples veces, es que Romanos 8:17 me dice que a mí me van a hacer coheredero con él. Coheredero con él. Lo que el legítimo Hijo de Dios herede, yo, el hijo adoptado, después de ser un rebelde, lo voy a heredar también. ¿Cómo voy a vivir una vida mezquina ahora, tratando de disfrutar cosas porque son mías?

En cuarto lugar, nota que el texto nos dice que Jesús no solo es la revelación final de Dios, el Hijo de Dios, el heredero de todas las cosas, sino que él es también el creador de todo lo que existe. Mira hacia arriba. Lo que ves es una millonésima, o trillonésima, o no sé qué tan pequeño lo puedo poner, de lo que existe en el universo. Cristo lo creó.

Y este no es el único libro que habla de eso. Juan nos dice, recuerden Juan 1:1 al 3, que en el principio era el Verbo, y que el Verbo estaba con Dios, y que el Verbo era Dios. Y más adelante nos dice en el versículo 14 que el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Ahora déjame leerte esto otra vez: en el principio era Cristo, y Cristo estaba con Dios, y Cristo era Dios. Pero escucha lo que el texto dice en el versículo 3: "Todas las cosas fueron hechas por medio de él, y sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho." Sin Cristo, nada de lo que fue hecho fue hecho.

Pero esa no es la única carta que habla de eso. Colosenses 1, Pablo, que estuvo en el tercer cielo, que conoció cosas que tú y yo no conocemos, versículos 16 y 17: "Porque en él, en Cristo, fueron creadas todas las cosas, tanto en los cielos como en la tierra, visibles e invisibles. ¿Cómo así, pastor? Ya sean tronos o dominios o poderes o autoridades, todo ha sido creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y en él todas las cosas permanecen."

O sea, los ángeles fueron creados por Cristo. Visible o invisible. Los arcángeles también, los querubines también, los poderes también, los dominios también, los tronos también.

Si tú crees eso, tú regresas al Génesis, vas al capítulo 1, versículo 1, y lees: "En el principio Cristo creó los cielos y la tierra." ¿O no? Todo fue hecho por medio de él. Nada fue hecho sino a través de él. Y él fue el creador de todo lo que existe, visible o invisible. Con razón nosotros leemos que al nombre de Jesús toda rodilla se va a doblar, de lo que está en el cielo y en la tierra y debajo de la tierra, y toda lengua confesará que Jesucristo es Señor para la gloria de Dios Padre.

Y ese fue el que se colgó en la cruz. Y ese fue el que se humilló. Y este fue el que escupieron. Y tú me vas a decir a mí que una criatura del polvo como tú y yo no quiere hablarle a alguien porque me ofendió. ¿Quién es él para hablarme así?

No está a mi altura. En serio, una criatura del polvo y el Creador de todas las cosas toleró lo indecible y luego cuando terminó en la cruz dice: "Padre, perdón a los que no saben lo que hacen." ¿Te das cuenta lo desfasado que tú y yo estamos en relación a Cristo?

En quinto lugar, nota que Jesús no solo es la revelación final de Dios, el Hijo de Dios, el heredero de todas las cosas, el creador de todo lo que existe, sino que también Él es el resplandor de su gloria. El resplandor de su gloria. Ese es el título de este mensaje. La palabra traducida ahí como resplandor en el griego es —estoy seguro de cómo se pronuncia, pero se escribe algo así como *apaugasma*—, que significa el rayo de luz que proviene de una fuente.

De manera que es el Padre quien habita en luz inaccesible. Le dice Pablo a Timoteo en su primera carta, en 1 Timoteo 6:16, que Él habita en luz inaccesible, pero de esa fuente hay un rayo de luz, y ese rayo de luz es el resplandor de su ser, y eso es Cristo Jesús. Cristo es el resplandor de la gloria del Padre, que existe en una luz inaccesible.

C. S. Lewis decía que él cree en Dios no porque lo ve, sino porque por medio de su luz él ve todo lo demás: "Yo creo en el sol no porque lo veo, sino porque por medio de su luz yo veo todo lo demás." Dios es esa fuente de luz. Cristo es ese destello de su luz. Y sabes qué, hermano, por medio de la luz de Cristo tú puedes ver todo lo demás.

Cuando Cristo te da su luz, tú ves tu pecaminosidad, y la ves mejor cuando lo contemplas en la hermosura de su santidad, y su santidad irradia esa luz. Fue exactamente lo que le pasó al profeta Isaías: tuvo un encuentro con la santidad de Dios, el Dios que es santo, santo, santo. Inmediatamente su luz iluminó su pecaminosidad.

La razón por la que estoy enfatizando esto hacia el final, hermanos, es que si tú llegas a conocer la hermosura del Cristo del que estamos hablando, Él te va a apasionar. La hermosura de su ser te va a conquistar. Yo no quise usar la palabra "enamorar" porque es muy débil. Te va a conquistar, te va a capturar, te va a apasionar por encima de cualquier otro deseo que tú hayas tenido anteriormente.

De manera que la luz que Cristo trajo a mí me permite ver incluso los atributos de Dios. Cuando tú ves el amor de Dios en la cruz, eso es uno de esos rayos. La gracia de Cristo, eso es otro de esos rayos. La bondad de Cristo, eso es otro de esos rayos, como los rayos del sol. La omnipresencia de Cristo, la omnisciencia, la omnipotencia, su fidelidad, su justicia santa, su bondad: cada una de esas cosas es como rayos de luz que vienen de la esencia del Padre que habita en luz inaccesible.

Con la luz de Cristo tú puedes contemplar —si te detienes a rumiar, a meditar— la hermosura de la Trinidad. Tú puedes contemplar la hermosura de su plan de redención. Puedes contemplar la hermosura de las promesas que se nos han de entregar cuando entremos en gloria. Tú puedes contemplar la hermosura de lo que es pasar toda la eternidad con Él.

¿Por qué estoy enfatizando eso, hermano? Estoy enfatizando eso porque la manera en que una persona se santifica no es fuerza de voluntad, no es disciplina, a pesar de que estas dos cosas son requeridas. No, no lo es. Es conocer a Cristo, porque si lo conoces, lo amas, y si lo amas, le obedeces. Cuando tú logras verlo en toda su plenitud, en todos sus colores, como verdaderamente Él es, todas tus atracciones, distracciones y seducciones se van a derretir con el calor de su luz. Todo va a palidecer en la presencia de su ser.

Eso es como la Palabra de Dios describe mi santificación. ¿No lo recuerdan? El pastor Juan lo mencionó: 2 Corintios 3:18, que nosotros vamos siendo transformados de un grado de gloria en otro. Eso es santificación. ¿Cómo? Contemplando como en un espejo la gloria del Señor. De eso es que yo estoy hablando: la gloria del Señor. Eso es como tú eres santificado.

Pero si conoces poco a Jesús, si lo has visto poco, si ves poco sus atributos, poco de su amor, poco de su gracia, poco de su bondad, poco de cada una de las cosas que Él es, no lo vas a poder apreciar y por tanto no lo vas a poder amar. Tienes que contemplar su gloria. Tienes que irte de aquí toda la semana rumiando, meditando, pensando, volviendo a escudriñar, volviendo a oír el mensaje si necesitas, leyéndolo, para que tú puedas ver al Jesús de la gloria: el resplandor de su gloria, el resplandor de la gloria de Dios en toda su hermosura, el más hermoso de los hijos de los hombres.

Y que tú puedas decir: "Todas estas atracciones ni poder tienen." Que tú puedas decir: "¿Qué es lo que la gente le encuentra a esto? ¿De qué es que la gente vive tan distraída?" Yo no conozco nada que haya tenido mayor poder de santificación en mi vida que contemplar la hermosura del Hijo de Dios en estas páginas, mientras Cristo, por medio del Espíritu, traía luz y más luz a mi vida.

Padre, gracias. Señor, tú desplegaste en esta tierra, y luego en estas páginas de la Biblia, la hermosura de tu Hijo, justamente como la metodología de llegar a santificarnos para ser como Él es.

Señor, yo quiero pedirte por mí y por cada uno de tus hijos —lo que le decía a aquel niño que quería ser salvo y no sabía cómo; en este caso, en nuestro caso, que ya somos salvos— que pudiéramos decirte: "Señor, abre nuestros ojos para desearte, a pesar de que mi cuerpo no te desee, pero que cuando yo vea lo que tú eres, que mi alma desee tanto de ti, que la pasión por ti aplaque todas las pasiones de mi carne, que sea para tu gloria, que sea para mi libertad y que sea para mi gozo, y que me sirva para glorificarte todos los días de mi vida con todo lo que yo soy y con todo lo que yo tengo." Te lo pedimos en el nombre precioso de tu Hijo Jesús. Su pueblo dice: "Amén." Amén.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.