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Sermones

Cristo, el pago por tu rescate

Miguel Núñez 6 enero, 2026

Una vida no examinada no vale la pena vivirla, decía Sócrates. Con esta reflexión de fin de año, el pastor Miguel Núñez invita a considerar el valor del rescate que Cristo realizó por nosotros. Gálatas 1:4 encierra tres verdades fundamentales: hubo un rescate pagado con la sangre de Cristo, ese pago fue planificado por Dios desde la eternidad, y fue necesario para sacarnos de un mundo de maldad. La magnitud de este rescate se mide por la profundidad del hoyo del que fuimos sacados: un abismo que terminaba en el infierno.

El pecado no es solo inmoralidad sexual o los vicios más evidentes. Es todo lo que Dios considera abominable, incluyendo los labios mentirosos que Proverbios menciona dos veces entre siete cosas que Dios aborrece. Lo más valioso del Padre —Cristo mismo— se ofreció por lo más vergonzoso de nosotros. Para expiar una deuda cometida contra un Dios infinitamente santo, tuvo que bajar el Dios infinito y pagarla él mismo.

El pastor Núñez ilustra la diferencia entre deseo y convicción: el deseo no produce cambio, pero la convicción mueve la voluntad. Fuimos rescatados de la esclavitud del pecado, de la muerte espiritual y de las tinieblas, pero también de la ira de Dios mismo. Sin embargo, Cristo no murió simplemente para perdonarnos; la causa final de la salvación es que vivamos una vida de santidad que refleje su carácter. A libertad fuimos llamados, pero no para usarla como pretexto para la carne.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Esto es un buen tiempo de reflexión. Yo no sé si usted lo hace, pero todos los años yo trato de reflexionar al final del año con miras al próximo año. Yo quiero ver lo que Dios ha hecho, hizo en mi vida, qué no cambié, qué yo necesito cambiar, qué cosas fueron conquistadas, qué cosas todavía siguen en rebelión al señorío de Cristo. Y la realidad es que si nosotros no hacemos eso, no sé para qué vivimos.

Entonces, de hecho, 350 años antes de Cristo, vino Sócrates, un filósofo que precede a la venida de Cristo, y dijo algo que la mayoría de la gente del día de hoy todavía no hace. Él decía: "Una vida no examinada no vale la pena vivirla." Porque la mayoría de las personas, creyentes y no creyentes, no examinan su vida en el día a día, sobre todo al final del año. No pasan balance. Revisan sus cuentas, pero no pasan balance a su vida. Y Sócrates está ahí para recordarnos: oye, si tú vives una vida que tú no examinas de manera recurrente, ¿para qué la vives? Porque ni siquiera sabes para lo que estás viviendo.

De manera que este final de año yo quisiera animarte a que tomes nuevas decisiones. Pero escúchame: no tomes decisiones porque yo siempre he tenido un deseo de leer la Biblia, de obedecer mejor, de vivir mi vida cristiana mejor. Si lo que has tenido es un deseo, por fuerte que sea, no va a ocurrir. Por eso sigues luchando con lo mismo. Yo siempre he tenido el deseo de hacer ejercicio todos los días, pero yo sé por qué no ha ocurrido: porque para que las cosas ocurran, yo necesito tener una convicción que produce una decisión en esta área. Lamentablemente, para mi vergüenza, no ha ocurrido.

Pero las cosas que se convirtieron en convicciones en mi vida siempre han movido mi voluntad, porque la convicción te sostiene a ti. La opinión tú la sostienes; el deseo, también. La convicción te sostiene a ti y te mueve a ti. De manera que yo te pido que escuches este mensaje reflexivamente, que el Espíritu de Dios lo pueda abonar de tal forma que tú puedas crear convicciones en tu vida que muevan tu decisión para el próximo año.

De manera que abre tu Biblia en Gálatas capítulo 1, versículo 4, un solo versículo. De hecho, al final vamos a analizar una sola palabra de un solo versículo, pero tengo que analizar el versículo para entender la palabra. Recuerda que la semana pasada el pastor Pepe nos habló, no tanto del nacimiento de un niño, que es lo que tiende a recordarse, sino de la encarnación de Dios.

Wow. Que el Dios que existía fuera del tiempo y del espacio, el Dios que nunca tuvo un cuerpo material formando parte de su vida, de su esencia, tuviera la disposición y la voluntad de encarnarse y entrar en el tiempo y en el espacio para experimentar todas las emociones humanas posibles. El Dios que nunca se cansa, se cansó. Experimentó hambre, tuvo sed, lloró, derramó lágrimas. Experimentó el dolor físico, emocional y espiritual que alcanzó su clímax en la cruz, hasta el punto de llegar a sentir la separación de Dios Padre, y exclamó en desespero: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?"

Este es Dios en la carne, que vino justamente para hacer algo que tú y yo no podíamos hacer, pero que al mismo tiempo tú y yo no hemos podido aquilatar, o no hemos querido aquilatar, de la manera que debiéramos aquilatarlo. Porque es el valor que yo le otorgo a lo que Dios hizo en la vida de Cristo lo que determina mi grado de obediencia. Y mi grado de desobediencia apunta y testifica en contra de mi valoración de la sangre derramada por mí. Que el Dios que vive fuera del tiempo y del espacio haya querido entrar en el tiempo para que ahora los segundos contaran, los minutos, las horas, los días, las semanas, los meses, los años. Wow. ¿Quién hubiese podido imaginar o siquiera pensar que el Dios que sostiene el universo —la segunda persona de la Trinidad, por medio de quien todo fue creado y sin quien nada de lo que fue hecho fue hecho, según Juan— vendría para que luego fuera sostenido por los brazos de una mujer?

Bueno, con eso en mente, yo quiero leer de la carta de Pablo a los Gálatas, capítulo 1, versículo 4, un solo versículo, y luego vamos a hacer como un zoom a una palabra. Voy a leer de la Nueva Traducción Viviente porque tiene la palabra que me interesa exponer hoy.

"Tal como Dios nuestro Padre lo planeó —dice Gálatas 1:4—, Jesús entregó su vida por nuestros pecados para rescatarnos de este mundo de maldad en el que vivimos."

Este versículo tiene tres grandes verdades. Te las voy a mencionar —1, 2, 3— y luego las desempacamos. Número uno: hubo un rescate que Jesús realizó por medio de su sangre que Él pagó. Número dos: el pago por el rescate que se hizo fue planificado por Dios, por la Trinidad, en la eternidad pasada. Y número tres, dice el texto: el rescate fue necesario para sacarnos —escucha— de este mundo de maldad. Esa es la razón por la que titulé el mensaje de hoy: "Cristo, el pago por tu rescate."

Vamos a analizar el versículo y, de este versículo, una palabra, de manera que la veremos en el contexto del versículo. Yo creo que lo que acabo de leer es un buen resumen del evangelio. En un versículo se contienen verdades cruciales, centrales a lo que es el mensaje de salvación y a la fe cristiana misma.

Vamos a desempacarlo —1, 2, 3— y luego vamos a la palabra en particular. Número uno: el texto comienza diciendo "tal como Dios nuestro Padre lo planeó", refiriéndose a la muerte de Cristo. Y ciertamente esto fue planeado en la eternidad pasada. De hecho, el mundo fue creado como una especie de teatro donde Dios llevaría a cabo su plan de redención; así es como Juan Calvino lo llamó. Y esa planificación al detalle de todo lo que ocurriría es mencionada en Hechos 4:27, donde dice que en verdad, en esta ciudad, se unieron tanto Herodes como Poncio Pilato, junto con los gentiles y los pueblos de Israel, contra tu santo siervo Jesús, a quien tú ungiste, para hacer cuanto tu mano y tu propósito habían predestinado que sucediera.

La cruz no fue un accidente; fue una cita con la muerte en la persona de Cristo, en un lugar y tiempo específicos. El texto de Gálatas 4:4 nos dice que cuando llegó la plenitud del tiempo —cuando todas las cosas que tenían que ocurrir para que Cristo pudiera llegar se habían cumplido— en ese momento exacto Cristo vino y se encarnó. Ni un día antes, ni un día después: ese es el tiempo, la plenitud de los tiempos. El lugar, ya lo leímos: Jerusalén, pero no en cualquier lugar de Jerusalén. No, no, no. Fue en un lugar llamado el Gólgota, también llamado el lugar de la Calavera, fuera de las murallas de la ciudad. Porque Él estaba muriendo cargado de pecado, cargado de la culpa de tu pecado y de mi pecado, y tenía que morir fuera de la ciudad, porque de lo contrario deshonraría y profanaría la ciudad, de acuerdo al entendimiento de los judíos. De manera que ese es el lugar donde Él muere: el tiempo, el lugar y la forma —muerte de cruz.

Número dos: el texto de hoy dice que Jesús entregó su vida por nuestros pecados. Eso es confirmado múltiples veces. Efesios 5:2 dice que Jesús se ofreció a sí mismo como sacrificio por nosotros, como aroma agradable a Dios. Espera un momento: cuando Cristo se ofreció en la cruz, eso tuvo olor a sangre, lo cual no es necesariamente placentero. Sin embargo, cuando ascendió a los cielos, Dios dice: "Aroma agradable a mí es esta muerte de cruz." En serio. Bueno, eso es lo que el texto dice.

Escucha a Phil Ryken, presidente de Wheaton College, en su comentario de Gálatas. Él habla de este momento en la cruz y muestra la disposición de Jesús a ir a la cruz. La crucifixión fue un sacrificio voluntario. Jesús dio el regalo más preciado de todos. Él se entregó a sí mismo.

En esta época de Navidad tenemos la costumbre de intercambiar regalos, y está muy bien. Es una expresión de amor, debiera ser por lo menos. Pero sabes que el problema es que en la celebración y en la entrega de regalos perdemos la razón de la ocasión. Ocurre como en una ocasión que una familia tuvo un hijo, y para el primer aniversario del hijo hicieron una fiesta. El niño era pequeño, ya estaba durmiendo temprano en la noche. La gente llegó a la casa, era invierno, y cada cual llegó, tomó su abrigo, se lo quitó y lo fue tirando en una cama. A una hora en particular alguien preguntó por el niño, y dijeron: "¿El niño, verdad?" Salieron corriendo. Estaba debajo de los abrigos. La razón de la fiesta, el niño, fue ignorado.

La razón de este mes es para recordar que el mejor regalo de todos los regalos lo ofreció Jesús en una cruz. Y este intercambio es lo que nos debiera recordar a todos nosotros. Él dio, él entregó. Nadie le quitó la vida; él la entregó libremente.

Escucha cómo Jesús se refirió a ese momento. Juan 10:17: "Por eso el Padre me ama..." Detente. Jesús va a decir ahora una de las razones por las que el Padre lo ama: "Por eso el Padre me ama, porque yo doy mi vida para tomarla de nuevo." El Padre ama el hecho de que yo voluntariamente vine, me sacrifiqué por sus elegidos, aquellos que eran suyos y que tú a mí me los diste. Por eso yo vine a entregar mi vida.

Todo eso debe ir ayudándote a entender el precio, el valor que tiene lo que Cristo hizo en la cruz. Recuerda que este mes de diciembre nos recuerda el pesebre, pero el pesebre vino por razón de la cruz, y la cruz vino por razón del pecado. No hay pecado, no hay cruz, no hay pesebre. De manera que otra vez yo tengo que ir aquilatando todo esto para poder vivir una vida más congruente con el aprecio por el regalo.

El Padre valoró enormemente lo que Cristo hizo en la cruz. El Padre no tuvo que convencer a Cristo. Él lo hizo por amor al Padre y luego por amor a nosotros, que íbamos en camino a una condenación eterna, y vino y nos salvó para llevarnos a una salvación eterna.

Múltiples pasajes de la Biblia nos hablan de esa entrega de Cristo por nuestros pecados. No voy a leerlos todos; simplemente varias citas: Mateo 20:28, Efesios 5:2, 1 Timoteo 2:6, Tito 2:14, Hebreos 9:14. Todos hablan de que Cristo se ofreció por nuestros pecados. ¿Tú entendiste eso? Cristo se ofreció por nuestros pecados. "Sí, pastor, yo he oído eso tantas veces." No, espérate, espérate, espérate. La causa final. La causa final.

En otros momentos podemos hablar de que cada evento tiene diferentes causas de acuerdo a Aristóteles: la causa formal, la causa material. Eso no me interesa ahora. La causa final de la cruz es tu pecado y el mío. Literalmente hablando, Cristo vino para ofrecerse por tus pecados. La crucifixión de Cristo por nuestras iniquidades.

"Por nuestras iniquidades." No nos llama mucho la atención. La hemos oído tanto, la hemos cantado tanto, una y otra vez la celebramos cada vez que tenemos la Santa Cena, y es como algo pasado que sí forma parte de la tradición, pero no tiene tanto valor. ¿Sabes por qué? El hecho de que Cristo haya muerto por mis pecados no nos llama tanto la atención porque estamos acostumbrados al pecado. Porque pecado es lo que nosotros somos. Hacemos pecado porque somos pecado. Tú primero eres algo y luego vas y vives lo que eres.

Escucha cómo John Bunyan describió lo que el pecado es. Dice que el pecado es el desafío de la justicia de Dios, la violación de su misericordia. Tú sabes cómo lo vio en inglés, que fue como él escribió para aquellos que entienden el idioma: "the rape of his mercy." La violación de su misericordia, la burla de su paciencia, el desprecio de su poder y el menosprecio de su amor.

El pecado es la profanación de la sangre de Cristo. El autor de Hebreos dice incluso que cuando nosotros volvemos a pecar tenemos por inmunda la sangre de Cristo. Sí, la hemos profanado. De manera que la próxima vez que te sientas tentado a pecar, piensa: si peco, en esencia estoy haciendo algo que profana la cruz de Cristo y que Dios considera como una abominación.

De ahí, de donde yo estaba, me rescató Cristo. Mis pecados me tenían ahí y de ahí me rescató. No puedo olvidar eso. Lo más valioso del Padre se ofreció por lo más vergonzoso de nosotros. Lo más santo del Padre, Cristo, se ofreció por lo más vil de nosotros. Fíjense ahí por un segundo. ¿Cuál es el pecado más vil que tú has cometido en tu vida? Por esa vileza, si me permite la palabra, Cristo murió.

Nuestro pecado es inmenso, y es inmenso porque se cometió contra un Dios infinitamente santo. Tú puedes aquilatar así el peso del pecado, la magnitud del pecado. En toda la creación no había nada ni nadie, ni de manera singular ni colectivamente, que pudiera expiar mi pecado o mi culpa. No lo había. Para expiar el pecado cometido contra un Dios infinitamente santo, tuvo que bajar el Dios infinito y pagarlo Él mismo. La deuda era contra Dios, y Dios tuvo que bajar y pagarla Él.

Tercero, de las tres verdades encerradas en el versículo de Gálatas 1:4, Él vino para rescatarnos de este mundo de maldad en el que vivimos. La NTV lo traduce así: "este mundo de maldad." Cristo lo calificó en más de una ocasión y de más de una manera. En Mateo 12:39 le llamó a este mundo "una generación perversa y adúltera." En Marcos 9:19 le llamó: "Oh, generación incrédula." Y Pablo en Filipenses 2:15 le llama "una generación torcida y perversa." Cristo le llamó perversa. Pablo le llamó perversa. Y a esta generación por igual.

Recuerda algo, mi hermano y hermana. Cuando oímos la palabra "perversa", nuestra inclinación inmediata, incluyéndome a mí aún hasta el día de hoy, es inmediatamente pensar en los pecados más inmorales del ser humano. No, no, no, no. Perverso es todo lo que Dios llama pecado. Porque el pecado más pequeño que yo cometo, que tú cometes, es una abominación para Dios.

Si no me crees, ve al libro de Proverbios, donde se habla de que Dios abomina siete cosas, y de esas siete cosas, una de las que abomina son los labios mentirosos. Y de esas siete cosas, la mentira, tipificada por labios mentirosos, es repetida otra vez: dos de las siete cosas abominables tienen que ver con la mentira. Y esa es la mentira en la que tú y yo frecuentemente vivimos.

"No, pastor, mira, la última vez que yo dije una mentira fue hace un año." No, espera, espera, espera, espera. Cristo dijo: "Yo soy la verdad." Como Cristo dijo "Yo soy la verdad", Él es el único que puede todo el tiempo vivir en la verdad. El resto de nosotros hacemos el esfuerzo por vivir en la verdad, pero el salmista dice: "No, no, no. Todos los hombres son mentirosos", porque ninguno de nosotros puede decir "Yo soy la verdad" como Cristo lo dijo.

Y Dios dice: "Todo lo que es pecado es abominable para mí." Por eso yo quiero desempacar este versículo detenidamente. Él vino a un rescate y pagó un precio por ese rescate. Y yo estaba en ese mundo de maldad al que se refiere Gálatas 1:4. Ahora déjame ayudarte a entender dónde yo estaba cuando Él me rescató, porque no todos los rescates son iguales.

Imagínate que estás en un ascensor, piso uno, se cerró y no abre, y a las dos horas te sacaron. Bueno, eso es un rescate, pero estaba en el piso uno. Piso 20, no, piso 100. Ah, en otro país con un lenguaje que tú no conoces. Ahí se trancó el elevador, tú tocas la alarma, pero nadie viene. Eso es muy diferente al ascensor de donde tú vives.

Pero a mí no me sacaron de algo así. A mí me sacaron —ponlo de esta manera— de un hoyo, de un agujero tan profundo que terminaba en el infierno.

Incluso con relación al rescate del ascensor, déjame darte idea de un rescate real de este lado, del año 2010. El país fue Chile. Treinta y tres mineros quedaron atrapados en una mina. ¿Sabes a qué profundidad? Setecientos metros bajo la tierra, casi a un kilómetro de profundidad. No había forma de llegar; no podían usar el acceso usual porque eso fue lo que colapsó. Hubo que hacer un agujero paralelo, literalmente. Sesenta y nueve días de trabajo. La comunidad internacional tuvo que unirse, y 69 días después ellos fueron rescatados.

Eso es un rescate. El valor económico de ese rescate fue enorme. Y el otro rescate es el mío: de un hoyo que termina en el infierno, cuyo valor no es cuantificable porque no es económico. La deuda era moral; el pago fue moral.

Ahora yo tengo que ir dimensionando de dónde me rescataron, dónde yo estaba, a punto de irme a dónde.

Entonces, ahora en el texto de Gálatas 1:4 se nos dice que me rescataron de este mundo de maldad. ¿Qué significa eso existencialmente en el día a día? ¿Qué significa eso? Bueno, por un lado significa que me rescataron de la esclavitud del pecado. Pero eso no es todo. Me rescataron de la muerte espiritual en la que yo me encontraba. No solamente estaba allí abajo, tan profundo, sino que estaba muerta.

Y no solamente eso: me rescataron de un mundo oscuro de tinieblas. Recuerda que Cristo vino a las tinieblas y las tinieblas no le comprendieron —el mensaje del domingo pasado del pastor Pepe—. La palabra de Dios habla de este mundo como tinieblas, tinieblas profundas, densas, tan densas que penetraron mi interior. Y ahí en mi interior, esa oscuridad está caracterizada por pasiones y ambiciones.

Todavía más. Espera al final de lo que voy a decir, porque lo contrario va a hacer lo que la gente que me sigue en Twitter hace: que yo les digo tal cosa, les digo "Espera al final", y no esperan al final y ya al principio me están condenando. Espera al final.

Dios vino a rescatarme de Él mismo. ¿Cómo? Dios vino a rescatarme de Él. Él fue el que condenó al mundo y lo tiene sometido a la justicia, a su ira. De hecho, Juan 3:36: "El que cree en el Hijo tiene vida eterna; el que no obedece al Hijo, la ira de Dios permanece sobre él." Es de esa ira que me vienen a rescatar. ¿De quién es la ira? De Dios. Dios vino a rescatarme de Él, de su ira, para llevarme a Él, para que yo pueda experimentar su gracia, su misericordia y todo su amor.

Recuerda que lo que estamos explorando es la magnitud de la caída y el rescate. Había una deuda con Dios inmensa, infinita. ¿Sabes por qué? Porque la transgresión se cometió contra un Dios infinitamente santo.

No olvides lo que dijimos —creo que en algún mensaje, o si lo dije en el devocional del staff los martes— que había leído recientemente que la magnitud del pecado, o de la ofensa, se mide por la dignidad de la persona contra quien tú pecas. Hermano, si tú me ofendes, eso no es lo mismo que ofender a Dios. Tú y yo podemos hablar y yo decirte: "Ah, no te preocupes, yo te perdono." No, no. En el reino de los cielos, el que la hace la paga. Y Adán y Eva la hicieron, la tuvieron que pagar.

El problema era que la deuda era moral y ellos no tenían fondos para pagar una deuda moral. Tú puedes hacer un cheque, el cheque puede estar sin fondo, pero puedes, si conoces a alguien en el banco: "Espérate, yo voy a hacer una transferencia, traigo dinero a la cuenta y ya el cheque se puede pagar." No. Ellos no tenían fondos insuficientes: no tenían fondo en absoluto, y estaban ahí.

Porque ellos violaron los términos del contrato. El contrato inicial, el único contrato, el único pacto de obras en toda la Biblia es este, con un solo chance: "El día que pecas, tú mueres." No hay segundo chance. Todos los demás pactos de la Biblia son pactos de gracia. Este era un pacto de obras. Y no solamente ellos habían violado el pacto, sino que para pagarlo, para condonar la deuda, se requería una muerte.

Por eso es que el libro del Génesis nos dice que después que Adán y Eva trataron de cubrir su desnudez con hojas de higuera, Dios viene y los cubre con pieles. Entendemos teológicamente que Dios mató a un animal, tomó su piel, le hizo coberturas y los cubrió. Hebreos 9:22 nos dice la razón: sin derramamiento de sangre no hay perdón. Tú violaste la vida que te di; para pagar esa deuda se requerirá otra vida.

Y esa vida no era cualquier vida: era la vida de alguien sin pecado, porque eso fue lo que arruinaste. La imagen de Dios sin pecado fue lo que arruinaste.

Entonces, hermanos, si ya fuiste libertado, si ya fuiste rescatado, no vuelvas a lo mismo. Segunda de Pedro 2:19: "Todo hombre es esclavo de aquello que lo domina." Tienes un pecado —del que sea, no necesariamente la inmoralidad sexual en la que pensamos cuando hablamos de la perversión de que habla la palabra de este mundo—. Un pecado, el que sea, que es recurrente, del que no has podido salir. Aquí está lo que el texto dice: todo hombre es esclavo de aquello que lo domina. Te estás dejando dominar por tu pecado. Y lo que nos domina son nuestras pasiones y ambiciones que nos esclavizaron.

Ahora, cada vez que nosotros decimos "pasiones", lo primero que viene a tu mente son pasiones sexuales. No. Yo puedo tener una pasión por dinero —y eso es parte del problema—, por fama, por un hombre, por reputación, por aprobación. Todo eso es lo que nos mezcla y nos enreda.

El problema nuestro es que nosotros queremos nuestra libertad. Pero fue nuestra libertad la que nos esclavizó en el primer lugar. Lo digo otra vez: queremos nuestra libertad, pero fue nuestra libertad la que nos esclavizó en el primer lugar. Por eso Cristo dice: "Al que el Hijo del Hombre hace libre es verdaderamente libre." No creas que eres libre. No, no, no. Tú requieres la liberación, el rescate del Hijo del Hombre.

Escucha Gálatas 1:4 otra vez, el mismo versículo inicial: "Tal como Dios nuestro Padre lo planeó, Jesús entregó su vida por nuestros pecados para rescatarnos de este mundo de maldad en el que vivimos." "Rescatarnos" es la Nueva Traducción Viviente. La Nueva Biblia de las Américas lo traduce como "para librarnos." Detrás de ambas palabras está nuestra salvación. Es lo mismo.

Ahora, recuerda que en esta carta de Pablo, esta carta de los Gálatas, Pablo habla de nuestra libertad de forma enfática. Pero cuando él habla de nuestra libertad y nos dice "A libertad nos llamó Cristo", eso no implica una vida de libertinaje. En ocasiones has oído o has visto a alguien a quien le has recordado el estándar de la palabra y te ha dicho: "Ay, no, no, no. A libertad me llamó Cristo." Bueno, pudo haberte llamado a libertad, pero no al libertinaje que tú quieres. Son dos cosas muy diferentes. De hecho, vamos a volver ahí: Pablo nos va a recordar eso en esta misma carta a los Gálatas.

Antes de venir a Cristo, nosotros somos esclavos del pecado. La única influencia antes de venir a Cristo, la única influencia que yo tengo, es el pecado. Mis opciones eran pecar o pecar. Después de venir a Cristo, el Espíritu de Dios mora en mí y ahora yo tengo otra influencia. Ahora yo tengo la habilidad de pecar o no pecar.

Y ahora cuando peco, mi responsabilidad es peor, porque Dios sabe que yo tengo otra influencia que es mayor que la primera, y sin embargo cedo a la influencia de la primera, que es la carne, cuando el poder del Espíritu es mayor que el de la carne. Pero cedo, porque pecar es lo que disfrutamos. No me diga que no, porque ¿por qué pecas entonces?

Y es peor todavía. Segunda de Timoteo 2:26 dice que antes estábamos, Satanás nos tenía esclavizados para hacer su voluntad. ¿Cómo fue? Sí, te esclavizó el pecado, pero luego Satanás sabe hacer uso del pecado que te esclavizó y que todavía tiene remanentes en ti. Sabe hacer uso de eso para llevarte a hacer su voluntad.

Pastor, pero eso será como de vez en cuando. No, no, no. Cada vez que tú pecas, estás haciendo la voluntad de Satanás, que es el padre de toda mentira, es el padre de todo lo falso. La única manera de que tú no hagas la voluntad de Satanás es que tú hagas la voluntad de Dios y no la de tu carne. Porque la carne es lo que Satanás incita. Los deseos del Espíritu están contra la carne, los deseos de la carne están contra el Espíritu. Es una guerra.

Juan 8:36: "Así que si el Hijo del Hombre los hace libres, ustedes serán realmente libres."

Recuerda, deseamos la libertad, peleamos por la libertad, pero es la libertad para yo hacer lo que yo quiera lo que me esclaviza en primer lugar. ¿Sabes por qué? La ley de Dios no nos gusta. Siempre está el caso de que es el estándar, ¿quién lo puede cumplir? El salmista decía: "Oh, cuánto amo tu ley." ¿Y por qué es que en nuestros días este vocabulario no se oye? "Cuánto amo tu ley." No, el vocabulario es: "Sí, esa es la ley de Dios, hay que someterse porque uno va a ir contra Él, nadie puede."

La razón por la que nosotros nos expresamos así con relación a la ley de Dios es porque es un estorbo, es una limitante a mi libertad para yo hacer lo que a mí me gusta. Y eso que nos gusta es pecar. Eso es lo único que a la carne le gusta: pecar. No le gusta otra cosa. A la carne no le gusta venir a la iglesia, no le gusta leer la Palabra, no le gusta meditarla, no le gusta reflexionarla, no le gusta discutirla con otros. No, no, no.

La naturaleza pecadora prefiere la esclavitud del pecado a la libertad de Cristo. El pueblo de Israel en el desierto tipifica cómo es la vida del creyente que quiere seguir pecando. "Ay, si volviéramos a Egipto, ay, si allá comíamos carne y las ollas estaban llenas de carne", un apetito completamente carnal.

Así es. El pueblo de Israel en el desierto tipifica lo que Pedro habla: que los falsos maestros muchas veces hacían como el perro que a su vómito vuelve. ¿Han leído ese texto? La Palabra me lo recordó en estos días, porque mi esposa estaba en Colombia con Ailin, visitando a Mayira. Como saben, su hija Erika, de la cual oró Joan, tuvo una trombosis cerebral y estuvo en cuidado intensivo, etcétera. Entonces yo saqué al perro al patio, y ahí él vomitó bastante. Yo le di media vuelta, lo llevé, y siguió bien. Al otro día lo saqué de nuevo y quería comerse su vómito, quería volver al mismo sitio. Un momento: yo ya había limpiado, pero quedaba el olor, y quería comerse lo que estaba ahí. A eso es a lo que se refiere Pedro.

Pero eso es lo que ocurre cuando el cristiano es libertado de su vida anterior, es sacado de la celda y vuelve a pecar: él quiere comerse su vómito, o nosotros queremos comernos el vómito. Cristo no murió simplemente para salvarte. Espera, no me condenes todavía. Él te salvó, te perdonó los pecados, pero esa no era la causa final. La causa final es esta: para que, habiendo ahora tus pecados perdonados y teniendo libertad, tú puedas vivir una vida de santidad que refleje su carácter. Para eso fue que te salvó. Nos salvó de un tipo de vida para vivir y exhibir otro tipo de vida.

Bueno, pastor, ilústrame mejor cómo luce día a día esa primera vida, esa vida en la carne, esa vida del mundo. Gracias por la pregunta, te la voy a contestar. ¿Cómo luce la vida de la que Cristo me libró? O cómo luce este mundo de maldad del que habla Gálatas 1:4, o cómo luce ese mundo que Pablo calificó de torcido y perverso. Yo te voy a decir cómo luce, porque el mundo está compuesto de personas. Si te digo cómo lucen las personas, te digo cómo luce su mundo.

Escucha: Gálatas 5:19-21. "Ahora bien, las obras de la carne son evidentes, las cuales son inmoralidad, impureza, sensualidad, idolatría, hechicería." Bueno, pastor, hasta ahí no me identifico mucho con eso. No, no, espérate, que va muy rápido. Escucha ahora, vamos a ver si te identificas con esto: "Enemistades, pleitos, celos." Escucha esto, a ver si te puedes identificar: "Enojos." Alguien que no se haya enojado. "Rivalidades, disensiones, herejías, envidias, borracheras, y cosas semejantes, contra las cuales les advierto, como ya se los he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios."

Eso es Gálatas 5:19, pero seis versículos antes, en 5:13, Pablo me dice: "A libertad fuimos llamados, pero no uses tu libertad como pretexto para la carne." No uses tu libertad para vivir conforme a los deseos de la carne, que son lo que yo te acabo de leer. Las obras que te enumeré son el resultado de la carne que todavía permanece viva en nosotros.

Pero yo tengo que aquilatar el pecado mejor en su forma negativa para quilatar mejor el pago que se hizo y el rescate que hizo Cristo por mí. Escucha al académico William Vine, el autor del diccionario Vine del griego, cómo lo dice él, para entender qué implica caminar en la carne. "El caminar según la carne es cultivar la amistad con el mundo, el mundo de maldad. La amistad con ese mundo, sentirte cómodo con ese mundo, es ceder a la influencia que debilitaría nuestra alianza con Cristo. Es negar nuestro llamado a ser santos." ¿Escuchaste? La vida en la carne es sentirme cómodo en el mundo, pero es negar nuestro llamado a ser santos y nuestra relación con Él, la relación a la que Dios nos llamó por su gracia, y entrar en la pérdida de su aprobación y de nuestra recompensa futura.

Eso es vivir en la carne. Eso es cómo luce la vida, el mundo de donde a mí me rescataron. Es un rescate multidimensional. Déjame ver si te lo puedo ilustrar, porque tiene múltiples implicaciones.

Número uno: vivir en la carne o vivir de acuerdo al mundo es vivir conforme a los deseos de la carne, que ya lo he dicho, simplemente lo estoy reafirmando. Pero es algo más: es pensar como el mundo piensa. Escucha ahora con detenimiento: es valorar, desear y buscar lo que el mundo tiene en alta estima. ¿Qué es lo que el mundo tiene en alta estima? Fama, poder, dinero, prestigio, privilegios, posición.

Si piensas que no, que yo nunca he buscado una alta posición, no tienes que buscar una alta posición. Es tan sencillo como esto: el mundo busca posición. En una posición, en un trabajo, el viernes me hicieron una encuesta de clima. Yo dije: "Todo excelente, tu trabajo excelente, tu salario excelente." El lunes me entero de que la persona de al lado, que llegó hace tres años cuando yo llegué hace ocho, la promovieron y le subieron el salario. Inmediatamente me irrito, porque yo ando detrás de lo que el mundo anda: posición, dinero, reconocimiento, aplausos. Le decía una mamá mosquito a su hijo: "Hijo, cuídate los aplausos, que te pueden matar." Y hermano, cuídate de los aplausos que te pueden matar.

Popularidad y apariencia exterior, de lo cual la gente vive continuamente. Si tú te identificas con cualquiera de esas características, eso implica que hay áreas de tu vida que están en rebelión al señorío de Cristo. Anterior a mi encuentro con Cristo...

Así era como vivíamos. Pero después que yo tengo un encuentro con Cristo y me han entregado una nueva vida, se supone que ahora yo tengo, o yo soy, nueva criatura. Segunda de Corintios 5:17 y en adelante. Soy una nueva criatura. O sea, yo soy otro Miguel. No puedo lucir como el Miguel anterior. Yo puedo, pero no debo. No se supone.

De hecho, todo eso que yo valoraba, aplaudía, seguía, perseguía anteriormente, Pablo dice: "Tú tienes que considerar la nueva criatura". Dice: "Como ya yo vivo en otra dimensión, eso es basura. Puedo tenerlo, puedo administrarlo, pero no me llama la atención porque es pura basura", dijo Pablo. Es que soy una nueva criatura, con nuevos deseos.

Tú viste la lista que leímos de Gálatas 5:19 al 21. Ahí estaba la idolatría, la inmoralidad sexual, etcétera, etcétera, orgías. Lo que llama la atención es que en la misma lista, no en dos columnas separadas, están la enemistad, los celos, el enojo, la envidia y cualquier otro pecado. ¿Saben por qué? Porque no importa el pecado que se haya mencionado a lo largo de la lista, todos son obras de la carne; del Espíritu no son.

Son obras de la carne, y yo tengo que reconocer lo que es obra de la carne y dejar de justificarla. Tengo que entender que yo sigo lidiando con una naturaleza pecadora que tiene deseos, que tiene impulsos. La naturaleza pecadora tiene impulsos. Pero sabes qué, el Espíritu de Dios pone en nosotros, crea en nosotros impulsos. La pregunta es: ¿a cuál de los dos yo voy a responder?

Bueno, hacer la pregunta y responderla. Se supone que respondemos a los impulsos del Espíritu de Dios, pero no lo hacemos. ¿Sabes por qué? Porque los impulsos del Espíritu de Dios son contrarios a la carne, y lo que terminamos haciendo es lo que a la carne le gusta y disfruta. Y eso es lo que nosotros seguimos disfrutando. Porque en vez de entender que vivo en otra dimensión y cultivar las cosas, las obras, los deseos de la nueva dimensión, del nuevo mundo, de la nueva ciudadanía, yo sigo aquilatando lo de la vieja ciudadanía.

Igualito igual que los israelitas en el desierto. Estamos en el desierto, vamos para la tierra prometida. Pero, ¿sabes qué? "Ojalá muramos aquí en este lugar miserable con una dieta miserable." ¿Lo recuerdan? Queremos volver a Egipto. Lo mismo que hoy hacemos en la iglesia otra vez.

O sea, la palabra hay que leerla todos los días. Es una dieta miserable, en serio, hermano. Bueno, es miserable cuando no estoy cultivando el espíritu sino a la carne. Claro que la carne no disfruta la palabra. De hecho, la palabra le irrita, le pone limitaciones.

Gálatas 5 menciona cosas como inmoralidad sexual, impureza, sensualidad. Todo eso es la sexualidad humana ilegítima. Y ahí Pablo agrega posteriormente el uso de la sexualidad humana sin control, sin frenos. Así vivía y así vive el mundo hoy.

Pero sabes que cuando tú le das para atrás a la historia, sobre todo Estados Unidos, Europa, hubo un momento en que los valores cristianos, después de la Reforma, fueron abrazados verdaderamente, transformaron vidas. Esas vidas fueron al mundo, vivieron su vida cristiana en el mundo y transformaron el mundo. Y el mundo tenía frenos. Aborto, imposible. Convivencia sexual anterior al matrimonio, no, imposible. Eutanasia, impensable, etcétera, etcétera. Había leyes que prohibían esas cosas.

Pero el mundo le quitó los frenos, y ahora el mundo está camino a perderse, o a arder, por usar otra palabra. Creo que fue G. K. Chesterton que decía: "Antes de remover una pared, pregúntate por qué la pusieron en primer lugar. Antes de remover un límite, pregúntate por qué estaba ahí."

Para yo poder vivir la libertad que Cristo compró, porque Cristo me rescató de una vida para otra vida, para poder vivir esa vida, yo tengo que vivirla en el poder del Espíritu. ¿Sabe cómo Cristo llamó a la vida vivida en el poder del Espíritu? Juan 10:10: vida eterna. "Para esto yo he venido, singularmente vine para una cosa: para que puedan tener vida y la puedan tener en abundancia."

Ah, pastor, sí, pero eso cuando lleguemos ya a la gloria. No, no, no, no, no. Ahora, porque Él compró algo que, cuando venimos a Él, se llama vida eterna. Esa vida eterna debiera tener como característica la vida abundante. Y la vida abundante es una vida de gozo, no de quejas.

En 1 Timoteo 6:18 y 19, Pablo le habla a Timoteo que debiera enseñar a otros a vivir de cierta manera para que experimenten la vida verdadera, dice la Nueva Traducción Viviente, o lo que realmente es vida, dice la Nueva Biblia de las Américas. O sea, que si yo no vivo de esa forma, no estoy viviendo. Del sol para abajo, ¿no? Si ves que tú estás en una mortandad, tú crees que estás viviendo, pero no estás viviendo.

Entonces, ¿qué tengo que hacer? Bueno, Pablo nos dijo que debiéramos cuidar nuestra salvación. Si cuidas tu salvación con temor y temblor, vas a debilitar el poder de la carne en nuestras vidas. Escucha cómo Pablo quiere ayudarnos o quiere enseñarnos: 1 Tesalonicenses 4:3 al 7.

"Porque esta es la voluntad de Dios." Wow, párate ahí. No sigas, no leas más. Esta es la voluntad de Dios. ¿Cuántas veces has dicho que la voluntad de Dios no es fácil de encontrar, pastor? Okay. Yo quisiera saber la voluntad de Dios. Ahora Pablo te la va a decir cuál es: esta es la voluntad de Dios, su santificación.

Sí. Lo que pasa es que yo no estaba hablando de eso. No, ni Dios estaba hablando de lo que tú quieres como su voluntad. Él quiere que tu vida, tus decisiones, tus planes, lo que tú persigas en la mañana, todo contribuya a tu santificación. Que te abstengas de inmoralidad sexual, que cada uno de ustedes sepa cómo poseer su propio vaso en santificación y honor, no en pasión desagradable como los gentiles que no conocen a Dios. Que nadie defraude ni peque contra su hermano en este asunto, porque el Señor es vengador de todas estas cosas, como antes lo dijimos y advertimos solemnemente. Porque Dios no nos ha llamado a impureza, sino a santificación.

Dios no nos llamó a impureza, sino a santificación. Hermano, tú tienes poder del Espíritu para santificar tus emociones. Yo no estoy hablando aquí de que mates las emociones, para nada. Dios nos creó con emociones porque Él es un Dios que también experimenta amor y misericordia, etcétera, etcétera. No, lo que yo necesito es santificar mis emociones antes de que ellas me sacrifiquen a mí en el altar de la impureza.

Yo necesito santificar mis emociones antes de que ellas me sacrifiquen en el altar de la impureza. Hermanos, hay una realidad que tú conoces: todos nosotros luchamos, tenemos una lucha interna contra la naturaleza pecaminosa. Sí, claro. Y Dios lo sabía, lo sabía tanto que dijo: "Okay, yo sé la lucha que es. Aquí tienes mi poder infinito, no desde afuera, desde adentro." Y el propósito de este poder infinito, viviendo en ti, es derrotar la naturaleza pecadora, de manera que tu vida exhiba, no el fruto del hombre viejo, sino mi naturaleza santa.

Entonces, si podemos santificar nuestras emociones por el poder del Espíritu, comencemos a someterlas.

  1. Y le pido a Dios que te dé una convicción para que pueda moverte a una decisión, y puedas entonces moverte a la vida que Dios quiere que vivamos.

En la lista que leímos de Gálatas 5:19 al 21, llama la atención que esos pecados mayores, donde estaba incluso la hechicería, la inmoralidad y todo eso, aparecen en el mismo lugar de estos otros pecados que son más o menos tolerables porque todo el mundo los comete: enemistades, pleitos, celos, enojos, rivalidades, disensiones y envidia.

En consejería, llama la atención a veces a cosas como esta. Alguien dice: "Yo me siento mal, pero pastor, todos somos así." Ese es el problema, que todos somos así. Esa no es la excusa, esa no es la justificación; esa es la realidad.

Entonces, ¿cómo freno todas esas pasiones de la carne? La Palabra nos dice que inmediatamente después de las obras de la carne que leímos, Gálatas 5:19 al 21, Pablo nos dice: "Pero el fruto del Espíritu..." Él viene y contrasta, y nos da una serie de virtudes, nueve de ellas, que forman parte del fruto del Espíritu, y la última de esas virtudes es el dominio propio. Con ese dominio propio que el Espíritu te da, tú puedes hacer que las ambiciones o pasiones de la naturaleza carnal se replieguen y pierdan poder.

Ahora, hermano, escúcheme. Yo no puedo juzgar la salvación de nadie. No puedo ni debo. Pero cuando vemos una vida caracterizada por obras de la carne, lamentablemente eso apunta a la posibilidad de que esa persona no sea ni siquiera creyente. Luce más cerca de lo que es una persona no salva que de la otra.

Y parte del problema entonces es si tú dices: "No, pastor, yo estoy seguro de que soy salvo." Okay, yo no voy a cuestionar eso. Pero parte del problema es que ya eres salvo. Entonces, ¿por qué tienes esta lucha tan grande con el pecado? Bueno, es que no has acabado de aquilatar el precio que se pagó por tu libertad. ¿No has entendido de dónde te sacaron? De lo profundo que era el hoyo donde estabas, de lo oscuro que era ese lugar. No has cuidado tu salvación.

Y el autor de Hebreos, entendiendo cómo Dios juzgó a los que estaban bajo el antiguo pacto —que tenían menos, pues el Espíritu Santo no había descendido como hoy lo tenemos entre nosotros y en nosotros, y no tenían toda esta revelación—, entendiendo eso, nos dice en Hebreos 2 que aquellos que pecaron bajo esa antigua dispensación, bajo la ley, cada infracción de la ley recibió su justo castigo. Eso ocurrió indefectiblemente.

Versículo siguiente, versículo 3, Hebreos 2: "¿Qué nos hace pensar que podemos escapar si descuidamos esta salvación tan grande, que primeramente fue anunciada por el mismo Señor Jesús y luego nos fue transmitida por quienes lo oyeron hablar?" ¿Qué te hace pensar, dice el autor de Hebreos, que si ellos no escaparon, y ahora tú tienes una salvación que Dios mismo llama —imagínate, Dios es el autor de la Biblia— tan grande? Wow.

Es que no hemos valorado el pago por nuestros pecados. No hemos valorado la sangre del Hijo de Dios. Hermano, no podemos seguir viviendo en la esclavitud del pecado.

Yo tengo que conocer la verdad. Juan 8:32: "Conocerán la verdad y la verdad os hará libres", porque la mentira te tiene esclavizado. Juan 8:34: "En verdad, en verdad os digo que todo el que comete pecado es esclavo del pecado." Cristo dice: "Todo el que comete pecado es esclavo del pecado." Wow.

De nuevo, seguimos porque nosotros queremos nuestra libertad, pero en nuestros términos. Y nuestros términos fueron los que nos esclavizaron en primer lugar. Hermano, si hay algo que tú andas buscando aquí abajo, no importa lo que sea, no lo vas a encontrar. Bájate de ese caballo. Eso no existe. Si existiera, Dios fuera innecesario, y la vida del otro lado también. La búsqueda horizontal nunca te va a otorgar algo que se busca verticalmente.

Cristo —¿sabes lo que es una bisagra, verdad? Lo que mueve las puertas— Cristo es la bisagra que mueve tu vida de una dirección en la que tú ibas a otra dirección en sentido opuesto. Cristo es esa bisagra, y si está oxidada, por eso es que no acaba de dar el giro. Por eso es que tienes que cuidar tu salvación con temor y temblor.

Haz una resolución este fin de año. "Es que no tengo ni siquiera la convicción." Yo sé, pero pídele a Dios que te dé la convicción de querer vivir la vida que Él compró y no la que tú deseas. "Pastor, pero ya yo se lo he pedido un par de veces." No, todos los días, por un año, hasta que estés viviéndola.

Yo usé esta frase, no sé si fue aquí o en el devocional que hago los martes para el grupo de la oficina: si el poder que gobierna las estrellas gobernara tu corazón, tu vida estaría tan organizada como ellas y daría vueltas conforme a la voluntad de Dios. Entonces encontrarás la clave de flotar libremente sin ataduras. Wow.

Si el poder de Dios que controla las estrellas y las hace flotar libremente y dar vueltas, si ese mismo poder gobernara tu vida, tú descubrirías lo que significa, lo que implica, cómo se siente vivir flotando en libertad. ¿Cuándo vas a dejar que ese poder te gobierne? ¿O cuándo vamos a dejar?

Recuerden, hermanos, lo que estamos descubriendo es la obra de tu Libertador. ¿Y a qué precio se alcanzó tu libertad? Esta es la misma persona de quien les veníamos hablando el domingo pasado. El pastor Pepe habló del Verbo que se hizo carne y habitó entre nosotros. Anterior al Nuevo Testamento, ya Él había sido anunciado por el profeta Isaías, quien le llamó Príncipe de Paz, Admirable, Consejero.

Entramos al Nuevo Testamento y el ángel Gabriel viene y hace la anunciación a María, y le llama Emanuel, Dios con nosotros. María escucha lo que el ángel tiene que decir, responde y dice que su alma se regocijaba en Dios su Salvador; así es como ella le llama: Dios mi Salvador. Juan el Bautista viene a introducir al Mesías y cuando lo ve le dice a los discípulos que estaban ahí: "He ahí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo."

Andrés, el hermano de Pedro, va donde Pedro a decirle que han encontrado al Mesías; Andrés le llamó el Mesías. Pedro, posteriormente, fruto de sus experiencias con el Cristo, le llamó Señor. Otros discípulos le llamaron Maestro. Y si no fuera todo poco, escucha: algunos demonios le llamaron Hijo de Dios. Los demonios conocen tu teología, hermano. Las implicaciones de ser Hijo de Dios las conocen mejor que tú y que yo. Otros demonios, al verle, le llamaron el Santo de Dios: "¿Qué tenemos nosotros que ver contigo, Santo de Dios?" Wow.

Jesús se miró a sí mismo y se llamó el Hijo del Hombre, la luz del mundo, el camino, la verdad y la vida, la resurrección y la vida, el buen Pastor, la puerta. Wow.

Al final de su vida, este Redentor y Libertador, nadie pudo acusarlo de pecado, de aquello que a ti te esclaviza. No; nadie lo hizo. Fue a la cruz, se clavó por esos pecados, y al morir convirtió el instrumento de maldición —la cruz— en un instrumento de bendición. Lo que para Él fue una maldición fue para mí una bendición. ¿Está entendiendo el intercambio?

Cuando murió, el infierno entero tembló y las fuerzas de las tinieblas fueron desarmadas. Y luego de la cruz lo enterraron, pero lo enterraron en una tumba prestada. Claro, es que solo la necesitaba por tres días, porque al tercer día la dejó vacía, removió la piedra y resucitó. Wow.

Y ascendió a los cielos, se sentó a la diestra del Padre, desde donde Él gobierna, desde donde Él intercede por nosotros. Entonces, en los evangelios leo de eso: la crucifixión, su muerte, resurrección, ascensión. Luego llego al último libro de la Biblia, en Apocalipsis. Escucha cómo le llaman a tu libertador: el Amén, el Alfa y la Omega, el principio y el fin, el Dios que era, el que es y el que ha de venir. El León de la tribu de Judá, el testigo fiel y verdadero, el lucero resplandeciente de la mañana, y el Rey de Reyes y Señor de Señores.

Él es tu libertador, el que se colgó en una cruz, derramó sangre por tus pecados, que sangró por ti. Atesora tu salvación, cuídala con temor y temblor. Recuerda que Él te llamó para hacerte santo como Él es.

Y en el presente, pastor, es que esta vida es difícil. Oye, escúchame, acéptalo. Tú estás en el horno de fuego. Sí, estás en el horno de fuego, pero sabes para qué: está siendo pulido para llevarte a ser como Él es y para que lo puedas ver como Él es. Acéptalo. Es así. Deja de quejarte. El fuego lo encendió Dios, lo controla Dios, y a ti te está haciendo más a la imagen de su Hijo. El fuego simplemente quema las impurezas y todo aquello que no luce como Cristo.

Recuerda que el mismo fuego que derrite la vela es el fuego que solidifica el ladrillo. El fuego te está solidificando en Cristo. Y si eso es verdad, hermano, ¿sabes qué? Tú y yo tenemos que alabarlo, adorarlo, exaltarle, proclamarlo y vivirlo. Hermano, tienes poder de resurrección dentro de ti. Vívelo.

Que tu vida sea una vida de adoración, de alabanza, que proclames al Rey de Reyes, Señor de Señores, tu libertador, tu emancipador, el redentor de tu vida, que te sacó del hoyo donde estabas, de la oscuridad donde estabas, y te trajo a su luz.

Amén, Padre. Gracias, y perdón al mismo tiempo. Perdón porque realmente no hemos aquilatado ni la profundidad de la caída, ni la magnitud del precio que se pagó, ni la hermosura del rescate que recibimos en Cristo.

Señor, ayúdame a serle fiel a Cristo y ayúdame a poner mi esperanza en Cristo y en ninguna otra cosa aquí debajo. Ayúdame a vivir en este mundo con la esperanza de que este mundo es preparación para el venidero, y que yo pueda vivir mostrando la obra del Espíritu en mi vida para tu gloria, para mi gozo, para experimentar lo que verdaderamente es vida en Cristo Jesús. Su pueblo dice: Amén.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.