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Sermones

De la debilidad a la fortaleza

Pepe Mendoza 16 febrero, 2026

Estar postrado en el polvo representa la condición más devastadora que un ser humano puede experimentar: adherido al suelo como un cadáver, incapaz de levantarse por sus propias fuerzas. El Salmo 119:25-27 presenta esta realidad con palabras breves pero cargadas de significado. El polvo en la Escritura simboliza nuestra fragilidad, temporalidad y dependencia absoluta de Dios, quien sabe que solo somos polvo. Desde esa condición de muerte espiritual, el salmista clama: "Vivifícame conforme a tu palabra", pidiendo no simplemente ser rescatado, sino ser resucitado a una vida diferente, transformada según los caminos de Dios.

El camino de restauración comienza con una confesión sincera. "De mis caminos te conté" implica enumerar ante Dios los propios actos sin excusas ni victimización. No se trata de informar a Dios algo que desconoce, sino de ponerse de acuerdo con Él sobre la propia condición. Como observó Spurgeon, quien conoce su condición ya no está cegado por el orgullo. Y lo maravilloso es que Dios responde: un alma sincera encuentra respuesta de parte de su Señor.

Pero ser levantado del polvo requiere un proceso de rehabilitación. El médico puede realizar una operación perfecta, pero el paciente debe seguir el tratamiento. El salmista pide tres cosas: ser enseñado en los estatutos de Dios, entender el camino de sus preceptos y meditar en sus maravillas. Los estatutos funcionan como la luz roja del semáforo: no limitan nuestra libertad, sino que preservan nuestra vida.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

En esta oportunidad me toca nuevamente, como les dije, el privilegio de compartir la palabra, y vamos a continuar con esto que se convirtió en una serie, ya que estamos estudiando el Salmo 119. Hemos titulado esta serie: "El Señor desea de nosotros una meditación sincera". Pero para que haya una meditación sincera, la primera pregunta, ¿cuál es? ¿Dónde están las Biblias? A ver, las Biblias, por favor. Ahí veo a la esposa con la Biblia, y al esposo también la tenía. Muy bien.

Así que tenemos nuestro ejemplar de las Escrituras, porque vamos a usar este tiempo, estos minutos, para estudiar la palabra del Señor. Como les decía, vamos a continuar con este estudio del Salmo 119, que como se los compartí desde el principio, es el capítulo más largo de la Escritura. Está compuesto por 22 secciones, y cada sección empieza con una de las letras del alfabeto hebreo. La particularidad es que la primera palabra en hebreo que aparece allí comienza justamente con la letra en orden del alfabeto. Esa es su característica principal.

Ya nosotros hemos visto tres letras y estamos entrando a la cuarta. Sin embargo, tengo que hacerles una confesión bastante personal: este pasaje fue tan rico, tan delicioso de estudiar, había tantas cosas que compartir, que en realidad voy a tener que dividir el sermón, porque se convirtió en dos sermones. Yo tenía la preocupación de no querer entregarlo todo rápido, entonces dije: vamos a dividirlo en dos partes. En realidad el pasaje está dividido en dos partes, y vamos a tomarnos una hora y hacerlo con tranquilidad. Vamos a profundizar en la Escritura en solo tres versículos. Imagínense ustedes la cantidad y la calidad de lo que el Señor tiene allí en esos tres versículos.

Así que la mayoría de nosotros va a abrir sus Biblias físicas en el Salmo 119 y vamos a poner nuestros ojos a partir del verso 25, simplemente para tenerlas abiertas en esa porción, porque vamos a estudiar del verso 25 hasta el verso 27.

Simplemente reiterarles una vez más cuál es la característica de este salmo, la característica instructiva de este salmo. Este es un salmo que, como aparece en algunas de nuestras Biblias, dice: "Meditaciones sobre la palabra de Dios". El salmista se dedica a través de cada una de estas secciones a alabar las virtudes y el poder que la palabra de Dios tiene sobre nuestras vidas. Sin embargo, no es solamente la manifestación de ciertas declaraciones de lo que la palabra es, sino que el gran mensaje que está detrás de este salmo es cómo nosotros podemos aplicar esta palabra de Dios a nuestras vidas, que esa es nuestra gran responsabilidad. De tal manera que el salmista no solamente intenta prefigurarnos la grandeza de la palabra de Dios, sino cómo esa palabra de Dios puede ser aplicada a nuestras vidas.

El sermón pasado lo titulamos "Del anhelo al compromiso": del sueño de querer vivir en la palabra de Dios a cómo lograrlo. En esta oportunidad hemos titulado a esta sección "De la debilidad a la fortaleza". De la debilidad a la fortaleza. Y para empezar, simplemente para ubicarnos en este pasaje, tenemos que reconocer que todos nosotros quisiéramos vivir una vida de perfecto progreso, que nuestras vidas sean un camino recto, bien asfaltado, sin curvas pronunciadas ni abismos peligrosos. Pero la vida nunca es como la soñamos.

Siempre habrá algo que ocurrirá mientras transcurren nuestras vidas: alguna circunstancia difícil, algo que es consecuencia de nuestros propios actos, o simplemente el hecho de que nosotros vivimos en un mundo caído. Nuestro Señor Jesucristo dijo con mucha claridad que en el mundo tendremos aflicción, pero que confiemos, porque Él ha vencido al mundo. De tal manera que en esta sección nosotros encontramos al salmista mostrándonos su vida en primera persona y diciéndonos: "Yo también he pasado por circunstancias difíciles. Yo también he pasado por momentos difíciles." Y eso no es parte de la actualidad, no tiene que ver con esta generación a la que le ha tocado vivir en el siglo XXI, no tiene que ver con nuestros gobernantes, no tiene que ver con la cultura, no tiene que ver con el país en donde nacimos, ni tampoco con nuestros genes. Es la realidad de vivir en un mundo caído.

Y simplemente para que veamos esto, nosotros vamos a hablar de un pasaje que tiene varios miles de años, y vamos también a mencionar el comentario que hace un poeta español llamado Pedro Calderón de la Barca. Seguramente ustedes han oído hablar de él. En el año 1635 él crea una obra de teatro que se denomina "La vida es sueño", que es un poema muy conocido, un diálogo filosófico en donde diferentes personajes dialogan y discuten alrededor del significado de la vida. Y esta obra termina con una frase característica que probablemente todos hemos escuchado alguna vez: "La vida es sueño, y los sueños, sueños son." Ahí está, pastor, tenemos una congregación entendida.

Bueno, esa es la última frase del último diálogo del personaje principal, que se llama Segismundo, en donde él dice al final: "La vida es sueño, y los sueños, sueños son." Sin embargo, yo quisiera centrarme brevemente en la primera parte de ese diálogo final. Después de una larga discusión muy profunda sobre lo que significa la vida y sus circunstancias, Segismundo empieza a dar la conclusión y dice lo siguiente:

"Es verdad, pues reprimamos esta fiera condición, esta furia, esta ambición, por si alguna vez soñamos; y sí haremos, pues estamos en un mundo tan singular, que el vivir solo es soñar. Y la experiencia me enseña que el hombre que vive sueña lo que es hasta despertar."

¿Qué tal esa frase? Que el hombre que vive sueña lo que es hasta que despierta. Todos nosotros tenemos en nuestra cabeza deseos, sueños, la imaginación de quiénes somos. Nos gusta soñar con nosotros mismos conquistando el mundo. Sin embargo, como dice el pasaje, la experiencia enseña que el hombre que vive sueña lo que es hasta despertar.

Y esa es la realidad. Muchas veces nosotros enfrentamos circunstancias difíciles que son más grandes que nosotros mismos, por diferentes razones y por diferentes motivos. Todos nosotros en algún momento experimentaremos aflicción. Y esta misma realidad prevalece en nuestro tiempo. Hace pocos días me llegó un libro recién publicado, con la tinta todavía fresca, que es de un autor llamado Reid Orland, que es el padre de Dan. Ustedes seguramente han visto y han leído un libro que se titula "Manso y humilde", que es un libro muy recomendado. Este libro ha sido escrito por su padre y se titula "Buenas nuevas cuando tocas fondo". Y en las primeras palabras del primer capítulo, él dice lo siguiente:

"No es necesario que lo busques. Tarde o temprano llega y te encuentra. Algo horrible, alguna experiencia imprevisible e incluso inimaginable. Todo eso se te viene encima, se apodera de ti, te cambia, y la realidad que siempre entendiste que era tu vida, de repente esa vida desaparece para siempre. Ahora estás atascado en una realidad diferente, y no una que hayas elegido. Te la impusieron, y como sea que haya sucedido, las cosas son diferentes para ti ahora, y no para mejor."

Esta frase seguramente es muy posible que nosotros nos identifiquemos con ella, porque hay situaciones en nuestras vidas que nos llegan de repente. Y esa situación que nos llega de repente, hoy en el siglo XXI, vemos que Calderón de la Barca la quiso explicar en el siglo XVII, y vemos ahora que el salmista, inspirado por el Espíritu Santo, también atestigua de esa misma realidad. Pero la diferencia es que él la camina y la transita con el Señor.

Y eso es a lo que nosotros queremos abocarnos en esta tarde. El salmista ahora nos lleva a descubrir el poder de la palabra de Dios en medio del dolor y la debilidad que podemos experimentar en la vida. Él nos presenta un ideal, o un anhelo, podríamos decirlo así, que va acompañado del camino que él traza para hacerlo realidad.

Y luego nos presenta una conclusión que demuestra que solo de la mano del Señor podemos pasar de la debilidad a la fortaleza.

Entonces, vamos a empezar nuestra lectura. Tenemos solamente tres versículos. Mi intención es que ustedes se lo puedan llevar profundamente claro en la mente y en el corazón. Así que acompáñenme a orar un instante para pedirle al Señor su bendición y su guía en este tiempo.

Señor, yo quiero rogarte que en esta tarde, conforme a tu voluntad, te pedimos, Señor, que a través de tu Espíritu Santo abras nuestro entendimiento y que nosotros podamos entender, y no solo entender, Señor, también vivir tu palabra. Acompáñanos, Señor, en medio de esta reflexión, que seas tú hablando a nuestro corazón, que tu palabra, sin intermediario, Señor, penetre hasta lo más profundo del alma, y que todo lo que tengas que decirnos y todo lo que tengamos que hacer lo podamos hacer en el poder del Espíritu Santo. Gracias, Señor, por tu dirección, gracias por tu cuidado. Háblanos, por favor. Te lo pedimos en el nombre de Jesús. Amén.

Lo primero que hace el salmista es presentarnos en primera persona la situación en la que él se encuentra. Verso 25, por favor. Dice: "Postrada está mi alma en el polvo. Postrada está mi alma en el polvo."

Esta frase es una frase sumamente profunda que es necesario explicarla con cuidado para que ustedes no pierdan de vista el drama que el salmista, con pocas palabras, nos está presentando. Lo primero que debemos saber es que el polvo en la Escritura tiene un profundo significado simbólico que no podemos pasar por alto si es que queremos conocer lo que el texto nos quiere decir. En primer lugar, todos nosotros sabemos que en la Escritura, desde el libro del Génesis, cuando el hombre fue creado, el hombre fue creado de ¿dónde? El hombre fue creado del polvo. Del polvo de la tierra.

Eso habla del hecho de que nosotros somos criaturas que pertenecemos a esta creación, pero también demuestra nuestra propia fragilidad. Aunque nosotros somos creados del polvo, tenemos dignidad por el hecho de ser creados a imagen y semejanza de Dios, pero con todo somos frágiles. En el Salmo 103, en el verso 14, el Señor dice: "Porque él —o sea, Dios— sabe de qué estamos hechos, se acuerda de que solo somos polvo."

Que el Señor, cuando se relaciona con nosotros, reconoce nuestra fragilidad, reconoce nuestra temporalidad, reconoce cuál es nuestro origen. Él sabe que solo somos polvo. Sabe de qué estamos hechos. Y finalmente, esta realidad de que somos polvo nos recuerda que del polvo salimos y al polvo volvemos. Y eso dice el Salmo 104, el verso 29: que los seres humanos expiran y vuelven al polvo. De tal manera que el polvo representa nuestra propia fragilidad, representa nuestra temporalidad, representa el hecho de que nuestra dignidad está ligada a la vida que Dios nos entrega, y que esta individualidad está sujeta a la vida de Dios, porque nuestra vida depende de la vida de Dios, porque finalmente Él sabe que solo somos polvo.

Pero esto es por un lado. Por otro lado, el polvo también era usado como una profunda demostración de dolor por los judíos de la antigüedad. El polvo era usado muchas veces para echárselo sobre la cabeza cuando había un gran drama o una gran dificultad, una gran tristeza, un gran problema; el polvo era echado sobre la cabeza. En el Salmo 44, en el verso 25, el salmista dice: "¿Por qué escondes tu rostro y te olvidas de nuestra aflicción y de nuestra opresión? Porque nuestra alma se ha hundido en el polvo. Nuestro cuerpo está pegado a la tierra."

Yo quisiera que tomemos este pasaje y usemos una regla hermenéutica muy sencilla: un pasaje difícil se interpreta a la luz de un pasaje más sencillo; un pasaje incompleto se completa con otro pasaje similar que completa la idea. Lo que el Salmo 44, el verso 25, nos está diciendo es que el salmista está viviendo una situación sumamente difícil. Él percibe que Dios ha escondido su rostro, que Dios no está presente en la situación que está enfrentando, y él le dice al Señor que se ha olvidado de su aflicción y se ha olvidado de su opresión. O sea, realmente está viviendo y está atravesando una situación sumamente complicada. Entonces, él lo expresa con estas palabras: "Nuestra alma se ha hundido en el polvo. Nuestro cuerpo está pegado a la tierra."

Entonces, yo quisiera con eso demostrarles qué es lo que el versículo 25 del Salmo 119 está diciendo cuando dice: "Postrada está mi alma en el polvo." Estamos hablando de una expresión de profunda devastación, una circunstancia absolutamente difícil. Aunque las palabras podrían ser muy cortas, lo que estas palabras expresan es una realidad sumamente profunda.

Antes de seguir con este pasaje, yo quisiera resaltar la idea del polvo una vez más. En Lamentaciones, si me acompañan ustedes en Lamentaciones, el capítulo 2, ustedes saben que es un libro escrito por el profeta Jeremías que cuenta la devastación y las terribles circunstancias que vivió el pueblo de Judá cuando fue llevado a la deportación en Babilonia. Previo a la deportación hubo un tiempo de profunda dificultad producto del acecho de los babilonios, que hacía que Jerusalén estuviese pasando por un tiempo sumamente difícil.

Y en el verso 10 del capítulo 2 de Lamentaciones dice el pasaje: "Están sentados en tierra, en silencio, los ancianos de la hija de Sion. Han echado polvo sobre sus cabezas, se han ceñido de silicio. Han inclinado a tierra sus cabezas las vírgenes de Jerusalén."

Ahora, ustedes perciben entonces que los ancianos de la hija de Sion han echado polvo sobre sus cabezas y han inclinado a tierra sus cabezas las vírgenes de Jerusalén. Esta es señal de profundo duelo, de profunda aflicción, un tiempo que es tan profundo y tan dramático que ellos no saben cómo enfrentarlo. Y simplemente para poder mostrarles la gravedad de lo que el Salmo 119 nos está diciendo con pocas palabras, yo quisiera que miremos el verso 11 y el verso 12 para que entendamos a qué se refiere esto: qué es lo que ellos están viendo, qué es lo que las vírgenes del pueblo están viendo para que se echen en el polvo y en la tierra.

Dice el verso 11: "Mis ojos se consumen por las lágrimas, hierven mis entrañas. Mi hiel se derrama por tierra a causa de la destrucción de la hija de mi pueblo. Cuando niños y lactantes desfallecen en las calles de la ciudad, dicen sus madres: '¿Dónde hay grano y vino?', mientras desfallecen como heridos en las calles de la ciudad, mientras exhalan su espíritu en el regazo de sus madres."

¿Ustedes se imaginan esa situación? Cuando niños están muriendo de hambre en los brazos de sus madres, cuando dice en el verso 12: "Mientras desfallecen como heridos en las calles de la ciudad."

He tratado de hacerles todo este preámbulo para mostrarles lo dramático de la situación que el verso 25, con pocas palabras, nos está diciendo. Un lector de aquel tiempo podía entender la profundidad de estas pocas palabras, pero nosotros necesitábamos un poco más de contexto para entenderlo a cabalidad.

Entonces, volvamos al texto, volvamos al Salmo 119, al verso 25, donde definitivamente el salmista está hablando de una situación realmente dolorosa, una situación que él menciona en primera persona. Él está abriendo su corazón y él dice: "Postrada está mi alma en el polvo." Sin embargo, ya la expresión es sumamente fuerte, pero la hace aún más fuerte porque la palabra que aparece ahí —postrada— en español no tiene toda la fuerza que la palabra en hebreo quiere transmitir.

Nosotros usamos "postrado". Cuando alguien está postrado, nos referimos básicamente a un problema de salud. Decimos: "Esta persona está enferma y está postrada en cama." Esa es la forma en que nosotros lo usamos; no usamos "postrar" básicamente en nada más. Sin embargo, una persona postrada es una persona que está profundamente débil, que es incapaz de levantarse por sí misma.

Esa misma connotación la tiene el hebreo, pero para hacer la situación aún más difícil, esta palabra indica que esta persona está pasando por una situación tan difícil que es como si estuviera adherida al suelo, como si estuviera pegada al suelo, como que no hubieran posibilidades de poder levantarse jamás. Esa es la idea: está pegada al suelo. Es interesante que la Reina Valera antigua, no la del 60, sino la del principio del siglo XX, usa la palabra "pegose" o "mi alma está pegada en el polvo, está adherida al polvo". Es casi como un cadáver muerto, incapaz de poder levantarse del suelo, incapaz de poder ver una salida o una posibilidad remota de liberación o restablecimiento.

Por eso es que el salmista, y como hablamos de una meditación sincera, ¿qué es lo que va a pedir una persona que ya se considera muerta en el piso? Va a decir lo que el salmista pronuncia. Él dice: "Postrada está mi alma en el polvo. Vivifícame conforme a tu palabra." ¿Qué está pidiendo? ¿Qué es lo que significa la palabra vivificar? Lo que él está pidiendo es: devuélveme a la vida, resucítame, porque yo estoy muerto en la condición en la que me encuentro. Estoy adherido al polvo, estoy pegado al piso. Soy como un muerto a quien ya han enterrado y hay seis metros de tierra encima mío y no hay forma de que yo pueda salir. Devuélveme a la vida.

Ahora, este es un pedido sincero. Todos nosotros que pasamos por una situación difícil pedimos siempre al Señor una nueva oportunidad. Señor, por favor, permíteme hacerlo de nuevo. Permíteme empezar una vez más. Dame una nueva oportunidad. Levántame de entre los muertos, de la condición en la que yo me encuentro, porque no puedo salir por mí mismo. Solo tú lo puedes hacer.

Pero pedir ser devuelto a la vida tiene sus bemoles. Si solo el Señor nos sacara del agujero y nos libertara de nuestras prisiones, lo más probable es que volvamos a caer en el mismo hoyo. Si bastara solamente con que el Señor me devuelva la vida, lo más probable es que vuelva a ser lo mismo, porque somos necios y, como dice el proverbio, como perro que vuelve a su vómito es el necio que repite su necedad.

Por eso es que el salmista tiene mucho cuidado y él dice: "Postrada está mi alma en el polvo, vivifícame conforme a tu palabra." Si me vas a dar, Señor, una nueva oportunidad, la única manera de volver a vivir sin caer en el polvo nuevamente es que el Señor me vivifique conforme a su palabra. Es decir, que sea una nueva vida, que esté acorde con lo que Dios ha establecido y conforme a sus mandamientos.

Si quisiéramos parafrasear la frase del salmista, es decirle: "Resucítame, Señor, a una vida diferente, que no sea como la que vivía, sino como tú quieres que la viva conforme a tu palabra." Ese es nuestro desafío. Ese es el gran anhelo de nuestro corazón. Señor, mi alma está postrada, pegada, adherida al polvo. Resucítame, devuélveme a la vida, pero no a la vida antigua que yo tenía, Señor, porque yo sé que voy a volver a tropezar y voy a caer en el mismo hoyo. Yo necesito una transformación radical. Yo necesito un cambio profundo en mí. Vivifícame conforme a tu palabra.

Es muy probable que muchos de nosotros hayamos hecho ese tipo de oración en algún momento, en algún momento difícil, buscando siempre una nueva oportunidad. Pero una meditación sincera nos lleva a descubrir que este es un gran ideal. Es como una frase que está allí puesta, pero la gran pregunta es: ¿y ahora, cómo lo hago? ¿Cómo funciona? ¿Cómo opera? ¿Cómo llega a ser una realidad en mi propia vida? Y el Salmo 119 tiene esa particularidad, que nos muestra el camino que el salmista, inspirado por el Espíritu de Dios, nos muestra a nosotros también el camino por donde debemos andar. ¿Cuál es la respuesta sincera a ese pedido que le hacemos a Dios? ¿Qué es lo que representa en términos prácticos pedirle al Señor que me levante del polvo y que me dé una nueva vida conforme a su palabra?

Bueno, en los versículos 26 y 27 nos entregan esa respuesta sincera, esa respuesta sincera que incluye una conversación abierta con Dios y un pedido genuino. Vamos a leer la primera parte del versículo 26: "De mis caminos te conté." No olvidemos lo que él acaba de pedir. Estaba postrada mi alma en el polvo. Vivifícame conforme a tu palabra. ¿Cómo opera esto? ¿Cómo opera esta vivificación?

El salmista nos dice lo primero que él hizo: "De mis caminos te conté." Yo no sé si ustedes lo notan, pero se nota que las palabras que el salmista usa son palabras muy, muy familiares. De mis caminos, de mis caminos te conté. Pareciera que fuera una conversación tranquila, como si él estuviera hablando con una persona que goza de su absoluta confianza, alguien que es sumamente cercano, que no necesita de demasiada información porque en realidad conoce todos los detalles.

¿A quién le está dirigiendo esta frase? ¿Con quién está hablando? ¿A quién le contó sus caminos? A Dios. De mis caminos yo te conté. Si hay algo que nosotros debemos saber en primer lugar, hermanos, es que el Señor conoce todos nuestros caminos, que no hay circunstancia de nuestra vida que le sea desconocida o que simplemente le sorprenda. Por lo tanto, como dice la Escritura, aún antes de que nuestros pensamientos estén en nuestra cabeza, él ya lo sabe todo.

El Señor tiene nuestras vidas como un libro, como un libro abierto delante de su presencia, de tal manera que nosotros podemos estar seguros de que todo lo que le fuéramos a decir, él ya lo sabe, que esto no es un asunto de información, sino es un asunto de confianza. No es para que el Señor lo sepa; es para decirle al Señor: "Señor, yo sé que lo sabes y quiero estar de acuerdo contigo." Ese es el significado de la palabra confesión. La palabra confesión tiene como significado ponerse de acuerdo: yo me pongo de acuerdo con Dios en lo que él sabe, pero yo todavía no se lo he dicho.

Y aquí hay algo interesante en lo que el salmista hace. Más allá de la familiaridad y la tranquilidad de la conversación, lo más importante es que el salmista le cuenta sus caminos a Dios. Y aquí hay otro aspecto importante con la palabra que el salmista usa. Él dice: "Te conté." Y esta palabra contar, a diferencia de decir o hablar, en hebreo tiene que ver con enumerar en orden. Esta palabra contar es la misma que le da origen a la palabra escriba y a la palabra libro, porque tiene que ver con un registro en donde se enumeran en orden los acontecimientos.

Por lo tanto, el salmista nos enseña algo. En primer lugar, yo puedo tener confianza en que no voy a sorprender a Dios con mi vida, porque Dios lo sabe todo. La Biblia nos dice en los evangelios que Jesucristo no tenía que recibir testimonio de nadie porque él sabía lo que había en el corazón del hombre. Muchas de las historias que encontramos en el evangelio nos dicen: "Y Jesús, conociendo los pensamientos de ellos." O sea, él no necesitaba que nadie le dijera lo que las personas pensaban porque él lo sabía por completo.

Entonces, en primer lugar, hay una seguridad, una familiaridad con el Señor. Pero en segundo lugar, hay una responsabilidad de nuestra parte: la responsabilidad de que nosotros tengamos la confianza de poder abrirle nuestro corazón al Señor, porque nuestro corazón no tiene secretos delante de él. De mis caminos te conté.

Ahora, ¿de qué le estaba contando? Le estaba contando de la razón por la que él está postrado en el polvo, moribundo. De mis caminos te conté. Te conté por qué yo he llegado a esa situación. Y es interesante, hermanos, que él diga: "De mis caminos te conté." Todos nosotros vivimos en un tiempo social y cultural en donde se ha puesto de moda ser víctimas. Somos víctimas de la sociedad, somos víctimas de los gobiernos, somos víctimas de lo que nuestros padres hicieron, somos víctimas de nuestros jefes, somos víctimas de nuestros compañeros de trabajo, somos víctimas del tráfico, somos víctimas de los tapones.

En realidad somos víctimas, y esa victimización nos hace daño porque nosotros no sabemos hacernos responsables de nuestros propios actos. Y lo que el salmista hace es poder reconocer sus propios caminos. "De mis caminos te conté", de lo que yo he hecho con mi vida. Yo no quiero poner atenuantes. Yo no quiero excusarme con otras personas. Yo quiero enumerarte los hechos de acuerdo a mi propia percepción y a la propia responsabilidad de la vida que tú me has dado.

Alguien decía que chismosear es confesar pecados ajenos. Chismosear es confesar pecados ajenos. Y nosotros somos campeones conociendo los pecados de otros. Sabemos exactamente por qué es tan malo como es. Sin embargo, a veces nosotros somos débiles con nosotros mismos. Por eso el Señor hablaba de la paja y de la viga. ¿Ustedes lo recuerdan?

Entonces, en este caso, ¿cómo poder ser yo vivificado? Lo primero que tengo que hacer es empoderarme de mi propia vida. "De mis caminos te conté" y no omití ningún detalle, porque tú lo sabes todo. Son mis caminos y te los voy a enumerar, porque yo quiero que tú sepas que yo te confieso a ti lo que tú ya sabes. Porque no estamos confesando como si Dios de verdad llegara a ese punto y se metiera. Cuando Adán y Eva pecaron, Dios llegó en el fresco de la tarde paseando por el huerto, porque Dios lo sabe todo. Pero nos toca a nosotros decirle al Señor: "De mis caminos te conté."

Pero hay algo maravilloso detrás de esta declaración, porque el famoso Charles Spurgeon decía, comentando este pasaje, esta breve frase "de mis caminos te conté", y él decía: "Tal declaración prueba que la persona que conoce su propia condición ya no está más ensombrecida por el orgullo." La persona que conoce su condición ya no está ensombrecida por el orgullo. Señor, tú lo sabes todo. No hay nada que yo pueda ocultarte, pero yo quiero enumerarlo y quiero empoderarme de mi propia realidad y de la razón por la que yo estoy postrado en el polvo. Yo no soy una víctima. Yo quiero decirte quién soy en realidad. Quiero ponerme delante de ti y quiero que los dos estemos de acuerdo.

Y lo más maravilloso, miren ustedes, fíjense, lo más maravilloso de este pasaje es que dice al final, o en la segunda parte del verso 26: "De mis caminos te conté." ¿Y qué pasó? "Y tú me has respondido." Un alma sincera delante de Dios encuentra una respuesta noble de parte de Dios. Dios no se queda callado cuando sus hijos se acercan a Él con un corazón sincero. El salmista no declara cuál fue la respuesta de Dios; simplemente señala que tiene la confianza de que ha sido oído, porque su confesión acarrea el perdón por la misericordia de Dios, pero también reconoce que el Señor sabe exactamente qué es lo mejor para él.

"Tú me has respondido." La palabra responder incluye tanto el oír como la respuesta que es aquello que sale de aquello que yo he oído. Por lo tanto, le dice: "Tú me has respondido." ¿Recuerdan cuál era el pedido genuino? El pedido genuino era: "Señor, devuélveme a la vida conforme a tu palabra." Ahora, este pedido se convierte en una confesión, en poner delante de Dios los hechos, empoderarse de sus circunstancias y decirle al Señor: "Esto es mío. Esto es lo que yo he hecho." Y el Señor le responde.

Y aquí viene una respuesta. La respuesta de parte de Dios se convierte en lo que viene a continuación. Esa respuesta le muestra al salmista que este levantarse del polvo involucra también un proceso de rehabilitación. Señor, vivifícame, pero conforme a tu palabra. Eso significa que ya no soy el mismo, y por lo tanto ya no soy el mismo, pero todavía no soy el que debería ser. Lo que significa que yo necesito un proceso de transformación. Yo necesito que tú empieces a trabajar en ese corazón que has tocado.

Y esto lo podemos explicar muy fácilmente. Nosotros podemos tener una afección en el corazón, y tenemos al mejor médico que viene a nosotros y nos hace una operación a corazón abierto. Él sana nuestro corazón, él lo restablece. Pero lo que viene a continuación es un proceso de rehabilitación, un proceso de rehabilitación que va a permitir que ese nuevo corazón llegue a funcionar operativamente como debe funcionar, y yo llegue a ser esa persona vivificada que el Señor espera que yo sea conforme a su palabra.

El problema no es si la operación estuvo mal, porque nuestro Dios es el médico de médicos, y Él cuando opera lo hace de manera perfecta. El problema radica —¿saben en dónde radica el problema?— en que nosotros no obedecemos los procesos de rehabilitación. Les pregunto: el doctor nos dice "Tenemos que tomar estas pastillas por los próximos 10 días, tres veces al día." ¿Qué pasa después del tercer día? Me olvidé, ya me siento mejor, ya estoy bien. Me rompí el brazo, y el doctor nos dice: "Mira, esto requiere terapia. Tienes que ir a terapia 3 meses para que recuperes la movilidad en el brazo. Estás bien operado, pero tienes que hacer terapia." Al mes ya me siento bien, se acabó la terapia. Ya el brazo... estoy jugando tenis, ya puedo jugar, no me duele nada.

El drama de la vivificación no está tanto en el ser levantado y el Señor cambiando mi corazón, sino en el proceso para llegar a ser el hombre y la mujer que Dios espera que yo sea. ¿Lo entendemos? Por eso es que la respuesta que Dios le da se convierte en tres peticiones que el salmista hace. Hace tres peticiones, pero se las hace a Dios.

Un buen médico nunca nos va a dejar sueltos a nuestras propias decisiones, a cómo yo me voy a restablecer, a qué pastillas voy a tomar, a si voy a ir a la inteligencia artificial y le voy a preguntar qué es lo que mejor me sirve para esta situación, como lo están haciendo algunos. Cuidado, yo ya sé que están yendo al doctor inteligencia artificial o al señor Google. Cuidado, eso no es saludable.

Entonces, ¿cuál es la respuesta del Señor? El Señor le muestra tres cosas que nosotros debemos hacer para llegar a ser una persona vivificada, de vuelta a la vida. La primera, y vamos a leerlo del final del verso 26 y el verso 27: "Enséñame tus estatutos, hazme entender el camino de tus preceptos, y meditaré en tus maravillas."

Hay tres cosas que nos van a llevar a vivir una vida vivificada, para no volver al polvo y para poder llegar a ser el hombre y la mujer que el Señor espera que yo sea. Lo primero que le pide el salmista a Dios es ser enseñado. "Enséñame tus estatutos." La enseñanza tiene que ver con salir de la ignorancia. No quiero volver al polvo simplemente por desconocimiento de la palabra de Dios.

"Enséñame tus estatutos." A la palabra se le menciona de diferentes maneras, y cada manera representa un aspecto específico de la palabra. "Enséñame tus estatutos" tiene que ver con el ordenamiento general de la palabra de Dios. La palabra de Dios ha sido escrita con un propósito o con una dirección específica, un ordenamiento eficaz y obligatorio establecido por Dios. De tal manera que ese ordenamiento yo quiero aprenderlo. Señor, no me dejes en ignorancia con respecto al ordenamiento que tú has establecido para que yo pueda vivir esa vida buena y nueva que tú esperas que yo viva.

"Enséñame tus estatutos." Por lo tanto, este enseñarme los estatutos implica que yo pueda ver de una manera general aquello que el Señor espera de mí, y que yo encuentre en ese ordenamiento legal, en esos mandamientos, la forma en que yo debo vivir. Y yo lo mencionaba en el servicio pasado: tiene que ver, por ejemplo, con la luz roja. La luz roja en el semáforo forma parte de un ordenamiento general que se llama la ley de tránsito. La ley de tránsito no está puesta ahí, la luz roja no está puesta ahí para coartar mi libertad. Está para salvarme la vida. No está allí simplemente para detener. "Ay, ya me detuvo la luz roja, yo que quería pasar y quería seguir, que estoy atrasado."

La luz roja me salva la vida. Contaba que en la mañana, mientras venía a la iglesia, íbamos en el auto y nos detuvimos frente a una luz roja, y yo me di cuenta de que un señor que estaba por cruzar miró la luz roja, miró los autos, pero dudó antes de cruzar, como que lo pensó dos veces. ¿Por qué? Ustedes saben por qué, ¿verdad? Porque no respetamos los estatutos. Y los estatutos que no son respetados ponen en juego nuestra vida.

Por eso, la primera cosa que el salmista pide es: "Enséñame tus estatutos. Tú, Señor, enséñame tus estatutos." Lo segundo que dice el versículo 27, en su primera parte, es: "Hazme entender el camino de tus preceptos."

Y hermanos, muchos de nosotros nos quedamos en la primera parte. Señor, sácame de la ignorancia. Permíteme conocer tu ordenamiento, tus diez mandamientos. Permíteme saber qué es lo que tú ordenas. Yo sé que el Señor ordena esto y esto y esto. Pero, ¿saben cuál es nuestro problema fundamental? Es que no sabemos cómo se pone en práctica.

Y por eso es que el salmista hace esta segunda petición: "Hazme entender el camino de tus preceptos." Él le está pidiendo al Señor que responda una pregunta que nosotros, lamentablemente, no nos hacemos con respecto a los mandamientos de Dios. Señor, dime cómo funciona. Señor, por favor, ¿cómo lo aplico en mi vida diaria?

El salmista le pide a Dios que le haga entender el camino de los preceptos de Dios. A diferencia de los estatutos, que son el ordenamiento, el precepto es el mandamiento particular, esa cosa que el Señor te dice que debes hacer de manera obligatoria. Por ejemplo, debemos ser tardos para hablar o tardos para la ira. Ese es un precepto de Dios. Pero él dice: "Señor, hazme entender el camino de tu precepto." Es decir: "Señor, yo quiero saber de manera clara cuál es el curso de acción, cuál es la forma en que opera el mandamiento, cómo luce en la práctica la obediencia a esta instrucción particular que tú has establecido. Hazme entender."

Y es algo que nosotros tenemos que pedírselo al Señor. Muchas de nuestras desobediencias tienen que ver no con la ignorancia del mandamiento, sino con la aplicación del camino del mandamiento. ¿Cómo opera? ¿Cómo llego a practicarlo? ¿Cómo lo establezco de manera directa en mi vida?

Y lo tercero dice: "Hazme entender el camino de tus preceptos, y meditaré en tus maravillas." Ahora que conozco los mandamientos y que entiendo cómo funcionan, lo que sigue a continuación es algo que muchos no hacemos, que tiene que ver con el hecho de rumiar lo que hemos aprendido. La palabra meditación es literalmente hablar contigo mismo. Es el hecho de que tú rumies aquello que el Señor te ha dado y lo puedas convertir en algo que se convierte en parte de ti, en donde tú estás buscando efectivamente en dónde radica su fortaleza y la forma en que debes aplicarlo a tu propia vida. Y eso se convierte en maravillas. Ya no son mandamientos, ya no son preceptos, ya no son estatutos. Se convierten en maravillas porque se convierten en algo extraordinario.

Yo no sé si a ustedes les ha pasado, pero cuando uno habla con un experto en algo, a mí me sorprende, por ejemplo, el que sabe de café. ¿Ustedes han hablado con alguien que sabe de café? Le brillan los ojos y uno empieza a saber cosas del café que son maravillosas: que el color, que la temperatura, que cuándo se muele. ¡Wow! Ustedes han visto cuando al pastor Miguel le brillan los ojos cuando habla de medicina, de ciertas cositas. Y uno, por ejemplo, yo le digo mis creencias populares y él me dice: "Pepe, no es así. Pepe, no es así." Y me explica, y yo digo: "Pero esto es una maravilla."

Y uno puede hablar con un piloto, con un ingeniero, e incluso con un contador, y el contador te va a demostrar cuán maravillosa es su carrera y cuánto orden produce, porque lo ha meditado, porque lo conoce, porque lo entiende.

Así es como tenemos que ser con la Palabra de Dios. Son maravillas. Es algo extraordinario que me produce vida. He descubierto lo que ha hecho en mí. Pero eso requiere profundización, no comentario, no opinión. Realmente es introducirse en un tema. A mí me encanta cuando a veces personas me quieren hablar de teología y yo les digo: "Espérate un momentito, vamos a hablar bonito, ¿no?" Porque de la superficialidad a quien realmente ha estudiado, ha profundizado, se ha inquietado, tiene cuarenta años en esto, hay maravillas detrás. Y yo sé que ustedes lo entienden, pero eso implica meditación.

Cuando la Palabra de Dios se convierte en maravilla, cuando no puedo dejar de pensar en ella, cuando descubro lo extraordinario del poder de Dios, no son solo letras, no son solamente mandamientos, no son solamente historias; son las maravillas de Dios. Las cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman. Amén.

Entonces, hermanos, el salmista estaba en una situación terrible. "Mi alma está postrada en el polvo. Señor, devuélveme a la vida, pero no conforme a lo que soy, sino conforme a tu Palabra." Pero, ¿cómo empieza ese proceso de transformación? Empieza con una confesión sincera, porque no puede haber vida nueva sin confesión, y el único que nos da la vida nueva es nuestro Señor Jesucristo, quien es el dador de la vida.

Pero este ponerme de acuerdo con Dios implica poder empoderarme y decirle al Señor: "Esta es mi situación." Y lo maravilloso es que Dios nos responde, y cuando nos responde, nos da un proceso de rehabilitación. Ese proceso de rehabilitación incluye tres puntos importantes. Primero, que nosotros salgamos de nuestra ignorancia y podamos conocer de manera general el contenido de la Palabra de Dios. Segundo, no solamente se trata de tener un conocimiento teórico de la Palabra de Dios; se necesita que el Señor nos haga entender el camino de sus preceptos, de modo que yo le pueda decir a las personas: "Yo he transitado por los mandamientos del Señor. El Señor me ha hecho entender cómo puedo poner en práctica lo que Él demanda." Y lo tercero es haber profundizado tanto, masticado tanto la Palabra de Dios, que se ha convertido en algo extraordinario, en algo maravilloso.

De tal manera que ahora yo puedo decir que el Señor me ha vivificado porque me ha llevado por un proceso de transformación. Pero termino. Este proceso de transformación es un pedido que el salmista le hace al Señor: "Enséñame, hazme entender." El Señor no nos tira su Palabra y nos dice: "Ahora ve cómo te las arreglas." La Palabra de Dios es Dios mismo hablándonos al corazón. Es palabra viva y eficaz que sale de la boca de Dios cada vez que nosotros la abrimos.

Y lo que nosotros debemos saber es que lo que el salmista está hablando es clara y básicamente la dirección del Espíritu Santo en nuestras vidas. Es el Espíritu Santo llamado el Consolador. ¿Qué significa que es el Consolador? Es el que nos sostiene en medio de nuestra debilidad. Es el que nos levanta y nos da fuerzas cuando nosotros no las tenemos. Ese es el Consolador, el que nos vivifica. Es el Consolador quien permanece con nosotros todo el tiempo porque somos templo del Espíritu Santo. Es el Consolador, el Espíritu Santo, con quien somos sellados hasta el día de la redención, como garantía de que si hoy estamos con Él, lo estaremos hasta el final de los tiempos.

Es la seguridad de que el Espíritu Santo nos va a enseñar, porque el Espíritu Santo nos guiará a toda la verdad y nos enseñará todo lo que debemos hacer. De tal manera que el salmista simplemente nos está mostrando de manera práctica algo que nosotros debemos hacer de la mano del Espíritu Santo, buscando su llenura, buscando caminar de la mano con Él.

El apóstol Pablo decía: "No se embriaguen con vino, en lo cual hay disolución, sino antes bien, sean llenos del Espíritu Santo." Aquí nosotros debemos saber que estas dos cosas son opuestas. Aquel que se embriaga pierde la capacidad del dominio propio, pierde la capacidad de ver la vida con objetividad, tropieza en el camino y cae en el suelo.

El que es lleno del Espíritu Santo no vive así. El que es lleno del Espíritu Santo goza de dominio propio. El que es lleno del Espíritu Santo ve la vida con objetividad. El que es lleno del Espíritu Santo mira bien sus pasos. El que es lleno del Espíritu Santo es bendecido por el Señor, que lo acompaña y lo fortalece todos los días. Amén.

Seamos llenos del Espíritu Santo. Pidámosle a Dios que nos enseñe. Pidamos a Dios que nos haga entender, y meditemos de la mano del Señor para que podamos descubrir que lo que tenemos en las manos son sus maravillas.

Amén. Oremos al Señor.

Señor, en esta tarde quiero darte gracias por tu palabra, por el testimonio de tu palabra, rogándote, Señor, que si en este lugar hay una persona que se siente postrada en el polvo, que siente que está adherida al polvo y que le suplica al Señor: "Dame una nueva oportunidad", yo te pido, Señor, que no salga de este lugar sin antes ponerse de acuerdo con Dios, sin antes contarle a Él todos sus actos, sin antes abrir su corazón y poder decirle al Señor: "Señor, te necesito, porque yo soy responsable de la situación en que me encuentro."

Señor, tú eres el que respondes. Tú nos respondes. Tú me has respondido, Señor. Y tú, cuando nos respondes, nos muestras el camino por donde debemos andar. Yo te pido, Señor, que a esta congregación, a cada uno de nosotros, podamos orar delante de ti. Señor, enséñame tus estatutos. Señor, hazme entender el camino de tus preceptos, y meditaré en todas tus maravillas.

Pero esto, Señor, no lo haremos solos, sino que te damos gracias porque gozamos, Señor, de la dirección y la presencia del Espíritu Santo en nuestras vidas. Queremos que el Espíritu Santo nos guíe. Queremos pedirte, Señor, que tu Espíritu Santo se haga fuerte en nosotros, que nosotros podamos rendirle nuestra vida a Él y que podamos consagrarnos delante de ti, para que tú nos guíes a toda verdad, para que tú hagas de nuestras vidas una vida libre en ti, porque conoceremos la verdad y la verdad nos hará libres.

Señor, ayúdanos a caminar contigo, bendícenos, llénanos con tu Santo Espíritu, guíanos, Espíritu de Dios. Te lo pedimos en el nombre de Jesús. Amén.

Dios les bendiga, mis hermanos. Gracias por acceder a este recurso. Espero que haya sido de gran bendición para tu vida. Te sugiero que te suscribas a este canal, de forma que puedas recibir notificación la próxima vez que hayamos subido un nuevo recurso que pueda servirte de instrucción y bendición.

Pepe Mendoza

Pepe Mendoza

José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024). Ha servido como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en la República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú, donde enseña en el Instituto Integridad & Sabiduría y colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.