Statamic
Sermones

De la debilidad a la fortaleza (segunda parte)

Pepe Mendoza 9 marzo, 2026

Cuando la Palabra de Dios penetra verdaderamente en el corazón, lo primero que produce es tristeza. No una tristeza que destruye, sino el reconocimiento honesto de quiénes somos en realidad cuando nos quitamos los títulos, las reputaciones y las apariencias domingueras. El salmista lo expresa con claridad: "De tristeza llora mi alma". Es el llanto de quien finalmente se ve como Dios lo ve —pecador, egocéntrico, autosuficiente— y entiende que separado de Cristo nada podría ser.

Pero esta tristeza no es el destino final; es el punto de partida para experimentar la gracia. El salmista clama: "Fortaléceme conforme a tu palabra". No busca resolver su condición con esfuerzo propio, sino que pide a Dios que quite de él el camino de la mentira y le conceda apropiarse de su ley. Como Pablo escribió a los corintios: "Por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia para conmigo no resultó vana".

El pastor Núñez comparte una imagen que ilustra esta transformación: un hombre que en un sueño se encuentra con el niño que fue, y ese niño llora porque no llegó a ser quien debía ser. Ese encuentro con nuestra realidad, aunque doloroso, nos impulsa a comprometernos con el camino de la verdad.

Lo extraordinario es el contraste entre el inicio y el final del pasaje. Quien comenzó postrado en el polvo termina corriendo por el camino de los mandamientos. ¿Por qué? Porque Dios ensancha el corazón. Un corazón amplio no se llena con las minucias del pecado; solo Dios puede ocupar ese espacio y satisfacer el alma.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Señor, queremos bendecir tu nombre. Queremos darte gracias por tu palabra. Gracias, Señor, por este tiempo de adoración, porque hemos estado en tu presencia en compañía de ángeles, celebrando tu grandeza, tu poder, tu amor y especialmente tu misericordia extendida sobre nosotros, Señor, sobre cada uno de nosotros, sabiendo que tú estás aquí en medio nuestro. Queremos rogarte, Señor, que nos bendigas, que nos hables a través de tu palabra, que nos concedas el privilegio, Señor, de poder escuchar tu voz y ser obedientes, Señor, a tus mandatos. Háblanos, guíanos. Dirígenos, Señor. Bendícenos. Cúbrenos, Señor, bajo el amparo de tus alas. Que los ángeles sigan cantando alrededor nuestro mientras abrimos tu palabra eterna, Señor, y queremos ser fieles a ella y queremos estar atentos, Señor, y guiados por tu Santo Espíritu a aquello que tú nos quieras decir. Gracias, Señor, en el nombre de Jesús. Amén.

Un saludo cordial para todos ustedes. Que el Señor les bendiga en esta mañana. Siempre agradecido a Dios por el privilegio inmerecido que me da de poder compartir la palabra de Dios con ustedes. Quiero que sepan que lo hago con temor y temblor cuando yo veo el auditorio lleno. Siempre le digo al Señor: "Señor, concédeme el privilegio de poder hablar en tu nombre, de poder hacerlo para tu gloria y para bendición del pueblo de Dios."

Así que esperamos que el Señor nos pueda guiar a lo largo del mensaje que nosotros tenemos hoy. ¿Cuántas Biblias tenemos aquí? Por favor, levántenlas. Levántenlas aquí, allá arriba, acá al otro lado. Todavía quedan algunas manos desobedientes, ¿no? Algunas manos sin fuerzas, medio desobedientes todavía quedan, pero ya son menos. Así que esperamos en el Señor que vayan siendo cada vez más hasta que ya sea imposible entrar sin Biblia.

Así que nosotros venimos aquí a estudiar la palabra, venimos a reflexionar en la palabra, y queremos nuevamente animarles a que podamos venir con nuestro ejemplar de la Escritura, con nuestro lapicero para marcarla, para poder escuchar la voz de Dios, para poder registrar aquello que el Señor nos va diciendo, porque ya les he dicho en varias oportunidades: la tinta es memoria más fuerte que el cerebro. Entonces, para que podamos recordar lo que el Señor tiene para con nosotros.

Bueno, hemos estado en cada oportunidad que el Señor me ha dado de poder estar aquí en el púlpito desarrollando una serie alrededor del Salmo 119, que hemos titulado: "Dios desea de nosotros una reflexión sincera." Y en la última oportunidad, hace unas semanas atrás, estuvimos hablando de cómo Dios desea una reflexión sincera en donde pasemos de la debilidad a la fortaleza. Hemos estado recorriendo el Salmo 119 y ahora estamos en el versículo 25 al versículo 32, que es la sección en la que hemos estado reflexionando.

Como dijimos la última vez, la porción es tan hermosa, tan productiva, tan rica, que difícilmente pudimos completarla en una sola sesión. Entonces, en la última oportunidad estuvimos hablando del verso 25 hasta el verso 27 del Salmo 119.

Así que yo voy a pedirles que lo podamos leer simplemente para refrescar nuestra memoria con aquellos que estuvieron presentes, y que puedan también saber de qué estuvimos hablando aquellos que no compartieron con nosotros ese día y ese sermón. Dice la palabra de Dios en el Salmo 119 a partir del verso 25: "Postrada está mi alma en el polvo. Vivifícame conforme a tu palabra. De mis caminos te conté y tú me has respondido. Enséñame tus estatutos. Hazme entender el camino de tus preceptos y meditaré en tus maravillas."

Esa fue la primera parte que nosotros estuvimos compartiendo y reflexionando en la última oportunidad. Y simplemente para hacer un breve resumen, nuevamente encontramos al salmista haciendo una reflexión sincera de su propia vida. Él está diciendo en el verso 25: "Postrada está mi alma en el polvo", y él pide ser devuelto a la vida, pero a una vida que no sea como la de antes, sino una vida que sea conforme a la palabra del Señor. Y de manera hermosa el salmista se refiere delante del Señor y le dice: "De mis caminos te conté y tú me has respondido."

Es inevitable que nosotros reconozcamos que cualquier situación en la que nos encontremos, nosotros podemos llevarla delante del Señor porque Él ya la sabe. Pero nosotros tenemos que actuar con sinceridad, reconociendo delante de Él lo que ha sucedido en nuestras vidas, porque no lo vamos a sorprender. El Señor no va a decir: "De esto yo no me di cuenta." Simplemente nosotros vamos a reconocer nuestra propia responsabilidad y vamos a escuchar lo mismo que el salmista dice: "De mis caminos te conté y tú me has respondido."

Y esa respuesta trae consigo tres aspectos, tres oraciones que el salmista levanta delante de Dios. Él le dice: "Enséñame tus estatutos, hazme entender el camino de tus preceptos, y meditaré en tus maravillas." Eso involucra el deseo de nuestro corazón de que nosotros podamos conocer aquellas cosas que el Señor demanda de nuestras vidas, pero no solamente que las sepamos, porque nuestro gran problema no es no saberlo, nuestro gran problema no es la ignorancia. Nuestro gran problema es no saber cómo aplicarlo en nuestras vidas. ¿Cómo es que funcionan los mandamientos de Dios? ¿Cómo es que yo puedo aplicarlo realmente a mi vida para que sea efectiva la palabra del Señor en mi propio corazón?

Y por último, él dice: "Y meditaré en tus maravillas." Porque cuando realmente conocemos la palabra de Dios y realmente sabemos cuán efectiva es, se convierte en una maravilla, se convierte en algo espectacular. Ya no son solamente mandamientos, ya no son solamente demandas de Dios, sino que descubrimos cuán efectiva es en nuestra vida la palabra de Dios, de tal manera que puedo meditar en las maravillas del Señor.

El punto de partida del salmista es el reconocimiento del lugar en donde estaba su alma. "Postrada está mi alma en el polvo", y ahora él pide ser vivificado, y pide ser vivificado conforme a la palabra. Hasta ahí nosotros llegamos en la última oportunidad que compartimos a través de este pasaje, y ahora empezamos con el versículo 28.

Pero antes de verlo, déjenme decirles que este versículo me ha hecho dar vueltas en mi cabeza por semanas, porque no es solamente que yo lo estaba leyendo para predicarlo, sino que lo estaba leyendo para aplicarlo a mi propia vida, y realmente no podía entender cuál era el vínculo entre la primera parte y la segunda parte que empieza a partir del versículo 28. Entre las preguntas que yo me hacía estaba si acaso la primera parte, del verso 25 al 27, es un asunto particular, y luego del versículo 28 hasta el versículo 32 es otro asunto particular, o si realmente del 25 al 27 es una parte y luego del 28 al 32 es una continuación de una misma realidad. Y he estado con mi cabeza dando vueltas y dando vueltas y dando vueltas, hasta que, gracias a Dios por la guía del Espíritu Santo, creo haber encontrado una respuesta.

Ahora, esa respuesta ha sido profunda en mi alma y yo quiero compartirla con ustedes. Dice el verso 28: "De tristeza llora mi alma. Fortaléceme conforme a tu palabra."

Veamos esta primera parte del pasaje. "De tristeza llora mi alma." ¿Cómo poder entender esta tristeza profunda del alma que el salmista está expresando, cuando acaba de decir que el Señor le ha respondido, acaba de decir que se ha confesado delante de Dios, acaba de pedirle al Señor que le enseñe sus estatutos, que le permita entender el camino de los preceptos, y está meditando en las maravillas de Dios? ¿Cómo es que ahora él dice: "De tristeza llora mi alma"?

De acuerdo a las palabras hebreas, hay un profundo desaliento en su alma. No se habla de una tristeza exterior.

No está hablando de algo que ocurre producto de las circunstancias externas. Porque ya su alma estuvo postrada en el polvo, pero ya le pidió al Señor que lo vivifique. Sin embargo, hay una profunda tristeza en su alma, una tristeza que es producto de algo que no está completo, que no se ha realizado todavía. Y esa tristeza la siente en lo profundo de su corazón. ¿Por qué? Está triste su alma.

Después de meditar y meditar, yo me di cuenta de algo. Cuando nosotros le pedimos al Señor que abra nuestros ojos a la palabra de Dios, cuando le pedimos al Señor que a través de la palabra de Dios él nos muestre la realidad de nuestro ser, lo primero que va a ocurrir es tristeza en mi corazón, porque voy a descubrir quién soy en realidad.

De tristeza llora mi alma. ¿Por qué llora de tristeza mi alma? Porque la palabra de Dios es viva y eficaz y más cortante que toda espada de dos filos, que penetra hasta partir el alma, las coyunturas y los tuétanos, y nos permite discernir las intenciones de mi corazón. Y es por eso, hermanos, que el primer efecto de la palabra de Dios en mi vida es una profunda tristeza en mi alma: el reconocimiento, por fin, de poder verme tal como Dios me ve, en la condición real de mi corazón.

Porque la palabra de Dios que el Señor me enseña, que el Señor me lleva a aplicar, las maravillas que el Señor expresa, simplemente no hacen que yo me sienta que he alcanzado la justicia, sino que, por el contrario, me hace descubrir cuán lejos estoy de él. De tristeza llora mi alma.

Ahora yo quiero que hagamos un ejercicio, pero yo no lo voy a hablar en el sentido de ustedes, sino que lo voy a hablar en primera persona, y quiero que ustedes lo hagan de manera particular en sus propias vidas, en su mente y en su corazón. Yo quiero reconocer hoy delante del Señor mi condición de tristeza con respecto a mi alma, porque lo está diciendo el salmista en el presente. Dice: "De tristeza llora mi alma." Él dice: "De tristeza llora mi alma hoy." Pero para eso nosotros tenemos que reconocer quiénes somos en realidad.

Entonces, lo primero que yo voy a hacer es sacarme este traje dominguero, porque a veces este traje dominguero les hace pensar algo acerca de mí. Un caballero vestido de traje dominguero. Yo quisiera que ustedes también se saquen el traje dominguero y vamos a quedarnos con la ropa del diario, esa que nadie conoce, esa camiseta que tanto me gusta pero que solamente los de mi casa han visto. Me voy a quedar en chancletas.

Por un momento, hermanos, yo voy a tomar mis 46 años de cristiano y también me los voy a sacar. Me voy a sacar mis 37 años de pastor. Voy a quitarme en este momento mis 17 años de estudios teológicos. Voy a quitarme y voy a arrancarme los dos libros que he escrito. Voy a sacarme todos los títulos y todas las opiniones que la gente tiene con respecto a mí.

Y cuando haya sacado todo eso, yo voy a descubrir quién soy en realidad. Un pecador necesitado de la gracia de Dios, un hombre perverso, egocéntrico, orgulloso, rebelde, autosuficiente, que separado de Cristo nada podría ser. Todo lo que yo tengo es gracia. Los dones son de Dios. La salvación es del Señor. Las oportunidades y las buenas obras que haya podido realizar, el Señor las preparó de antemano para que caminemos por ellas.

Por lo tanto, lo primero que hace la palabra de Dios es hacerme descubrir mi condición, la realidad de quién yo soy delante de él, la posibilidad de aceptar delante del Señor que el Señor mira lo que no ve el hombre, porque el Señor mira lo profundo del corazón. Y cuando yo me pongo en cuentas con él, lo primero que sale a colación es la realidad de mi corazón.

Hay una historia —ustedes saben que muchos poemas tengo en mi cabeza— de un hombre que dice que iba soñando su vida e iba por los caminos de su vida recordando y atravesando su propio pasado. En un momento este hombre se topa con un niño a la vera del camino. Cuando se acerca al niño, él se sorprende porque ese niño era él, pero pequeño. Mientras él se va acercando y lo ve, el niño empieza a llorar y a llorar amargamente.

Cuando él se acerca y le pregunta: "¿Por qué lloras?", la respuesta fue: "Porque no eres el hombre que debiste haber sido." Y cuando nos encontramos con la realidad de gracia delante de Dios, yo puedo entender por qué el salmista dice: "De tristeza llora mi alma."

Pero saben, esto no es un asunto para ennegrecer nuestra vida. No es un tema, no es un llanto simplemente para anunciar nuestra desgracia, sino que es el llanto que es el punto de partida para disfrutar la gracia de Dios.

En 1 Corintios 15:9, el apóstol Pablo dice: "Porque yo soy el más insignificante de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol, pues perseguí a la iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia para conmigo no resultó vana." Por la gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia de Dios no resultó vana.

Y esa realidad es la realidad que parte justamente del reconocimiento de nuestra condición cuando somos enfrentados a la palabra de Dios: una palabra de Dios que ilumina la realidad interna de nuestro corazón, pero que al mismo tiempo nos habla de la provisión que nosotros tenemos en el Señor.

Nuevamente el apóstol Pablo, en Filipenses 3, vuelve a hablarnos de esta realidad. Él menciona todo lo que él era en la carne, todo lo que había conseguido a través de su raza, su religión, su celo, cómo él se consideraba aún irreprensible, pero lo considera todo eso como basura a fin de ganar al Señor.

En Filipenses 3:9 él dice: "Y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia derivada de la ley, sino la que es por la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios sobre la base de la fe; y conocerlo a él, el poder de su resurrección y la participación en sus padecimientos, llegando a ser como él en su muerte, a fin de llegar a la resurrección de entre los muertos."

Y esa es nuestra expectativa cuando el Señor nos lleva a través de su palabra a descubrir que mi alma llora con tristeza por la condición real en la que me encuentro cuando no estoy con él. Pero cuando estoy con él, la gracia de Dios trabaja conmigo. Cuando yo estoy con él, yo quiero ser hallado en él. Yo quiero ser encontrado en él. Yo quiero conocerlo a él. Yo quiero conocer el poder de su resurrección, la participación en sus padecimientos. Yo quiero ser semejante a él en su muerte, a fin de llegar a la resurrección de entre los muertos.

Pero él continúa. El apóstol Pablo continúa, y a mí me encanta cuando él dice: "No es que ya lo haya alcanzado, o que ya haya llegado a ser perfecto, sino que sigo adelante a fin de poder alcanzar aquello para lo cual también fui alcanzado por Cristo Jesús." Nuevamente insiste y dice: "Hermanos, yo mismo no considero haberlo ya alcanzado, pero una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está delante, prosigo hacia la meta para obtener el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús." Esa es nuestra expectativa.

Pero volviendo al Salmo 119, nos encontramos entonces con esta realidad. De tristeza llora mi alma, y esa realidad de tristeza en la que se encuentra mi alma tiene una resolución. El salmista pide: "De tristeza llora mi alma; fortaléceme conforme a tu palabra." Lo que nosotros le pedimos al Señor es: "Señor, hazme fuerte conforme a tu palabra. No me dejes quedarme en la debilidad original de mi propia persona. Fortaléceme en la realidad de tu palabra."

El apóstol Pablo le decía a Timoteo en Segunda de Timoteo 2:1: "Tú pues, hijo mío, fortalécete en la gracia de Dios que es en Cristo Jesús." Nosotros nos fortalecemos en la realidad de lo que el Señor ha hecho por mí, en la realidad de sabernos revestidos por Cristo, en la realidad de reconocer que separados de él nada podemos hacer. Sin embargo, con él podemos ser sostenidos para vivir una vida diferente, tal como él la espera que nosotros la vivamos.

Fortaléceme, Señor. De tristeza llora mi alma porque a través de tu palabra he descubierto mi condición. Pero también yo puedo descubrir fortaleza en esa misma palabra al reconocer no solamente cómo tú me ves, sino cómo me puedes ver en Cristo. Y por eso él inmediatamente eleva una oración delante de Dios que aparece en el verso 29. En el verso 29, nuevamente él eleva una oración al Señor y le dice: "Quita de mí el camino de la mentira y en tu bondad concédeme la ley."

Cuando nosotros somos expuestos a la palabra de Dios, nuestra alma llora y nosotros le pedimos al Señor: "Señor, fortaléceme en esa misma palabra; Señor, que yo pueda entender todo lo que tú has hecho por mí. Ayúdame a entender el significado de tu gracia. Que yo no me escude, Señor, en una apariencia. Que yo no me escude en una reputación humana, que yo no me escude en mis títulos, que no me escude en mi dinero, que yo pueda reconocer que cada vez que voy a tu palabra, tu palabra descubre las intenciones pecaminosas de mi corazón. A través de tu palabra yo descubro quién puedo ser yo en realidad."

"Por eso, Señor, yo te ruego: quita de mí el camino de la mentira. Señor, que yo ya no transite por la hipocresía. Señor, que yo ya no camine una vida de engaño hacia mí y hacia los demás. Porque si yo trato de habitar en tu palabra, tu palabra siempre va a ser como una luz que me permite ver quién soy yo en realidad." Sin embargo, su petición no se queda allí, sino que dice: "Y en tu bondad concédeme tu ley."

Cuando estamos hablando de la bondad de Dios, estamos reconociendo este pedido. Miren ustedes que el salmista no intenta hacer algo por él mismo. El salmista no dice: "He tomado la decisión de quitar el camino de la mentira de mi vida." Él en todo momento recuerda, reconoce y acepta la providencia y la soberanía de Dios. Él reconoce que no puede hacer nada por sí mismo y por lo tanto no le dice al Señor: "Voy a quitar el camino de la mentira de mi vida", sino que le pide al Señor humildemente: "Señor, quita de mí el camino de la mentira." Porque muchas veces nosotros no podemos hacerlo por nosotros mismos. Es una realidad vital que nosotros necesitamos del Señor en toda oportunidad.

"Quita de mí el camino de la mentira. Y en tu bondad concédeme tu ley." Ahora, este pedido tiene que ver justamente con algo que nosotros tenemos que reconocer que tiene que suceder en nuestra vida. Muchas veces nosotros tomamos algún tipo de decisión, pero es como que esa decisión deja un espacio vacío que no sabemos cómo lo vamos a llenar. En la Escritura aprendemos que cada vez que hay un espacio vacío, el Señor tiene que llenarlo con su palabra. Cada vez que hay una dificultad que nosotros levantamos, el Señor tiene que ocuparlo con su propia fortaleza. Y por eso el salmista dice: "Quita de mí el camino de la mentira y en tu bondad concédeme tu ley."

¿Qué le está pidiendo el salmista a Dios? En primer lugar, nosotros reflexionamos en el término bondad, porque sabemos que la Escritura señala con mucha claridad que solo Dios es bueno y que de parte nuestra no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno. De tal manera que cuando nosotros le pedimos al Señor "en tu bondad", le estamos pidiendo: "Señor, en tu bondad haz algo que solamente tú apruebes." Y como en la creación Dios hacía la creación cada día y al final vio que todo era bueno en gran manera, de tal manera que cuando yo le pido a Dios "Señor, haz algo en tu bondad", yo le estoy pidiendo al Señor que haga algo que se ajuste a su plan, que se ajuste a su propósito, que se ajuste a su orden.

"Ya no una vida de mentira, ya no un camino de mentira que te he pedido que lo quites de mí. Ahora yo te pido, Señor, que ajustes mi vida a tu bondad. Ajusta mi vida a tus propósitos. Yo sé, Señor, que tú tienes una actitud favorable ante mi condición. Yo te pido, Señor, que hagas algo que sea bueno para ti y que sea excelente para mí. En tu bondad concédeme tu ley."

Recordemos que el salmista ya había pedido: "Enséñame tus estatutos, hazme entender el camino de tus preceptos, yo voy a meditar en tus maravillas." ¿Qué significa entonces que ahora le diga: "En tu bondad concédeme tu ley"? Lo que él está pidiendo es que el salmista se pueda apropiar de la ley de Dios, que la ley de Dios la podamos asumir como nuestra, como parte de nuestra vida. "Señor, en tu bondad permite que tu palabra yo me la apropie de manera completa para mi propia vida. Concédeme tu ley." Es como decir: "Dame tu ley para mí, que yo la pueda asumir como mi propia ley, como tu palabra en mis manos, no como algo ajeno a mí, porque lo que es mío es el camino de mentira. Pero en tu bondad concédeme tu ley."

El salmista continúa y dice en el verso 30: "He escogido el camino de la verdad; he puesto tus ordenanzas delante de mí." Y en el verso 31 dice: "Me apego a tus testimonios, Señor; no me avergüences." Ahora el salmista termina una oración y toma tres compromisos delante de Dios. Recordemos que hasta este momento todo han sido peticiones al Señor: enséñame, hazme entender, quita de mí, en tu bondad concédeme tu ley.

Sin embargo, a partir del verso 30, él dice: "He escogido el camino de la verdad. He tomado la decisión, Señor, de caminar en la verdad, porque tú me has concedido tu ley, porque tú me has enseñado tus estatutos, porque tú me has hecho entender el camino de tus preceptos, porque yo medito en tus maravillas, porque yo he llorado con tristeza al reconocer mi condición personal fuera de ti." "Te he pedido, Señor, que quites de mí el camino de la mentira y que me concedas tu ley. Por eso yo ahora escojo el camino de la verdad. Yo ahora he puesto tus ordenanzas delante de mí."

¿Qué significa poner tus ordenanzas delante de mí? Esto significa que yo ahora, Señor, estoy comprometiéndome con tu palabra porque la pongo como prioridad. En mi propia vida he puesto tus ordenanzas delante de mí. Eso es lo que yo he decidido: he escogido el camino de la verdad y he puesto tus ordenanzas delante de mí. Y en el verso 31, en la primera parte, dice: "Me apego a tus testimonios."

Aquí yo quiero decirles algo que fui descubriendo en la medida que estudiaba el pasaje. La palabra apego del verso 31 es la misma palabra que la palabra postrada en el verso 25. Antes mi alma estaba postrada en el polvo; ahora mi alma está apegada a tus testimonios. Yo antes, Señor, estaba adherido a mis propias debilidades y a mi propia vida de pecado. Ahora, Señor, yo quiero adherirme y pegarme a tu palabra. Yo he cambiado de posición. Yo ahora, Señor, me comprometo con un camino de verdad. Me comprometo a priorizar tu palabra.

Me comprometo a mantenerme adherido, pegado, fijado, cercano a tus estatutos. Pero recuerden ustedes que se trata de una meditación sincera.

Y ante todas estas decisiones radicales que el salmista está tomando, él le dice al final del verso 31: "Señor, ¿qué le dice? No me avergüences." ¿Por qué le dice, "Señor, no me avergüences"? Porque podemos fallar, porque yo puedo comprometerme con el Señor y puedo fallarle. Porque yo puedo comprometerme a vivir una vida de verdad y en algún momento vuelva a aparecer la mentira en mi corazón. Porque yo he dicho que voy a estar adherido a los mandamientos y luego vuelvo a adherirme a mis viejas costumbres y a mis viejos pecados.

Y el salmista es una persona que está queriendo ser sincera delante de Dios y le dice: "Señor, no me avergüences. Señor, no permitas que todo esto que estoy poniendo delante de ti lo intente hacer en mis propias fuerzas y luego termine derrotado y avergonzado ante los compromisos que yo he hecho contigo. Señor, no me avergüences." Recordemos que el salmista no está hablando con los hombres. El salmista está actuando sinceramente en su conversación con Dios, está hablando con el Señor, y al hablar con el Señor, él le dice: "Señor, no me avergüences. Señor, por favor, no permitas que en todas estas situaciones y en todas estas decisiones yo termine deshonrándote, yo termine incumpliendo aquellas cosas que yo mismo estoy poniendo delante de ti."

Y yo creo, mis queridos hermanos, que nosotros estamos en la misma situación. Una vez más nosotros le decimos: "Señor, aquí está mi fragilidad, pero yo necesito de ti, Señor. Aquí están mis deseos de caminar contigo, pero al mismo tiempo reconozco delante de ti que yo puedo fallar. Señor, aquí está tu palabra, y tu palabra me ha hecho descubrir quién soy. Pero al mismo tiempo, Señor, yo reconozco delante de ti que sin ti yo nada puedo hacer."

Y ahí está entonces el deseo del salmista de poder consagrarse delante del Señor, pero también le hace la salvedad a Dios: "Señor, por favor, no me avergüences. No me avergüences ante la realidad de mis deseos, sino fortaléceme para poder yo cumplirlos en el poder de tu fuerza, bajo la dirección de tu mano." Y nosotros como cristianos en nuestro tiempo, bajo el Consolador, bajo la dirección del Espíritu Santo, quien es el único que nos puede fortalecer en medio de nuestra debilidad.

Ahora, en el verso 32, el salmista termina con una posibilidad, y él dice: "Por el camino de tus mandamientos correré, porque tú ensancharás mi corazón." Recuerden ustedes dónde estaba el salmista al inicio de esta reflexión. Estaba, como dice el verso 25, postrada está mi alma en el polvo, vivifícame. Cuando el salmista empieza esta reflexión, él estaba tirado en la tierra, casi muerto, desfalleciente, producto de su propia negligencia personal y de sus propios pecados. Postrada está mi alma en el polvo. Yo te ruego, Señor, vivifícame.

Y él empieza por este proceso de vivificación, este proceso de resurrección, este proceso de ser vuelto a la vida. Y por eso es que nos sorprende que al final él no está postrado, sino que él dice: "Por el camino de tus mandamientos, ¿qué? Correré." ¡Wow, ese es un cambio radical! Por el camino de tus mandamientos correré.

Ahora, este no es un asunto de velocidad. Cuando dice que él va a correr por el camino de los mandamientos, no tiene que ver con un asunto de velocidad. Debemos entender un poco la realidad del tiempo en el que el salmista está hablando. Estamos hablando entonces de un tiempo en donde los terrenos eran agrestes, donde las dificultades del camino, los baches, los tropiezos, los delincuentes, las fieras hacían que uno no pudiera ir por el camino con seguridad.

Cuando él dice "Por el camino de tus mandamientos correré", tiene que ver con un hecho fundamental. Tiene que ver con el hecho de que ahora él siente la facilidad para transitar por los mandamientos de Dios. Que no es como algo pesado, no es como algo con lo cual siempre yo me topo, no es como algo que yo tengo que esquivar para subir, no es una cima empinada, no hay un precipicio profundo, no lo veo como una dificultad, sino que yo puedo correr por los mandamientos de Dios, puedo transitarlos con libertad.

Pero hay una condición. Él dice: "Por el camino de tus mandamientos correré. ¿Por qué? Porque tú ensancharás mi corazón." Otra vez, Señor, otro término con el cual yo me quedo pensando semanas y semanas. ¿Qué quiso decir Dios con un corazón ensanchado? No dice "Porque tú hagas crecer mi corazón", sino que un corazón ensanchado es un corazón que se le estira, que se le hace para que dé lugar.

Ahora, nosotros tendemos a tener un corazón empequeñecido, nosotros tendemos a tener un corazón angosto. Un corazón angosto es un corazón que fácilmente se deleita con el pecado, porque el pecado simplemente ante un corazón angosto lo puede llenar y puede parecer hasta satisfactorio, porque tenemos un corazón angosto, un corazón empequeñecido, un corazón que se puede llenar con minucias, un corazón que se puede llenar con espejitos, por decirlo de alguna manera.

Sin embargo, si yo quiero correr tras los mandamientos de Dios, si yo quiero sentir la libertad de transitar por el camino del Señor, mi corazón tiene que ser ensanchado por el Señor, tiene que ser ampliado por el Señor, en donde ya el pecado resulta una minucia ante el tamaño de mi corazón, porque mi corazón es templo del Espíritu Santo. Mi corazón es templo del Espíritu Santo y yo no puedo tener un corazón empequeñecido, porque mi corazón tiene que ser ocupado por el Espíritu Santo. Yo necesito que el Señor ensanche mi corazón para que yo pueda correr tras sus mandamientos, pero que en ese corazón pueda caber la presencia de nuestro Dios. Que en ese corazón pueda caber la grandeza de nuestro Dios, que en ese corazón pueda iluminarse con la gloria de nuestro Dios, de tal manera que ninguna gloria humana pueda ocupar ese lugar o pueda brillar en ese lugar, porque una vela no puede encender este recinto.

Hermanos, para que ustedes lo vean: si nosotros encendemos una vela en este recinto cuando están todas las luces apagadas, no va a producir un gran efecto porque este lugar es grande. Cuando el pecado intente iluminar nuestras vidas, si tenemos un corazón pequeño, lo va a llenar por completo. Pero cuando el Señor ensancha mi corazón, solo Dios puede ocupar ese lugar, solo el Señor puede llenar ese espacio, solo el Señor puede producir esa satisfacción que mi alma necesita.

Por el camino de tus mandamientos correré, porque tú ensancharás mi corazón. Aun los mandamientos de Dios van a ser más fáciles de transitar en la medida en que el Señor haga mi corazón más amplio. Pero ensanchar el corazón es una labor que implicará estirar, poner columnas, que el Señor trabaje en ese corazón que, les recuerdo, empieza en el verso 28: "De tristeza llora mi alma." Ese corazón en donde yo reconozco mi condición, donde yo reconozco mi perversidad, donde yo reconozco mi egoísmo, donde yo reconozco mi autosuficiencia, donde yo reconozco la pequeñez de mi alma, donde yo reconozco mi propia oscuridad.

Ese es el corazón que el Señor viene a transformar. Ese es el corazón que el Señor tiene que ensanchar a través del ejercicio espiritual de pedirle al Señor que nos quite el camino de mentira, que nos conceda su ley, de las decisiones que tomamos de caminar en la verdad, de todo lo que nosotros le pedimos, de poner las prioridades en la Palabra de Dios. Todos son ejercicios espirituales para que mi corazón se ensanche. Cuando mi corazón se ensancha, yo correré.

Hermanos, esta es una reflexión sincera. Esta es una reflexión que parte de una realidad, de la realidad de aquello que el Señor hace en nuestras vidas, de la seguridad de que nosotros no tenemos que ocultarle nada al Señor. Pero sí debemos entender que finalmente todo es gracia. Todo es Él. Todo es el Señor obrando en nuestras vidas.

De tal forma que este testimonio, que empieza con "postrada está mi alma en el polvo, vivifícame, Señor, devuélveme a la vida", termina con un hombre que está corriendo tras los mandamientos de Dios porque el Señor le ha ensanchado el corazón. Ese debe ser el transitar de nuestras propias vidas. Esa es la súplica, la súplica de mi alma al Señor: "Señor, por favor, ensancha mi corazón. No permitas, Señor, que este músculo vuelva a achicarse y vuelva a quedarse en las perplejidades de su propio pecado."

"Señor, permite que caminando contigo, caminando con tu Palabra, tú enseñándome, tú haciéndome entender, tú ayudándome a reconocer con lágrimas la complejidad de mi pecado, tú me quites el camino de mentira, tú me concedas tu ley, yo me comprometo contigo. Ensancha, Señor, ensancha mi corazón. No permitas que vuelva a achicarse. No permitas que vuelva a quedarse pequeño. No permitas que el pecado simplemente lo ilumine. Señor, que mi corazón se ensanche para que tu gloria brille en medio de mi corazón."

Amén.

Vamos a orar.

Si en esta mañana, al igual que yo, has hecho este ejercicio de reconocer que necesitas de la gracia del Señor, yo quisiera pedirte que hoy podamos decirle al Señor: "Señor, aquí está mi alma, y Señor, con tristeza llora mi alma al reconocer, Señor, lo que tu Palabra dice de mí. Pero al mismo tiempo mi corazón se llena de alegría al saber todo lo que tú me ofreces en Cristo."

"Señor, yo quiero pedirte en el nombre de Jesús que tengas misericordia de nosotros en este día, que te acuerdes de nosotros en este día y que nosotros podamos también acordarnos de ti, y que tú nos concedas, Señor, la posibilidad de trabajar en ese corazón que tú estás ensanchando, Señor, para que nosotros podamos correr en medio de tus mandamientos."

"Señor, muchas veces está postrada nuestra alma en el polvo y nosotros tenemos que pedirte que nos vivifiques, Señor. Nosotros empezamos confesándote y contándote nuestra realidad, contándote nuestra verdadera condición y pidiéndote perdón. Pidiéndote perdón, Señor, por nuestras faltas, pidiéndote perdón por nuestras perversidades, pidiéndote perdón por nuestros egoísmos, pidiéndote perdón por el daño que muchas veces le hacemos a otros, pidiéndote perdón, Señor, y restauración sobre nuestra alma y sobre nuestro corazón, Señor, suplicándote que la sangre de tu Hijo Jesús nos limpie de todo pecado."

"Y tú nos respondes, Señor, porque, Señor, si tú contaras nuestros pecados, ¿quién podría estar en pie?, dice tu Palabra. Pero ahora, Señor, nuestra súplica es reconocer, Señor, que finalmente la restauración de nuestra alma es a través de tu Palabra. Te pedimos una vez más que tú nos enseñes tu Palabra, que nosotros no seamos ignorantes de tus mandamientos. Te pedimos, Señor, que tú nos muestres la efectividad de tu Palabra, que nos ayudes a entender el camino de tus mandamientos, cómo hacerlos parte de nuestras vidas, que tú nos ayudes a meditar en tu Palabra hasta el punto de que la podamos ver como una maravilla en toda su excelencia, que nosotros nos podamos sobrecoger ante su grandeza."

"Y cuando vamos a tu Palabra, Señor, nuevamente en sinceridad, en tristeza, llora nuestra alma al reconocer nuestra condición real delante de ti, al poder ver, Señor, cómo tú nos miras, al poder reconocer, Señor, cuál es la realidad de mi corazón delante de tu presencia, al saber, Señor, que yo no puedo ocultarte a ti lo que sí le puedo ocultar a todos los hombres. Pero no me quedo allí, Señor, porque yo te pido que me fortalezcas conforme a tu Palabra, que tú derrames tu gracia sobre mi corazón, que tú me des una nueva oportunidad."

"Como decía el apóstol Pablo: no soy yo, sino la gracia de Dios en mí. Que nosotros podamos esforzarnos, fortalecernos en la gracia de Dios que es en Cristo Jesús, aquel que nos ha salvado, aquel que nos ha justificado, nuestra propiciación, nuestro abogado, Jesucristo nuestro Señor, que vive y permanece con nosotros para siempre, el Espíritu Santo que mora en nuestro corazón y que nos guía a toda verdad."

"Señor, quita de nosotros el camino de la mentira y concédenos tu ley. Que la ley sea nuestra, Señor. Que nos apropiemos de tu ley, que la reconozcamos como nuestra y como parte de nuestra vida, que la apliquemos en nuestro corazón, que la reconozcamos como aquello que es útil para nuestro corazón. Señor, toma y escucha nuestras decisiones. Queremos caminar contigo. Queremos, Señor, escoger el camino de la verdad. Queremos priorizar tu Palabra y ya no queremos estar, Señor, postrados en el polvo, sino adheridos a tu Palabra."

"Pero queremos ser sinceros también contigo, Señor. No me avergüences. Porque muchas veces te voy a fallar. Porque muchas veces, Señor, mis compromisos serán como la niebla de la mañana, Señor, que al mediodía deja de ser. Perdóname, Señor. Perdóname, Señor, porque infinidad de veces yo me he comprometido contigo en infinidad de prédicas, sermones y libros, Señor, que luego se han desvanecido. Señor, por favor, no me avergüences. Ayúdame, Señor, ayúdame."

"Y por eso, Señor, yo te digo que por el camino de tus mandamientos correré cuando tú ensanches mi corazón. Señor, yo te pido que tú ensanches nuestros corazones, Señor, hasta el punto que no necesitemos pulmones, hasta el punto que no necesitemos riñones, hasta el punto, Señor, que haga presión sobre nuestro esqueleto y sobre nuestras costillas. Ensancha nuestro corazón, Señor, para que no nos dejemos seducir por las pequeñeces del pecado, sino para que podamos iluminarnos como templo del Espíritu Santo, reconociendo que tu gloria permanece en nosotros, Señor."

"Que podamos ensanchar nuestro corazón para que sea habitación para ti, para que tú nos hables, Señor, y para que nosotros corramos tras tus mandamientos, para que nosotros ya no estemos postrados en el piso, sino que realmente tengamos la fortaleza de un corazón ensanchado por ti, por obediencia, por oración, Señor, de tal manera que nosotros podamos celebrar contigo la gloria de tu nombre. Por el camino de tus mandamientos correré cuando tú ensanches mi corazón."

Bendito sea tu nombre, Señor. Te alabamos y te damos gracias en el nombre de Jesús, nuestro Salvador y Señor. Amén. Amén.

Gracias por acceder a este recurso. Espero que haya sido de gran bendición para tu vida. Te sugiero que te suscribas a este canal de forma que puedas recibir notificación la próxima vez que hayamos subido un nuevo recurso que pueda servirte de instrucción y bendición.

Pepe Mendoza

Pepe Mendoza

José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024). Ha servido como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en la República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú, donde enseña en el Instituto Integridad & Sabiduría y colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.