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Sermones

Las cuatro paradojas de la Navidad

Pepe Mendoza 22 diciembre, 2025

El prólogo del evangelio de Juan presenta paradojas que confrontan nuestra comprensión de la Navidad. La primera es la identidad de Jesús: no un bebé destinado a ser profeta, sino Dios mismo, anterior a toda creación, en plena comunión con la Trinidad. Juan afirma tres veces que el Verbo era Dios y estaba con Dios, porque quiere que entendamos que este niño en Belén es el Creador de todas las cosas. No vino buscando adeptos; vino a reclamar lo que le pertenece.

La segunda paradoja involucra a los testigos. Juan el Bautista vino a dar testimonio de la luz, pero él mismo, estando preso, mandó a preguntar si Jesús era realmente el Mesías o debían esperar a otro. Los mensajeros son imperfectos, incapaces de testificar como deberían. La tercera paradoja es universal: el mundo fue hecho por medio de él, pero el mundo no lo conoció. A lo suyo vino, y los suyos no lo recibieron. Este rechazo no es parcial sino total.

Entonces surge la pregunta: si todos lo rechazaron, ¿quiénes son los que lo recibieron? El pasaje responde que son aquellos a quienes el Padre da a Cristo. No nacieron de sangre, ni de voluntad humana, sino de Dios. La fe es un don, un despertar del corazón que solo él puede producir en quienes estaban muertos en sus pecados.

El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Si hoy nos reconocemos como hijos de Dios, no es producto de nuestra historia sino contra ella. Es voluntad de Dios, gracia pura manifestada en un Salvador que vino lleno de gracia y de verdad.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Amén. Gracias, gracias por acompañarme en esta oración. Hay algo que el pastor Luis ha repetido en varias oportunidades a lo largo de la primera parte de adoración al Señor, y él ha señalado que ha llegado el tiempo, o que la plenitud del tiempo ha llegado, con respecto a la venida de nuestro Señor Jesucristo.

Definitivamente, el anuncio de su venida —el primer anuncio de su venida— nace cuando, en la historia de la humanidad, después de la caída de la primera pareja, lo primero que el Señor anuncia es la promesa de un Salvador. Y esa promesa se ha extendido a lo largo de los siglos. Definitivamente, el Señor se ha encargado de dar a conocer esa bendición: la venida de un Salvador.

De tal manera que, como nosotros sabemos, aún 700 años antes de que Jesucristo viniera, ya Isaías estaba anunciando con claridad meridiana la llegada del Salvador. Sin embargo, cuando llegó la plenitud del tiempo, es evidente —y la historia bíblica lo demuestra— que nadie estaba preparado para esa llegada. Ni siquiera los protagonistas estaban preparados para esa venida.

Nosotros vemos en los evangelios que es evidente que María, la madre de Jesús, no estaba preparada para esta enorme sorpresa. Es evidente que ella dijo: "¿Qué cosa es lo que me estás ofreciendo? ¿Qué voy a hacer? ¿Qué?" Y lo mismo sucede con José. Si nosotros vemos la historia, la historia también nos demuestra que José no estaba apercibido de esto maravilloso que iba a suceder. Y él también tuvo que decir: "¿Qué cosa va a pasar? ¿Qué va a suceder? ¿Cómo? ¿Cuándo?"

Porque la realidad es que, aunque el tiempo de su venida se había cumplido y la plenitud del tiempo había llegado, todavía el misterio maravilloso de la encarnación de nuestro Señor Jesucristo es algo para lo cual la humanidad no estaba preparada, y sigue sin estar preparada. Y aunque para nosotros, en nuestros días, el recuerdo del nacimiento de nuestro Señor Jesucristo se celebra de manera particular en un día, sigue siendo un tiempo difícil para nosotros. Porque ustedes saben cómo son estos días, cómo anda la agenda, queridos hermanos. ¿Cómo andan las carreras de un lugar a otro? Ayer alguien me decía que no hay nada en los supermercados, que la gente se volvió loca, que ya se lo llevaron todo, que toda la gente está en el mall, que toda la gente anda corriendo. Todos andamos celebrando angelitos: angelito por aquí, angelito por allá, comprando aquí, comprando allá.

De tal manera que, al igual que en cualquier otro tiempo, nuestra mente sigue embotada. Y aunque nosotros estamos al tanto de lo que está pasando, sin embargo, por alguna razón que la sabemos muy bien, el príncipe de este mundo no nos deja celebrar como debemos. Y esa es una realidad que no podemos negar y de la cual todos nosotros participamos.

Sin embargo, cuando nosotros abrimos la Escritura y descubrimos el evangelio, nos damos cuenta de que el evangelio justamente presenta estas paradojas a las cuales nosotros estamos percibiendo en nuestra propia vida. Y yo quisiera presentarles en esta mañana cuatro paradojas que tienen que ver con la venida de nuestro Señor Jesucristo. Cuatro misterios que forman parte de la realidad a la cual nosotros nos enfrentamos. Y son cuatro misterios que el Señor nos permite develar a través de su Palabra.

Yo quisiera que en primer lugar me muestren las Biblias físicas, por favor. Biblias físicas. Ah, cada vez somos más, y los otros son cada vez menos. Así que vamos bien. Así que yo quisiera que me acompañen a abrir la Biblia en el evangelio de Juan, capítulo 1.

Muchas veces, cuando nosotros conocemos a una persona interesada en el cristianismo por primera vez, siempre le hacemos una recomendación. Les recomendamos que lean un evangelio, pero nunca les recomendamos Juan. ¿Qué les recomendamos? "Tiene que leer Marcos." Bueno, no Marcos, Lucas. Mateo, Juan. Muy bien. Entonces, cuando nosotros recomendamos un evangelio, lo primero que descubrimos es que el evangelio son buenas noticias, pero que estas buenas noticias empiezan presentándonos y develándonos el gran misterio de la humanidad, el gran misterio de esta venida, las cosas que nosotros tenemos que clarificar con exactitud con respecto a quién es nuestro Señor.

Y justamente en este prólogo del evangelio de Juan, antes de que Juan empiece a desarrollar la historia de la vida de Jesús en medio nuestro, él nos presenta una introducción que es bastante misteriosa, una introducción que tiene la intención de mostrarnos justamente la paradoja de la venida del Señor. ¿Cuál es el misterio de la venida del Señor que hace que, a lo largo de todas las épocas, haya sido imposible poder descubrir con claridad quién es el que venía, quién era el Señor que se acercaba a nosotros?

Así que vamos a leer del versículo uno en adelante y vamos a tratar de establecer estas paradojas que el Señor presenta, de tal manera que nosotros podamos descubrir la identidad de nuestro Señor Jesucristo con claridad, y podamos también descubrir cómo es que el Señor se ha manifestado. Vamos a leer los primeros cuatro versículos de Juan capítulo 1. Dice así la Palabra del Señor:

"En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio con Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de Él, y sin Él nada de lo que ha sido hecho fue hecho. En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres."

Veamos el versículo 5 también: "La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron."

Aquí nos encontramos con que Juan nos presenta de manera inicial la primera paradoja con la que nosotros nos enfrentamos cuando hablamos de nuestro Señor Jesucristo. La primera pregunta que nosotros hacemos es con respecto a la identidad de Jesús. ¿Quién es este Jesús que ha venido a nosotros? Y lo primero que hace Juan es presentarnos esta realidad que es anterior a cualquier creación, una realidad que se forja en la eternidad.

Él presenta la identidad de nuestro Señor Jesucristo no como un bebé que nace en Belén, en un pesebre, en un lugar donde no debería nacer, sino que nos presenta a Jesús en toda su realidad eterna y su divinidad perfecta. De tal manera que cuando nosotros empezamos a leer: "En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio con Dios", nos está diciendo que esta persona que vendría es, en realidad, Dios mismo.

Esta realidad del revelador de Dios radica en la palabra "Verbo" que aparece allí. "En el principio ya existía el Verbo." De tal manera que Juan está haciendo una enorme separación. Ustedes recuerdan: "En el principio creó Dios los cielos y la tierra." Sin embargo, cuando habla del Verbo, el revelador de Dios, dice: "En el principio ya existía el Verbo", de tal manera que Él es anterior a cualquier creación. Él es Dios mismo.

Y no solamente nos presenta esa realidad, sino que nos dice: "Y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio con Dios." Estas tres afirmaciones unidas, una detrás de la otra, lo que intentan es asegurar una sola verdad: una sola verdad afirmada de manera triple.

Esta verdad afirmada de manera triple es que Jesucristo es Dios en plena comunión con la Trinidad. Esa es nuestra primera afirmación, es nuestra primera paradoja.

Nuestra primera paradoja es que ese niño que nace en Belén no es que va a ser un gran profeta, no es que se va a convertir en un gran maestro, no es que las circunstancias lo llevaron a la muerte, no es simplemente que son sus palabras hermosas, no es solamente que vino a predicar amor, no es solamente que es un personaje excepcional en la historia. El gran misterio para nosotros es que Jesucristo es Dios, es Dios encarnado, es Dios revelado, es Dios antes del principio de los tiempos, es Dios desde la eternidad.

Pero eso nos crea un gran conflicto. El gran conflicto que nos crea es que nuestra religión, el cristianismo, se sostiene en la verdad de que nosotros debemos rendirnos en adoración ante ese Dios hecho hombre, que no existe otra posibilidad para nosotros más que reverenciarlo, porque Él es el creador de todas las cosas. Y eso es justamente lo que Él afirma en el versículo 3: "Todas las cosas fueron hechas por medio de Él y sin Él nada de lo que ha sido hecho fue hecho."

De tal manera que esta idea amplia indica que todas las cosas —en el griego es la palabra *panta*— es una referencia universal. La referencia universal es que todos nosotros y todo lo creado descansa en la palma de la mano de nuestro Señor. Todas las cosas fueron hechas por medio de Él y sin Él nada de lo que ha sido hecho fue hecho.

Si ustedes se dan cuenta, nuevamente, el apóstol Juan no se queda con una sola frase. Él necesita decir dos frases que dicen exactamente lo mismo, porque lo que intenta es reforzar la idea de que si tú estás aquí es porque Dios te ha hecho y es Jesucristo tu Señor. No hay otra realidad.

Jesucristo no vino a ganar adeptos. Ojo, nosotros somos sus criaturas. Jesucristo no vino a señorearse sobre el mundo buscando un orden diferente para poder gobernar en paz y en justicia. Jesucristo vino a reclamar lo que le pertenece, porque nosotros estábamos en rebeldía. Y esta realidad presentada por Juan de antemano nuevamente nos deja sin espacio ante la realidad de un Jesucristo que es Dios, que nos obliga a rendirnos delante de Él.

"Todas las cosas fueron hechas por medio de Él y sin Él nada de lo que ha sido hecho fue hecho."

No nos queda espacio para poder escapar. No nos queda espacio para decir que esto no tiene que ver conmigo. No nos queda espacio para voltear y decir: "Bueno, esta religión es de ustedes, pero no mía." No nos queda espacio para decir que este niño que nace en Belén no tiene ningún tipo de relación conmigo y yo puedo darle la espalda y seguir con mi vida. Sin Él nada de lo que ha sido hecho fue hecho.

Pero Él continúa, Juan continúa con su afirmación y dice: "En Él estaba la vida y la vida era la luz de los hombres." No solamente Él es Dios, no solamente a Él le pertenecen todas las cosas, sino que la vida con la que tú vives es de Él. En Él estaba la vida. Él es la vida.

De tal manera que esa vida era la luz de los hombres. Esa luz interior, ese sentido de personalidad, esa individualidad de conciencia que tú tienes, se la debes a Él. Él es el dueño de tu vida. Él es Dios, Él es creador de todas las cosas, Él es el dueño de tu vida.

El evangelio no parte con una invitación a seguir al maestro. El evangelio no parte con una idea de las palabras hermosas que Jesús dijo para traerte a ti, porque son mejores que las que dijo este o las que dijo aquel. El evangelio parte con la idea de que Él es Dios y nuestras vidas dependen de Él. Todas nuestras vidas dependen de Él.

El versículo 5 justamente nos muestra esa paradoja fundamental: "La luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la comprendieron." ¿Qué es lo que Juan quiso decir con esta afirmación? Simplemente la realidad en la que nosotros nos desenvolvemos. La luz brilla en las tinieblas; es cierto, la luz siempre se impone a las tinieblas, pero las tinieblas no se apropiaron de la luz. Las tinieblas permanecieron en tinieblas. Y esa es la gran paradoja humana.

La gran paradoja humana es que el Señor viene siendo Dios a reclamar lo que le pertenece, como vamos a ver en un momento. Pero las tinieblas decidieron quedarse en tinieblas.

Ahora, esta primera paradoja sobre la identidad de Jesús es fundamental en nuestras vidas. Como ya les he mencionado, es fundamental que nosotros volvamos a percibir a Jesús como el Rey de Reyes y el Señor de Señores, el creador de todas las cosas, que sostiene todas las cosas con la palabra de su poder.

Pero al mismo tiempo, nosotros vemos a partir del versículo 6 al versículo 8 una segunda paradoja. Acompáñenme entonces con esta segunda paradoja: "Vino al mundo un hombre enviado por Dios, cuyo nombre era Juan. Este vino como testigo para testificar de la luz, a fin de que todos creyeran por medio de él. No era él la luz, sino que vino para dar testimonio de la luz."

Ya nosotros hemos develado la identidad de Cristo. Pero en segundo lugar, Juan nos presenta de manera particular la identidad del testigo del Señor, el testigo humano del Señor. Nosotros como testigos del Señor: "Vino al mundo un hombre enviado por Dios, cuyo nombre era Juan. Este vino como testigo para testificar de la luz, a fin de que todos creyeran por medio de él. No era la luz, sino que vino para dar testimonio de la luz."

Los que conocemos la Escritura sabemos cuál fue el llamado de Juan. El llamado de Juan fue un llamado al arrepentimiento: "Enderecen las sendas, enderecen el camino del Señor, porque el reino de los cielos se ha acercado." Definitivamente en su tiempo, dice que multitudes iban al Jordán para ser bautizadas, arrepintiéndose de sus pecados en la expectativa del Mesías que vendría. Él vino como testigo. Él no era el Mesías.

Sin embargo, los que conocemos la historia sabemos muy bien que esas multitudes que se acercaron al Señor en ese momento fueron las que finalmente crucificaron a Jesús. Fueron las que finalmente pidieron que el Señor sea crucificado. De tal manera que nosotros nos encontramos con una segunda paradoja.

La segunda paradoja es que en medio de nuestro testimonio de la luz, nosotros reconocemos que también para nosotros la venida del Señor es un misterio. También para nosotros la venida del Señor es algo que nosotros no podemos manejar por nosotros mismos. Recordemos que cuando Juan estuvo preso, él mandó a sus discípulos a visitar a Jesús para preguntar —¿ustedes recuerdan?— para preguntarle: "Oye, ¿eres tú o esperaremos a otro?" Porque Juan era también humano y Juan era también imperfecto. Y Juan también estaba percibiendo el gran misterio que estaba delante de sus ojos.

Si ustedes van, por ejemplo, a un par de capítulos después —si me acompañan a Juan capítulo 3, versículo 19, y no estará en las pantallas para que justamente lo busquen en su Biblia; esa es una trampita mía—, Juan 3:19 dice: "Y este es el juicio, que la luz vino al mundo y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, pues sus acciones eran malas."

Esa es la realidad a la que se enfrenta Juan. Y es la realidad también de su propio corazón. De tal manera que lo que hace el apóstol Juan en este caso es mostrarnos una enorme contradicción. ¿Cuál es esa enorme contradicción? La enorme contradicción que existe entre Jesucristo, Dios, creador de todas las cosas, quien es el dueño de todo, quien es Señor de nuestras vidas y de quien nuestras vidas dependen, y la imperfección de los mensajeros. Porque aun los mensajeros somos imperfectos.

Porque aún los mensajeros no somos capaces de testificar como deberíamos de aquel Señor que ha venido.

Continuamos con nuestra lectura y a partir del verso 9 hasta el verso 11 nos encontramos con otra paradoja. Dice: "Existía la luz verdadera que al venir al mundo alumbra a todo hombre. Él estaba en el mundo y el mundo fue hecho por medio de él, y el mundo no lo conoció. A lo suyo vino y los suyos no lo recibieron."

Aquí viene entonces la tercera paradoja. La tercera paradoja tiene que ver justamente con nuestra rebeldía personal como humanidad, con nuestra rebeldía como humanidad ante el Señor que ha venido, ante el Dios que se hace presente en medio nuestro. Existía la luz verdadera que al venir al mundo alumbra a todo hombre. De tal manera que el Jesucristo revelado no se oculta, sino que se manifiesta en toda su plenitud, se manifiesta con sus palabras, se manifiesta con sus actos, alumbra a todo hombre. La vida imparte, imparte vida y promete vida, y vida en abundancia.

Sin embargo, el verso 10 dice: "Él estaba en el mundo y el mundo fue hecho por medio de él, y el mundo no lo conoció." Este es el gran drama en el cual todos nosotros estamos involucrados. Este es el gran drama del Dios que viene y nosotros le damos la espalda. Él estaba en el mundo, el mundo fue hecho por medio de él, y el mundo no lo conoció. A lo suyo vino y los suyos no le recibieron.

Ahora, aquí viene algo que todos nosotros tenemos que reconocer, que es el carácter universal de nuestro rechazo al Salvador. Así como ninguno de nosotros puede escaparse de la vida que él nos da, este pasaje universaliza el rechazo al decir que él estaba en el mundo y todo el mundo no lo conoció. A lo suyo vino y los suyos no le recibieron. Aquello que le pertenecía, aquellos que le pertenecían, no le recibieron. De tal manera que esa es nuestra realidad presente, esa es nuestra realidad constante, eso es aquello con lo que nosotros permanentemente nos estamos enfrentando delante del Señor.

De tal manera que hasta el momento podemos hablar de estas tres paradojas. La primera paradoja tiene que ver con la identidad de nuestro Señor. La segunda paradoja tiene que ver con la identidad de los mensajeros. Y la tercera paradoja tiene que ver con nuestra incapacidad de recibir al Salvador. De tal manera que nos encontramos ante una gran dificultad, que es la dificultad real que el Señor vino a satisfacer y vino a arreglar.

A partir del verso 12 hay otra paradoja, donde dice: "Pero a todos los que lo recibieron les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios, es decir, los que creen en su nombre." Aparentemente nos encontramos aquí con la solución, ¿verdad? Pero a todos los que lo recibieron les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios, es decir, los que creen en su nombre.

Ahora, la pregunta es: ¿quiénes son estos que sí le reciben cuando universalmente nadie le conoce? Si universalmente él vino a los suyos y los suyos no le recibieron, ¿quiénes son estos que sí lo recibieron? ¿No les parece curioso? Porque inmediatamente yo sé que ustedes se ubican en la película. Acá estoy yo, ¿cierto? A ustedes les encanta esto. ¿Dónde me ubico yo? Entre los que lo recibieron. Me encanta eso. Nos encanta siempre estar del lado de los buenos, como en las películas, ¿no? Sin embargo, aquí hay una inmensa paradoja.

Aquí hay un detalle que no podemos pasar por alto. Aquí Juan está lanzando una tremenda contradicción, porque dice: "A los suyos vino y los suyos no lo recibieron." ¿Quiénes son los que lo recibieron? Los que no son suyos. Pero, ¿cómo no van a ser suyos si todos son suyos? Si el mundo fue hecho por él y todo lo que ha sido hecho fue hecho por él. Y él vino a los suyos y los suyos no le recibieron. Él vino al mundo y el mundo no le conoció. Por lo tanto, ¿quiénes son estos los que lo recibieron, Señor? ¿Quiénes son?

Porque no soy yo. Tengo que reconocerlo. Porque en la Escritura el apóstol Pablo nos dice con claridad que no hay justo, no hay quien entienda, no hay ni siquiera uno. Todos se desviaron, incluido yo, y todos a una nos hicimos inútiles, dice la Palabra. Por lo tanto, ¿dónde es que entra esta realidad de aquellos que le recibieron?

Pues si nosotros seguimos la lógica que está señalando el apóstol Juan, tendremos que descubrir que esto solamente puede ser obra de Dios, que esta recepción particular, que esta recepción única no es de nosotros, no depende de mí ni de ti. No es que tú estabas predispuesto a la religión, no es que a ti de niño te llevaron a la escuela dominical, no es que a ti te encantaba leer las historias bíblicas. No es eso. Lo que Juan está diciendo es que ha ocurrido un milagro único y trascendente. La presencia del evangelio es justamente ese milagro. A lo suyo vino y los suyos no le recibieron. Pero a todos los que recibieron, ¿quiénes son estos? Son solo aquellos en quienes el Señor ha obrado en sus propias vidas. No existe otra explicación.

Si nosotros vamos nuevamente —para que no lo miren en otra parte— a Juan capítulo 6, el verso 35, Jesús les dijo: "Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed. Pero ya les dije que aunque me han visto, no creen." Pero, Señor, otra vez la contradicción. Yo soy el pan de la vida, el que viene a mí no tendrá hambre, el que cree en mí nunca tendrá sed, pero ya les dije que aunque me han visto, no creen. Entonces, ¿cómo funciona la realidad del evangelio?

Bueno, miren el verso 37: "Todo lo que el Padre me da vendrá a mí, y al que viene a mí, de ningún modo lo echaré fuera." Ese es el evangelio. El evangelio es que yo no quería, pero el Señor lo hizo posible. Yo era de los suyos que no le recibieron, pero lo he recibido porque el Padre lo ha hecho posible y porque Jesús no me ha rechazado.

Ese es el evangelio. El evangelio son estas grandes paradojas: que Jesucristo no es simplemente un gran profeta, un gran maestro —Él es Dios—; que sus testigos no han sido buenos testigos; que Él vino al mundo y el mundo no le conoció; pero a los que le recibieron, es por obra del Padre. Por eso es que dice: "Pero a todos los que le recibieron les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios, es decir, a los que creen en su nombre."

Este acto de creer es un don de Dios. Ustedes recuerdan Efesios 2:8-9. La fe es un don de Dios, es un regalo de Dios, es un despertar en el corazón que solamente puede venir de Él, porque yo estoy esclavizado en mi propia oscuridad. Eso es lo que Juan nos está diciendo.

Pero este derecho de llegar a ser hijo de Dios habla de un cambio de corazón. Porque no es que Dios me adopta simplemente, no es que simplemente Dios dice: "Ahora tú eres mi hijo," sino que dice que Dios me da el derecho de llegar a ser. Esto significa que va a haber una transformación profunda en mi corazón, no solamente por una declaración de Dios, sino por una transformación de mi alma, de modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es. Todas las cosas viejas han pasado y he aquí todas son hechas nuevas.

Pero esta realidad —y aquí viene otra paradoja, Dios mío, cuántas paradojas—, otro gran misterio: el hecho de que nosotros somos criaturas de Dios, que el Señor nos da la posibilidad abierta en el corazón por un decreto del Padre de poder creer en Él. Pero el que es hijo de Dios, miren, no nace de sangre, dice el verso 13, ni de voluntad de la carne, ni de voluntad de varón, del hombre, sino de Dios. Nuevamente, Juan utiliza tres frases idénticas que se refieren a lo mismo para dar a entender de manera contundente que no se trata de nosotros. Nosotros somos hijos de Dios, pero no hemos nacido de sangre —o sea, no es por raza—, no es de voluntad de la carne, significa que no tiene que ver con algo que esté en nuestro interior, algo que yo pueda producir por mí mismo.

Y tampoco es voluntad de carne, no es algo que yo me propongo, sino que es voluntad de Dios. Ese es un milagro, ese es un misterio. Si hoy día tú te reconoces como hijo de Dios, no es producto de tu historia, es contra tu historia.

No es producto de tus anhelos, tus deseos, tus circunstancias, tus momentos. No es nada de eso. Es voluntad de Dios. No es carne, no es sangre, no es voluntad humana, sino que es el gran deseo de Dios.

De tal manera que nos encontramos ante una enorme encrucijada. Esta es la enorme encrucijada del evangelio, pero es la enorme encrucijada del evangelio que nosotros la encontramos a lo largo de la Escritura, siendo el Señor el que busca. Es el Señor quien llama. Es el Señor quien llamó a sus apóstoles. Es el Señor que hizo bajar a Zaqueo. Es el Señor el que se sentó con la mujer samaritana. Es el Señor que detuvo el carro fúnebre del hijo de la viuda de Naín. Es el Señor el que detuvo a Saulo de Tarso en el camino a Damasco.

Es el Señor que estaba preparando al eunuco etíope ahí en el camino desierto cuando Felipe llega y le dice: "¿Entiendes lo que lees?" Y él dice: "¿Cómo será posible si no hay quien me lo explique?" Felipe le predica el evangelio, pero nosotros nos encontramos con una sorpresa. ¿Qué es lo que sucede en el corazón del eunuco? Cuando ve agua —ustedes se han dado cuenta del detallito—, cuando ve agua, él le dice a Felipe: "¿Qué impide que yo sea bautizado?" Esto es obra de Dios en el corazón.

Es el mismo mensaje del primer discurso de Pedro allí en Pentecostés. Cuando Pedro está en lo mejor de su discurso, la multitud le detiene y le dice: "Varones, hermanos, ¿qué haremos?" Nuevamente el Señor despertando el corazón. Es lo mismo que sucede con Cornelio. El Señor estaba preparando su corazón para la predicación del evangelio de Pedro. Y mientras Cornelio estaba siendo preparado, Pedro estaba siendo preparado. Y cuando ellos se encontraron, Pedro se atrevió a decir: "¿Por qué causa me han hecho venir?", porque él no conoce el misterio de Dios. Sin embargo, en medio de la predicación de Pedro, dice: "Y en ese momento descendió el Espíritu Santo y fueron todos llenos." Y Pedro dijo: "Oh, ellos también son pueblo de Dios." ¿Se dan cuenta de este misterio?

Es el misterio de Dios obrando en nuestros corazones por su sola gracia. Es el misterio de la Navidad. El misterio de la Navidad es justamente lo que vemos en estos días, donde el señor de rojo brilla en todas partes. Ustedes conocen al señor de rojo, ¿verdad? El señor de rojo brilla en todas partes, donde todos estamos con la mente embotada, tratando de recordar lo que no podemos recordar, tratando de pedirle al mundo que haga lo que no puede hacer. Pero mientras tanto, el Señor sigue despertando corazones por su sola voluntad.

El Señor sigue atrayendo a los que están muertos, no a los que estamos atontados. Ojo, nosotros no estamos atontados espiritualmente como que necesito dos cachetadas para que me despierten a la verdad. La Biblia dice que nosotros estamos muertos en nuestros delitos y pecados. Nosotros necesitamos a alguien que nos resucite, y el único que me puede resucitar es el Señor Jesucristo, porque Él es el que resucitó de entre los muertos.

Esa es la verdad. Por eso terminemos con el versículo 14, porque el versículo 14 cierra esta realidad paradójica, misteriosa, única, donde nosotros realmente descubrimos que estamos condenados. Pero luego dice en el versículo 14: "El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y verdad." Esta es la realidad del evangelio. La realidad del evangelio es que Dios se hizo hombre y puso su carpa en medio nuestro. Y algo trascendente ha sucedido que no había sucedido en toda la historia de la humanidad desde los tiempos del pueblo de Israel.

Es que fuimos capaces de ver su gloria. Fuimos capaces de descubrir quién es Él. Gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y lleno de verdad.

Hermanos, en estos días de Navidad, volvamos a repensar esta paradoja para que nuestro corazón esté agradecido y para pedirle al Señor que nos conceda el privilegio de compartir el evangelio, esta inmensa realidad de que Jesucristo no está buscando adeptos. Jesucristo es Dios, dueño de todas las cosas y dueño de nuestras vidas. Que reconozcamos en nuestro propio corazón que nunca podremos ser testigos completamente fidedignos, que siempre tenderemos, como Juan —como le pasó también a Juan—, a hacernos las mismas preguntas: "¿Eres tú o tendremos que esperar a otro?"

Que recordemos que no estamos buscando simplemente a aquellos que parece que tienen cierta intención religiosa. No estamos buscando a los Saulos de Tarso que van camino a Damasco para destruir el cristianismo. Estamos buscando a los eunucos etíopes a los cuales el Señor ya les está hablando. Estamos buscando a los Cornelios a los cuales el Señor mismo ya está tocando los corazones. Nosotros no convertimos a nadie. El Señor es el que nos convierte.

Por eso es que nosotros tenemos que empezar a hablar de una manera distinta. A veces nosotros decimos: "Yo me convertí." ¿Y cuándo? ¿En qué te convertiste? No, el Señor me convirtió. El Señor transformó mi corazón. El Señor abrió mis ojos a una realidad que me era completamente desconocida. El Señor suavizó mi corazón para que yo pudiera amarle. El Señor abrió mis ojos para que yo descubriera la realidad de mi pecado y me arrepintiera de todo corazón, no delante de un profeta, sino del Dios creador del cielo y la tierra.

Eso es lo que Dios ha hecho en nosotros. Y nosotros vemos a Jesús presente ahora, lleno de gracia y de verdad, lleno de misericordia, por supuesto, lleno de amor por nosotros, pero esa gracia redunda en verdad, en la capacidad de decirnos realmente quiénes somos y dónde estamos. Y lo que Juan ha hecho es justamente presentarnos la realidad de dónde estamos, de quiénes somos, pero sobre todas las cosas de quién es nuestro Señor.

Hermanos, en estos días nos toca nuevamente vivir la paradoja de estas fiestas, pero que en estas fiestas nosotros dejemos ya el misterio y podamos reconocer que Jesucristo es Dios. Podamos reconocer que nosotros dependemos completamente de Él, que nosotros podamos reconocer que aunque somos testigos y queremos testificar de ese Dios, queremos testificar de ese Dios ante aquellos que el Señor ya está tocando. Queremos reconocer que nosotros formábamos parte de esa totalidad de la humanidad que no le conocía al Señor, pero que al mismo tiempo el Señor nos concedió el privilegio y el derecho de ser llamados y de ser hechos hijos de Dios, no por voluntad humana, sino por voluntad de Dios. Y que nosotros en estos días volvamos a ver la gloria de Cristo, lleno de gracia y de verdad, entre nosotros. Amén.

Nos quedamos con eso. Amén. Vamos a orar.

Señor, queremos darte gracias en esta mañana por tu inmensa misericordia. Queremos darte gracias, Señor, porque finalmente nosotros descubrimos dónde estamos, Señor, en medio de tu gran plan de redención. Queremos darte gracias, Señor, porque esta realidad que tú nos presentas y que el apóstol Juan presenta de manera sublime nos obliga a rendirnos en adoración delante de ti, porque finalmente todo es tuyo y nosotros también. Porque finalmente, si algo sabemos, eso viene de ti. Porque si estamos, Señor, ahora contigo y nos podemos llamar hijos tuyos, es simplemente porque a ti te ha placido concedernos esa posibilidad.

Te damos gracias, Señor, porque nosotros no estábamos atontados espiritualmente, estábamos realmente muertos en nuestros delitos y pecados, separados de ti, y peor aún, Señor, con un corazón rebelde que lo único que quería era correrse de ti como lo hicieron Adán y Eva. Pero con todo, Señor, tú nos atrajiste hacia ti por tu sola gracia y tu sola verdad. Tú despertaste nuestro corazón y nos hiciste reconocer nuestra culpa y nuestra transgresión delante de un gran Salvador.

Gracias, Señor, porque ahora entiendo por qué Jesús es mi Salvador.

Jesús es mi Salvador porque yo no tenía ninguna posibilidad de salvarme por mí mismo. No podía colaborar en mi salvación. No podía hacer nada por mi salvación. Yo estaba, Señor, muerto en el fondo del mar, pero tú me rescataste y me diste la vida que solamente tú podías darme. Gracias, Señor.

Ahora, Señor, yo te pido que en estos tiempos de celebración podamos, Señor, juntos alzar nuestros ojos y poder reconocer al Dios todopoderoso, quien se humilló a sí mismo hasta la muerte, y muerte de cruz, para darnos la vida que no merecíamos. Gracias, Señor. Gracias por Jesucristo, nuestro Salvador.

Amén. Amén. Dios les bendiga, hermanos. Feliz Navidad.

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Pepe Mendoza

Pepe Mendoza

José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024). Ha servido como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en la República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú, donde enseña en el Instituto Integridad & Sabiduría y colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.