IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Miguel Núñez • 23 febrero, 2026
"El que cree que está firme, cuídese de no caer." Esta advertencia paulina cobra vida cuando observamos a Pedro, quien momentos después de jurar lealtad absoluta a Cristo, lo negó tres veces antes del amanecer. El apóstol que había confesado a Jesús como el Cristo, que presenció la transfiguración y vio resucitar a la hija de Jairo, estaba convencido de su propia fortaleza. Pero no conocía la debilidad de su carne ni la intensidad de la guerra espiritual que se libraba contra él.
Lucas revela lo que los otros evangelios omiten: Satanás había pedido permiso para zarandear a los discípulos como trigo. La prueba no era pequeña. Sin embargo, Cristo oró por Pedro para que su fe no fallara, y le aseguró un encuentro en Galilea después de la resurrección. La gracia advirtió antes de la caída, pero Pedro no escuchó. Estaba demasiado ocupado jurando con insistencia que jamás abandonaría al maestro.
El problema radica en que frecuentemente contamos solo con nuestros deseos del momento, ignorando la fragilidad de nuestra naturaleza. El espíritu está dispuesto, pero la carne es débil. Cristo vivió en completa dependencia del Espíritu Santo —desde su bautismo hasta la cruz— y nosotros pretendemos vivir la vida cristiana con poca o ninguna oración.
Las pruebas nos muestran quiénes somos realmente, no para humillarnos, sino para que reconozcamos nuestra necesidad de asistencia divina. La vida cristiana no es un proyecto humano; es una iniciativa divina que requiere dependencia continua del Espíritu.