IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Pedir la herencia mientras el padre aún vive era, en la cultura del Medio Oriente, equivalente a desearle la muerte. Sin embargo, el padre de la parábola no se opuso. Entregó al hijo lo que pedía, y este partió a un país lejano donde malgastó todo en una vida desenfrenada. Terminó alimentando cerdos —animales inmundos para un judío— y deseando comer lo que ellos comían. Su degradación fue completa: bancarrota financiera y, peor aún, bancarrota moral.
El texto dice que el hijo "volvió en sí", como quien despierta de un estado de locura. Recordó que los jornaleros de su padre tenían pan de sobra mientras él perecía de hambre. Decidió volver y confesar: "He pecado contra el cielo y ante ti. Ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo." Pero el arrepentimiento verdadero no es solo admitir el pecado —Judas también lo hizo antes de ahorcarse—, sino dar media vuelta y regresar al Padre.
Lo asombroso de la parábola es la reacción del padre. No esperó a que el hijo llegara. Cuando aún estaba lejos, lo vio, sintió compasión, corrió hacia él, lo abrazó y lo besó. No hubo reproche, no hubo condiciones. Mandó traer la mejor ropa, un anillo y sandalias. Ordenó matar el becerro engordado y celebrar. El hijo que estaba muerto había vuelto a la vida; el que estaba perdido había sido hallado. Este es el corazón de Dios hacia el pecador que regresa arrepentido.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Somos hijos tuyos. Hemos oído eso tantas veces que muchas veces lo damos por sentado, o no significa gran cosa. Pero en realidad no hay mayor privilegio, no hay mayor posición, no hay mayor regalo que poder ser hijo tuyo, Dios. Porque si somos tus hijos, eso implica que seremos herederos de lo que es tuyo. Y eso es exactamente lo que la Palabra de Dios nos dice: que seremos coherederos con Cristo. Padre, ese es un privilegio inmenso.
Por otro lado, cantábamos que libre soy. En verdad somos libres, Señor. Pero recuérdanos, recuérdales a muchos de tus hijos que esa libertad comienza con libertad del pecado, pero no se limita, no se detiene allí, sino que es también libertad de toda preocupación, porque tú gobiernas el universo. Que es libertad de toda intranquilidad debido a los tiempos que estamos viviendo, porque nada se mueve sin que tú lo hayas consentido. Libertad de no tener que preocuparme por mi estado de salud, porque tú eres el médico de los médicos, porque tú determinas el día que entramos a esta tierra, tú determinas el día que salimos, y nadie lo puede alterar. Ayúdanos a descansar en tu soberanía, en tu providencia, Señor.
El título, por así decirlo, de hijo de Dios viene acompañado de múltiples bendiciones y garantías, mucho más allá de lo que nosotros podemos pensar o imaginar. Al mismo tiempo, Señor, muchos de tus hijos en el día de hoy están todavía buscando identidad en una profesión, en un trabajo, en un logro, en un título, en una posición. Señor, ayúdanos a recordar que los hijos de Dios tienen su identidad en Cristo. Amén. Y nadie puede alterar esa realidad.
Señor, háblanos a través de tu Palabra. Háblale a tus hijos, y yo soy uno de ellos. Vuelve a hablarme otra vez a través del texto que estoy a punto de predicar. Es un texto que tiene mucho que decirnos acerca de ti, acerca de nosotros. Que la Biblia sea al mismo tiempo este libro que tú inspiraste y un espejo para mí: un libro que nos habla de ti y un espejo que me revela a mí. Ayúdame, oh Dios. Ayúdanos a ver el corazón tuyo y el corazón nuestro en la historia de hoy. Pues te lo pedimos en Cristo Jesús. Amén.
Puedes abrir la Palabra. Capítulo 15 del libro de Lucas. ¿Sabes que todos los evangelios tienen enfoques muy especiales? Mateo se enfoca mucho en Cristo como rey, rey de los judíos, y tiene múltiples citas del Antiguo Testamento porque ellos conocían el Antiguo Testamento. Marcos se enfoca mucho en Cristo como el siervo. Marcos 10:45 dice que el Hijo del Hombre no vino a ser servido, sino para servir, porque está muy enfocado en los romanos, la clase gobernante: Cristo vino a servir a los hombres.
Lucas, donde está nuestra historia, de manera muy peculiar se enfoca en Jesús como ser humano, y es ahí donde tú encuentras los encuentros con Cristo, la mayoría de ellos lidiando con el pecador, el que no es judío. Todos somos pecadores, lo sabemos. Pero aquel que no es judío, que vive fuera de la gracia de Dios, que no ha puesto su confianza, que quizás ni siquiera había oído del Dios del Antiguo Testamento, ahí están sus historias con las prostitutas y los leprosos. Eso está ahí en Lucas. El doctor Lucas, como le dicen en inglés, fue médico que acompañó a Pablo. No sé qué tipo de medicina se practicaba, pero algún tipo se practicaba.
Entonces, es donde está el texto de hoy, y no es de sorprendernos por lo que vamos a ver prontamente. Yo necesito introducirte al contexto del pasaje, el contexto inmediato. Recuerda que solo tenemos un contexto general, que es toda la Biblia, pero tenemos un contexto inmediato que es exactamente donde el texto está. Bueno, está en Lucas 15. ¿Y qué está pasando en Lucas 15? Ahí hay un grupo de personas a quienes Cristo les está hablando, y ese grupo tiene dos subgrupos distintos formando uno solo, por así decirlo.
En los versículos 1 y 2 nos deja ver exactamente con quiénes Cristo estaba hablando y reuniéndose. Escucha lo que dice: "Todos los recaudadores de impuestos —dice todos; no sé si todos es el 100%, pero implica que había muchos— todos los recaudadores de impuestos y los pecadores se acercaban para oír a Jesús. Y los fariseos y los escribas murmuraban." Ahí están los pecadores y los fariseos y los escribas. Pero este segundo grupo está murmurando. Esto es lo que dicen: "Este recibe a los pecadores y come con ellos."
Jesús escuchó eso, y entonces, versículo 3 al principio, dice: "Entonces Jesús les dijo esta parábola", y luego una segunda, y luego una tercera. De manera que Cristo usó tres parábolas distintas para hablarles a aquellos que estaban condenando su asociación con los pecadores, con los gentiles.
De nuevo, el grupo uno: recaudadores de impuestos, pecadores, como lo clasifica el mismo Nuevo Testamento; no creyentes en Dios, que probablemente no habían oído nada de Jehová del Antiguo Testamento. Como decíamos, nosotros también somos pecadores, pero para el pueblo judío existíamos nosotros y ellos. Entonces ahí estaban también, interesados por alguna razón, los fariseos y los escribas, que formaban un segundo grupo. Los escribas eran como los académicos del Nuevo Testamento: eran los que transcribían los rollos del Antiguo Testamento, quienes lo interpretaban, quienes hablaban de lo que significaba, y todo lo demás. Los fariseos eran más como los maestros, quizá como pastores hoy en día, ancianos que enseñaban la Palabra al pueblo.
Entonces ya tenemos una mejor idea de con quién Cristo está reunido. Le contó una parábola, luego una segunda y una tercera. La primera tenía que ver con la oveja perdida: un hombre tenía cien ovejas, perdió una y salió en busca de ella. Tenía que ver con salvación. La segunda es la parábola de la moneda perdida: una mujer tenía diez monedas, perdió una que era muy valiosa, barrió toda la casa buscándola hasta que la encontró. Y ambos —tanto el hombre que encontró su oveja como aquella que encontró su moneda— se alegraron. Y la tercera es conocida como la parábola del hijo pródigo, que pudiéramos llamarla la parábola del hijo perdido. Una oveja perdida, una moneda perdida, un hijo igualmente perdido.
Usualmente la gran mayoría de las parábolas de Jesús tenían una enseñanza central, tenían elementos de enseñanza, pero básicamente una enseñanza central. Esta parábola está repleta de enseñanzas, como lo vamos a ver. Y los mismos personajes de la parábola nos van a dejar ver por qué la enseñanza es tan variada. De manera que yo te voy a invitar a que leas. Es un texto largo, pero vale la pena leerlo todo en conjunto. Te voy a invitar a que leas conmigo desde el versículo 11 hasta el final.
"Entonces Jesús añadió una tercera parábola: 'Cierto hombre tenía dos hijos, y el menor de ellos le dijo al padre: Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde. Y él les repartió sus bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntándolo todo, partió a un país lejano, y allí malgastó su hacienda viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino una gran hambre en aquel país, y comenzó a pasar necesidad. Entonces fue y se acercó a uno de los ciudadanos de aquel país, y él lo mandó a sus campos a apacentar cerdos —no ovejas, cerdos—. Y deseaba llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada. Entonces, volviendo en sí, dijo: ¿Cuántos de los trabajadores de mi padre tienen pan de sobra, pero yo aquí perezco de hambre? Me levantaré e iré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y ante ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo. Hazme como uno de tus trabajadores. Levantándose, fue a su padre; y cuando todavía estaba lejos...'"
Su padre lo vio y sintió compasión por él, y corrió, se echó sobre su cuello y lo besó. Y el hijo le dijo: "Padre, he pecado contra el cielo y ante ti. Ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo." Pero el Padre dijo a sus siervos: "Pronto, traigan la mejor ropa y vístanlo. Pónganle un anillo en su mano y sandalias en los pies. Traigan el becerro engordado, mátenlo, y comamos y regocijémonos. Porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido hallado." Y comenzaron a regocijarse.
Su hijo mayor estaba en el campo, y cuando vino y se acercó a la casa, oyó música y danzas. Llamando a uno de los criados, le preguntó: "¿Qué era todo aquello?" Y él le dijo: "Tu hermano ha venido, y tu padre ha matado el becerro engordado porque lo ha recibido sano y salvo." Entonces él se enojó y no quería entrar. Salió su padre y le rogaba que entrara, pero él le dijo al padre: "Mira, por tantos años te he servido y nunca he desobedecido ninguna orden tuya. Sin embargo, nunca me has dado un cabrito para regocijarme con mis amigos. Pero cuando vino este hijo tuyo, que ha consumido tus bienes con rameras, mataste para él el becerro engordado."
Y su padre le dijo: "Hijo mío, tú siempre has estado conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido hallado."
Ahora tenemos una idea de la historia. No sé cuántos de ustedes saben lo que significa la palabra "pródigo". La repetimos, la repetimos, la repetimos, pero no necesariamente entendemos lo que significa. El Diccionario de la Real Academia dice: "Dicho de una persona que desperdicia y consume su hacienda en gastos inútiles, sin medida ni razón." Ahora tú entiendes mejor por qué le llaman la parábola del hijo pródigo.
Entonces, en la parábola hay tres personajes. Está el hijo menor, que pidió lo que le tocaba de la herencia. Está el hijo mayor, que no hace ese reclamo, que se queda en la casa. Y el hijo menor es el que se marcha. Luego está el padre, el padre de ambos, que claramente, como él reacciona en cada ocasión con cada hijo, muestra su corazón bondadoso.
Yo he titulado el mensaje de esta mañana: "La bondad de Dios que recibe al pecador arrepentido." Lo que quiero hacer, para que podamos ver las múltiples enseñanzas que la parábola tiene, es lidiar con cada personaje por separado. Tomemos al hijo menor, luego tomemos al Padre que recibe al hijo, y luego finalmente tomemos al hijo mayor.
De acuerdo con la ley de Moisés, Deuteronomio 21:17 —y lo pueden buscar después—, los hijos recibían la herencia del padre. El primogénito recibía dos tercios de la herencia, una herencia mayor que los demás hijos; recibiría el doble que los demás. En este caso, el hijo menor recibiría un tercio y el hijo mayor recibiría dos tercios de la herencia.
Pero tenemos que conocer la cultura de aquel tiempo, de manera que podamos situar el texto en el contexto cultural donde se dio, para que podamos ver de manera más clara lo repugnante que fue esta petición de que le dieran su herencia de antemano. Era inconcebible en la cultura de Medio Oriente que un hijo pudiera pedir algo como eso. Era vergonzoso que lo hiciera, vergonzoso para el padre, pero peor aún, era hiriente, porque era como decirle: "En realidad yo desearía que tú estuvieras muerto, pero como no lo estás, dámelo ahora en vida." Curiosamente, el Padre no ofreció ninguna objeción.
Y nosotros vemos en el versículo 13 que poco tiempo después de haber recibido la herencia, el hijo lo juntó todo y partió para un país lejano. Bueno, si lo juntó todo y él recibió probablemente bienes, pues quizá de alguna manera lo hizo efectivo para poder llevárselo, y sobre todo se iba a ir tan lejos.
Ten en mente que el hijo menor había vivido siempre en la casa del padre, de manera que no tenía experiencia viviendo fuera de la casa, sin supervisión ni autoridad sobre él. No tenía experiencia manejando dinero. No tenía ninguna experiencia, probablemente, manejando tentaciones sin estar rodeado de personas familiares a él, que tuvieran cercanía con él.
Lamentablemente, aunque esas cosas que acabo de mencionar —en las que él no tenía experiencia— usualmente tienden a llenar de temor a las personas, cuando alguien está deseoso de vivir sus placeres, ese temor se esfuma. Y a pesar de la juventud y de la inexperiencia, pensamos que podemos manejarlo todo y conquistar el mundo. Y probablemente este hombre pensó algo como eso.
Ahora, el texto no dice que él se mudó fuera de la casa, que sería lo que tendría un poco más de sentido: "Me voy a mudar fuera de la casa, pero me quedo aquí." No, no; se fue a otro país, y tampoco a un país cercano, sino a un país lejano.
Yo no sé si tú lo has notado, pero cuando de pecar se trata, usualmente esa es la elección del ser humano. Déjame darte una ilustración de la vida real. En Estados Unidos hay una ciudad conocida por sus casinos, conocida por su vida nocturna. Es una ciudad donde hay tanta celebración de los deseos de la carne que ha sido bautizada con un nombre —no por los cristianos, sino por el mundo secular— como "The Sin City", la ciudad del pecado. Esa ciudad es Las Vegas.
Y Las Vegas tiene un eslogan que dice: "What happens in Vegas, stays in Vegas." Tú lo conoces también. Lo que ocurre en Las Vegas se queda en Las Vegas. Como quien dice: "Ven aquí, que aquí todo el mundo está pecando y nadie va a hablar de tu pecado. Lo que ocurre aquí, aquí se queda." Pero no es cierto, porque lo que ocurre en Vegas, o en Santo Domingo, si es pecaminoso, puede estar oculto, pero es un escándalo en el cielo.
No podemos olvidar Gálatas 6:7-9: "No se dejen engañar. No te dejes engañar por el pecado, no te dejes engañar por tu propia carne. No se dejen engañar: de Dios nadie se burla. Pues todo lo que el hombre siembre, eso también segará. Porque el que siembra para su propia carne, de la carne segará corrupción. Pero el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna. No nos cansemos de hacer el bien, pues a su tiempo, si no nos cansamos, segaremos."
Quiero que veas, a lo largo del camino, con cuál de estos personajes tú te identificas. Porque el hijo menor en cierta medida nos representa a todos nosotros, sobre todo antes de venir a Cristo, donde habíamos oído de este Dios de la Biblia, habíamos oído de Jesús como Salvador del mundo, pero no teníamos ningún contacto con Él. Pero también representa a algunos de los hijos de Dios que, ya después de haberle conocido, se dejaron engañar. Lo que no debieron haber hecho, de acuerdo a lo que Pablo escribió a los Gálatas: se dejaron engañar, se alejaron de Dios y, como decimos nosotros, perdieron la cabeza. Y entre ellos pudiéramos citar al gran rey David y a su hijo Salomón.
Y uno pudiera preguntarse: ¿qué hace que una persona que conoce a Dios, que ha escrito salmos como David, o una persona con toda la sabiduría del mundo —más que cualquier otro que haya venido antes o después de él, como Salomón— pueda perderse de tal manera? Que sus pecados, 3,000 años después, se siguen mencionando.
Bueno, es que lamentablemente la inclinación de la carne, la inclinación de la naturaleza humana, aun después de nacer de nuevo, cuando tú vienes a los caminos de Dios, no se pierde por completo. Y eso es lo que hace que frecuentemente, a lo largo del camino, la carne quiera empujarnos en otra dirección. Nosotros queremos ser independientes y autónomos, no nos gustan las restricciones. Por eso encontramos la ley de Dios gravosa. Tú me has oído hablar de eso múltiples veces. Dios dice: "Mis mandamientos no son gravosos."
Los hijos de Dios encuentran la ley de Dios gravosa. Odiamos someternos a otros. Rechazamos tener que rendir cuentas y, por tanto, no nos reportamos. Queremos vivir nuestros deseos, nuestros sueños y ambiciones.
Es frecuente que los jóvenes quieran salir de su casa. De esa manera no tienen que rendir cuentas a nadie. Pero si me puedo ir lejos, todavía mejor, porque de esa manera nadie se entera. Eso es lo que está pasando en esta parábola.
Él tomó la decisión no solamente de recolectar su herencia y quizás cambiarla por algún tipo de moneda de cambio. En ese momento él solo estaba pensando en él mismo. No le importó si eso iba a herir a su padre, romper el corazón de su padre, si lo iba a avergonzar delante de la comunidad judía.
En ese momento el joven eligió los placeres del mundo antes que el amor incondicional de su padre, que estaba dispuesto a darle todo lo que era suyo. Quizás nos extrañe cómo el padre recibe esta petición y de inmediato le dijo: "Está bien, hijo, yo te la doy." No se opuso, no discutió con él, se la entregó.
Pero yo creo que quizás Dios nos está tratando de enseñar, aun a través de ese gesto, algo acerca de la naturaleza del amor verdadero. El amor verdadero presupone algo compartido de aquí para allá y de allá para acá. El padre no hacía nada con tener un hijo en la casa que realmente no quisiera saber de él, que no lo amaba, no lo valoraba, porque eso no es como se supone que el amor es.
Recuerda que en el Evangelio de Juan, Juan 6, se nos narra una ocasión cuando muchos de los discípulos oyeron ciertas enseñanzas acerca de Jesús y decidieron salir. En ese momento Cristo se voltea hacia sus discípulos y les dice: "¿Y ustedes se quieren ir también?" En otras palabras, el amor no puede ser forzado. Si ustedes no quieren estar conmigo, se pueden ir. De hecho, en ese momento Cristo les estaba diciendo: "Esta es mi invitación a hacerlo ahora, incluso."
No sé si en el padre de la parábola había una idea como esa. "Bueno, finalmente tú no quieres estar aquí. Si tú no amas a tu padre, yo puedo forzarte a quedarte, pero al final no puedo forzarte a amarme, porque el amor tiene que ser bilateral." Es como si el padre le hubiera dicho al hijo: "¿Sabes qué, hijo? Si yo voy a ser un estorbo en tu vida, yo me quito del medio. Entonces, si es lo que tú quieres, lo puedes tener, y si quieres salir, te puedes ir."
La parábola también nos está ayudando a entender que, lamentablemente, muchos de nosotros necesitamos cosechar las consecuencias antes de volvernos. Entonces, el texto nos dice que el hijo se fue a otro país, y que ese país era lejano, pero el hijo no necesitaba otro país; él necesitaba otro corazón muy distinto.
El joven se perdió, pero ¿sabes qué? Él se perdió antes de salir. Él se perdió de una manera al salir, pero él se perdió antes de salir. Él estaba perdido en su egoísmo y, por tanto, no le importó si al padre eso lo iba a herir. Para nada. No le importaron los días de soledad que el padre quizás iba a experimentar, ni el rechazo con el que el padre se iba a quedar.
Él estaba perdido en su ingratitud, porque no podía apreciar lo que ya había recibido del Padre. De la misma manera que nosotros, muchas veces en nuestra ingratitud, nos quejamos porque no apreciamos lo que ya hemos recibido del Padre Celestial. Él estaba perdido en su rebelión, y por eso hizo algo que en esa cultura era altamente reprochable y que la comunidad detestaba.
El texto nos deja ver que incluso cuando él le pidió al padre su herencia, ya tenía planes. ¿Cómo lo sabemos? Porque dice que no muchos días después —en otras palabras, a los pocos días— el menor, juntándolo todo, partió a un país lejano y allí malgastó su hacienda viviendo perdidamente. La Nueva Traducción Viviente dice: "Derrochó todo su dinero en una vida desenfrenada."
El hermano mayor, lo veremos más adelante —no sé si fue que lo supo, lo presumió, o eso era lo que se acostumbraba—, dice que él gastó su dinero en rameras. Él gastó todo lo que tenía, y en ese preciso momento, en el país donde estaba, también se acabó el alimento. Había una hambruna; o sea, él no tenía dinero, pero tampoco había alimento, lo cual hubiese hecho el alimento más caro y más difícil de conseguir.
Conoció a alguien, le pidió que le diera trabajo, y esa persona le dio trabajo, pero le dio trabajo para que fuera a apacentar cerdos, animales que ellos consideraban inmundos de acuerdo a la ley de Moisés. Y ahora él tenía que alimentar a estos animales inmundos. Él tenía tanta necesidad, probablemente los trabajos no abundaban, que no tuvo otra opción que no fuera cuidar de cerdos.
Pero él no había llegado a su final todavía. Él tiene una bancarrota financiera, no hay duda, lo gastó todo. Quizás pensaba que lo que el padre le dio le iba a durar para siempre, pero él tenía una bancarrota mayor: era una bancarrota moral.
Y ahí nosotros hemos estado. En cierta manera, habiendo recibido las riquezas en gloria, muchas veces queremos malgastar el tiempo aquí abajo e incurrir, teniendo riquezas en gloria, en una bancarrota moral aquí debajo. No amor por su padre, no honra para aquel que le dio la vida; valoró más los placeres del mundo que el amor incondicional de su padre.
Y como dije ya más de una vez, yo creo que en cierta medida el hijo menor nos representa a nosotros. Aunque Cristo le estaba hablando —recuerda— a los escribas y fariseos que lo condenaban, y también a ese otro grupo que estaba ahí, que eran pecadores, Él está diciendo: "Sí, yo sé. Esa es la vida de aquel que no conoce al Dios de este libro."
Mira cómo Pablo describe el corazón de nosotros, de aquellos en el momento en que no conocíamos a Dios. En Tito 3:3: "Porque nosotros también en otro tiempo éramos necios, desobedientes, extraviados, esclavos de deleites y placeres diversos." Es interesante que Pablo dice "éramos", o sea, Pablo se incluye. Y Pablo era judío, era fariseo de fariseos. De manera que esto no es simplemente el corazón de aquellos que no conocen al Dios de la Biblia; es el corazón del ser humano después de la caída. Escúchalo otra vez: "éramos necios, desobedientes, extraviados, esclavos de deleites y placeres diversos, viviendo en malicia y envidia, aborrecibles y odiándonos unos a otros."
Así estaba viviendo este hombre, así estaba este joven, y ahora sin dinero, sin opción. Su degradación llegó hasta tal punto que alimentaba a los puercos con una comida barata y deseaba comerse su comida, porque no había comida humana para él. Había poco, y de lo que había probablemente era caro, y él no tenía dinero.
La pregunta es: ¿cómo es que él llega de la condición de hijo, de príncipe, a alimentar puercos y querer comerse su comida? ¿Cómo es que llega a esa bancarrota, no la financiera, sino la moral? El problema es, hermano, que el pecado —como decía alguien— es como un amo. Como los amos del pasado, que tenían esclavos, y había amos sumamente dominantes y malvados. El pecado es un amo terrible. Es cruel, te destruye. No le importa, pero antes de destruirte, te engaña y te hace ver que él es disfrutable, que es algo que realmente puedes desear, no solamente que deberías desear.
Y este joven quería irse lejos, que nadie se enterara. Es como aquella historia que les conté hace mucho tiempo —no sé si algunos la recordarán—. Creo que fue Malcolm Muggeridge, un intelectual inglés que se convirtió al cristianismo. Él tenía un deseo que mucha gente tiene: irse lejos, estar en un viaje y poder tener otra mujer. Él estaba casado. Se fue a bañar a un río, estaba en la India, bien lejos, y vio una mujer en topless en el río, y pensó: "Esta es mi oportunidad."
¿Te das cuenta? Él pensó que sería un lugar lejos, un país lejos, como este joven. "Si nadie, nadie me conoce." Y él comienza a nadar hacia esa mujer a toda velocidad. Estaba de espaldas y de repente se voltea, y él ve una cara completamente deformada por la lepra. Dice que su cara fue horripilante, y así como la vio, así mismo él se dio media vuelta y comenzó a nadar otra vez en dirección opuesta.
Mientras nadaba, entendió lo que Dios le mostró: "Su cara no es tan horripilante como tu propio corazón." Bueno, esto es lo que este joven quiere hacer: irse lejos. El pecado nos engaña. Y el problema es que cuando estamos engañados, nosotros no vemos nuestro propio pecado, pero tampoco lo queremos ver, porque el pecado es tan poderoso que me aleja de Dios.
Esto representa alejarse de Dios. Y para yo ver mi pecado, sobre todo para ver lo horrible de mi pecado, hay una sola manera de poderlo hacer: yo necesito estar cerca de Dios para que su carácter confronte el mío. Como el profeta Isaías fue confrontado cuando se encontró con Dios. Mientras yo esté lejos de Dios, yo no voy a ver mi pecado. De hecho, es frecuente que cuando personas entran en una vida de pecado, tienden a alejarse de la comunidad de creyentes, porque hay un contraste entre lo que oigo, lo que veo y lo que vivo.
Pero hay otra razón por la que yo no veo mi pecado. Si no soy creyente, no tengo el Espíritu, por un lado. Y si soy creyente pero no tengo la llenura del mismo Espíritu, es el Espíritu quien me da convicción de pecado, y en esas condiciones no la voy a experimentar. Además, lejos de Dios no tengo luz, y sin luz no puedo ver mi interior.
Hermanos, recuerden esta parábola. El Padre representa a Dios. Los dos hijos nos representan a nosotros en diferentes posiciones o versiones, por así decirlo. Hay algo que nosotros tenemos que reconocer: toda persona vive tan lejos o cerca de Dios como él quiere. A veces decimos "carita", como que fulano vive muy cerca de Dios porque él es carita. No, eso es acusar a Dios. Yo sé que a veces lo decimos bromeando, pero cuando estamos hablando en serio, eso es acusar a Dios de ser elitista, de hacer acepción de personas.
Pero hay personas que claramente están más cerca de Dios, porque él o ella decidieron estar así de cerca de Dios; y otros que no están tan cerca, porque ellos así decidieron. Todos, ambos, tienen una invitación de parte de Dios a disfrutar comunión con Él íntimamente todos los días. El problema es que la intimidad con Dios me impide el disfrute de mi pecado y de mis deseos, y hasta ahí no quiero llegar.
El joven se mantuvo lejos mientras había dinero. Ahora, en la necesidad, ahora piensa en su padre. Como muchos que en la necesidad entonces se acuerdan de Dios. El texto dice que el joven volvió en sí. Yo no creo que eso está ahí por accidente. O sea, lo que el Espíritu Santo, que inspiró la Palabra, nos está diciendo es que cuando la gente vive de esa manera, ellos están locos. Ellos perdieron la razón, perdieron la sabiduría si tenían alguna, perdieron el discernimiento, son torpes.
Y el texto dice: "Cuando volvió en sí." Tú has oído esa expresión en otro contexto: alguien se desmaya y entonces alguien está relatando qué pasó y dice, "Y cuando él volvió en sí…", o sea, estaba como inconsciente; cuando él volvió en sí, no tenía conocimiento de lo que había ocurrido. Así es el hombre en su pecado. Cuando volvió en sí de nuevo, volvió la razón y calculó, y dice: "¿Cuántos de los trabajadores de mi padre tienen pan de sobra? Pero yo aquí perezco de hambre."
Pero el hambre que él sentía, por lo menos en ese momento, era física; pero ese no era su problema. Él tenía un hambre y una sed espiritual, pero no lo sabía. Su alma estaba hambrienta, su alma estaba sedienta. Probablemente eso mismo lo sintió viviendo con su padre, pero él no pensó que la solución estaba en ser saciado allí adentro, sino que yo me voy a saciar allí afuera, como frecuentemente ocurre.
Pero como ya volvió en sí, él dice: "Bueno, me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y ante ti." Volvió en sí el muchacho. "He pecado." Ahí comienza su admisión. "Ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo." Él está entendiendo. Que el padre lo considere hijo es otra cosa, pero él reconoce que no es digno de ser llamado hijo suyo. "Por tanto, hazme como uno de tus trabajadores." Otras Biblias dirían: "Hazme como uno de tus jornaleros."
Algunos jornaleros estaban peor que ciertos esclavos, porque el esclavo vive en la casa del amo y había amos más o menos buenos que desarrollaban incluso una buena relación con sus esclavos, y ahí ellos tenían comida segura. El jornalero venía en la mañana, trabajaba por un pago por día; en la tarde yo te doy un pago, pero el resto depende de ti. Entonces aquí está Jesús contando esta parábola delante de escribas y fariseos.
Ahora, déjenme hacer otra anotación aquí. El hijo tuvo convicción de pecado: "Yo he pecado contra el cielo y contra ti." Pero eso todavía no es arrepentimiento. Él admitió el pecado, pero admitir el pecado no es arrepentimiento. Te lo demuestro. Lo mejor de la Biblia es que nos ayuda a probar lo que tratamos de sustentar, si sale de ella.
Resulta que Judas vendió al Maestro, tú lo sabes, por treinta monedas de plata. Pecado enorme. El texto de Mateo 27:3-4 nos dice que él fue a los principales sacerdotes y a los ancianos, les entregó el dinero y les dijo: "He pecado entregando sangre inocente." Ahí está. Él tiene convicción de pecado, él está convencido, incluso entregó el dinero, fue y se ahorcó. Eso no es arrepentimiento.
El arrepentimiento es más que eso. Presupone todo lo anterior: convicción de pecado, pero incluye algo más. Versículo 20: "Levantándose, fue a su padre." Yo estaba aquí, yo me fui. El arrepentimiento, por definición… hay dos palabras en el hebreo que tienen que ver con arrepentimiento, y una de ellas tiene que ver con devolverse, en U decimos nosotros, devolverse hacia atrás. Implica dos cosas: yo me alejo del pecado, yo me acerco a Dios. Este hombre se estaba alejando de su pecado y acercándose a su padre, que es la ilustración. Ahora sí estamos hablando.
Pero nota que cuando él llega donde el padre, él no se justifica. No dice: "Padre, perdóname, yo era muy joven, yo no sabía lo que hacía, yo no tenía experiencia." Tú has oído cosas así, ¿verdad? "Si hubiese sabido…" No, él no habla de eso. Nota que él tampoco le dice: "Padre, mira, yo pequé grandemente, pero voy a ver si tú puedes aminorar mis consecuencias." No. Él sabe que es indigno. La pregunta es si tú y yo lo sabemos. Él sabe que es indigno de todo mérito.
Probablemente se devolvió con ropa sucia, probablemente la misma ropa que usaba día a día, probablemente rota. Escucha este comentario de Phil Ryken en su comentario, valga la redundancia, de Lucas sobre esta parábola. Él dice: "El hijo pródigo fue la imagen correcta de la degradación a la que llegamos cuando nos entregamos al poder del pecado." La imagen correcta. Este hombre perdió su dignidad humana. Hay un valor en la imagen de Dios en tu vida, y él perdió su dignidad humana como hijo de Dios.
Ahí está el corazón del primer hijo. Llega donde el padre. Veamos el corazón del padre. Cuando estaba todavía lejos, su padre lo vio y sintió compasión por él.
¿Cómo tú te fuiste? ¿Me hiciste dividir la herencia? Ahora viene la bancarrota y tú tienes compasión por él. Y corrió, se echó sobre su cuello y lo besó. Y el hijo le dijo: "Padre, he pecado contra el cielo y ante ti. Ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo." Él no solamente pensó lo que le iba a decir al Padre; él se devolvió y fue a decírselo.
Ahora estamos hablando de arrepentimiento. Lo impresionante del corazón de este padre es que él ni siquiera espera que el hijo llegue. O sea, el padre no dice: "Ese es mi hijo. Luce como mi hijo, sí, pero mira cómo luce: toda la ropa rota, sucia. Ahora sí, seguro que como se le acabó el dinero, ahora va a venir a pedirme dinero para hacer lo mismo otra vez. No, que no cuente conmigo." No, él tuvo compasión de él, lo besó y corrió para encontrarlo.
Ah, de nuevo, imagínate: estamos en el primer siglo, cultura hebrea. Tu ropa es una bata larga. Usualmente la persona ya de cierta edad, como un padre, se dice que probablemente no corría, porque corrías el riesgo de tropezarte con la misma bata que usabas. Pero él no fue caminando, él fue corriendo, incurrió en ese riesgo, por así decirlo, y comenzó a besarlo. Eso está ahí. Versículo 20.
¿Tú puedes creer que Charles Spurgeon predicó un sermón de siete puntos sobre los besos del padre hacia su hijo? No, aquí estoy yo con Lucas 15, un texto largo, y Spurgeon toma un verso de los besos de un padre hacia su hijo y hace siete puntos de él. Y él dice que sus besos representaron: número uno, mucho amor; número dos, un gran perdón; número tres, una restauración completa; número cuatro, una expresión extrema de gozo; número cinco, una extrema confianza; número seis, una seguridad de salvación fuerte; y número siete, una íntima comunión. Hasta deseo tengo yo de predicar ese sermón ahora, de ese mismo verso. Wow.
El padre ni siquiera le pidió una explicación; ya la hubiera pedido. Otro autor, de nombre Kenneth Bailey, dedicó su vida a estudiar las costumbres del oriente. Y él dice que en situaciones como esa, donde la familia hubiese sido avergonzada como lo fue, la comunidad judía tenía una ceremonia que se llamaba en hebreo *qetsah*, que era una ceremonia de separación donde la comunidad entera iba a participar. Era una ceremonia al final de la cual la comunidad entera declaraba que este hijo había sido cortado de la familia de su padre y cortado de la comunidad, y se podía ir a otro sitio.
Y cuando la comunidad se enteraba de lo que había pasado, si te veían llegar, probablemente corrían para atraparte y llevarte donde tu padre y comenzar a hacer esto. Pero quizás —obviamente toda esa es especulación— quizás el padre corrió no solamente expresando lo abierto que está Dios a recibir al pecador arrepentido, sino para evitar justamente que la comunidad pudiera hacer algo contra él. Y fue y lo abrazó, se reconcilió con él, y una vez reconciliado no hay nada que el resto pudiera hacer.
Hermano, yo no sé si tú y yo estamos tan apercibidos de que merecemos el rechazo y la condenación de Dios. Pero en Cristo, Dios Padre nos ha perdonado y nos ha hecho promesas extraordinarias. Y si bien es cierto que tengo que confesar mi pecado, yo estoy convencido —así lo practico— que Dios no necesariamente quiere oír cada detalle de mi pecado. No es que yo me levanté a las 9 de la noche y fui hasta la esquina y doblé a la derecha... no. Pero Él quiere oír mi pecado.
Lo impresionante de la historia es que el padre no solamente va, corre y lo besa, no le pide excusa, sino que manda que traigan la mejor ropa. Wow. "Pronto, traigan la mejor ropa y vístanlo. Pónganle un anillo." Bueno, esa ropa que probablemente él traía sucia y rota representa nuestra vida de pecado, nuestro carácter. Y Dios nos da la santidad de Cristo, la capa de Cristo, y cubre mi pecaminosidad.
Y ahora el Padre pidió que le trajeran un anillo. El anillo era símbolo de autoridad, porque lo estaba recibiendo como hijo de nuevo. Es como un príncipe, y los príncipes tenían cierta autoridad. Y en el caso nuestro, reinaremos con Cristo, dice la Palabra, en 2 Timoteo 2:12. Y el padre da orden de que le entreguen a su hijo unas sandalias, porque los hijos usaban sandalias, no los esclavos. Y él venía descalzo. De manera que el hijo recibió una restauración completa.
Pero ese es el corazón del padre en cuanto a recibir al hijo. Y el padre piensa que lo que ha ocurrido es tan extraordinario que dice: "Esto hay que celebrarlo. La comunidad debe saber que el padre está celebrando el regreso de su hijo." Versículo 23: "Traigan el becerro engordado." Este era un becerro que se engordaba al máximo para ciertas ocasiones especiales. Aquí yo recuerdo cuando engordaban un cerdo para diciembre —no sé si eso se usa todavía—, pero "traigan el becerro engordado, mátenlo y comamos y regocijémonos. Porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida." Así estabas tú, así estaba yo. "Estaba perdido y ha sido hallado." Y comenzaron a regocijarse.
Lo que Cristo le está diciendo a estos escribas y fariseos que lo cuestionaron es: hey, el reino de los cielos no es acerca solamente de la raza hebrea; es también acerca de los gentiles. Y Dios celebra en los cielos cuando uno de estos gentiles, que ustedes llaman pecadores, se arrepiente.
La primera parábola que Él mencionó fue la parábola de la oveja perdida. Y cuando el pastor encontró su oveja perdida, se alegró, se la echó sobre sus hombros y regresó. Al final de esa primera parábola, mira cómo Cristo la concluye. Versículo 7 de Lucas 15: "Les digo que de la misma manera habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentimiento." Pero ¿cómo va a ser así? O sea, hay noventa y nueve justos que no necesitan arrepentimiento, que están en la familia, y tú te gozas más con el pecador. Sí. Lo que pasa es que el pecador no tiene aún el gozo, las bendiciones ni las promesas que ese grupo ya tiene garantizadas. Y qué bueno que podemos celebrar que hay uno más que tiene promesas garantizadas.
Y luego les cuenta la otra parábola: una mujer tenía diez monedas, se le perdió una; ella barre toda la casa buscándola y la encuentra. Mira cómo Cristo concluye esa segunda parábola. Versículo 10: "De la misma manera, les digo, hay gozo en la presencia de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente." Wow.
Pero en medio del gozo hay un problema: el padre tiene otro hijo. Es el hijo mayor, el primogénito. Y el hijo mayor, cuando el padre recibió a su hermano, no estaba en la casa. Versículo 25: "Su hijo mayor estaba en el campo, y cuando vino se acercó a la casa y oyó música y danzas." Imagino que él pensó: "Pero no hay ningún día de fiesta ahora." En nuestro contexto sería: "Pero no estamos en Navidad ni en cualquier otra fiesta." De manera que llama a uno de los criados —no va a entrar a la casa sin saber de qué se trata— y dice: "¿Y toda esta bulla y toda esta música de qué se trata?"
"Bueno, es que tu hermano ha regresado, y tu papá —en buen dominicano, permítanme— se ha puesto loco: está celebrando, está gozoso; hasta mandó a matar el becerro engordado, le puso un anillo, mandó a que lo vistiéramos con las mejores ropas y le puso sandalias."
El hijo dijo: "Yo no entro. No, no entro." El padre fue donde el hijo. ¿Tú recuerdas lo que el padre hizo con el primer hijo? El menor fue donde él; el mismo padre, con el mismo corazón, ahora va donde el otro hijo y le dice: "Mira." Y lo invita, lo invita reiteradamente a que entre. Y esta es la respuesta que ese hijo le da: "Mira, por tantos años te he servido y nunca he desobedecido ninguna orden tuya, y sin embargo tú nunca me has dado un cabrito para regocijarme con mis amigos."
Versículo 30. "Pero cuando vino este hijo tuyo..." Él ni siquiera se atreve a decir "mi hermano" o su nombre. "Este hijo tuyo, que ha consumido tus bienes con rameras, mataste para él el becerro engordado."
Bueno, hay algo, entre comillas, de mérito que el hijo mayor tiene. Él se quedó en la casa, no pidió la herencia. Aparentemente era un hijo sometido, no desobedeció ninguna de las órdenes del Padre, trabajó para el padre. Pero él tiene una ira, y él tiene una ira que nosotros hemos experimentado cuando algún pecador, alguna persona hace cosas impensables y luego se arrepiente. Y como no estamos tan contentos, decimos: "Bueno, eso hay que ver, porque eso dice él", y es verdad que hay que esperar.
Pero yo creo que aquí hay cosas que son evidentes. Mira, en el caso del hijo menor, su pecado es evidente. Él fue, gastó todo el dinero en placeres, probablemente de todo tipo. Imagino que borracheras, mujeres y lo demás. Vivió una vida licenciosa y libertina. Ese pecado es visible. Pero el hijo mayor, el problema con el pecado del hijo mayor es que no se ve.
Es que él tiene un sentido de autojusticia que incluso lo lleva a sacar cuentas. "Yo he vivido aquí todos estos años, nunca he desobedecido ninguna de tus órdenes." Está sacando cuentas. O sea: "Tú no me has dado ni un cabrito. Tú me debes." Y ese sentido de autojusticia es el sentido de los fariseos y los escribas que estaban ahí escuchando, que estaban molestos porque Jesús estaba celebrando con pecadores.
Tú sabes que el hijo menor es verdad que no mostró amor por su padre, pero el hijo mayor tampoco, porque el padre le invitó a que se uniera a la celebración y él rehusó. Y eso probablemente le causó un problema, por así decirlo, cierto rechazo en la comunidad, que su hijo mayor, el primogénito, rehusara participar de la celebración. Seguro que hay un problema.
Y como ya te mencioné en la historia, el padre representa a Dios. Obviamente el hijo menor, o los dos hijos, pudieran ser vistos también como prójimos el uno del otro. De manera que el hijo menor mostró que no tenía amor por su padre, era obvio. Pero el hijo mayor, quedándose en la casa y obedeciendo la ley, al final mostró que él tampoco amaba al padre. Porque por amor de Dios, por amor a tu padre, entra a la celebración y luego pasa tiempo con tu padre. No, él no quería ser parte de eso. Pero tampoco amaba a su hermano, que había regresado arrepentido, que había reconocido su pecado. De manera que él estaba en violación del primero y segundo más grande mandamiento de la ley de Dios: ama a Dios con toda tu fuerza, todo tu corazón, toda tu mente, toda tu alma, y a tu hermano, tu prójimo, como a ti mismo. ¡Wow!
El hijo menor ciertamente vivió una vida dada a los placeres, típico del que nunca ha creído. Pero, ¿sabes qué? No, típico también de personas que, como David o como Salomón, conocieron a Dios y luego se dedicaron a la vida loca.
El padre, bondadoso, no regaña al segundo hijo tampoco. Le dice: "Hijo mío, tú siempre has estado conmigo y todo lo mío es tuyo. Yo no tengo que darte un cabrito. Todo lo mío es tuyo. Ve al campo y mata cinco cabritos que tú quieras y te los puedes comer porque son tuyos." Pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido hallado.
Bueno, el hijo mayor también estaba perdido en su autojusticia. Y los fariseos y los escribas que estaban oyendo a Cristo contar estas parábolas también estaban perdidos exactamente en lo mismo: en su autojusticia. El hijo mayor pudo haber dicho: "Es que mi hermano no merece perdón." Bingo. El perdón nunca es merecido.
No sé si te conté esta historia, una historia real. En la Francia de Napoleón Bonaparte, hay un joven que ha sido condenado a muerte. La madre, de alguna manera, con algunos contactos cercanos a Napoleón, le consiguió una entrevista con él y fue y le dijo: "Señor emperador, yo le ruego que tenga misericordia." Y le dice Napoleón: "Su hijo no merece misericordia." Y ella respondió: "Es que, señor emperador, si fuera merecida, no fuera misericordia." Y él le dijo: "Bueno, cuando me lo piden en esos términos, le concederé su perdón."
¿Alguien te ha herido? ¿Te ha rechazado? Ah, te traicionó, fue infiel. No tienen que ser esposos; ser infiel en una amistad. Bueno, el perdón para el cristiano no es algo opcional. De hecho, Cristo nos enseñó: "Si tú no perdonas, no cuentes con el perdón de mi Padre." ¿Tú realmente quieres estar en una condición de no perdón frente a Dios? "Es que no lo merece." No, es que no es merecido.
Tú sabes que aquellos que han estado conmigo por años saben que con frecuencia, a mí me gusta cerrar mensajes con una historia que ilustre ciertos puntos. Yo te voy a contar una historia, pero es de la misma Biblia. Te voy a leer una historia, porque en ella yo creo que está el hijo menor, está el hijo mayor, estás tú, estoy yo, y está también cómo ora uno y cómo ora el otro.
Lucas 18. Pasas de Lucas 15 a Lucas 16, y te encuentras con otra parábola. "Jesús dijo también esta parábola a unos que confiaban en sí mismos como justos y despreciaban a los demás." Subráyenlo. Esta parábola está dirigida a un grupo de personas que se miraban a sí mismos como justos, irreprochables, y despreciaban a los demás. "Dos hombres subieron al templo a orar, como los dos hijos también. Uno era fariseo", ahí está otra vez, "y el otro recaudador de impuestos."
Al grupo al que Cristo le habla en Lucas 15 había recaudadores de impuestos y había también pecadores y fariseos. "El fariseo, puesto en pie, oraba para sí de esta manera: 'Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, estafadores, injustos, adúlteros, ni aun como este recaudador de impuestos. Yo ayuno dos veces por semana, yo doy el diezmo de todo lo que gano.'" ¿Tú te has visto alguna vez así?
"El otro, el recaudador de impuestos, de pie y a cierta distancia, no quería ni siquiera alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: 'Dios, ten piedad de mí, pecador.'" Ahí está el corazón del hijo mayor y del hijo menor. Y Cristo hizo la pregunta: "¿Cuál de estos dos se fue a su casa justificado?" Obviamente es una pregunta retórica. Hacer la pregunta es contestarla.
El uno estaba confiado en sí mismo, en su autojusticia. "Me quedé en tu casa todos estos años trabajando. Nunca te he pedido nada, no desobedecí nada." Este es el corazón del fariseo. "Yo ayuno dos veces a la semana, yo diezmo; por tanto, yo merezco tu perdón, obviamente tu bendición." El otro dice: "Es que yo ni me atrevo a levantar mis ojos al cielo. Yo soy un hombre pecador." Cristo dice que ese fue el que se fue a su casa justificado.
Yo creo que es un buen tiempo para reflexionar acerca de tu corazón y el mío a la luz de estos dos hijos. ¿Estás cerca de Dios? Tú estás tan cerca de Dios como tú has decidido estar, o tan lejos de Dios como has decidido estar. Número dos: ¿estás tan lejos de Dios que no tienes luz suficiente para ver tu corazón, o no tienes punto de comparación, que es el carácter santo de Dios frente al carácter no santo del mío?
¿Estás confiando en tus actividades de ofrendar, diezmar, ir a la iglesia? ¿Es eso lo que mide tu grado de rectitud ante Dios, tu fidelidad a las actividades de la iglesia? ¿O hay algo más que no se ve en tu corazón, pero que Dios sí ve, que es quizás igual o peor que los pecados visibles?
¿O estás tú hoy, en desconocimiento de otros, viviendo una vida licenciosa que nadie sabe? Quizás no es en un país lejano, pero pudiera ser. Quizás es un lugar donde yo visito solo, que puede ser en tu mismo hogar frente a una pantalla. Pero este es un buen momento para llamar al arrepentimiento. Hermano, no te dejes engañar.
De Dios nadie se burla. No lo intentes, no lo creas. No hay pecados secretos; simplemente hay pecados que la gente no conoce, pero secreto ninguno. Ante el velo en el reino de los cielos está quitado sobre esa acción tuya y mía, y es claramente visible.
Cierra tus ojos.
Padre, gracias por tu palabra. Perdona nuestro sentido de autojusticia. Perdónanos cuando nos entretenemos revisando o condenando el pecado de otros sin revisar o aún condenar mi propio pecado.
O quizás tienes que decirle: "Señor, perdóname porque yo decidí no vivir muy cerca de ti, porque eso implica unos niveles de sacrificio que yo no estoy dispuesto a hacer. De manera que me voy a mantener un tanto alejado, que me permita también disfrutar algo de la otra vida."
Si estás ahí, en el nombre de Cristo yo te pido que te arrepientas, hermano, porque no te vas a quedar ahí. Serás arrastrado por las aguas de la cloaca moral de nuestros días. Dile perdón a Dios. Y sabes qué, vas a encontrar ese corazón bondadoso que recibe al pecador ahora arrepentido.
Dile al Señor: "Señor, ten piedad de mí, oh Dios. Ten piedad. Encuéntrame hoy y devuélveme hoy. Dame lo que yo no tengo para ver mi condición interna. Y como el Espíritu pone el querer y el hacer, pon el hacer en mí de manera que me pueda devolver, ir a ti y decirte exactamente lo mismo: 'Yo he pecado contra el cielo y contra ti. No soy digno de llamarme tu hijo. Pero si tú dices que lo soy, yo soy quien tú dices que soy. Recíbeme como tú quieras, pero límpiame de mi pecado.'"
Pues te lo pedimos en Cristo Jesús, y su pueblo dice: Amén.
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